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ACA IRI EL POST

Supervivencia

SIETE MESES NAUFRAGANDO

abril 2, 2020 — by Andar Extremo0

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Un marinero polaco logró ser rescatado luego de naufragar siete meses en el océano Índico. Zbigniew Reket fue encontrado el 25 de diciembre de 2016 frente a la costa de la isla francesa La Reunión, cerca de Madagascar. Esta nota fue publicada en la Revista Andar Extremo n° 49 en Noviembre/Diciembre de 2017

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No fue una Navidad cualquiera para Zbigniew Reket. El marinero polaco de 54 años, fue rescatado el 25 de diciembre luego de haber naufragado durante siete meses en el océano Índico. Los servicios de salvamento marítimo informaron que lo encontrado frente a la isla francesa La Reunión.
La embarcación improvisada que había sido realizada por el propio joven, y que se averió al inicio del viaje, fue avistada por un velero que alertó a los servicios de rescate.

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Según la Sociedad Nacional de Salvamento Marítimo, Reket indicó que se encontraba a la deriva después de haber salido al mar en mayo, en las Comoras, islas al sureste de África. Según señaló, su destino final era Sudáfrica, donde pretendía buscar trabajo.
Sin medios para comunicarse, sin instrumentos de navegación, y con provisiones para un mes, el hombre detalló que estuvo a la deriva entre las Maldivas, Indonesia y la Isla de Mauricio, antes de ser rescatado.

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Con su gato como única compañía, afirmó que sobrevivió comiendo medio sobre de sopa china al día, que a veces aderezaba con lo que pescaba.
En la investigación, el marino precisó que después de haber pasado diez años en los Estados Unidos, había viajado a India en 2014 para comprar su embarcación y dirigirse a Polonia, pero que su bote perdió el mástil y quedó a la deriva hasta las Comoras donde permaneció varios meses.
Asistido por la asociación “Gentes del Mar”, comentó la imposibilidad de volver a los EEUU dado que su permiso de residencia expiró. En sus planes tampoco pretende volver a Polonia, sino que espera poder reparar su barco y quedarse algún tiempo en La Reunión.

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Supervivencia

TSUNAMI, 9 días bajo los escombros

febrero 7, 2020 — by Andar Extremo0

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Nueve días después del terremoto y el tsunami que arrasaron el noreste de la costa nipona en 2011, una anciana de 80 años, Sumi Abe, y su nieto Jin, de 16, fueron rescatados con vida, de entre las ruinas de su casa en Ishinomaki. Esta nota fue edita en la Revista Andar Extremo n° 47 de julio/agosto de 2017

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En el fatídico 11 de marzo de 2011, el potente terremoto de magnitud 9 destruyó su hogar en el territorio de Miyagi, una de los más castigados. Milagrosamente, Sumi y Jin fueron sepultados bajo ladrillos, vigas y tejas, pero no murieron. Ambos se hallaban en la cocina y, tras quedar atrapados entre los escombros, se las arreglaron para sacar comida de la heladera pese a que estaban muy débiles por las heridas.
A oscuras, soportando temperaturas bajo cero y con la agonía de pensar que tenían las horas contadas, sobrevivieron a base de yogures durante nueve interminables días. La anciana tenía las piernas inmovilizadas, pero su nieto, a pesar de la hipotermia, logró escapar de entre los restos del inmueble destruido y llegó hasta el exterior, desde donde hizo señales a un helicóptero de salvamento.

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Como la policía no podía sacar a Sumi, tuvieron que llamar a un equipo de rescate para salvarla. Ambos fueron trasladados en helicóptero al hospital de Ishinomaki, donde pudieron contar que sobrevivieron al peor Tsunami de la historia reciente de Japón, que provocó una ola de diez metros borrando del mapa cientos de pueblos.
Este hecho se suma al de Hiromitsu Shinkawa, un hombre de 60 años que fue encontrado dos días después del Tsunami, a 15 kilómetros de la costa. Tragado por la fuerza de las olas al retirarse, resistió encima del tejado de su casa hasta que fue avistado por un destructor de la Marina nipona. “Ningún helicóptero o barco que ha pasado cerca me ha visto, pensé que iba a ser el último día de mi vida”, relató cuando fue rescatado.

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El recuento oficial de víctimas de ese año entre muertos y desaparecidos que dejó la catástrofe fue de 20891. Sólo en la prefectura de Miyagi, la Policía calcula que han perdido la vida unas 15.000 personas y que unas 452.000 personas perdieron sus casas.. Además de las casas que tumbó, el tsunami dejó en el primer periodo 250.000 viviendas sin luz y un millón sin agua.
Las pérdidas por los daños materiales se calculó en 176.000 millones de euros, que supera el terremoto de Kobe como el desastre más caro de la historia, ya que su reconstrucción superó los 81.000 millones de euros.

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Desde el Cielo Sin Paracaídas

agosto 22, 2019 — by Andar Extremo0

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Este es uno de los casos de supervivencia más raros de la historia y fue protagonizado por la azarosa vida de Nicholas Alkemade. Él sobrevivió a una caída sin paracaídas desde 5500 o 6000 m. de altura (nunca fue confirmada exactamente la altura). Esta nota fue publicada en la Revista Andar Extremo n° 1 nov/dic de 2008

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Nicholas Stephen Alkemade nació en North Walsham (Inglaterra) en 1922, de padre holandés y madre inglesa. En 1940, a la edad de 18 años, ingresó en la RAF y emprendió su servicio en operaciones de salvamento de aviadores caídos en el mar, hasta que, deseoso de mayores emociones,  logró que se le trasladara al Comando de Bombarderos como artillero de cola y como muchos de sus compatriotas participó en la II Guerra Mundial
A 6000 metros de altura, la torrecilla superior de un bombardero Lancaster es un lugar frío y solitario, separado del resto de la tripulación por dos puertas y 11 metros de fuselaje. Es un hueco estrechísimo, en donde apenas cabe el artillero vestido con su traje de aviador. No hay espacio ni para el paracaídas, de modo que solamente lleva puesto el arnés. El paracaídas se guarda en el fuselaje principal, a un metro de la segunda puerta y separado de los pertenecientes a los otros miembros de la tripulación.
En caso de emergencia, el artillero tiene que salir de la torrecilla, tomar el paracaídas, engancharlo al arnés, y saltar, confiado en que la antena de radio que va más atrás no lo parta en dos. El puesto de artillero de cola se considera en la RAF como “ocupación peligrosa”
El hecho ocurrió durante la noche del 24 al 25 de Marzo de 1943, el avión participaba en un bombardeo aliado sobre Berlín, después de soltar su carga de más de 3 toneladas de explosivos volaba sobre él rió Ruhr de vuelta a casa. De pronto una serie de explosiones sacudieron la aeronave e hicieron saltar la cubierta de la torreta, hiriendo a Nicholas  en la pierna. Consiguió rechazar el ataque del caza alemán pero los daños del bombardero no permitían seguir el vuelo, era necesario abandonar el avión y así se lo comunica el capitán a la tripulación.
Nicholas intento ir en busca de su paracaídas pero estaba dañado por el fuego, se refugio de nuevo en la torreta esperando lo que era seguro su muerte. Ante la tesitura de morir quemado o saltar, prefirió la seguridad de una muerte rápida y salto del avión. Durante la caída perdió el conocimiento.
Cuando despertó estaba en la nieve bajo un claro del bosque, las ramas de los abetos habían frenado su caída y la capa de nieve amortigua el choque contra el suelo. Fue hecho prisionero por los soldados alemanes, que lo trasladaron a un campo de prisioneros junto a otros aviadores. Asombrados con la historia quisieron dejar constancia. Las siguientes letras fueron escritas por Dular Luff comandante de la Luftwaffe en la zona y para evitar cualquier atisbo de duda ante representantes de los prisioneros del campo:
Se ha investigado y comprobado por las autoridades alemanas que la afirmación hecha por el sargento Alkemade, 1431537 RAF, es verídica en todos sus detalles, esto es, que se arrojó desde una altura de 6000 metros sin paracaídas y llegó al suelo sano y salvo; su paracaídas se incendió en el avión.
El sargento Alkemade cayó sobre una gruesa capa de nieve en medio de los abetos.
Testigos: H.J. Moore, Teniente Primero, oficial Británico de más alta graduación.
R.R. Lamb, 1339582, Sargento Primero;
T.A. Jones, 411, Suboficial británico de más antigüedad.
Fecha: 25/4/44.
Tras la victoria aliada Nicholas fue liberado y trabajo en la industria química, muriendo el 22 de junio de 1987.

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Relato del Sobreviviente
”En la noche del 25 de Marzo de 1944, acercándose nuestro Lancaster a Berlín, podíamos ver los largos dedos de los proyectores luminosos que exploraban el espacio. Al aproximarnos más, percibimos las señales rojas y verdes dejadas previamente por nuestros aviones de reconocimiento para guiarnos. Cuando uno tras otro principiaron los aviones a dejar caer sus bombas, centenares de fuegos artificiales hicieron erupción debajo de nosotros: incendios dorados, deslumbradoras explosiones rojas y blancas, fogonazos anaranjados de las piezas antiaéreas.
Nos llegó el turno. Soltamos nuestra bomba explosiva de 1800 kilos y tres toneladas más de bombas incendiarias. Después, en medio de los rayos oscilantes de los proyectores, giramos para dirigirnos a nuestra base, muy atentos, eso sí, al peligro de los aviones alemanes de combate.
Yo los veía actuar a distancia. De ellos partían destellos de luz blanca que a veces hacían estallar una gran bola de fuego roja y anaranjada, la cual describía un arco en el cielo para ir a morir a la oscura tierra.
Eso indicaba que habían acertado a algún Lancaster y varios camaradas míos ya no volverían a su base.
Volábamos sobre el Ruhr, cuando de pronto una serie de choques poderosos sacudieron nuestro avión de uno a otro extremo; después se oyeron dos truenos terribles al estallar dos granadas en la base de mi torrecilla. La cubierta de plexividrio se hizo pedazos y desapareció. Uno de los fragmentos grandes me hizo una larga herida en la pierna derecha.
Afortunadamente mi torrecilla había estado vuelta hacia atrás. Incliné con rapidez las ametralladoras y miré hacia afuera. A no más de 45 metros de mí se veía el borroso contorno de un Junkers 88 de combate. Su frente mostraba una línea de fogonazos blancos al ametrallar a nuestra herida máquina. Apunté a quemarropa y apreté el gatillo de las cuatro ametralladoras Browning 303. Dispararon simultáneamente y el Junkers fue traspasado por cuatro chorros de brillantes proyectiles. Viró alejándose, con su motor izquierdo en llamas. No me detuve a ver que le ocurría; estaba demasiado preocupado con mi propia suerte.
Chorros de combustible en llamas salían de nuestros depósitos y pasaban frente a mí. Por el teléfono pretendí informar al capitán que la cola del avión estaba en llamas, pero él me interrumpió diciendo: “No podemos esperar más tiempo, muchachos. Tienen que saltar. ¡Salten! ¡Salten pronto!.”
Abrí a codazos la puerta de la torrecilla situada a mi espalda, luego me volví y abrí también la del fuselaje. Entonces, horrorizado, me encontré ante una hoguera gigantesca. El humo y las llamas se precipitaron hacia mí. Ahogándome y a ciegas, me refugié en mi torrecilla. Pero ¡tenía que recoger el paracaídas! Abrí otra vez la puerta y me lancé en su busca.
¡Era demasiado tarde! La envoltura se había quemado y la seda, antes estrechamente comprimida, iba saliendo pliegue por pliegue, desvaneciéndose en llamas.
De regreso nuevamente en la torrecilla, reflexioné un instante. Apenas cumplidos los 21 años de edad, me sorprendía el fin del mundo. El aceite del sistema hidráulico se había inflamado y las llamas me quemaban la cara y las manos.
De un momento a otro el avión, condenado al desastre, podía estallar. ¿Debería soportar este infierno y asarme en él, o sería mejor saltar del aparato? Si había de morir, era preferible acabar pronto sin dolor.
Rápidamente hice girar la torrecilla hasta una posición de través, abrí la portezuela y desesperado me dejé caer en la oscuridad de la noche.
¡Ah, que bendito alivio alejarme de ese fuego abrasador! Pude sentir la grata impresión del aire frío sobre la cara. No experimentaba sensación alguna de caída. Era más bien como si descansara en una nube de aire. Mirando hacia abajo, vi a mis pies las estrellas. “Seguramente estoy cayendo de cabeza” pensé.
Si esto era morir, la muerte no era cosa de temer. Solo sentía tener que irme para siempre sin decir adiós a mis amigos. Nunca volvería a ver a Pearl, la novia que había dejado en mi pueblo. Y el Domingo siguiente me hubiera correspondido salir franco.
Después, la nada. Seguramente perdí el conocimiento.
Poco a poco fui recobrando los sentidos. Primero me di cuenta de un resplandor sobre mí, que gradualmente se convirtió en una porción de cielo estrellado. Esta aparecía enmarcada en una abertura irregular, que finalmente resultó ser un claro en el ramaje entrelazado de unos abetos. Al parecer descansaba en un colchón de maleza y nieve.
Hacía un frío intenso. La cabeza me pulsaba y sentía un terrible dolor en la espalda. Me palpé todo el cuerpo. Vi que podía mover las piernas. ¡Estaba entero! En medio de mi absoluto asombro, una plegaria de agradecimiento brotó de mis labios.
“¡Gracias Dios mío!” exclamé.
Traté de incorporarme, pero el dolor era muy grande. Estirando la nuca, pude ver que mis botas de aviador habían desaparecido y que mi ropa estaba quemada y hecha jirones.
Principié a sentir temor de morir congelado. En el bolsillo de mi chaqueta encontré, bastante torcida, la caja de cigarrillos y el encendedor.
No les había pasado nada. Al encender uno me di cuenta de que mi reloj no se había parado. Sus manecillas luminosas marcaban las 3:20; había sido cerca de media noche cuando las balas hicieron blanco en nuestro avión.
Atado al cuello tenía el silbato que debíamos usar para mantener el contacto con los demás tripulantes en caso de que el avión tuviera que descender en el mar. “Hoy no me pesaría ser hecho prisionero de guerra”, me dije. Principié a tocar el silbato a intervalos. Me pareció que pasaron muchas horas hasta que oí gritar a lo lejos “Hola”.
Seguí pitando y los gritos de respuesta fueron acercándose. Por fin descubrí las luces de unas linternas eléctricas. Enseguida vi unos hombres y algunos muchachos de pié junto a mí. Después de quitarme los cigarrillos, dijeron refunfuñando: “raus! Heraaaus!” (levántate).
Cuando vieron que no podía hacerlo, me pusieron sobre una lona y me arrastraron así por un pastizal helado hasta una cabaña.
Allí una señora anciana, con la cara curtida pero bondadosa, me dio el mejor ponche de huevos que jamás he probado.
Mientras permanecía en el suelo, oí el ruido de un automóvil que se detuvo afuera. Dos hombres vestidos de paisanos entraron ruidosamente en la habitación. Me miraron de pies a cabeza. Después, en absoluto indiferentes a mis dolores, me obligaron a ponerme de pie y me metieron en el automóvil. En el trayecto al hospital, me pareció como si el coche cayera de propósito en todos los baches del camino.
Me tuvieron mucho tiempo en la sala de operaciones. Solo después supe la extensión de mis lesiones: piernas abrasadas, luxación de la rodilla derecha, punzada en la cadera producida por una astilla, torcedura de la espalda, ligera contusión en la cabeza y profunda herida en el cuero cabelludo; además quemaduras de primero y en segundo grado en la cara y en las manos. La mayor parte de estas lesiones las sufrí antes de abandonar el avión.
Luego de un largo interrogatorio de boca de un oficial de la Luftwaffe, quien lo interrogó durante tres días seguidos, se reunió con el Comandante de la Luftwaffe de esa zona Dulag Luft, quien lo felicitó por su proeza de caer de 6000 metros.
Acto seguido lo llevaron a un recinto en donde se hallaban unos 200 aviadores prisioneros.
Se me hizo ponerme de pié en un banco. Después un oficial de la Luftwaffe relató la hazaña.
Aquello fue un pandemónium. Se olvidaron nacionalidades. Me vi estrujado por franceses, alemanes, ingleses y norteamericanos, que me estrechaban la mano, me hacían preguntas a gritos, y me obligaban a aceptar el obsequio de un cigarrillo o de una tableta de chocolate.
Después me entregaron un papel firmado durante la demostración por el oficial inglés de más alta graduación, quien había copiado la relación autentificada por los alemanes y la había hecho firmar también por los dos suboficiales británicos de mayor antigüedad. No es más que un pedazo de papel, ahora descolorido, pero siempre será el documento de que más me enorgullezco.

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Ficha Ténica Bombardero Avro 683 Lancaster

Fabricante: Avro
Tipo: Bombardero pesado cuatrimotor
Primer vuelo: Prototipo:9 Enero de 1941; Producción: Octubre 1941
Motor: Rolls Royce Merlin XXIV de 1640 cv
Armamento: 8 ametralladoras de 7.7mm (cal 0.303), 2 en torreta del morro y dorsal, 4 en torreta trasera. Una bomba de 9979 Kg (22000 lb) o hasta 6350 kg (14000lb) de bombas más pequeñas.
Velocidad máxima: 462 Km/h a 3505 m
Autonomia: 4072 km a media carga de bombas
Techo de servicio: 7470 m
Trepada: 150m/min
Peso en vacio: 16738 Kg
Superficie alar: 120,49 m²
Envergadura: 31.09 m
Longitud: 21.18 m
Altura: 6.10 m

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EL CIELO PUEDE ESPERAR, historia de un vuelo en parapente

octubre 29, 2018 — by Andar Extremo0

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Rodrigo Esmella tiene 36 años, nació en Capital Federal pero se crió en Capilla del Monte, Córdoba, desde que tenía 1 año. Es actor, bailarín y comediante. También se formó como Guía de Turismo Aventura y en 2005 empezó a hacer Parapente. En 2016 estuvo involucrado en un hecho de supervivencia donde tuvo que escaparle a la muerte en dos ocasiones. Nota de la revista Andar Extremo n° 51

Por Marcos Ferrer entrevista a Rodrigo Esmella, Fotos Rodrigo Esmella

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Siempre te gustó hacer deportes?
Sí, desde chico. Además, si te gusta, la geografía del lugar invita a hacer este tipo de actividades. Un día aparecés con unas botas o zapas de trekking, y hacés trekking. Otro día con una mochila, equipo de escalada y haces escalada. Y otro día, miras para arriba y ves parapentes volando… jajajaja! Así que hice el curso y empecé a volar.

Qué hecho sucedió en 2016 que marcó tu vida?
Estaba en Capilla del Monte, era domingo, domingo 21 de febrero. Me habían invitado a hacer un vuelo en parapente, la condición estaba buena, pero ese día estaba cansado y no tenía los ánimos fuertes. Unos días atrás había tenido una pelea fuerte con mi hermano, no nos estábamos hablando. Todo eso influía. Pero como el conocedor de la zona era yo, accedí a hacer la guiada hasta allá arriba. Para hacer algo de estas características la cabeza tiene que estar tranquila, uno tiene que estar relajado.

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Hicimos el despegue en el Cerro Uritorco, aproximadamente a las 15:45. Mi amigo despegó primero. Uno para despegar necesita que el viento esté de frente, la ladera que se usa para despegar tiene que estar enfrentada al viento. Generalmente el despegue es horizontal, corriendo hacia adelante, en contra del viento y en dirección hacia la bajada de la pendiente. Pero puede pasar, si la condición es potente, que en vez de salir hacia adelante, tu despegue sea vertical. Y eso pasó. Salí hacia arriba, esperando para poder avanzar e ir hacia adelante, empecé a derivar hacia la izquierda, seguido de una pequeña rotación hacia la derecha. Y es acá donde se pliega mi vela y caigo.
Tuve una plegada asimétrica del lado derecho, eso significa que una parte del ala se pliega y deja de volar, mientras que la otra mitad (izquierda) sigue volando, avanzando, generando una rotación sobre el eje.
Las plegadas pueden suceder, pero lo importante es tener altura para contar con un margen de tiempo para que la vela se abra de nuevo. Imaginate que son unos 27 m2 de tela anclados a tu cadera por medio de un arnés, y para que esa cantidad de tela vuelva a configurarse como ala requiere de un tiempo. Si estoy con altura suficiente, cuento con ese margen de tiempo. El problema fue que estaba a baja altura y llegué al piso antes que la vela vuelva a volar. Caí desde unos 20 mts, con el peso del cuerpo sobre la pierna izquierda y pegué fuerte.

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Cuando impacto contra la ladera, la pierna izquierda hace presión hacia arriba mientras el torso va hacia abajo. Esta presión me rompe la sínfisis del pubis, desplaza hacia arriba el lado izquierdo de la cadera, fractura el sacro de ese lado izquierdo, me fisura la quinta lumbar, y cuando caigo con los brazos hacia adelante para frenar el golpe, me saco el hombro izquierdo. Y todo ese aplastamiento en la zona del abdomen produce un hematoma retroperitoneal. Así, quedo tirado.

Qué paso a partir de allí?
Dos días antes había estado haciendo trekking con Julio Guevara, amigo de años y compañero de muchas salidas a las sierras, caminando, escalando, compartiendo guiadas con turistas, etc. Además, es el jefe de Bomberos Voluntarios de Capilla del Monte. Y en esa salida de trekking habíamos acordado que el domingo íbamos a ir a hacer escalada en roca. Un rato más tarde recibo un mensajito en el que me proponen hacer el vuelo y accedo.
Al día siguiente, estando ya arriba para el despegue, Julio me llama para coordinar la salida de la que habíamos hablado. No lo atiendo porque estaba preparando el equipo de vuelo. Cuando tuve todo listo lo llamé y le dije donde estaba. Así que, con un par de binoculares se dispuso a ver mi vuelo desde el patio de su casa. Estábamos a una distancia de unos 5 km, Julio en su casa y yo en la ladera del cerro, que se podía divisar desde el pueblo.

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A esa distancia no pudo ver con total claridad lo que pasó, pero mi vuelo había sido raro y de muy poca duración. Eso llamó la atención.
Cuando estoy en el piso me confundo y empiezo a llamar a Julio por el handy, handy que estaba en frecuencia con el otro piloto. Entonces me doy cuenta que no me va a responder. Quiero agarrar el teléfono para llamarlo y algo raro me pasa cuando muevo el brazo. Involuntariamente me rotaba el torso completo. Ahí me doy cuenta que tengo el hombro luxado, fuera de lugar.
Después de un par de maniobras netamente contorsionistas, jajaja, logré hacer el llamado para contarle lo que pasó. La respuesta fue: “ya salgo para el cuartel, llamo a los chicos y salimos para allá. Calculá una hora y media hasta que lleguemos”. Era lejos, yo estaba tirado en una ladera del cerro, a unos 1.500 msnm. Y la llegada a ese lugar no tenía un acceso fácil.

Posición en la caída
Posición en la caída

En qué posición estabas?
Estaba entre acostado y sentado, con el terreno en declive, o sea, bien incómodo, jajaja… con el torso en inclinación ladera hacia abajo, haciendo fuerza porque me tenía que sostener, queriendo estar con la cabeza erguida. Una pierna afuera y la otra adentro del arnés (es un arnes en el que, durante el vuelo, llevas las piernas guardadas en una especie de saco o tubo de tela) y cuando movía la pierna izquierda, adentro, a la altura de la vejiga, sentía como si estuviese moviendo una bolsa de agua con un palo. Sin dudas, algo estaba suelto. En un momento siento en la zona abdominal como un derrame, caliente. Pensé que me había orinado, entonces abro el arnes esperando ver el pantalón mojado. Cuando lo vi seco, dije: “listo es una hemorragia interna y para cuando lleguen los chicos, palmé”. Fue muy loco ese momento, entender y experimentar emocionalmente la muerte y decir “esta es la última que hiciste”. Fue raro. No grité, no lloré, ni me desesperé. No tenía miedo. Sentí que ya no tenía nada. Experimente el desapego, un desapego total. Me pasaban imágenes por la cabeza. Me acuerdo una. La puerta de mi casa y mi mano agarrando el picaporte, abriéndola y mi vieja con el mate en el comedor. Y la volvía a cerrar. Esa cosa tan simple como abrir la puerta de tu casa, no lo iba a hacer más.
Ahí pienso en llamar a mi vieja. Espero que suene la sirena de los bomberos porque supuse que si la llamaba y después escuchaba la sirena, algo le iba a sonar raro. Dejé que suene como suele pasar a veces en el pueblo, y llamé.

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De allá arriba se veía todo Capilla del Monte, vista privilegiada. Y también se escuchaba todo.
La llamo queriendo disimular y a penas atiende me dice “Rodrigo estas bien?”… Las madres y esas malditas antenas parabólicas con las que se recibieron! “Nada” le dije, estamos guardando los equipos, en dos horas estoy por allá. Previamente, le había pedido a Julio que no le digan nada así no la preocupábamos, por lo menos hasta que tuviésemos resuelto el rescate.
En ese momento de espera, me entra un mensaje con un audio de la música de la película El Pianista. Esta escena fue prodigiosa. Fue dramáticamente bella, o bellamente dramática. El celular apoyado en el pecho, la música de la película sonando, mirando el Uritorco de frente, con las laderas yendo hacia la cima, el pajonal moviéndose en masa por las ráfagas de viento que iban pegando contra el cerro, y yo, quebrado física y emocionalmente. Sentía que estaba inmerso en un estado de una sensibilidad tan alta que me permitía percibir otras sutilezas. Una belleza y una paz indescriptible. No sentía dolor y estaba totalmente entregado a ese momento, admirándolo.
Creo que lo que nos asusta de la muerte es sólo experimentar el dolor, porque el pasaje de un plano a otro, intuí, debe ser Maravilloso.

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“Experimenté el desapego en su máxima expresión”

Y en lo mejor de la escena, se escucha el ruido del handy: “shhhhhhhhhh shhhhh, Neroo, Nero me tomá? Tamo subiendo con los choori, el asaado, la cooca y el ferneé!!! Ahí tamo viendo un trapo naranja (mi vela), tamo subiendo a las chapa!!!” No todos tienen el privilegio de ser rescatados por un equipo de Bomberos Cordobeses. Una experiencia “Picante Picante” y con mucho humor. Y del Bueno… jajaja! Los pibes venían a fondo. Varios de ellos, amigos.
Pasaba el tiempo y seguía vivo, despierto. Hasta que llegaron todos. Después, cuello ortopédico, camilla y llaman al helicóptero.

Te quedaste tranquilo allí?
Bajarme a pie era riesgoso por los tiempos. No sabíamos realmente en qué situación estaba y si era grave o no lo que tenía. Además, la zona era complicada, con un terreno de mucha pendiente y prácticamente sin senderos que faciliten la evacuación. Por eso deciden llamar a un helicóptero.
Me fueron sacando el equipo para poder pasarme a la camilla. En un momento me sacan el handy, que lo llevaba atado para que no se caiga en vuelo. Me lo había comprado hacía un par de meses, estaba nuevo. Cuando pasaron el handy por debajo de mí, desenroscando la vuelta que tenía el cordín que lo sostenía, veo que aparece sin la perilla del encendido. Le dije al bombero que me asistía, que cuando me corran de lugar, se fije si veía el botón y me respondió entre risas: “dejate de joder gringo, estas hecho mierda y estás buscando eso?”. Nunca se fijó y me quedó lo de la perilla en la cabeza.
Llegó el helicóptero y empezó a buscar un lugar para quedarse estacionario (hovering, “flotando”), porque la ladera inclinada no ofrecía un lugar llano para aterrizar. Cuando nos dieron el “ok” desde la aeronave, empezamos a trasladarnos hacia el Helicóptero que estaba a unos cuantos metros de distancia de nosotros. Me llevaban de espaldas, yo no podía verlo, pero obviamente lo sentía detrás de mí. Y en ese momento tuve un mal presentimiento, sentía que algo no estaba bien. Primero intentan subirme ingresándome desde la cabeza, pero el médico les pide que me den vuelta porque yo queda ubicado al revés y el no podía trabajar correctamente conmigo. Todo esto con la puerta de acceso a 1.60 m del suelo, y el helicóptero haciendo la maniobra de estabilización. Una escena vertiginosa, sentía la tensión del momento. Me dan vuelta, empiezan a ingresarme por las piernas y cuando me están empujando hacia adentro y todavía tenía medio torso afuera del helicóptero, el borde de la camilla del lado de los pies pega en algo que desestabiliza el Helicóptero. Primero, pierde sustentación y el patín que estaba en el aire baja hasta el piso. Después se va de trompa hacia adelante. En ese momento, la inclinación fue tal que yo, estando acostado, atado a la camilla y con un cuello ortopédico puesto logro ver por el parabrisa, la quebrada de la ladera en donde estábamos. Después se inclina hacia atrás, como si se fuera de cola, pero inclinado sobre el lado derecho. Acá las hélices tocan la ladera y colisionamos por completo. No explota porque el piloto corta antes el suministro de nafta, pero no el electro que mantiene la turbina prendida y es la que origina el primer foco de incendio, quemando el pajonal.

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Cuando todo queda quieto, veo al piloto tirado en un ángulo de la cabina y del otro lado al médico, lleno de vidrios encima. Me mira y me dice: “estás bien?” Le digo qué sí. Lo único que tenía era un corte muy chiquito en la cabeza.
Se escuchaban los gritos de los bomberos desde afuera: sáquenlos, sáquenlos!!!”. El piloto salió por adelante, no sé bien por donde y el médico por la puerta lateral que quedó mirando hacia arriba. Cuando saltó para salir, se fracturó el calcáneo (talón). Yo, adentro, todo atado sin poder moverme, con total conciencia de lo que estaba pasando, mirando todo pero sin reaccionar. Yo esperaba la explosión. Escuchaba en la turbina un ruido grave y el sonido del fuego ya quemando afuera. Me tironeaban de una pierna, la otra la tenía trabada, enganchada en un fierro. ¿La famosa escena en cámara lenta y en donde el audio de todo parece venir de lejos? Esa, la misma escena era la que estaba experimentando en ese momento. No recuerdo miedo, no recuerdo dolor, no recuerdo desesperación, estaba viendo todo, lo podía observar. Ahí pensé “sí no hacés algo, te quedas acá. Así que logro zafar el hombro del velcro que me lo sostenía a la camilla y alcanzo con la mano la botamanga del pantalón de la pierna trabada. Me desenganché y sentí que la camilla salió deslizada hacia afuera de un tirón y nos alejamos rápido del lugar. Tuvimos 12 minutos hasta la explosión. Se levantó un hongo negro que estaba siendo visto desde abajo del cerro por todo Capilla del Monte. Eran las seis y pico de la tarde.

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Se prendió fuego todo y el viento que soplaba derivó las llamas hacia la ladea que tenía el sendero de bajada. Entonces, el rescate fue a pié, con dos camillas, la mía y la del médico que no podía caminar, por una ladera sin sendero, muy empinada y que a medida que perdíamos altura la vegetación se ponía cada vez más cerrada y lo único que había para ir abriendo huella era dos bastones de trekking. En un momento, antes de empezar a bajar, aparece allá arriba mí hermano, Germán, con quien no me hablaba hacía días. Lo vi y me quebré, le pedí disculpas. Fue una bajada durísima, eterna, que empezó a las 19 h del domingo y que llegó a la ambulancia, que nos esperaba abajo, a las 7:30 de la mañana del día lunes. Germán me bajó junto a los bomberos y me dio agua toda la noche. Mientras tanto, más bomberos subían, dificultados para encontrarse con nosotros porque estábamos en un lugar sin sederos, con una vegetación muy cerrada y de noche, llevando agua, machetes, y lo necesario para poder bajarnos. Y otros bomberos subían a controlar el incendio.

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“No recuerdo miedo, no recuerdo dolor, no recuerdo desesperación, era un slow motion”

Derecho al hospital?
Sí, al Hospital San Roque en Córdoba Capital. Cuatro días en terapia intensiva y después en habitación común, esperando una operación.
Conocí a un equipo de profesionales impresionantes, con un corazón gigante. Gente maravillosa a los que les estoy enormemente agradecido, empezando por el Dr. Pablo Segura, la Dra. Lizi Sucaria y la Dra. Miriam Maldonado, seguidos de un equipazo que voy a nombrar: Lucho, Jesús, Santi, Normi, Estelita, Nori, Cari, Silvia, Vani, Marta, Sandra, Adrian, Andre, Sil, y Walter que todas las mañanas a las 6.30 venía a limpiar la habitación y nos quedábamos charlando.

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Cómo fue la recuperación?
Me dijeron que me tenían que operar. Tenía desplazado el pubis y tenían que volver a sujetarlo. Pablo, el traumatólogo, me dijo: “¿Imagino que vas a querer volver a hacer tus actividades de siempre, no? Entonces tengo que ponerte placas”. Y así fue, cinco días después de esa charla, un jueves, entré a quirófano por primera vez en mi vida. Me dieron de alta el sábado. Y el domingo me llamaron del hospital porque me tenían que internar de nuevo. En los análisis que me habían hecho aparecía un virus y tenían que atenderlo. El lunes estaba entrando de nuevo al Hospital. Estuve 15 días más y entre dos veces más a quirófano para hacer unos lavados en la herida.

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Después volví a mí casa y me fui recuperando. Habían pasado 2 meses y medio, y una semana antes de volverme a Buenos Aires quise subir de nuevo al lugar del accidente. Me acompañó Julio y su señora, le pregunté dónde estaba tirado exactamente. Fui hasta el lugar que me señaló, y después de llorar un buen rato, pedirle disculpas al lugar y a todos, y agradecer, me recosté con la misma posición con la que estaba ese día y puse mi mano por debajo de mí, entre la espalda y el piso, queriendo ubicar un lugar específico en el suelo. Después me corrí sin sacar la mano de ese lugar. Quedó apoyada sobre un montículo de pajonal. Con las dos manos abrí ese matorral, separándolo en dos partes y en el medio, con un poco de tierra encima, estaba el botón del handy.

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Mi agradecimiento especial al médico y al piloto del Helicóptero, a Julio Guevara y al Cuartel de Bomberos Voluntarios de Capilla del Monte, a todos los chicos del Hospital San Roque de Córdoba Capital y a mí hermano Germán.

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34 días A LA DERIVA, en el mar en una balsa

septiembre 26, 2018 — by Andar Extremo0

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En 1942, en plena segunda guerra mundial, tres aviadores por un error en el compás, se vieron obligados a amarisar. El bombardero Tony Pastula, el piloto Harold Dixon y el operador de radio Gene Aldrich, permanecieron 34 días sin agua y sin comida en un bote de 1 x 2 metros.

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El 14 de enero de 1942, los tres tripulantes: el Primer Oficial Mayor Harold Dixon, Gene D. Aldrich Operador de Radio y Anthony J. Pastula, bombardero, se encontraron solos y perdidos, luego de volar una misión antisubmarina extendida en su Douglas TBD Devastator, después de despegar del USS Enterprise (CV 6).
Un error del compás no sólo los había alejado de su hogar el Enterprise, sino que no tenían idea en qué área del Océano Pacífico se encontraban volando. Mantenían su mirada atenta para percibir una pequeña señal que los llevara de regreso, pero de pronto sucedió lo inevitable: el combustible se agotó y Dixon debió amerizar su avión en el mar.
Milagrosamente ninguno resultó herido y siguieron los pasos que habían realizado decenas de veces en sus entrenamientos.

National Naval Aviation Museum y la balsa real
National Naval Aviation Museum y la balsa real

El piloto se posó sobre una de las alas y recibió el bote salvavidas de sus compañeros, pero el cilindro de CO2 no funcionó y debieron inflar el bote a pulmón limpio. El avión se sumergió mucho antes de que ellos terminaran esa tarea. Los tres se encontraban en un bote de 1,2 por 2,4 metros, sin comida, agua y con unas pocas herramientas. En ese momento, ninguno de ellos se imaginó que pasarían los próximos 34 días en ese bote, al vaivén de las olas y bajo un inclemente Sol.
Su alimentación consistió en una que otra ave que se posó sobre el bote y que disparaban con su arma de dotación, alguna suerte en la pesca y algunos cocos que flotaban a su suerte. El agua que les permitió sobrevivir provino de las lluvias. Durante su octavo día, se despertaron rodeados de algunos tiburones. Inmediatamente Gene tomó su cuchillo y acertó en uno de ellos. Poco a poco fueron alimentándose del tiburón e inclusive de algunas sardinas que encontraron en su estómago. A partir del día 28, su suerte para hallar alimento cambió y estuvieron sin nada hasta el 19 de febrero.

Tony Pastula, Harold Dixon y Gene Aldrich cuando llegaron a tierra firme
Tony Pastula, Harold Dixon y Gene Aldrich cuando llegaron a tierra firme

Después de un viaje de alrededor 1.200 millas y casi 450 millas de distancia del lugar del accidente, los tres hombres llegaron a la costa del Atolón Pukapuka, gracias a los “amigables” vientos de un huracán que los había azotado por dos días y que les había arrebatado todas sus posesiones y su esperanza de sobrevivir. Ahím, fueron encontrados acurrucados por Teleuika Iotua, en una cabaña perteneciente a Lakulaku Tutala.
Se ha escrito una novela sobre su experiencia llamado The Raft por Robert Trumbull y en 2014 se filmó una película llamada “Against the Sun” en inlgés ,o “A la deriva” en español, que puede verse actualmente en Netflix.

2014 se filmó “Against the Sun” en inlgés ,o “A la deriva” primer producción de Angelina Jolie
2014 se filmó “Against the Sun” en inlgés ,o “A la deriva” primer producción de Angelina Jolie

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SOCORRISTAS DE LA NIEVE, CERRO CHAPELCO

enero 30, 2018 — by Andar Extremo0

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En esta nota realizada a 1750 msnn, en el Cerro Chapelco, Juancho Ibañez nos trae las entrevistas al jefe de la patrulla de rescate del Cerro Chapelco, Miguel Righetti, y a Jorge Mena y su perro rescatista Neo. Desde San Martin de los Andes, Provincia del Neuquén, les contamos cómo se trabaja en búsqueda y rescate, en el sur Argentino. Nota en la revista n°48

Por Juancho Ibañez
Fotos, Guillermo Suarez

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Entrevista a Miguel Righetti

Miguel, cómo está conformado tu trabajo y cuántas personas tenés a cargo?
Tengo a cargo tres áreas: patrulla, servicio de pisado con máquinas pisapistas y fabricación de nieve con cañones. En total son veintidós patrulleros, siete maquinistas y dos cañoneros.

A qué se dedican los cañoneros?
Ellos manejan los cañones que son alimentados por reservorios de agua. Éstos funcionan a temperatura ambiente y húmeda (bulbo húmedo, bulbo seco). Cuando baja a -2 grados centígrados se puede fabricar nieve, y de ese modo, el Cerro Chapelco la tiene garantizada toda la temporada en la cota desde 1500 mts hacia abajo con la red de cañones.

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También están las máquinas?
Sí. Hay cinco máquinas modelo Pistenbully 300, de origen Alemán. La función de las mismas es pisar las pistas y dejarlas óptimas para el primer esquiador que suba. El trabajo se hace desde las 17:00 PM hasta las 2:00 AM. Al igual que los cañoneros, trabajan en la misma franja horaria, siempre que las condiciones climáticas lo permitan.

Cuál es el trabajo de los pisteros socorristas?
El personal está capacitado y habilitado para trabajar desde el socorrismo hasta la prevención de accidentes, sumado el balizaje tanto en las pistas como en fuera de ellas.

Tienen una especie de camilla pero con esquíes?
Se llama barqueta, es una camilla adaptada para bajar heridos de la montaña. Puede estar apoyada o no, eso depende de la situación del rescate.

Cómo empezaste esta actividad?
Nací acá. Esquío desde los cuatro años. Estuve en el Club Lacar tradicional de San Martín de los Andes. Fui instructor de esquí pero en 1992 opté por ir a la patrulla. Trabajé en Europa y en Andorra. En el 2002 quedé a cargo de los patrulleros en el Cerro Chapelco y en el 2010 ya era jefe de pistas, pisteros socorristas, maquinistas y cañoneros.
Miguel detiene la entrevista para tomar sus binoculares, porque hay un esquiador que se cayó en la pista llamada Del Filo que es de color roja. De inmediato da la orden y envía un grupo de pisteros socorristas al lugar. Ya resuelto el inconveniente, el esquiador fue trasladado a la base del cerro y Miguel da una recomendación imprescindible:
Es fundamental que las personas esquíen de acuerdo a su nivel, y que no olviden que están en la montaña y deben adaptarse a esa situación. Hay muchos que subestima las alturas. Es necesario que pregunten siempre al equipo de patrulla, cómo son las condiciones si van a esquiar fuera de pista. Ésta es la única forma de pasarla bien y disfrutar.

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Entrevista a Jorge Mena

Después de realizar esta nota, me dirigí a la cota 1600mts para encontrarme con Jorge Mena y su perro Neo.
Jorge, cuál es tu función?

Desde el 2007 soy pistero socorrista en el Cerro Chapelco, aunque crecí en el equipo de patrulleros porque mi padre lo era y aprendí a esquiar con ellos. Trabajo en invierno en Argentina y, en lo que sería el verano acá, me voy a trabajar a los Pirineos, Andorra.

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Dónde entrenaste a Neo y cuál es su función?
Neo es un Pastor Belga Malinois de 27 meses de edad. Esta raza es oriunda de la Ciudad de Malinas, Bélgica y hoy en día es la elegida por excelencia para uso militar, policial, de búsqueda y rescate. Se destacan por energía, fuerza, olfato y lealtad. Antes tuve un Border Collie que a nivel inteligencia son 11 puntos sobre 10. Neo está formado en el Principado de Andorra y lo titulé en los Alpes franceses a 3600mts de altura, en condiciones muy duras, específicamente para la búsqueda y rescate de víctimas de avalanchas. Puede trabajar en grandes áreas y entre escombros. El entrenamiento consiste en desde muy cachorros, educarlos para que asocien sus juguetes (herramienta de búsqueda) y en forma progresiva, eso lo trasladamos a cuerpos. Le realizamos búsquedas cada vez más lejanas, hasta llegar al punto de poner a la persona debajo de mucha nieve, donde el perro rastree su juguete y lo asocie al olor humano. De esta forma y después de mucho entrenamiento y sacrificio, se logra formarlo. Es importante que las personas que estén fuera de la pista, lleven ARVA (Aparato de rastreo en búsqueda de avalancha), que sirve tanto para emitir o buscar una señal, e indica dirección y metros. Hay que aclarar que en el Cerro Chapelco nunca se registran avalanchas ni hemos tenido situaciones parecidas porque los pisteros nos encargamos de cortar las placas de nieve para que no suceda. Por eso siempre digo, es mejor tenerlo a Neo y no usarlo, a tener que usarlo y no tenerlo.

En Argentina, cuántas estaciones de esquí, además del Cerro Chapelco, tienen perros con esta certificación?
Con esta certificación llamada ANENA, que tiene 40 años de experiencia (Asociación Nacional de Estudio de la nieve y de las Avalancha) y es francesa, son sólo tres perros en Latinoamérica de los cuales uno está en Portillo Chile, el otro está en Penitente Mendoza, y Neo, acá en Chapelco. Hay otros equipos con perros, pero con otra certificación. Teniendo en cuenta lo que señalo, soy un agradecido a mis padres porque desde los 11 años sabía que quería tener un perro de rescate y me apoyaron en eso.

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TRES DÍAS EN EL FONDO DEL OCÉANO

septiembre 15, 2017 — by Andar Extremo0

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Atrapado durante tres días en el fondo del océano Atlántico, en un remolcador que había dado una vuelta de campana, Harrison Odjegba Okene rogaba a Dios por un milagro. Su historia recuerda a aquel ‘Relato de un náufrago’ de Gabriel García Márquez.
El cocinero nigeriano que logró relatar los hechos en primera persona, sobrevivió gracias a una bolsa de aire en la que quedó atrapado. Un video de su rescate, publicado en internet más de seis meses después, muestra la desesperación del sobreviviente. Sumergido en aguas heladas, vestido sólo con pantalones cortos, Okene repetía el último salmo que su esposa le había enviado por mensaje de texto al móvil: “Por tu nombre, Señor, dame vida”.

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La supervivencia a 30 metros
“Los buzos enviados que trabajaban en un yacimiento petrolero a 120 kilómetros de allí, pensaban encontrar cadáveres”, dijo Tony Walker, gerente de la compañía holandesa DCN Diving. De hecho, rescataron cuatro cuerpos hasta que una mano apareció en la pantalla de la cámara de rastreo usada por Walker en el barco de rescate.
“El buzo vio la mano y cuando fue a cogerla, ¡esta se aferró a la suya!”, comentó Walker. “Fue aterrador para todos”, dijo. “Para el tipo atrapado, porque no sabía qué estaba sucediendo. Fue un ‘shock’ para el rescatista que estaba allá abajo buscando cadáveres y nosotros (en la sala de control) saltamos al ver en la pantalla la mano que lo aferraba”.
Okene está convencido de que su rescate después de 72 horas bajo el agua y a 30 metros de profundidad, es una señal de salvación divina. De los otros 11 marineros del ‘Jacson’, 4 murieron.

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El rescate
En el video hay una exclamación de pavor del buzo, seguida de júbilo al comprender lo que sucedía. Usó agua caliente para hacerlo entrar en calor y luego le puso una máscara de oxígeno. Tras extraerlo del bote hundido, lo introdujo en una cámara de descompresión y luego lo llevó a la superficie.
Okene recuerda que le oyó gritar: “¡Hay un sobreviviente! Está vivo”. Walker dijo que Okene no podía haber vivido mucho más tiempo. “Tuvo una suerte increíble al estar en una bolsa de aire, pero le quedaba un tiempo limitado… hasta quedarse sin oxígenos”.

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UNA SEMANA SOBREVIVIENDO, LUEGO DE CAER DE UN BARRANCO DE 150 METROS

junio 10, 2017 — by Andar Extremo0

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Un accidente automovilístico lleva a un hombre grande a tener que sobrevivir por 7 días en un barranco en California. Nota editada en la Revista Andar Extremo n° 45 Marzo/Abril de 2017

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David Lavau de 67 años, nunca se hubiese imaginado que una leche chocolatada sería el inicio de su salvación. Californiano de nacimiento, circulaba por una ruta de montaña y desafortunadamente colisionó de frente con otro vehículo a 80 kilómetros de Los Ángeles. Los dos autos cayeron por un barranco de 150 metros. Se despertó en la oscuridad de la noche y no sintió ningún ruido, no pudo moverse mucho, así que pasó la noche allí entre los hierros doblados.

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A la mañana siguiente, cuando pudo salir de adentro del vehículo, se encontró con el otro automóvil. Frente al volante estaba el cadáver del conductor. Con poca movilidad causada por múltiples fracturas, y mostrando un loable instinto de supervivencia, el sexagenario improvisó un campamento bajo un arbusto y empezó a alimentarse de hierbas y a beber agua de un arroyo aledaño mientras esperaba un milagro. No podría sobrevivir así mucho tiempo, pero no tenía otra alternativa.

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Por fortuna, sus tres hijos Chardonnay, Sean y Lisa, repararon en que hacía días que no sabían de él e informaron a la policía de allí con una pista clave: la última vez que su padre había usado la tarjeta de débito había sido en un supermercado de la zona.

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Lisa convocó a sus hermanos y juntos iniciaron la búsqueda por su cuenta. En el negocio, la cajera recordó a David preguntándole: -“¿Puedo tomar un chocolatada?”. Esta frase tan cotidiana, fue música para los oídos de la familia de Lavau. A partir de allí comenzó la búsqueda. “Paramos en cada barranco y en cada colina”, recuerda Lisa,” mi hermano salía del coche y empezaba a gritar. Luego de varias horas, en una curva, nos pareció escuchar un ruido, un quejido desde abajo. Era la voz de un hombre. Lo siguiente que oímos fue la palabra ayuda, y ahí estaba papá gritando”.

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Poco después, llegaron los bomberos. El rescate fue digno de la historia de Lavau: se desplazó un helicóptero para que un médico accediera a la zona y lo reconociera. Tras darle el visto bueno, fue elevado y llevado al hospital. También tuvieron que ayudar a subir a los tres hijos. Es de suponer que, una vez reunidos, no tardarían en tomarse otra chocolatada.

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42 HORAS EN EL AGUA

abril 10, 2017 — by Andar Extremo0

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Marquis Cooper, Corey Smith, William Bleakley y Nick Schuyler, jugadores de la Liga Nacional de Fútbol (NFL) salieron de Clearwater Pass en el Golfo de México el 28 de febrero de 2009 para ir a pescar frente a las costas, sin imaginar que el único sobreviviente de esa jornada sería Nike, a quien rescataron dos días después aferrado al bote. Los otros tres hombres desaparecieron en el mar. Nota editada en la Revista Andar Extremo n° 44 de Noviembre/Diciembre de 2016

Cuatro amigos, un sobreviviente y un bote dado vuelta en el mar

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Temprano en la mañana de ese fatídico 28 de febrero, los cuatro deportistas se fueron a pescar a más de 80 kilómetros de la costa en el barco de Cooper, de 21 pies. Llevaban heladeritas de camping con hielo, comida y cerveza, indumentaria gruesa y camperas. Cerca a las 17:30 quisieron subir el ancla y regresar a tierra, pero estaba trabada. Bleakley sugirió atarla al barco y encender el motor del bote para tirarla y así poder destrabarla pero cuando Cooper trató de hacer andar el barco, éste se sumergió y se volcó, lanzándolos al agua. Juntos trataron de enderezar el barco parándose a un lado, pero no dio resultado y Bleakley nadó por debajo y sacó tres chalecos salvavidas, una heladera portátil y una almohada de flotación.

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Bleakley, que según Schuyler:- “le salvó la vida”, utilizó la almohada, sus compañeros llevaban chalecos pero no les fue suficiente. Los jóvenes intentaron todo lo que había a su alcance para salvarse, Schuyler le dijo al investigador de la agencia, Jim Manson, que trataron de utilizar señales luminosas, pero estaban mojadas y cuando trataron de llamar por sus teléfonos celulares que se hallaban en bolsas de plástico, no había señal.

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Sabían cómo pasaban las horas porque Schuyler tenía un reloj con luz y podían verlo. Según él, aproximadamente a las 5:30 del día siguiente, Cooper no reaccionaba y trataron de revivirlo sin éxito. En ese momento, Bleakley se colocó la almohada flotante que llevaba Cooper y que sería su salvación. Una hora después, Smith empezó a mostrar “síntomas extremos de hipotermia’, se quitó el salvavidas y se separó del bote. Quedaban sólo los dos compañeros del equipo universitario, que siguieron juntos hasta que Bleakley se debilitó y se quitó su salvavidas también. Schuyler dijo que le pareció que Bleakley murió aferrado a él.

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Los peritos luego indicaron que haber movido el ancla a la popa del bote contribuyó a la inestabilidad de la embarcación cuando trataban de liberarla. Describieron eso como un error que, aunque tal vez ocurre a diario, un marino más experto sabría cómo manejar. Cooper, propietario de la lancha, tenía más de 100 horas de experiencia pero había estado bebiendo, de acuerdo con el reporte.
El 2 de marzo de 2009, a 42 horas de producirse el accidente, Schuyler fue rescatado por la Guardia Costera.

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Extractos de libro de Nick Schuyler: “Not without hope”
Pienso en ese día, esas horas horribles, todo el tiempo. La más pequeña cosa me pone de vuelta ahí: un pensamiento errante, un atisbo de aguas abiertas, una mirada de un desconocido que dice: “¿No es usted ese tipo?”
El accidente me arrastra como la estela de la barca de Marquis, batiendo la formación de espuma, empujando hacia el horizonte de todos los días. ¿Por qué yo? ¿Por qué lo hago cuando no lo hicieron?
No soy un héroe. Tal vez si hubiera traído a mis amigos conmigo… al menos uno de ellos. . . o todos ellos. No lo hice. Lo intenté…pero no pude. Sólo soy un sobreviviente.
Seguí imaginando cada familia, acurrucándose juntos y abrazados. Llanto…
Yo sabía que tenía que salir de ésto para explicarles lo que pasó, que necesitaba para vivir el tiempo suficiente para contar la historia, aunque me encuentre con vida y muera más tarde. Si no lo hago, la gente contará sus propias historias, basadas en rumores. Al menos pude decirles los hechos.
Me preguntaba si había una manera de que pudiera dejar algún tipo de mensaje, algo así como “Te quiero, mamá” o “Los quiero, chicos” o “Sé feliz” o “Sé fuerte”. Pensé en mis padres, mi hermana y mi novia Paula. Si sólo tuviera una lapicera en el bote y pudiera dejarles un mensaje…

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ATERRIZAJE EN EL RÍO HUDSON, 155 SOBREVIVIENTES

enero 8, 2017 — by Andar Extremo0

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La frialdad de un piloto con solamente tenía 208 segundos para tomar la decisión de su vida, fue el tiempo transcurrido en donde una bandada de gansos impacto en las turbinas del Airbus A-320 y éstas dejaron de funcionar. Nota editada en la Revista Andar Extremo n° 43, Septiembre/Octubre de 2016

Adaptación Andar Extremo, fuente Víctor Rodríguez

Al final, todo se reduce a números: 155 las personas que volvieron a nacer aquella tarde, 7 las únicas palabras que Chesley Burnett Sullenberger III pronunció con cuanta serenidad le daban 20.000 horas de vuelo: “This is the captain. Brace for impact (Les habla el capitán. Prepárense en posición de impacto)”, 208 los segundos que pasaron desde que a los motores del Airbus A-320 que acababa de despegar de Nueva York le dejaran de funcionar las turbinas hasta que aterrizó de emergencia en el río Hudson.
Luego de seis años y medio de una de las mayores hazañas de la aviación civil, el 15 de enero de 2009, el vuelo 1549 de US Airways partía del aeropuerto de La Guardia de Nueva York hacia Charlotte (Carolina del Norte). No habían pasado dos minutos cuando una bandada de barnaclas canadienses se cruzó en su trayectoria. El impacto inutilizó los dos motores, el avión empezó a caer y el capitán hizo descender sus 70 toneladas planeando para amerizar sobre las aguas que separan Nueva York de Nueva Jersey en menos de tres minutos y medio.

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Capitán tranquilo
“Esos 208 segundos representan la transformación de las vidas de cuantos íbamos en aquel vuelo”, afirmó con cierta solemnidad Sullenberger, más conocido como capitán Sully, el héroe de Hudson o, desde aquel 15 de enero de 2009, como “capitán Tranquilo” –sobrenombre que le dio Michael Bloomberg, alcalde de Nueva York–. “En 40 años y más de 20.000 horas de vuelo, nunca sabés si vas a estar preparado para un desafío así. Un día te lo encuentras y tienes 208 segundos para solventarlo”.
Vestido de traje gris oscuro, canoso en pelo y bigote, Sully de 66 años se deja cumplimentar en medio del ajetreo de una feria. Por su porte, modales, forma de hablar, y si uno no supiera a qué se dedica, diría que es piloto de líneas aéreas. En realidad dejó de volar en el 2010, después de la maniobra del Hudson, y se convirtió en conferenciante y consultor en temas de aviación, desde el 2012.
Por encima de la tranquilidad que le atribuyeron los pasajeros del vuelo 1549 y la prensa, lo que transmite Sully es un arraigado sentido del deber. “Nunca había afrontado el fallo de un motor en vuelo”, explicó, “llevaba 40 años volando, 30 de ellos como piloto comercial. En ese tiempo hacés cursos para saber reaccionar, planificás, tratás de prever emergencias y de pronto los motores dejan de funcionar. Estás entrenado para que pase, pero cuando pasa es un shock. Te toca echar mano de tus conocimientos de una manera completamente nueva y sin tiempo que perder, y eso hice”.

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Las 15.25 horas
Todo empezó como cualquier otro día, Sully a una semana y un día de cumplir 58 años encaraba la última jornada del ciclo de cuatro consecutivas que le habían programado en la línea Nueva York-Charlotte. Había conocido al copiloto Jeff Skiles, de 49 años, el primero de esos cuatro días. Nunca antes habían volado juntos, algo no extraño en una aerolínea del tamaño de US Airways (31.000 empleados, 3.000 vuelos diarios). Su reloj marcaba las 3.25 pm cuando el avión llegaba al principio de la pista de despegue.

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Como en una biblioteca
El A-320 tenía pista y empezó a levantar velocidad. Elevó la parte delantera, despegó y comenzó a ganar altura, todo iba transcurriendo con normalidad hasta que de repente, una formación de pájaros se interpuso en su rumbo.
“Los vi dos segundos antes de que los motores dejaran de funcionar”, relata Sully, “habían pasado 90 segundos desde el despegue, estábamos a unos 900 metros de altitud y viajábamos a unos 100 metros por segundo (360 km/h). Era una bandada enorme de gansos del Canadá y era imposible esquivarlos. Golpearon por todo el avión, los motores hicieron un ruido horrible y casi al instante callaron y dejaron de funcionar. Alguien lo describió diciendo que todo se volvió tan silencioso como en una biblioteca, y fue exactamente así”.
El avión empezó a perder altura muy rápido y casi de inmediato Sully entendió que no había tiempo de regresar a La Guardia o de intentar un aterrizaje de emergencia en el otro aeropuerto próximo, Teterboro, en Nueva Jersey. La única opción era amerizar en el Hudson. Apenas tuvo tiempo de hacer el citado anuncio al pasaje. Con Skiles, su primer oficial, ni siquiera habló. “No tuvimos ocasión”, relata, “confiamos uno en el otro y nos las arreglamos para colaborar sin palabras”.

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Impacto en el agua
Sully trataba de ver por las ventanas de la cabina donde estaba el nivel del agua. Skiles le iba diciendo continuamente la velocidad y la altura. “Lo más complicado era decidir la fracción de segundo en que elevar el morro. Si lo elevaba muy pronto, el avión tomaría contacto con el agua demasiado despacio e inclinado hacia arriba con un mayor riesgo de impacto violento, y si lo elevaba muy tarde, el contacto con el agua sería demasiado fuerte”
Finalmente, el veterano piloto acertó y el avión quedó flotando semihundido. Pero hubo otra circunstancia afortunada que permitió que ninguno de los 150 pasajeros y cinco tripulantes muriera (hubo cinco heridos graves): cayó entre dos terminales portuarias, la de Nueva York y la de Nueva Jersey. Tres minutos y 35 segundos después del amerizaje, ya había un barco junto al avión. Sully fue el último en abandonar la cabina tras recorrerla dos veces para asegurarse de que no quedaba nadie.
“Una caída en el agua es aún más destructiva que un aterrizaje. Es increíble que un jet Airbus pueda acuatizar en un río sin romperse”, el avión podría haber chocado el agua a una velocidad de unos 260 km/h destacó Max Vermij, un investigador de accidentes de aviación.
“El motor explotó, había fuego por todas partes y olía como a gasolina”, contó a Reuters Jeff Kolodjay, de Connecticut y agregó: “la gente estaba sangrando. Chocamos con el agua muy fuerte… fue aterrador…las puertas se abrieron y vimos botes salvavidas y pudimos apenas ver a poca gente saliendo del agua. El piloto hizo un trabajo magnífico al acuatizar el avión en el río y luego al asegurarse que todos salieran, tuvo la suficiente calma para recorrer el avión dos veces luego de aterrizar para asegurarse que todos estuvieran afuera”.
La FAA dice que el impacto de aves y otros animales salvajes en aviones causa anualmente más de 600 millones de dólares en daños a la aviación civil y militar estadounidense y que más de 219 personas han muerto en el mundo como resultado de estos incidentes desde 1988.
Desde el primer momento llegaron los reconocimientos y Sully recibió, entre otros agasajos, las llaves de Nueva York y el título de oficial de la Legión de Honor francesa. El presidente saliente George W. Bush, lo llamó para felicitarlo y el entrante, Barack Obama, lo invitó a su investidura. En la SuperBowl, dos semanas más tarde, fue largamente ovacionado.
Pero no todo fue tan bueno, recuerda Sully: “Para todos los que íbamos en aquel vuelo 1549 fue un shock, sufrí estrés postraumático y los días siguientes no podía dormir. Intentaba leer un periódico y no era capaz, no me concentraba, porque las mismas imágenes me venían a la cabeza una y otra vez… eso duró meses. La hipertensión arterial también me duró meses”. El héroe del Hudson no volvió a pilotear hasta el 1 de octubre, nueve meses y medio después, curiosamente en la misma ruta y con el mismo copiloto. En marzo de 2010 con 59 años, hacía aterrizar un avión de pasajeros por última vez.

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Experto en seguridad
El piloto, ha seguido vinculado al mundo de la aviación. Antes del incidente había colaborado con el Panel Nacional para la Seguridad en el Transporte y desde entonces, se ha establecido como consultor y conferenciante. La cadena de televisión CBS lo fichó como experto en temas de aviación.
También ha escrito dos libros: unas memorias que entraron en la lista de más vendidos del New York Times, y uno sobre liderazgo, y el Partido Republicano le ofreció ser candidato al Congreso a finales de 2009.
Hoy, Chesley Sullenberger tiene su propio agente de relaciones públicas que lo escolta durante cada entrevista. Casado con una monitora de gimnasia que ha hecho carrera en televisión como experta en temas de salud y bienestar, y padre de dos hijas adoptivas, Sully reflexiona sobre el significado del término héroe. “Se ha usado tanto para describirme que un día mi mujer buscó la palabra en el diccionario. Una acepción decía: ‘Persona que decide ponerse en riesgo para salvar a otra’. Yo no encajo en esa definición, nosotros no elegimos nada… aquella situación nos cayó encima. Nos limitamos a hacer nuestro trabajo. En un mundo en el que no todos lo estaban haciendo (ocurrió cuatro meses después de la quiebra de Lehman Brothers) pudo parecer extraordinario, pero lo único que hicimos fue nuestro trabajo. Eso sí lo hicimos.”

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FUIMOS, relato de una Travesía y una Sudestada

agosto 15, 2016 — by Andar Extremo0

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¿Qué preponderancia debe tener el factor 'suerte' en cuestiones relacionadas con situaciones que podríamos evitar?¿En qué preciso momento es necesaria la fuerza para decir 'no' a pesar de nuestra experiencia o habilidad? ¿Cuándo se enciende la chispa que nos hace ir más allá de los riesgos que sabemos existentes y nos impulsa a subestimar situaciones peligrosas? Tal como sabemos, el azar es caprichoso pero la evaluación de riesgos es una habilidad que toda persona que realiza un deporte en contacto con la naturaleza debe desarrollar y perfeccionar. El equilibrio entre la recompensa y la desgracia es fino y a menudo difuso cuando la pasión por la actividad, sea cual fuere, hace su trabajo en el espíritu de aquellos que buscan la aventura. En deportes que impliquen riesgo la suerte debería brillar solamente entre bambalinas. Nota editada en la Revista Andar Extremo n° 41 May/Junio 2016

Por NorberthHaertel

Cuando entrar la supervivencia en una excursión de Kayak pende de un hilo

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Fuimos. Si, fuimos. ¿Deberíamos haber ido? La respuesta a esta pregunta solo es posible en retrospectiva y solo la conocemos ahora, luego de haber pasado por situaciones que creo hubiésemos preferido no pasar. Algo es claro, hicimos lo posible, pero en algún punto todo fue más de lo esperado. Habíamos tomado todos los recaudos y por eso salimos el jueves a las 4 de la mañana del Club Hispano de Tigre. Gracias a la colaboración de la gente del club, luego de explicarles el pronóstico, pudimos salir más temprano y evitar situaciones de algún modo ‘peligrosas’ con el fin de llegar seguros al decimoprimer encuentro anual de kayakistas 2016 en la isla Martín García.
El viaje de ida hasta la isla fue agradable, estábamos enteros luego de 10 horas en el agua, a horario y con un día radiante hasta ese momento. Un poco atrasados, quizás, dado que el pronóstico prometía fuertes vientos sobre el canal Buenos Aires a partir de las doce del mediodía. Diría que llegamos un tanto jugados, con algo de duda sobre cómo encontraríamos el canal. Por fortuna, pudimos hacer el cruce a la una de la tarde sin problemas gracias a la suerte que mandó el viento para atrás unas tres horas, iniciándose el llamado ‘pesto’ o ‘rosca’ tipo cuatro de la tarde. En este horario ya las cosas estaban complicadas. El viento imponía paulatinamente su fuerza, las olas crecían y las ansias de que todos cruzaran bien, también.
Ya en la isla Martín García, con los botes en parque cerrado, fuimos al muelle a ver cuál era la situación, a tratar de deducir cómo estarían las condiciones en el canal y para ver si veíamos a alguien apuros. Algunos kayakistas llegaban cómo podían, con sus últimas fuerzas, cual sobrevivientes. Las palas se veían aparecer y desaparecer a lo lejos entre las olas. Algunos prefectos estaban apostados en el muelle con largavistas tratando de ver qué pasaba y para ver sí advertían alguien flotando o en peligro. El viento aumentaba, la noche caía y la situación general empeoraba.

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Era imposible no pensar en los que estaban en el río peleando. ‘-¿Estarán bien? ¿Los chicos venían? ¿A qué hora salieron? ¿Ya llegaron?’ Las preguntas abundaban y las respuestas no. La alegría de ver compañeros llegar era enorme. Cruzaron, bien ahí. Zafaron. ‘-¿Y cómo estuvo? ¿Lo viste a tal o cual? ¿Qué sabés? ¿Llegaron? ¿Dónde están?’ El abanico de preguntas se limitaba a un hecho puntal: que hayan llegado. No más que eso.
Luego de unas horas, ya caída la noche, empezó a circular entre los kayakistas el rumor de que tres palistas habían querido cruzar llegando solo uno de ellos. Es decir, lo que nadie, pero nadie hubiese querido escuchar. La información era muy escasa: uno cruzó, el otro fue rescatado por prefectura. ‘-¿Y el otro quién es?’ Ya no importaba quién era, lo único que importaba era que podía haber sido cualquiera de nosotros. Eso nos despertó muchas dudas con respecto a la decisión de haber ido o qué nos había motivado a ir. Solo queríamos que aparezca y que aparezca bien. Sé que nadie lo decía, pero todos lo pensaban. Y me refiero a eso. Si, eso que alguna vez pasó y que solo sabíamos a través de lo que nos contaban aquellos que estuvieron esa vez durante el primer encuentro del año 2006.

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Simultáneamente a esto otras noticias llegaban a la isla Martín García de manera esporádica. Se sabía que había gente pasando la noche en la Isla Timoteo Domínguez cuyas embarcaciones fueron derivadas por el viento. Otros se habían vuelto al club motonáutico del Paraná Miní. Otros estaban colgados de los árboles en hamacas paraguayas en las Islas Oyarvide dispuestos a pasar la noche con la sudestada. Otros dejaron los botes en las Oyarvide y los cruzó prefectura en un gomón por precaución. Estas noticias, sumadas a las anteriores, hacían mella en los ánimos y profundizaban las dudas y la incertidumbre. Ya todo se había ‘pasado de rosca’. Ya no era un juego o una aventura sino que era otra cosa: un peligro.
Durante el viernes el viento fue constante y fuerte. La marea subió rápido durante la madrugada y ya había inundado el parque cerrado lo cual nos obligo organizarnos espontáneamente para subir los botes durante la madrugada dado que algunos ya se encontraban flotando. Sin embargo, hicimos el rol en prefectura para salir el sábado a las seis de la mañana, pero nadie aseguraba si nos iban a dejar. La duda aumentaba, los vientos que se auguraban no eran del todo favorables y no había novedad del palista hasta el momento desaparecido. Ciertos pronósticos indicaban que iba a haber una ventana tipo seis de la mañana, momento en el cual, supuestamente, el viento bajaría un poco. La cosa era cruzar el canal Buenos Aires, el resto capaz ‘lo manejábamos’, pensamos. Otro tema era el Paraná de las Palmas que a veces se pone un poco traicionero con varios tipos de olas dependiendo del punto en el cual uno se encuentre durante el cruce. Nos fuimos a dormir luego de una ‘celebración’ de cierre del encuentro que en algún punto se vio un tanto empañada por la situación general: un palista seguía sin aparecer, el viento no aflojaba, el pronóstico no era muy alentador y nosotros tratábamos de tejer alguna estrategia para ver cómo nos íbamos a ir y en qué condiciones íbamos a remar.

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Habíamos puesto el despertador las cuatro de la mañana para que a las seis pudiéramos tener todo listo para irnos si se podía. Nos levantamos, e inevitablemente miramos las palmeras y los árboles altos de la isla para darnos una vaga idea de cómo venía la mano. Es decir, para ver si la ventana se abría y para sacarnos de encima cierta angustia, pero nada cambiaba demasiado. Soplaba, menos, un poco menos, pero soplaba. Seguimos adelante: preparamos todo el equipo, levantamos campamento y, sin perder un segundo, estibamos los botes y nos pusimos nuestro equipo como para salir ni bien prefectura autorizara la salida. Lo único claro es que nada estaba claro en ese momento.
Ya en el parque cerrado y con los botes listos, mirábamos a los palistas llegar de los campamentos para iniciar el ritual de la estiba. Seguía soplando. ‘-¿Se sabe algo?’ ‘-Nada’ ‘-¿Y? ¿Se sale o no se sale?’ ‘-Ni idea. Parece que no, dijo prefectura’ La misma conversación se escuchaba como eco entre los aproximadamente trescientos palistas que estaban en la isla. La salida se retrasaba. La tan ansiada ‘ventana’ parecía no abrirse nunca. El viento parecía aumentar a cada instante y cada vez más palistas llegaban de los campamentos. El momento de salir era ya mismo. Luego ‘iba a empeorar’, decían.

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A las ocho de la mañana del sábado había llegado el momento. Prefectura dijo que si. Emprendíamos el regreso. Estaba todo listo, pero no teníamos idea de lo que había ahí afuera. Ya estábamos en el agua, flotando. Empezamos a palear con los timones abajo y bien asegurados. Avanzábamos, metro a metro todo se ponía peor. Las olas, que venían de popa, eran cada vez más grandes y nos desequilibraban. Nos perdimos de vista. Las olas crecían. Era bastante peligroso mirar hacia atrás. Las olas seguían creciendo. No me atrevo a especificar su altura pero fácilmente superaban los dos metros. La corriente nos derivaba y solo se podía remar tratando de mantener el equilibrio y no dejar que las olas arrastraran el bote. Era complicado. No se avanzaba. Casi nada. Las olas de popa eran cargosas y poco se podía hacer más que aguantar y mantenerse a flote para no caer o ser arrastrados. Al mirar al costado se veía la verdadera magnitud de las olas y se tomaba consciencia de donde estábamos realmente. Los brazos se cansaban y los compañeros no se veían. Las preguntas abundaban y el viento, soberbio, seguía riéndose de todos nosotros. Algunos palistas se daban vuelta a lo lejos. Las lanchas de prefectura hacían lo posible. Otros kayakistas asistían a los caídos en una maniobra admirable, otros luchaban por aguantar. Los chicos seguían sin estar a la vista.
Luego de unos 45 minutos, o más, fuimos llegando una a uno a salvo a las islas Oyarvide a unos quinientos metros del canal Petrel por lo que debimos remontar el río por la costa hasta entrar al pasaje entre las islas. No festejamos y apenas nos reconocimos en una señal de aliento, angustia y cansancio. Lo que habíamos pasado dejaba un cierto sabor amargo. No la pasamos bien y todavía quedaban unos 50 km por recorrer. Al voltear la vista atrás hacia el canal Buenos Aires tomamos conciencia por lo que habíamos pasado. Las olas eran grandes de verdad y nos costaba creer que momentos antes habíamos estado remando en ese lugar que en algún punto se parecía a un campo de batalla.
Una vez pasado el susto del canal Buenos Aires nos dispusimos a meterle remo a ‘Los pozos del Barca Grande’. Esta es una porción de río muy ancho que se extiende entre las islas Oyarvide y el Paraná miní y que está formada principalmente por la desembocadura del Arroyo Barca Grande y otros arroyos más pequeños. El río estaba alto por la sudestada por lo que entrar al Paraná Miní fue fácil pero el sudeste entraba directo formando olas sobre las islas que ahora estaban tapadas por agua. Otra vez las olas de popa dificultaban una entrada fácil, aunque su dirección era propicia para ‘surfearlas’ en dirección al Paraná Miní.

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Ya entrados en el Miní nos agrupamos en la intersección con el arroyo Diablo. Una vez en el lugar bajamos de los botes y poco a poco fueron llegando kayakistas y noticias de las buenas y de las malas. Ahí fue donde nos enteramos que habían encontrado con vida al palista que había desaparecido. También nos enteramos quiénes se habían dado vuelta en el cruce y cómo estaban. La imagen era cimatográfica: cada kayakista que llegaba había sobrevivido al cruce. La situación se asemejaba a ciertas escenas de las películas bélicas en las cuales se está esperando la llegada de soldados que vuelven de una batalla. Esa era la sensación que me daba el estar ahí, junto al resto de los palistas que se veían cansados mientras relataban su propia experiencia y cómo la habían vivido.
Luego de un pequeño descanso, remontamos el arroyo Diablo donde los ‘Bajos del Temor’ nos esperaban bien cargosos. Mucha ola y mucho viento durante un tramo que volvió a ser agotador hasta llegar al Aguaje el Durazno donde tuvimos todas las corrientes a favor hasta llegar al Paraná de las Palmas. Esto nos permitió recuperarnos un poco y prepararnos para el último desafío que nos tenía preparado la sudestada.
El Paraná de la Palmas es una cosa aparte. Cuando llegamos lo vimos, nos detuvimos y lo estudiamos. Estaba ahí, esperándonos como siempre, pero esta vez guardaba una sorpresa. Si, otra sorpresa. El viento soplaba fuerte del sudeste por lo que al salir a su cruce todo estuvo bien hasta despedirnos del resguardo de la costa. En ese momento el viento entraba sin obstáculos, lo que transformó un cruce agradable en olas que superaban los dos metros nuevamente. Una vez más nos enfrentábamos a lo que no queríamos. Por suerte pudimos negociar las olas de frente, lo que nos permitió tener un manejo más claro de la ola. Elegimos un punto en la costa, remamos y otra vez nos perdimos de vista. Unos minutos después dejé de ver a Edu. Fer ya había cruzado. ‘- ¿Y Edu?’, le pregunté a Fernando. ‘-Viene ahí atrás’, respondió Fer. Zafamos, una vez más. Luego del cruce de Paraná, estábamos en el barrio. Ya estaba todo claro. La suerte estuvo a nuestro favor. El resto del viaje fue normal, conocíamos el camino. Ya no había peligros claros en la zona por la que debíamos remar hasta llegar al punto de partida: el Club Hispano.

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Lo que acontece luego de los sucesos relatados en los párrafos anteriores culmina sencillamente con nosotros tres en el club. Estábamos enteros, cansados, pensativos y con ganas abrumadoras de llegar a casa y de estar secos. Nos miramos, pero nadie dijo una palabra. De hecho, no había nada o casi nada que decir: habíamos zafado. Zafado y no más que eso. ¿Fuimos valientes? ¿Fuimos capaces de mantenernos juntos? ¿Fuimos compañeros? ¿Fuimos ‘kamikazes’? ¿Fuimos ignorantes? No lo sé, fuimos. Creo que las respuestas llegarán en su momento. Sin embargo no fue cualquier travesía. Fue un viaje que puso de manifiesto aspectos fundamentales que deben ser tenidos en cuenta al momento de emprender una travesía: nuestras limitaciones, nuestros miedos, nuestra fuerza espiritual, nuestra fuerza física y nuestras destrezas. Doy gracias que tuve compañeros que no aflojaron, que se mantuvieron fuertes y que supieron mantenerse atentos en los momentos más complicados. Si bien este relato admite un abanico de reflexiones y pensamientos, la verdadera conclusión es simple: en esta vida, todo es aprendizaje.
Es mi intención dedicar este humilde relato a mis compañeros de travesía (Eduardo Baraiolo y Fernando Ruiz) y a todos los kayakistas que vivieron todas o parte de las situaciones que intenté describir. Si algún lector considera que las experiencias relatadas pudieran ser útiles a otros kayakistas (experimentados o no), siéntanse libres de compartirlas.
Buenos vientos a todos!!!

8 horas arriba de un árbol
Martin Maccagno, Kayakista que con la sudestada se quedo en un árbol por 8 horas en el cruce a la isla Martin García, en el último encuentro anual.
Gracias Prefectura Naval Argentina!!.
Por habernos rescatado en la isla Oyarvide , a tan solo 3 km. que la separaba de la isla Martin García. Donde luego de 47.5 km. de remada en nuestros kayak de travesía, hacia el 11º encuentro anual de kayak, nos encontramos conque el cruce estaba muy complicado con olas de metro y medio y vientos muy fuertes. Emprendimos juntos con mis amigos y otros kayakistas el cruce, uno solo de los nuestros se mandó a seguir, nosotros decidimos parar en una isla donde había tierra firme, ahí paramos, juntamos leña, encendimos el fuego, e hicimos un refugio arriba de un árbol, a 2 metros. Hice unas hamburguesas en una parrillita con carbón que lleve en mi tambucho, comimos,abrimos un vino, pero luego el agua empezó a subir hasta casi el cuello. Estuvimos en el árbol hasta las 3 de la madrugada. Tres de mi grupo durmieron sentados en sus Kayak y fueron rescatadosen la mañana del viernes. A las doce de la noche más o menos nos buscaba el helicóptero de prefectura, y luego de hacerles señas con linternas, se paró arriba nuestro con su reflector y se fue, a las tres horas vino una lancha de ellos y bajamos del árbol nos metimos al agua helada (que lo habíamos hecho muchas veces para tomar nuestras cosas o atar bien los kayak que se habían hundido) y con las fuerzas que nos quedaban subimos al gomón, que fue difícil hacerlo. Nos llevaron y alojaron en su destacamento. Había dos kayakistasdesaparecidos ,unolo encontraron a uno a 15 km de ahí , el otro llego nadando a Uruguay, tambiénrescataron a una pareja y otros kayakistas más.Fueron muy hospitalarios con nosotros.

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Supervivencia

UN AVIÓN, TRES SOBREVIVIENTES Y LA ODISEA DE NO SER COMIDOS

julio 5, 2016 — by Andar Extremo0

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Un accidente aéreo, tres sobrevivientes, tribus carnívoras y una exuberante e impenetrable selva en mundo perdido. Aviadores de la II Guerra Mundial heridos y perdidos, un rescate imposible, la excitante historia quedó en el olvido durante más de seis décadas pero el libro "Perdidos en Shangri-La" la recuperó. Esta nota fue editada en la Revista Andar Extremo n° 42 en Julio/Agosto de 2016

Por Dalia Ventura para BBC Mundo fuente Mitchell Zuckoff edición Andar Extremo

Avión C 47
Avión C 47

Si no fuera porque el escritor y profesor de periodismo Mitchell Zuckoff encontró tanta evidencia de que ocurrió como él lo cuenta, el relato parecería tan inventado como las leyendas que existían sobre el lugar donde pasó.
Pero así todo hubiera sido ficción, valdría la pena, ya que tiene todos los elementos y el encanto de las mejores películas de acción. Incluso una heroína que físicamente tenía poco que envidiarle a Grace Kelly.
Y fue precisamente gracias a ella que la prensa de la época reportó el incidente. “Cuando los reporteros vieron su foto, empezaron a cubrir la historia pues era como si una joven estrella de Hollywood se hubiera caído en la mitad de la selva: era como salido de una película de Tarzán”.
Y, gracias a que su belleza cautivó a los periodistas, Zuckoff se topó con la historia, cuando estaba investigando otro tema.

La belleza de Hasting, mujer sobreviviente, llamó la atención de los medios. Pertenecía a la primera generación de mujeres que sirvieron en el ejército de EEUU
La belleza de Hasting, mujer sobreviviente, llamó la atención de los medios. Pertenecía a la primera generación de mujeres que sirvieron en el ejército de EEUU

El principio
Era mayo de 1945 y mientras que en Europa ya celebraban la victoria, en el Pacífico, la Segunda Guerra Mundial aún no terminaba.
Sin embargo, ya no había combates en lo que entonces era Nueva Guinea Neerlandesa (hoy, las provincias indonesias Papúa y Papúa Occidental, en la isla que queda al norte de Australia). Así que un grupo de militares estadounidenses se preparaba para disfrutar de un paseo recreativo en avión.
“Yo no sabía que esas cosas pasaban, pero un piloto que estuvo en Irak recientemente me contó que todavía se hacen ese tipo de vuelos. Los llaman “vuelos de incentivo”: si quieren premiar a alguien, como un cocinero que se la pasa metido en una cocina, de tanto en tanto los llevan a pasear”, señala Zuckoff.
En este caso, en esa época, el paseo era a lugar tan exótico como desconocido.

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“Un año antes de este vuelo, dos aviadores estadounidenses sobrevolaron el lugar y donde el mapa decía que había montañas vieron un valle increíble, habitado por decenas de miles de personas para las cuales la Edad de Piedra nunca había terminado”.
Una vez que lo encontraron, todo el mundo quería ir. “Pero nadie podía llegar: no se podía aterrizar, ni era fácil ir a pie, pues estaba rodeado de montañas. Así que todo el mundo quería tomar uno de estos vuelos, para poder mirarlo desde las ventanas”.
Unos de los primeros en ir fueron dos corresponsales de guerra y, al verlo desde la altura, “pensaron en Horizontes Perdidos de James Hilton, la idea de lugares magníficos, alejados de la civilización”, por lo que lo apodaron “Shangri-La” y así se le conoció.

Hasting
Hasting

Mitos distópicos
Poco se sabía del lugar, particularmente, de sus habitantes. Un biólogo, Richard Archbold, había estado ahí, “pero él no estaba interesado en la gente, sino en la flora y fauna”. Como suele ocurrir, la falta de conocimiento engendró mitos.
“Se decía que medían más de dos metros, que practicaban sacrificios humanos…”, cuenta Zuckoff. Ninguno de estos rumores resultó cierto.
En cualquier caso, quienes se disponían a viajar no tenían ninguna intención de comprobar la veracidad de las leyendas: el plan no era más que sobrevolar el área, como cualquier turista.
El 13 de mayo, 24 militares se embarcaron en el avión “The Gremlin Special”, un nombre que, dado el desenlace, resultó desafortunadamente acertado.

Hasting
Hasting

El Gremlin especial se estrelló contra una montaña y sólo tres pasajeros sobrevivieron.
“La primera es Margaret Hasting, esta bella cabo del ejército; el segundo es el sargento Kenneth Decker, quien sufrió una herida terrible en la cabeza y quedó amnésico (no recordaba nada del accidente aéreo). El tercero, teniente John McCollom no tenía muchas heridas físicas, pero sufrió lo que sólo se puede describir como una herida existencial. Su hermano gemelo estaba en el avión pero murió. Así que cuando salió a la selva, se encontró solo por primera vez en la vida”.
Con mucha dificultad, todos los líquidos que encontraron y algunas bolsitas de dulces, emprendieron su camino hacia el valle.
“McCollom se dio cuenta de que si se quedaban ahí, se morían. No había ningún chance de que los encontraran, pues estaban en medio de una tupida selva. Así que se fueron en busca de un claro en el valle, y McCollom llevó consigo un pedazo de lona amarilla: algo que pensó se podría ver desde el aire”, relata Zuckoff.
Y esa fue su salvación: el pincelazo de amarillo en ese mar de verde fue lo que quienes los buscaban los vieron.

Kenneth Decker y John McCollom
Kenneth Decker y John McCollom

Diablos o ángeles
Como era de esperarse, se dio el temido encuentro: los tres sobrevivientes heridos se vieron de frente con unos nativos que nunca habían visto personas blancas, que no medían más de dos metros ni hacían sacrificios humanos, pero que sí practicaban el canibalismo y no les gustaban los intrusos.
“Eran guerreros caníbales y según el ritual, si mataban a un enemigo, era común comerse su carne. Varios querían matarlos pero Wimayuk Wandik, el líder de la tribu, les recordó de una leyenda que profetizaba que un día, espíritus o fantasmas de piel clara bajarían del cielo. Así que, en vez de comérselos, decidieron que tenían que ayudarlos y protegerlos”, cuenta Zuckoff.
Entre tanto, el ejército estadounidense no sabía bien qué hacer: habían visto a los sobrevivientes pero no había forma de rescatarlos. No se podía aterrizar.
Lo único que podían hacer era enviar a más soldados -con medicinas y provisiones- para ayudarlos pero, ¿a quién se le podía pedir que fuera a un lugar desconocido habitado por tribus salvajes, sin esperanza de volver?

Restos del avión en la actualidad
Restos del avión en la actualidad


Otro personaje

“Resultó que había una muy inusual unidad del ejército, liderada por C. Earl Walter Jr., un fornido estadounidense que creció en Filipinas. Capitaneaba una unidad de paracaidistas filipinos que habían sido entrenados para llevar a cabo misiones detrás del frente enemigo”.
Como no habían sido llamados a la acción, estaban a la espera cuando les llegó una llamada preguntándoles si querían ser los voluntarios de esta misión.
“Earl todavía está vivo y me contó que el lema de la compañía era “Cueste lo que cueste”. Y que cuando le dijo a sus soldados ‘hay miles de enemigos por cada uno de nosotros, no hay forma de escapar, tendremos que marchar por kilómetros sin casi ninguna provisión y nadie nos puede ayudar… ¿alguien quiere venir?’. Y todos se levantaron y dijeron ‘cueste lo que cueste'”.
Poco después, Walter y 10 de sus mejores hombres se lanzaron en paracaídas sobre Shangri-La.
Cuando tocaron tierra, se vieron rodeados por tantos nativos que, aunque iban armados, supieron que no tenían chance.
“Se vieron en esta confrontación en la que Earl no sabía qué hacer pero resultó ser uno de los malentendidos más cómicos de la guerra, en el que Earl y sus hombres terminaron desnudos. Pero le guardo el placer de descubrir cómo se llegó a eso a los lectores del libro”.

Mitchell Zuckoff
Mitchell Zuckoff

El rescate
No había nada qué hacer… excepto quizás, intentar un rescate descabellado.
El plan era que quienes estaban en tierra erigieran una especie de arco de fútbol americano: dos postes verticales unidos a medio camino con uno horizontal. En la parte superior, iba una cinta elástica de la cual estaría amarrado un planeador.
Así, aviones equipados con cuerdas y ganchos volarían muy cerca a la superficie, engancharían la cinta elástica para que ésta levantara al planeador, ojalá en la dirección y a la altura indicada.
“Esto se había hecho antes. Se llamaba”snatching”, pero nunca se había intentado a esta altitud, ni rodeados de montañas, en la mitad de la selva… nunca en nada parecido a estas circunstancias, nunca en condiciones tan adversas. De hecho, este tipo particular de planeador tenía un apodo durante la II Guerra Mundial: lo llamaban ‘el ataúd volador'”, señala el autor de “Perdidos en Shangri-La”.

Libro de Mitchell Zuckoff
Libro de Mitchell Zuckoff

Con ojos de niño
La delicia de esta historia es que Zuckoff no sólo logro conseguir todo lo que se escribió entonces sino también fotos y fascinantes recuerdos de los involucrados. Y no sólo estadounidenses. Habló también con los nativos: adultos que eran niños cuando humanos blancos cayeron del cielo.
“Si los marcianos aterrizaran en mi jardín, yo lo recordaría por el resto de mi vida, y así fue para ellos: esto era tan lejano a su experiencia. Habían vivido en un mundo prehistórico desde siempre y de repente había aviones volando y estrellándose y gente. Recordaban todo y me lo contaron (…) Y eso amplió totalmente el panorama: poder tener no sólo la historia como la vieron los aliados que estaban allá, pero la idea de poder contar con la perspectiva de lo que los nativos pensaban que estaba pasando… en ese momento fui el escritor más feliz del mundo! ”
Quizás, lo más inverosímil de todo es que éste evento se haya perdido de la memoria colectiva de una guerra que ha dado tantas historias.

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El Shangri-La de James Hilton
Situado en los difíciles años antes de la Segunda Guerra Mundial, el libro habla de una comunidad en una lamasería (un monasterio de lamas tibetanos), en el valle perdido tibetano, aislado del mundo y de tiempo.
Toda la sabiduría de la raza humana se encuentra en este lugar, en los tesoros culturales que guarda, y en las mentes de las personas que se han reunido ahí de cara a una catástrofe inminente.
Shangri-La se ha convertido en sinónimo de cualquier paraíso terrenal.

Gremlins
Los gremlins son unas criaturas mitológicas traviesas a las que les gusta dañar o desarmar máquinas, particularmente aviones.
A pesar de que sus orígenes son más antiguos, durante la II Guerra Mundial estaban muy en boga, luego de que los aviadores de la Fuerza Aérea Real (RAF) del Reino Unido activos en Oriente los responsabilizaran de los múltiples accidentes que sufrían, acusándolos de sabotear sus aeroplanos.

Supervivencia

28 HORAS EN EL AGUA, INDONESIA

junio 10, 2016 — by Andar Extremo0

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En 2013 Brett Archibald, un sudafricano que iba a surfear a Mentawai, perdió el equilibrio y cayó de noche en el agua. Sin salvavidas, se mantuvo 28 horas flotando hasta que llegó el rescate. Nota editada en la Revista Andar Extremo nº 40 Marzo/Abril 2016

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El barco “Naga Laut” dejó Padang obligado a Mentawai el 17 de abril de 2013. A bordo se encontraban diez amigos surfistas que viajan juntos por octava vez. A eso de las 3:15 de la mañana, uno de ellos Brett Archibald, sudafricano de unos 50 años salió de la cabina a orinar y beber agua, pero se sentía bastante mareado y vomitó desde cubierta en el mar. Entre la descompostura y el mareo sin querer se patino y cuando se despertó, ya estaba en el agua flotando. Miró hacia el barco pero ya estaba a unos 100 metros alejándose en busca del destino de su ruta.
Los amigos Archibald sólo se notaron su ausencia cinco horas más tarde, cuando tomaron el desayuno. Volvieron de inmediato sobre la ruta tomada durante la noche. Con una advertencia, la operación de búsqueda fue coordinado por las autoridades marítimas de rescate en Indonesia y Australia, que trabajaron juntos, ayudados por otras embarcaciones privadas.
Al regresar por la ruta el “Naga Laut” no encontró al tripulante. De acuerdo con los datos sobre el agua, la embarcación pasó a unos 250 metros de Brett, a la tarde del día siguiente, a eso de 14.30 horas. Pero el gran oleaje, el cielo gris y una ligera llovizna obstaculizó que el sudafricano fuera avistado. “Grité, agité los brazos y traté de nadar hacia el barco, pero la corriente era muy fuerte”, recuerda Archibald. “Se detuvieron cuando vieron algo, pero luego se fueron en otra dirección.”

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Antes de la puesta del sol de un animal marino golpeó dos veces a Archibald, que se sumergió la cabeza en el agua y se volvió para identificar lo que era. “Di cara a cara con un tiburón. Estaba preocupado por un posible ataque y llegué a pensar que si lo agarraba, podría llevarme a la costa “, dice Brett. Pero lo miró y se fue. El surfista- también fue picado por las medusas y herido por las gaviotas, que buscaban sus ojos.
Por la mañana, Archibald vio un barco de pesca que se aproximaba. “Pensé que iban a anclar y pescar, entonces empecé a nadar frenéticamente hacia ellos. Pero al levantar la cabeza, vi que se habían ido en otra dirección “, recuerda. Sintiéndose agotado y completamente desmoralizado, Brett trató de ahogarse, pero fracasó.
A las 7:30, poco más de 28 horas a la deriva, Brett volvió a la vista y diviso el barco “barrenjoey”, comandado por el capitán Tony Eltherington. Repitió el ritual desesperadamente como cuando vio los otros barcos, un gesticulo gritó y trató de nadar. “Después de mucho esfuerzo, pensé que iba a ahogarme en espera de rescate. Pero, afortunadamente, me vieron y llegaron a tiempo “, dice Brett.
Después de hablar por teléfono con su esposa Anita y familia tranquila, Brett decidió continuar el viaje en barco. Él estaba bajo el cuidado de un urólogo un quiropráctico y dos socorristas que estaban a bordo del “barrenjoey”. “En los ocho días restantes, fuí a todas las playas que pude y surfee la mayor cantidad de olas posibles”, se ríe Brett.
Luego se supo que Brett se desplazo 20 km de donde cayó y fue encontrado cerca de la costa de la isla Sipora.

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Reportaje realizado a bordo del barco que lo recató

¿Cómo estás?
La verdad es que no estoy bien. 28 horas en el agua, estoy destrozado. Me siento roto por la mitad.

¿Qué pasó?
Estábamos en medio de una navegación muy agitada, el mar estaba muy movido. Subí a cubierta para tomar aire y beber un poco de agua, y me di cuenta que estaba muy mareado. Tuve grandes vómitos, y luego creo que me desmayé. No me acuerdo de caer al agua ni nada, porque sino hubiera intentado agarrar una cuerda o algo así. Pero me desperté en el mar sin chaleco salvavidas, y el barco llendose a 100 metros por delante de mí. Eran las 3.15 de la madrugada, en medio de una tormenta. Cuando vi el barco alejándose pensé que todo había terminado.
No había islas en cualquier lugar por 15 kilómetros, pero traté de mantener la calma, y confiar que una vez que el barco se diera cuenta de mi ausencia se daría la vuelta. Y se volvió, llegaron a menos de 250 metros de mí, pero no me pudieron ver porque el oleaje era enorme. Cuando pasó de largo supe que tenía un problema muy serio.
La noche era una verdadera carnicería. Tuve tiburones nadando junto a mí, me picó cada una de las medusas del océano que pasaron cerca. Incluso las gaviotas trataban de sacarme los ojos, así que tengo grandes agujeros en la nariz.
Era una locura, una verdadera locura. De hecho, me di por vencido. Me vine abajo y dije: “A la mierda, no puedo seguir adelante”. Pero no podía tragar agua, mis pulmones se cerraban. Así que me dije a mí mismo: “Bueno, tengo que seguir aquí”, y seguí nadando y flotando en el agua.
Vi un par de islas e intenté nadar, pero la corriente era brutal, así que seguí sólo flotando con la corriente. Esta mañana he visto un par de islas, pero una vez más que no podía llegar a ellas.

¿Cuánto tiempo crees que podrías haber durado?
El cuerpo humano es una cosa increíble. Yo no creo que podría haber aguantado mucho más. Seguí mi propio ritmo, me mantenía flotando 5 minutos y después nadaba, así todo el rato. Vi la tierra cinco veces, pero no podía acercarme por las corrientes.
Vi un barco de pesca, y pensé: “Bueno, me va a rescatar.” Se dirigía directamente hacia mí y luego se largó de repente hacia puerto, y no lo volví a ver; pero luego vino el barco de “barrenjoey”. en el que estoy ahora. Una locura.”
El capitán, Tony (Eltherington), ya había organizado toda la búsqueda y de rescate, y fueron los que me encontraron. Vi estos mástiles y empecé a nadar hacia ellos. Ellos obviamente, estaban tratando de encontrarme, pero no venían directamente hacia mí, y parecía que podían pasarme de largo por 200 metros. No podía silbar por que tenía la boca sequísima, por lo que empecé a gritar. Tony me escuchó, pero no podía verme! Pero identificaron el ruido y me encontraron en los prismáticos y vinieron y me recogieron. Nunca había estado tan feliz de ver a un barco en toda mi vida.

Al llegar a bordo, ¿qué hiciste?
Afortunadamente había un médico a bordo, que controlaba la situación desde el principio. Me dio un montón de agua, calentó mi cuerpo. Apenas podía beber, mi lengua era del tamaño de una pelota de tenis. Me cuidó realmente bien, curó mis heridas, y mi nariz.

¿y ahora?
Todavía estoy acá en el Barrenjoey, he estado durmiendo bastante. Mi barco está llegando y entonces podremos continuar con nuestro viaje de surf.

El viaje de surf?, no te van a ingresar en un hospital o algo así?
No, no. Tenemos un doctor aquí y me cuida realmente bien. Dice que no hay problema, y en un par de días que estará todo bien. Debo decir que mi hígado y los riñones están fatigados, mis niveles de azúcar en la sangre son bajos, mi ritmo cardíaco no va fino, pero calculo que iré mañana estará ya todo bien…

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Supervivencia

“EL MILAGRO DE LOS ANDES” Entrevista a Roberto Canessa 2002

abril 18, 2016 — by Andar Extremo0

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En Enero de 2002 el periódico Andares antecesor de Andar Extremo, a 29 años del Milagro de los Andes, entrevistó a Roberto Canessa. Dicha entrevista hoy se encuentra dentro del sitio oficial del "Milagro de Los Andes" como una de las 10 mejores entrevistas a los supervivientes

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Tapa Andares 2
Tapa Andares 2

¿Cómo ves hoy ha 29 años lo ocurrido en los Andes?
Bueno, me parece que le hubiese pasado a otra persona, cuando miro a mis hijos que tienen la edad que yo tenía cuando tuve el accidente. Me doy cuenta que es increíble que halla podido sobrevivir, me parece que fue un poco la inconsciencia de la edad lo que nos ayudó, la fe en Dios y la fuerza de uno mismo. Hoy a treinta años de ese hecho ya no me acuerdo de lo que sentía, me acuerdo de los hechos, pero evidentemente (por suerte) toda la carga de angustia y tristeza que implicó luchar hasta morir no la recuerdo.

¿Qué opinión te merecen el libro y la película Viven?
Son las personas que tuvieron la suerte de no estar en el accidente, así dan una idea de las cosas que le pueden pasar a los seres humanos y las situaciones límites que pueden existir. Son dos documentos que desde ángulos diferentes muestran lo que son las situaciones límites y los seres humanos enfrentados a la máxima adversidad.

¿Creés que tu experiencia te llevó a acercarte más a la naturaleza?
Si totalmente, allá, éramos hombres de montaña, inclusive después cuando llegue a mi casa, pasaba un auto cerca y me asustaba porque en la montaña algo que se mueve es un alud o una piedra. Creo que nos transformamos en hombres muy básicos, y esa es la lucha del hombre con la naturaleza, la aprendes a querer a respetar y a convivir con ella. La noche en la montaña a pesar del frío era un espectáculo increíble la luna reflejada en la nieve, no me lo voy a olvidar!

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¿Hubo algún cambio en tus creencias religiosas después del accidente?
Y bueno yo creo que hay dos tipos de dios, uno el que te muestran en la escuela, que esta sentado en el cielo, y envía rayos a la gente que esta abajo. Otro es el que conocimos en los Andes que prácticamente convivíamos con él y le pedíamos su ayuda.
Te acercas mucho a la idea de la muerte, y pensás que estas de paso por la vida, la vida es un accidente y la única realidad es que te vas a morir, con esos parámetros es que aprendimos a que no nos importaba si nos tocaba morirnos porque estábamos en paz con nuestras almas y con dios , ese diálogo constante con dios que le sea difícil pero no imposible.
Vos estabas acá y veías ahí a tu amigo que hacia 10’ estaba vivo.

Cuál fue tu relación con la iglesia después de lo ocurrido?
Yo creo que la Iglesia es una gran organización que trata de ayudar a la gente solidarizándose con mucha gente que necesita consuelo de dios, creo que hay grandes sacerdotes que están aportándole a la gente, desgraciadamente lo que es noticias es la excepción. Es una institución que ha hecho muchísimo por el progreso del hombre y a veces se la desfigura se dice “yo creo en dios y no en la iglesia” pienso que es totalmente injusto y que todas las son generalizaciones son bastante injustas. Por ejemplo en la religión católica los curas tienen que renunciar a todo, creo que renunciar a tener familia es muy duro así que tengo un gran respeto por la iglesia.

Cómo te sentías físicamente al no tener casi alimentos?
A 3500 metros caminas 20 metros y te falta el aire, a demás caminas en la nieve y te vas hundiendo, en esos lugares no hay camino, ni trillo, ni nada, cada desplazamiento es por un terreno inhóspito e imprevisible avanzar era terriblemente difícil, o sea que físicamente no sabía si era que estaba cansado si era la montaña que era tan difícil avanzar.
En un momento caminábamos 33 pasos y parábamos porque eran 33 los orientales y pero pensábamos que igual eran 20 metros y como sabíamos que teníamos que cubrir más o menos 80 kilómetros que eran 100.000 pasos, entonces cada paso era un paso. Y así íbamos avanzando hacia nuestro objetivo.
“Tal vez mañana” fue lo que nos mantuvo vivos 72 días, “tal vez mañana” saldremos de acá, “tal vez mañana” llegaremos a la cima, “tal vez mañana” era nuestro móvil.

Canessa y Parrado junto a Catalán el arriero que los rescato
Canessa y Parrado junto a Catalán el arriero que los rescato

Se reúnen periódicamente con tus compañeros?
Todos los 21 de diciembre nos volvemos a reunir para estar juntos recordando la posibilidad que nos dio dios de seguir viviendo también recordando a los amigos que no están, hace poco nos reunimos para festejar el cumpleaños número 50 de Bobi Françua es una hermandad donde nos peleamos y discutimos pero siempre manteniendo un vínculo de pertenencia. Hermanados evidentemente por un experiencia terrible.

Como es tu relación actual con Nando parrado?
Mi relación con Nando es muy buena , vive a cuatro cuadras de casa,somos muy diferentes en la manera de actuar, el es un tipo tranquilo y pausado yo soy mas explosivo el es padrino de mi hijo y yo soy padrino de las hijas de él con Nando tengo mayor afinidad, nos entendemos mejor,

A lo largo de estos años como sobrellevaste la relación con los familiares de los fallecidos?
Muy bien, querían saber que había pasado con sus hijos, como habían pasado sus últimos momentos, que habían dicho, entonces que nosotros le hallamos podido contar lo que pasó para ellos fue una gran satisfacción y tuve el apoyo de la familia Nogueira, y cuando ganamos el campeonato eran los primeros que venían a abrazarme con otros nos conocíamos menos, era una relación mas distante, porque no nos conocíamos de antes, por en general, inclusive los sobrinos de mis amigos, de los que no volvieron , juegan en el equipo de rugby, nos conocemos todos del barrio, la verdad que nos han apoyado mucho.

Canessa con Catalán en 1997
Canessa con Catalán en 1997
Carta arrojada a Catalán de Parrado explicándole que venían de un avión perdido hacia 72 días
Carta arrojada a Catalán de Parrado explicándole que venían de un avión perdido hacia 72 días

Después de lo ocurrido tu actitud hacia la vida cambió de alguna forma?
Si empezás a darte cuenta que sos un boludo, que tenés todo para ser feliz y que te vivís quejándo que no te das cuenta de lo que tenés hasta que lo perdés, no tener en donde dormir, dormir arriba de la nieve tenerte que comer a los muertos, cuando en tu casa tenes un plato de comida caliente en tu casa hasta el agua, tenemos que derretir nieve durante una hora para poderte tomar un baso de agua, la mayoría de nosotros recibimos mas de lo que necesitamos y damos mas de lo que podemos, eso si que lo aprendí en la montaña, tener donde dormir, donde comer, bastante rico sos, en lugar de andar quejándote te falta esto te falta lo otro y que la fuerza está en uno mismo evidentemente en la montaña si nos sentábamos a esperar que nos fueran a rescatar nuestros padres nos hubieran muerto todos.


Cómo influyó tu experiencia en la educación de tus hijos?

A mis hijos les enseñé a respetar a gente con sus valores éticos y morales que no se deslumbren por las cualidades materiales que pueden tener las personas, sino por su hombría de bien, ser agradecidos en la vida, que estudien y que traten de progresar por sus propios medios, esa es la parte que mas me cuesta, tienen muchos amigos y se divierten demasiado yo creo que sus recuerdos, una de las cosas mas lindas que tengo, es una grabación cuando le preguntan a Ilario ( mi hijo) si está contento por tener a su papá vivo, el contesto que: contento no porque fue una tragedia pero que entiende a su papá sabe que lucho por su vida y la de sus amigos eso para mi vale mucho cuando caminó por los andes(cuando era chiquito) y le preguntaron si sabia que era tan difícil, el dice si yo sabia que era verdad porque me lo contó mi papá y nunca me miente a mi me parece importante esa imagen de padre, que tengan respeto por ellos mismos y por su familia y los demás es lo importante.

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Con periodistas al ser rescatados
Con periodistas al ser rescatados

Supervivencia

Rescatado en altamar

marzo 3, 2016 — by Andar Extremo0

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El Vasco Jorge Iza naufragó en solitario en el Atlántico y fue rescatado por un carguero hace un mes. Aquí la nota de un soñador que asegura que el fracaso es no intentar las cosas en la vida.

Jorge intentaste salir a hacer un viaje como el de Vito Dumas?

Fui a cumplir un sueño que tenía dentro de mí hacía mucho tiempo, y que por las situaciones de la vida por responsabilidades o trabajo lo fui postergando. Desde el año 84 lo tenía en la cabeza, pero con firmeza empecé a esculpir ese sueño hace unos 20 años atrás. Cuando me jubilé encaré el viaje.

Cómo fue la elección del barco?

Tuve 2: primero tuve un Spray 26, lento y pesado, y hace tres años pensando en este viaje compré un Orión de 34 pies (10,3 metros), un barco pesado y fuerte, pero hasta ese momento pensaba que era el ideal para hacer una vuelta al mundo. Uno de fibra que navegaba bien. Entonces empecé a acondicionar este barco.

Qué te llevó en la vida a hacer este viaje?

La vida me llevó en el 74 a embarcarme en un barco griego como aprendiz de oficial. Salimos de Génova a Estados Unidos. Allí conocí el agua, y cuando estuvimos en Miami, conocí los veleros. Me volví loco, es un mundo. Al pasar el tiempo, un amigo me invitó a hacer un curso de timonel y allí me metí de lleno. Vos tenés el sueño pero yo sostengo que podés mentirle a cualquiera pero no podes mentirte a vos mismo, tenés que demostrarte que podés hacerlo. Mi primer susto en la náutica fue cuando tenía el Spray y encaré en solitario Montevideo, cuando salí del canal y apagué el motor, fueron 10 minutos trágicos pero si no superaba eso tenía que volver y vender el barco.

Trágicos y mágicos, porque andar sin motor debe ser…

Sí, era un límite que tenía que pasar. Si no podía vencer eso, todo el sueño que tenía no podía ser. Después de esos 10 minutos me sentía el rey del agua. Hice Mar del Plata pero con tripulación, con el barco que acabo de perder. Fui a Brasil con una de mis hijas, a Angra dos Rey. Nada que ver la navegación en solitario porque en algún momento al barco lo dejás solo. Sí o sí tenés que dormir, y ajustás las velas para navegar despacio y va solito, pero tenés que estar continuamente pendiente, atento a todo, hasta cuando dormís. En ese viaje a Brasil capeamos una tormenta importante, con olas de 6 metros,  duró por lo menos 12 horas y el barco se comportó bien, lo superamos. Ahí me convencí de viajar, me sentí que ya estaba listo. Me jubilé y  me preparé para el sueño de mi vida.

Cómo iba a ser este viaje?

Quería hacer el viaje que hizo Vito Dumas por lo “40 Bramadores” sin escalas, que es de acá hasta Nueva Zelanda vas por el paralelo 40, de ahí bajás al Cabo de Hornos  y por el paralelo 57. El paralelo 40 pasa en Argentina por Bahía Blanca. Yo pensaba no parar, llevaba agua y comida para 10 meses.

Que llevabas de comida para una travesía así?

Comida en latas de todo: atún, sardinas, jurel etc… Arroz y fideos. Mucha fruta seca: 30 kg de pasa de uvas, 10 kilos de higo, 5 kg de ciruela. También aceitunas. Llevaba una olla a presión para economizar el gas y preparar de a tres comidas. Si racionaba podía pasar un año y medio con lo que tenía

Cómo preparaste el barco?

Quería salir en agosto pero no llegué a tiempo porque quería llegar en verano a Cabo de Hornos. Salí el 12 de septiembre de 2015. El barco lo compré en Noviembre del 2014 y le hice timón nuevo, lo reforcé al doble con tres bujes porque había dos cosas que no me podían pasar: desarbolar el palo mayor que se caiga el palo), o romper el timón. Pinté todo el barco y lo modifiqué todo en el interior. Me hice un corralito para cuando rolaba el barco no me caiga. Otro problema que intuía, era que la cubierta cuando se empezara a mover haría agua, entonces tenía que poner todo en bolsas. Después de la primera tormenta entraba agua por todos lados y tenía que sacar por día, con tormenta, más de 10 baldes y esponjas pero eso me mantenía activo. Esto era parte de lo que me podía pasar y no me iba a modificar el viaje. Hice revisar la Jarcia Firme que se cambia cada 10 años o 40000 millas y tenía 8 años, así que cambie el stay de proa, un cable fundamental que enrolla una vela. Entonces estaba tranquilo ya tenía los problemas resueltos.

Cómo fue la salida?

Fue en el club Regatas de La Plata, muy emotiva. Es una sensación rara en la gente: ves caras que parece que es la última vez en la vida que te van a ver y hay gente que te anima y te da mucha energía. Cuando salí al principio bien, y enseguida me quedé sin viento en el río. Entonces tuve que fondear y llegando a Punta del Este, otra me quedé sin viento pero esta vez no pude fondear porque había mucha profundidad. Puse el barco a la capa (atás el timón a una banda y acuartelás la vela de proa) y ahí si hay viento quedás a 2 nudos de velocidad o si no, quedas planchando y te lleva el viento para donde quiere. Yo seguí durmiendo tranquilo.

Cuál fue la primera sorpresa que tuviste?

A los nueve días de navegar, me levanté y estaba cortada la burda que es un cable de acero inoxidable que en la punta tiene un aparejo donde vos ajustás el cabo sintético.  Se había cortado el cable de acero. Imaginé que cuando cambiaron la jarcia dejaron la burda. Lo reemplacé por una escota, un cabo sintético que estira  solamente un 1% y funcionó, tuve que subir al palo que mide 12 metros. Yo subí casi 9. A los dos días se corta el de la otra banda. El problema es que tuve que subir de nuevo. En navegación eso mueve mucho y se te acelera el corazón. Estaba a unas 500 millas de acá. Tuve mucha mala suerte: quería ir para el este y el viento venía del este, me iba para el norte, para el sur… avanzaba poco. Al mes de estar navegando, iba con 20 nudos, con una vela chica (trinquetilla) y al irme a dormir sentí que el barco navegaba mal, salí y vi la vela bañándose en el mar. Se había cortado el arraigo donde está el stay que tienen un cáncamo (una argolla de metal) que se había desoldado y estaba abierta. Se había cortado la driza que es el cabo sintético que levanta la vela. La recogí y me dije “la jarcia está mala, me vuelvo, reparo todo en Argentina y el año que viene lo intento de nuevo”. Esa era la idea pero parecía que alguien estaba jugando conmigo. Viré 180° y el viento también. Avanzaba poco y por ahí se me corta un obenque bajo y se rompe la banda. Lo reparo como puedo pero se quejaba la madera. Puse el barco a barlovento para que no sufra el palo y trabajé de la otra banda y volvía de 4 nudos. Estaba a 1300 millas de Montevideo, que era el punto más cercano. No me quedaba otra, no me importaba si tardaba 3 o 5 meses. Me agarraron dos o tres tormentas que avanzaban 80 millas y retrocedía 60. Y en un momento se rompió el otro obenque bajo de la otra banda y allí dije “esto llega a su fin”.

Cómo te sentías ante tanta adversidad?

Por suerte tenía un aparato que se llama Tracking por un sistema que se llama Iridium manda dos mensajes mínimos por día, entonces una vez que llega la señal a tierra, mi hija y mi sobrina veían mi navegación y me preguntan qué estaba pasando. Con el apuro del viaje este aparato había llegado muy sobre la marcha y no pude saber cómo podía escribir mensajes, sólo enviaba los que estaban seteados. En clave le empecé a comunicar que me volvía.

Cómo fue la rotura definitiva del palo?

Fue una tormenta como de tres días, en ese lapso las olas golpearon el barco y lo hacían girar 90 grados pero estaba tranquilo. El primer día de tormenta el palo aguantó pero sentía desde adentro como se cortaban los tornillos. Encima la corriente me llevaba para el lado de África. Si se caía el palo perdía el barco porque no se puede remolcar. Y después de cayó. Me subí con una cadena y en la primera cruceta le puse una gruesísima, pero no aguantó. Había olas de 7 metros y vientos de 40 nudos. A las 10 de la mañana del segundo día de tormenta empezó a crujir, sentía como cuando talan un árbol y sabía que se venía abajo. Tenía que ser rápido y cortar todos los cabos porque cuando se cae si no lo separás rápido del casco se puede agujerear y es peor. Se hunde el barco. Apreté enseguida el botón rojo del tracking y pedí ayuda. Estaba a la deriva y solamente tenía combustible para 300 millas y estaba a 1300 de Montevideo. Lo guardé igual como reserva por si pasaba algún mercante.  Si bien estaba en el paralelo 40, sabía que en el paralelo 35 pasaban los mercantes. El servicio internacional de rescate me informó que venía un petrolero de 250 metros de Punta Arenas al Congo que pasaba cerca de donde estaba. Llamó al capitán y como código moral accedió al rescate y me avisaron que el buque “Dubai Glamour” iba a pasar al otro día al mediodía. Lo vi venir al día siguiente como por una autopista, porque el tracking mío estaba programado para enviar cada 10 minutos la posición y ya sabían dónde estaba. A los 10 minutos me vieron y me hicieron sonar la sonar la sirena comenzando el rescate.

Qué pensabas de tu barco en ese preciso momento?

Ya había hecho el duelo anticipado con el correr de las tormentas, ya sabía cuál era el fin. Se me iba la ropa técnica, las herramientas… se perdía todo. Preparé un bolso marinero pensando que venía un barco de la Armada Argentina pero cuando lo vi venir a mercante que al principio pasó mil metros de largo y siguió, dio la vuelta y volvió, mi hija me mandó un mensaje y me indicó que me suba a ése porque no había opción b. Allí achiqué todo, sólo puse el documento, el pasaporte, la tablet, el tracking y unos dólares que tenía. Me puse el traje de agua, me até el bolsito y me dispuse a subir los 15 metros que tenía el buque. Con olas de 7 metros en una escala de gato no se puede llevar mucho. El barco no se podía acercar porque me aplastaba, como yo tenía combustible me dirigí hacia el barco. Ellos no tenían nada preparado, sólo esperar a que pase la tormenta para rescatarme. Detener esa mole un día es una fortuna. Así que dije: yo voy hacia el barco. Me tiraron un cabo finito con una bocha y con eso no podía. Di tres vueltas al barco, vi una escalera. Allí me acerqué a un metro, salté y dejé el barco a la deriva. Y desde la escala, miraba y se veía que le di un golpe de timón porque el barco da un giro y lo chocó al buque. Se levantó cayó y no lo vi más. Creo que se hundió porque al caer el palo rompió el techo de la cabina y tenía un agujero. Si no se hundió con el golpe, seguro tarde o tempranos e iba a hundir.

Cómo te recibieron?

Ni bien subí me abrazaron, eran oficiales hindúes y marinos filipinos. Un trato espectacular. De allí navegó el buque al Congo y no me dejaron bajar porque no tenía visa. Dentro del barco el capitán decía que era un héroe. Los filipinos que hablaban castellano me cocinaban, me invitaban a fiestas… Realmente increíble. Me llevaron a Trinidad y Tobago, estuve un mes embarcado compartiendo momentos. Incluso el capitán mandó a la Armada Argentina una carta por mi actitud en el viaje. Cuando bajé el capitán me acompañó hasta la explanada. Muy emocionante! Y allí tomé el avión al otro día.

Qué te dejo esto?

Me quedó que esto puede ser el principio de algo. Antes creía que podía hacer ese viaje, ahora sé que puedo, porque en las situaciones más adversas, la moral no se cayó, en ningún momento me arrepentí de estar ahí. Me viene la imagen de todo lo que perdí, lo más triste es perder el barco y las herramientas. Pero una vez viendo una película, una mujer grande le decía a un chico “el único fracaso es no haberlo intentado”, y me quedó esa frase. No logré lo quería, pero no fracasé….lo intenté.