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ACA IRI EL POST

Agua

Vuelta a la Península Ibérica en Stand Up Paddle

mayo 22, 2018 — by Andar Extremo0

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El aventurero español salió el 7 de junio de Hondarribia, Guipúzcoa, y finalizó su travesía náutica en Portbou, Girona el 26 de octubre, tras recorrer más de 3100 kilómetros en 141 días, 22 de los cuales los pasó en tierra por las malas condiciones meteorológicas. Revista Andar extremo n° 49

por Antonio de la Rosa, textos y fotos

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Luego de 141 días en su tabla, Antonio de la Rosa convirtió en la primera persona en dar la vuelta a la Península Ibérica en paddle-surf. Su aventura de inició el 26 de Octubre de 2017 cuando llegó a Portbou (Gerona), y finalizó el 7 de junio de Fuentarrabía (Guipúzcoa).
Según contó, durante la travesía tuvo jornadas de más de 40 kilómetros de remo que en alguna ocasión llegaron hasta los 64 kilómetros. Sus días se dividieron en dos fases: una primera de 25 a 30 kilómetros, y otra después de comer y descansar, que en los últimos días se redujo por la disminución de horas de sol.
Recorrió las costas de Portugal y España en un reto en el que aseguró que “el que mandaba era el tiempo”, añadiendo seguidamente: “el problema eran los vientos frontales; en cambio cuando iban en tu misma dirección, mi cuerpo actuaba como una vela y me ayuda a avanzar veloz. Con los vientos laterales, me podía permitir remar de lado, aunque progresaba más lento”.

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“Cuando estaba en Torredembarra, cerca de Barcelona, surgieron fuera de todo pronóstico unos vientos desde la mar hacia tierra de hasta 180 kilómetros hora. Fue una experiencia aterradora, volaba todo alrededor. Tuve suerte de encontrarme en tierra, prefiero no imaginarme qué hubiera pasado si me hubiera sorprendido remando”, señaló.
De los casi 4 meses de travesía, sólo 20 jornadas no remó, por condiciones climatológicas inadecuadas. En ese tiempo, lejos de descansar, disputó competencias de paddle-surf. “Terminaba de remar, miraba el parte de vientos y al día siguiente afrontaba más de lo mismo, pero siempre con optimismo y ganas”, expresó.

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Deportista avezado, vivió complejos momentos que demostraron su afán de superación diario: su complicado paso por Estaca de Bares, el vértice más al Norte de Galicia; los acantilados de San Andrés de Teixido, casi 30 kilómetros en los que no había ningún entrante de tierra para parar; el robo de dos de sus tablas en Oporto; la confiscación de otra de ellas por la policía marítima portuguesa que más tarde pudo recuperar; su difícil paso por el estrecho de Gibraltar o por el concurrido Puerto de Algeciras.
“Los puertos daban respeto. Ahí toda precaución es poca. Yo y mi tabla éramos insignificantes ante la magnitud de los barcos que entran y salen constantemente. Te pones delante de ellos atento para comprobar su dirección, para tu dirigirte a la contraria. Y a cruzar dedos esperando que te hayan visto”, destacó.

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De esta expedición se llevó también el cariño de la gente de las zonas por las que paró, y de todos los amantes del paddle-surf que lo quisieron acompañar en algunos tramos, con sus tablas. Según dijo, las imágenes de los pueblos y ciudades costeras de la península serán imborrables de su mente.
Durante sus extenuantes jornadas sobre su tabla de paddle-surf hinchable de la marca SPS siempre lo acompañó: su bolsa estanca Sea to Summit (donde llevaba una multiherramienta Leatherman), su aparato de posición vía satelital para emergencias; un cordino; un frontal acuático y dinero.
Antonio ya está planificando nuevos desafíos: “volveré a Rovanieni para disputar Lapland Extreme Challenge, el desafío de superación humana más extremo de Finlandia. Este año no pude terminar los 900 kilómetros de recorrido a causa del congelamiento de tres de los dedos de mis pies, pero me veo con fuerzas para conseguirlo el próximo año. Además, estoy pensando en cruzar Europa en bici con mi pareja”, contó.

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Quién es Antonio de la Rosa
Antonio de la Rosa es un conocido aventurero español que se ha enfrentado a diversos desafíos. En 2014 ganó la prueba francesa de cruce del Océano Atlántico a remo y en solitario Rames Guyane. Ese mismo año, recorrió con esquís de fondo los 1.700 km de la prueba Iditarod en Alaska. En 2015 unió en paddle-surf por el río Tajo, Madrid con Lisboa; y en 2016 hizo parte de la costa de Groenlandia. El último reto fue su participación en la competición Lapland Extreme Challenge.

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www.antoniodelarosa.net

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Aleksander Doba, Tercer Cruce Transatlántico a los 71 años, en Kayak

enero 29, 2018 — by Andar Extremo1

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El kayakista oceánico Aleksander Doba, aventuró su cuerpo de 71 años por tercera vez y, con un nuevo kayak, atravesó el Atlántico en un viaje de 7700 kilómetros. Salió de Nueva York el 16 de mayo pensando finalizar en Lisboa pero los vientos decidieron otro final, empujándolo a Francia. Después de unos días a la deriva, finalmente llegó a Le Conquet el domingo 3 de septiembre. Nota en la revista n° 48

VIEJO LOBO DE MAR

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Agotado pero feliz logró completar su tercer transatlántico en kayak, en un lapso de 7 años. Uno se podría preguntar si existe un remero más intrépido en el mundo que elija por tercera vez estar solo durante 110 días surcando las aguas del Océano Atlántico. La lógica es obvia para “Olek” (así lo llaman a Aleksander Doba), no tiene ataduras y sí mucha convicción.
A poco de su llegada, el atleta polaco siempre optimista y decidido, que había ignorado todo tipo de sentido común y precaución, terminó su exitoso tercer cruce. Sólo tres remeros lograron este viaje en la historia: Franz Romer en 1928, Hannes Lindemann en 1956 y Peter Bray en 2001. Doba es el cuarto y único que cruzó tres veces el Atlántico.
El primer intento fue fallido. El 7 de mayo salió con su kayak de fibra de vidrio reforzado de 23 pies de largo (7 metros) y un metro de ancho, y con un bote insumergible de 750 kilos con carga (450 kg vacío) llamado “Olo”. Los percances comenzaron casi de inmediato: se encalló cerca de la costa de Sandy Hook e inmediatamente fue remolcado lejos de la tierra. En ese proceso, casi vuelcan el kayak. Durante los siguientes cuatro días, Doba avanzó cerca de 100 kilómetros hacia el este por su propia potencia antes de alejarse de la costa. Hizo un parate en tierra, comió bien y buscó equipo nuevo. Finalmente partió el 16 de mayo.

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“Mi cuerpo se ve un poco viejo, pero adentro mi corazón y mi mente son jóvenes”

En los últimos 37 años, el experimentado kayakista ha registrado 100.000 km en el agua, incluidas las circunnavegaciones del lago Baikal (1900 km) y el mar Báltico (4200 km). En su primer viaje transatlántico de 99 días en 2011, atravesó Dakar, Senegal, Acala, soportando semanas de tormentas. Durante su segundo intento de 167 días en el mar, hizo desde Lisboa hasta New Smyrna Beach, Florida, en 2014, y navegó en círculos dentro del Triángulo de las Bermudas. Luego tuvo que detenerse en una isla para reparar el bote. El kayakista, ingeniero químico retirado que saltó en paracaídas y voló planeadores antes de comenzar a navegar, nunca perdió el entusiasmo por cruzar el Atlántico.
El equipo en esa oportunidad no estuvo de acuerdo. El constructor de yates polaco Andrzej Arminski, quien construyó Olo con una quilla y una superestructura, temía que el kayak se rompiera en mares del norte. Caracterizó el tercer intento transatlántico como “suicida”. Consideraba que los difíciles vientos alisios que vuelan hacia el oeste a través del océano no le permitirían a Olek terminar la travesía. Sin embargo, ninguna de esas preocupaciones lo sorprendió.
Doba había probado este cruce transatlántico en 2016, he inmediatamente luego de la partida, una tormenta le dejó inutilizado los equipos electrónicos y debió ser rescatado.

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Su intento en 2017 a través del Atlántico fue una búsqueda de redención. En este viaje pasó por 4 grandes tormentas y rompió su timón que fue reparado con la ayuda de un barco. En una de las primeras que ocurrió en junio, trató de dormir a pesar de los vientos de 75 km/h y olas de 10 metros. Desafortunadamente su compartimento de dormir, hermético y estrecho (apodado “el ataúd”), carecía de la ventilación y lo obligaba a subir cada 15 minutos, abriendo la escotilla para tomar aire.
En otro caos climático, el aparejo de ancla de Olo había torcido gravemente algunos de los herrajes clave del timón. Doba manipuló el sistema de dirección para mantenerse cerca del rumbo, aunque hizo un progreso incoherente durante tres largas semanas. El 30 de junio estaba a más de 3200 km de Lisboa. Necesitaba ayuda pero un rescate era muy costoso. Por suerte, el capitán de un buque de carga con destino a América Central se apiadó de él, lo saco del mar, y su tripulación hizo la reparación. Varias horas después, y con una comida caliente, volvió al Atlántico. La asistencia causó que pierda toda esperanza de establecer un récord mundial Guinness para el viaje más largo sin ayuda en kayak o canoa.

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A principios de agosto también lo castigó el clima, con ráfagas de 100 km/h y los mares estaban blancos de tantas olas. A pesar de eso, se mantuvo positivo. Él siempre dice que es un 150% optimista y lo días malos un 100%.
La comida que utilizaba era iofilizada: estofado con verduras, pollo y pasta con salsa boloñesa. Su kayak estaba armado con desalinizadores y paneles solares, remaba desnudo cuando hacía mucho calor, entre 5 a 12 horas al día.
Al acercarse al continente Europeo, fue derivado hacia el noreste. El 3 de septiembre, después de navegar un tramo incierto del Canal de la Mancha, Olo aterrizó en la ciudad portuaria francesa de Le Conquet.

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No obtuvo el récord Guinness pero logró su objetivo de ir de continente a continente. Viajó un 25 por ciento más de lo que podría indicar la ruta. Ahora quiere pasar tiempo remando con miembros de su asociación local de kayak polaco, y contarles las historias del viejo lobo de mar a sus tres pequeños nietos, sabiendo que las grandes aventuras del abuelo Olek pueden continuar aún. “Me quedan 29 años antes de cumplir los 100”, dice Doba,”mi cuerpo se ve un poco viejo. Pero adentro mi corazón y mi mente son jóvenes”

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“Siempre soy un 150% optimista y los días malos, un 100%”

Tres Cruces del Atlántico en 7 años
2010 Dakar a Senegal en Acarau, Brasil.
2014 Lisboa, Portugal, a Port Canaveral, Florida
2017 Nueva jersey EEUU a Le Conquet Francia
Aleksander Doba fue galardonado con el premio National Geographic Aventurero del Año en 2015

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Fuente Andrew Tilin Outside Mag

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Lago Nahuel Huapi III, La Vida de Viaje

octubre 6, 2017 — by Andar Extremo0

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Andrés Calla y Jimena Sánchez nos comparten su última y tercer entrega de la experiencia en kayak por el lago Nahuel Huapi. Nota de la revista 46

El hombre animal
por Andrés Calla y Jimena Sánchez

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El margen oeste del lago es la más agreste. El coihue, la lenga, el ñire y el arrayán son los verdaderos dueños de estas tierras. Todavía se pueden ver las casas de aquellos pobladores que viven desde mucho antes de la creación del Parque Nacional. Son hogares humildes, con techos y paredes de madera nativa, gallinas en corrales y algún que otro molino de viento que quedó relegado del tiempo.
Chequeamos el pronóstico y es poco alentador: en tres días se cae el cielo y se vuela todo. Pero ese mal clima no va a durar un día o dos, sino seis. Ergo: debemos llegar a Bahía López en tres días porque en la cuenta de comida, el saldo es negativo.
El Blest es el brazo del Nahuel Huapi que más promete. Es un lugar turístico visitado por miles de personas al año que lo navegan en catamaranes y barcos, y que conecta Argentina con Chile. Para nosotros es una garganta de 15 km de largo. Las condiciones ideales para remarlo de ida son dos: sin viento (tranquilidad absoluta, avanzaríamos a nuestro ritmo) o viento leve del este (un empujón de atrás, avanzaríamos un poquito más rápido)
A medida que nos vamos acercando a su boca todo se complica. Hacemos una parada en la isla Centinela para un segundo desayuno. En este islote de 250 metros de largo y 100 de ancho, descansan los restos de Pascasio Moreno, el explorador, geógrafo y político más importante de la década del 80 en Argentina. Mientras preparo avena con nueces, Andrés sale a fotografiar la isla. Llega hasta el extremo opuesto desde donde puede ver al profundo Blest y vuelve con un pronóstico extendido:
-Podés creer que está entrando viento del oeste…
-¿Cómo la ves?
-Y… está picado…
-No quiero pasar otra vez por lo de Dina Huapi. Si lo ves bien, vamos y si no, cruzamos a la playa de enfrente y nos quedamos.
-No, dale, comamos y sigamos.

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Dos días atrás, remando con lago planchado, Andrés me confiesa que estaba algo aburrido, que él había ido a buscar aventura y que los días, hasta ahora, habían sido muy tranquilos. Poco viento en contra, poco viento a favor.
-Tené cuidado que la última vez que dijiste algo parecido te diste un palo con la bicicleta en San Luis.
Y agregó con tono mitad chiste, mitad en serio:
-Guarda con lo que decís porque acá no estás solo. Yo no vine a buscar más aventura que ésta, así que tené cuidado con las palabras que usás porque lo que pidas lo vamos a vivir los dos.
Al salir del reparo de la isla Centinela casi se nos vuela el alma. Estábamos en el lugar más complejo del lago, donde no debía soplar viento y donde las olas eran sinónimo de quilombo. Pero en lugar de desesperarme como aquella vez en Dina Huapi, me dije: vos podés, ¿vos querías aventura? ¡Acá la tenés!
Empezamos a remar con fuerza y constancia para no perder el ritmo, pero yo me quedé muy atrás. Andrés me saca mucha ventaja y el viento se pone peor… acá no la puedo cagar. Lee mi mente a distancia, y frena, saca su remolcador para ir juntos y cerca, otra vez.
Vamos avanzando a paso de babosa, frenando en pequeñas bahías para aflojar los músculos y la tensión, que sabe a agua dulce de glaciar. La realidad es que no sabemos con qué nos vamos a encontrar a medida que vamos avanzando.
¿Habrá un paredón? ¿Habrá una playa? ¿Habrá piedras? ¿Podremos parar? ¿Cómo pegarán las olas?
Lo que venía después no estaba en los planes: 2 km eternos de paredones de piedra y el catamarán que navega el brazo Blest, del lado de enfrente. Ahora no sólo tenemos olas de frente sino también del lado del paredón y del lado del catamarán.
3-O-L-A-S.
De diferente altura y dirección. Veo cómo la proa del kayak de Andrés sube dos metros y rebota en el agua, y él a veces no alcanza a verme, también por las olas. Debo estar atenta al cabo del remolque porque si se engancha con algo, corremos el riesgo de caernos al agua.
Y Andrés me pregunta cómo estoy, y no sé qué responderle.
Tengo miedo.
El paredón no termina más.
Y la playa no llega más.
Y todo pasa lento.

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Y se me viene un recuerdo absurdo a la cabeza: la primera vez que hice kayak en México con mi papá. El mar estaba tranquilo y los dos remábamos en un kayak doble de plástico. Entrábamos al mar cortando la ola y lo estábamos haciendo bien, pero cuando quisimos doblar, vino una ola y nos dimos vuelta. De repente me encontré abajo del agua, con los ojos abiertos hacia la playa y el kayak como sombrero. Empecé a preocuparme: ¿dónde está papá? ¿Dónde está Papá? Y cuando salí a la superficie, lo vi y respiré profundo y…
¿¡Qué carajo hago pensando en eso!?
Vuelvo al Nahuel, y Andrés me pega otro grito:
-¿Cómo estás?
-Bien, ¡¡Pero quiero costa!!
-¡Yo También!
Y aparece una playa a la derecha, pero si entramos con esta ola seguro nos tumba. Entonces seguimos remando para que esa ola nos empuje de atrás. Y llegamos. Y me tiembla todo el esqueleto. Y a Andrés, después de tanto remolcarme, le duele el hombro derecho.
Bingo.
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Nos quedamos en la costa a descansar, esperando que el caos se calme de una vez. Hace frío y hay muy poco sol, mala combinación. Andrés me confiesa que su decisión de salir de la isla Centinela no fue buena. Que nos deberíamos haber quedado, que nos arriesgamos sin sentido. Y le respondo: vos querías aventura. Casualidad o palabras que crean realidad.
Dos horas después, el lago se plancha. Maldito lago, maldito Eolo. Me acuerdo de Nahuelito, esa supuesta criatura acuática desconocida que, según la creencia popular, habita en esta inmensidad de origen glaciar. Al único ser al que hay que temerle en la Patagonia es al dios del viento que se encabrona y ralentiza a los seres humanos que buscan romper cadenas y sumergirse en lo desconocido.
Salimos.
Y el sol nos calma el pulso.
Y aparece Prefectura arriba de un gomón.
Y nos pregunta si estamos bien.
Y llegamos a la cascada del arroyo Blanco.
Y sentimos que todo el esfuerzo valió la pena.
Al otro día nos levantamos bien temprano. Son las 6 de la mañana y el sol aún no salió. Las botas de neoprene, las calzas, las remeras, están húmedas. Nos duelen los huesos cuando nos metemos en el agua y empezamos a remar. Hasta nos ponemos guantes, pero las manos tardan en entrar en calor y los pies… ni pensemos en los pies: son dos icebergs.
Llegamos a puerto Blest, un pequeño embarcadero anclado en una bahía de arena volcánica con los cerros Esperanza y Tres Hermanas, escoltándola. Es un paraíso en el corazón de la Cordillera de los Andes que esconde a la selva Valdiviana, uno de los lugares más lluviosos de Argentina (3 mil mm de precipitación anual). Cohiues y alerces gigantes, arbustos bajos y verdes, lianas y enredaderas son los tesoros que encuentran los aventureros que se animan a explorarla.
Puerto Blest sirvió de puerta de entrada al lago Nahuel Huapi desde Chile. Desde 1620 los militares usaron este paso en búsqueda de indígenas esclavos. Lo cruzaron misioneros, viajeros y colonos y fue un punto estratégico dentro de la Campaña del Desierto. Las huellas de la historia no sólo están en la tierra, también se ven en el agua.
No nos queremos demorar mucho más en salir. Vemos una ráfaga bien al fondo, entrando en el este y al rato, otra vez, viento en contra. Estamos cansados, el cuerpo está cansado. Ni bien salimos del brazo Blest, la cosa cambia. El lago nos guiña el ojo y se aquieta…se vuelve mudo. Con su mano derecha entramos en el último brazo de esta larga aventura.

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El brazo Tristeza tiene cascadas, pero no vemos ni una. Abril no es un mes de agua y las pocas lluvias de verano no hicieron brotar ni siquiera un chorrillo. Quizás por eso se llama Tristeza…sus lágrimas tienen caída libre. Son 14 km tallados por la naturaleza. Es angosto, prístino, salvaje, y está enmarcado por los cerros López y Capilla. Ahí vamos nosotros, entre paladas de pensamientos. No queremos bajarnos del kayak ni que la travesía se termine pero el reloj anuncia que en 24 horas llegaremos al km 0 de esta larga aventura.
A la mañana siguiente ordenamos por última vez el equipo, tomamos el último mate sobre la costa, apoyamos por última vez las manos sobre el agua, y remamos por última vez las aguas del Nahuel. Nadie dijo que la salida iba a ser fácil. Faltaba una prueba más.
La entrada y salida del brazo en días de viento es complicada: se juntan los vientos de tres grandes regiones del lago y se suma la pared del cerro López donde esos mismos vientos rebotan. Las olas, también. Viniendo del sudoeste, los últimos mil metros pueden volverse tu peor enemigo, Sólo hay paredes de roca y nada más.
Ahí estamos nosotros con viento a favor, el que tanto pedía Andrés, pero en el peor lugar del lago. Encima de todo, con ola de atrás, esa que no te da tiempo a enderezar el kayak porque te mueve de un lado a otro, esa que en días rabiosos te puede desestabilizar y plaf!, al agua, esa que existe para una cosa: molestar.
No hay palabras para describir cómo se mueve el kayak. Dina Huapi no fue nada, menos lo fue Blest. Las olas son enormes, están más altas que nunca. El rebote en el paredón es abismal, no me da ni la velocidad de los brazos ni los movimientos del pie sobre los pedales del timón para lograr que al menos un segundo el kayak quede derecho. Andrés está cerca mío intentando seguir adelante pero creo que ninguno de los dos se esperaba ésto. La despedida del Nahuel es como él: violenta, desordenada y al límite.
Hay que llegar a esa punta, doblar y entrar en bahía López. Pero otra vez, como tantas veces, esa punta no llega. El paredón se hace eterno. El pulso cardíaco se acelera por demás por la ansiedad de llegar.

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Pero llegamos.
Y gritamos de la alegría.
Porque lo hicimos. Y lo hicimos bien.
Y los ojos empiezan a brillar.
Y las lágrimas se entremezclan con el agua.
Y es en ese instante donde lo natural y lo humano, se hermanan.
Huapi, en idioma mapuche, significa isla, tierra aislada por ríos o quebradas. Nahuel quiere decir tigre, pero algunos dicen que en realidad significa “hombre transformado en tigre”. La raíz “na” remite a saber y “Nahual” al conocimiento de las cosas secretas de la naturaleza.
En el lago Nahuel Huapi fuimos testigos, aprendimos a observar la naturaleza y a oír sus mensajes ocultos. A veces, nos sentimos una pieza más de la Madre Tierra…y es que lo somos, pero casi siempre lo olvidamos. Nos sentimos como esos antiguos exploradores que leían el agua y las nubes para zarpar o arribar. Nos sentimos solos, como nunca antes. Nos sentimos héroes y humanos al mismo tiempo. Nos sentimos tan frágiles como el cristal. Tuvimos miedo. Reímos y lloramos de adrenalina. Peleamos con el agua y con nosotros mismos.
Después de 16 días, conquistamos nuestros límites. El sabor es dulce y frío como las aguas inmensas y cristalinas del cuarto lago más grande de Argentina.
Nahuel Huapi, ya sos parte de nuestra historia.

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Lago Nahuel Huapi II, La Vida de Viaje

octubre 6, 2017 — by Andar Extremo0

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Andrés Calla y Jimena Sánchez nos comparten su segunda entrega de la experiencia en kayak por el lago Nahuel Huapi. Nota en la revista n° 43

“El Enemigo Invisible”

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Solos en una isla, en una playa. En la oscuridad se escuchan aullidos, quizás de ciervos. Hace mucho frío y el lago está furioso y ciclotímico: de noche es una seda, de día las olas salpican su superficie. Estamos en la isla Victoria, en el corazón del Nahuel Huapi. No es una isla pura sino todo lo contrario: fue manoseada por quienes la habitaron, al contrario de lo que nos cuentan.
En 1903 llegó Aarón Anchorena, un aristócrata argentino que deslumbrado por la belleza del lugar, solicitó al Estado Nacional su usufructo. Al año siguiente y ya instalado como arrendatario, construyó una vivienda, un astillero en el puerto, muelles, abrió senderos destruyendo la vegetación nativa y limpió sectores del bosque para sembrar especies exóticas. Además impulsó la explotación ganadera y maderera, y después de una década, devolvió las tierras al Estado.

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Desde ese momento pasaron 15 años de permisionarios que aumentaron el número de cabezas de ganado, de talas y de incendios, lo que produjo una reducción del 50% del bosque andino-patagónico que cubría la isla. En 1924 se creó el Vivero Nacional (ubicado en el centro de la isla) con la intención de reforestarla con especies nativas y exóticas de todo el mundo. Sin embargo, “las de afuera” (el pino oregón, el pino ponderosa, el arce y la retama) empezaron a desplazar a las nativas. Hoy eso es un problema que las autoridades del Parque Nacional Nahuel Huapi están intentando resolver.
A pesar de la historia tan injusta que le tocó, es la isla más importante del lago. Y porque el clima así lo quiere, nos quedamos tres días en la playa Piedras Blancas. El primer día disfrutamos de estar con los pies sobre la tierra. El segundo no sabíamos si salir o no, porque los corderitos (olas) que estaban llegando del este venían jugando una carrera con una ráfaga de más o menos 40 km/h. Al final decidimos no salir, pero aprovechamos que los kayaks estaban vacíos para entrenarnos un poco en esta materia que nos estábamos llevando a marzo: remar con olas cuando el viento lo tenías de costado.
Mientras nos equipamos, llegó un velero. Se bajaron cinco hombres de unos 50 años, y mientras amarraban su embarcación, nos miraban. Bajamos los kayaks a la costa y ellos una heladerita. Nos ajustamos los chalecos y ellos sus mandíbulas para un asado. Agarramos los remos y ellos velocidad como manada de caballos.
-Chicos, no salgan, eh.
-No, gracias. Vamos a jugar un poco con los kayaks pero dentro de la bahía.
-Ah, menos mal. Estábamos preocupados. Este lago es muy puto.
“Este lago es muy puto”, era poesía pura…segunda vez que lo escuchamos. La primera vez la oímos salir de la boca de un chico de 16 años que intentaba convencernos de que el Nahuel no era moco de pavo, que no nos confiemos nunca de su calma porque la mayoría de las veces le precedía una tempestad. Y mientras las olas se iban poniendo más bravas, los hombres de 50 afilaban sus cuchillos sin mayores preocupaciones y nosotros… nos metíamos al agua a jugar, cerca de la orilla.

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Piedras Blancas era un paraíso. Y como en todo paraíso natural, no hay señal de celular. Pero uno de los hombres cincuentones nos avisó que teníamos que caminar hasta la cima que está en uno de los extremos de la bahía para poder dar señales de vida. Lo bautizamos como “el locutorio”, o el lugar donde mandábamos mensajes. Llamamos a Prefectura y cargamos los paneles solares cuando la luz del sol iluminaba los puntos altos de la isla.
De noche, y mientras cenábamos té con chocolate, nueces y almendras, reflexionamos sobre las sensaciones del viajar en kayak. Debe ser similar a lo que siente un escalador cuando está enfrente de una montaña: la estudia, la analiza, la respeta y la admira…seguro le tiene miedo, pero él quiere superar ese miedo, quiere superarse a él mismo.

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Me quedé pensando en lo que decía Andrés y quizás era cierto, sin embargo había algo que nos estábamos olvidando y que marcaba el ritmo de todas nuestras travesías y viajes, estamos dejando de lado al verdadero enemigo de toda esta trama, un enemigo invisible que nos hacía luchar y que nos desafiaba minuto a minuto, día tras día: el viento, ese buscarabia del cual no nos librábamos ni en tierra ni en agua, él era quien definía nuestro destino cortoplacista.
El tercer día salimos de paseo. Dejamos la playa para caminar por la isla y atravesamos el bosque para llegar al antiguo vivero. Bordeamos el lago y llegamos a playa del Toro, una playa de arena con pinturas rupestres que atestiguaban el paso de los pueblos originarios que habitaban este territorio insular. Tomamos mate en el muelle y regresamos a Piedras Blancas pensando que al día siguiente había que levantarse bien temprano para poder salir de la isla.
La alarma del celular sonó a las 7 de la mañana. Decidimos desayunar una manzana para cruzar el lago lo antes posible. Hay corderos en el este, pero son bajitos, indefensos. Mientras remábamos, le rogaba al Dios del agua que nos dejara llegar tranquilos, le suplicaba que no se vuelva a repetir lo de Dina Huapi. Y Andrés, sin preguntarme, sacaba el remolcador y lo enganchaba en la proa de mi kayak para avanzar juntos lo más cerca posible.

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Una hora después y ya en tierra, el lago se arremolinaba, se llenaba de corderos. Sentí que me estaba por bajar la presión. No sé si por el cagazo o porque me faltaba un desayuno en el estómago. Mientras Andrés preparaba avena con nueces y almendras, respiré profundo y le agradecí a la Madre Tierra el aventón.
Entramos en el brazo Huemul y como las ráfagas eran del este, el lago ni se movía. Lo navegamos tranquilos, con la atención puesta en el paisaje y no en las olas-zamba. A este brazo lo rodeaba la mítica 40, esa ruta vertebral que une al país de punta a punta y que conocíamos a pedal. Si alguien nos hubiese preguntado si imaginábamos verla desde el agua alguna vez, le hubiésemos respondido seguramente que no, que en nuestros planes sólo existía la posibilidad de viajar en bicicleta y nada más. Hoy sabemos que las cosas pueden cambiar como la dirección del viento. Quizás esa sea la gran lección del enemigo invisible: él es tan incierto como nosotros.

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Amanecimos cerca de la 40, preparamos el equipo y salimos. Parecía que el viento nos estaba tomando el pelo: esperó vernos en el agua para empezar a soplar. El lago fue un espejo durante la primera media hora de remada, pero después ese espejo se volvió una anécdota y lo peor de todo: lo teníamos en contra.
La proa subió en cámara lenta y cayó rápido y con fuerza. Tenía que cortar la ola si no, estábamos jodidos. El agua nos empapaba la cara. El ventilador cada vez soplaba con más y más fuerza y no quedaba otra que alejarnos de la costa porque la ola de ese lado pegaba de costado. Otra vez la adrenalina en la primera plana de nuestro diario de viaje.
Me di cuenta que tengo un temita con el tiempo mientras remo: una hora para mí son 20 minutos… 20 minutos eternos, pero minutos, no horas. El tiempo se estiraba y estiraba como chicle y todo pasaba lento, a velocidad de 7 km/h.
Cruzamos islas, pasamos cerca de casas tan grandes que me pregunté si en este punto de la Patagonia todas las familias eran numerosas o sus dueños competían entre sí para ver quién tenía la casa más grande, con más cuartos y mejor vista. Mis pensamientos tan superficiales se vieron interrumpidos por una lancha que salió de Bahía Mansa con cuatro amigos en dirección a nosotros. Me empezó a latir el corazón como si estuviese caminando en la avenida 9 de Julio con un camión a punto de atropellarme. No exagero. Le quise hacer señas con el remo, pero el viento no me permitía dejar de remar y cuando agarré más velocidad, el estúpido timonel esperó a tenernos a un metro de distancia para abrirse y desviarse. Ese timonel casi me mata de un paro cardíaco. Lo maldigo a los gritos y se me queda mirando. Ojalá haya escuchado algo de todo lo que le dije, especialmente la parte de sus músculos marcados y la lancha de papá.
Todo volvió a la normalidad cuando llegamos a bahía Mansa, pero como no había campings, debimos cruzar 100 metros a pie desde Bahía Mansa a Bahía Brava, porteando los kayaks. Le pregunté a Andrés:- ¿si les digo a esos chicos que nos ayuden? Pesan mucho los kayaks, amor. Y Andrés me respondió: no los molestemos, llevamos uno, descansamos, llevamos el otro y listo.
Al segundo siguiente, ellos mismos se acercaron:
-Perdón, una pregunta… ¿ustedes son Jime y Andrés?
-¡Hola! ¡Sí!
-¿Del blog: La Vida en Viaje?
-¡Sí! La Vida de Viaje.
-¡Yo los sigo! ¡Qué bueno verlos acá!

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Y entre charla y charla, aparecieron más amigos, todos con sus cascos y el pulso acelerado después de haber hecho el bosque de arrayanes en bici. Los seis nos ayudaron a cargar los botes. Gracias, gracias, gracias. Soy feliz.
Paramos en un camping por tres días sin deseos de irnos por la increíble ducha de agua caliente, ese chorro que nos usó de blanco perfecto, esa lluvia que nos recordaba que no todo era agua fría sino que también existía el agua caliente. Éramos los únicos en el camping y nos dimos el lujo de darnos una ducha de más de 10 minutos. Sepan entender: es una necesidad, cambia la temperatura corporal, cambian las ideas y nos urgía sacarnos el olor a neoprene que en este viaje se convirtió en nuestra segunda capa de piel.
Al otro día salimos a darle la vuelta a la península de Quetrihué en kayak. Ahí se escondía un tesoro: el bosque de arrayanes, algunos con más de 650 años de edad. Se trata de una especie nativa característica del bosque andino-patagónico cuyo tronco es frío y color canela. El vocablo “Quetrihué” significa en idioma mapuche “donde hay arrayán”.

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Son 12 km de ida sobre la margen oeste y 12 de regreso por el este. Paredones muchos, playas para parar pocas. El frío del bosque, los chucao cantando (esos pajaritos tan chiquitos que vuelan en el sur), el viento ausente. Después de los días agitados que tuvimos, esto se volvía un paseo. Llegamos al muelle que indicaba el ingreso al Parque Nacional Los Arrayanes. Estacionamos los kayaks, sacamos del tambucho una lata de atún, pan y mayonesa y nos sentamos en un banco de madera que estaba sobre la costa.
-Perdón, una pregunta… ¿ustedes son Jimey Andrés de La Vida en… La Vida de Viaje?
-¡Hola! ¡Sí!
-Quiero que sepan que por su culpa estoy acá.
Los tres largamos una carcajada y nos volvimos a presentar. Facundo estaba viajando desde Bariloche hasta San Martín de los Andes por primera vez en bicicleta y vino a pedalear al bosque de arrayanes. Nos sentamos, almorzamos y dimos una vuelta por las pasarelas que conectan el lugar. Nos despedimos, volvimos a los kayaks para regresar al camping y en Bahía Brava nos volvimos a encontrar con Facundo para tomar unos mates. En ese momento, unos chicos se acercaron:
-Perdón, una pregunta… ¿ustedes son Jime y Andrés de La Vida de Viaje?
-¡Hola! ¡Sí!
-Los seguimos por el blog, nosotros también viajamos pero en camioneta.

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Guillermina y Gonzalo del blog: Vuelta por el Universo www.vueltaporeluniverso.com se sentaron así con nosotros a merendar. Ellos estaban cumpliendo su sueño de viajar en La Fugitiva, una trafic modelo 94. Charlamos, tomamos mates, nos despedimos y volvimos al camping sabiendo lo que nos esperaba: la sagrada e incomparable ducha de agua caliente.
Los próximos dos días fueron libres: libres de kayak, de comer algo más que fideos, de dormir siesta… Llovía, y cuando llueve el lago es una seda. Llovía a cántaros, menos mal que no salimos. A la mañana siguiente, y después de patalear (porque andá a saber cuándo volveremos a disfrutar de una buena ducha de agua caliente), salimos en dirección a la isla Fray Menéndez que estaba justo enfrente del camping. La rodeamos y pensé: “no todo es lo que parece”, porque la cara oeste de la isla era tupida, llena de árboles y verde, pero la cara este de esta misma isla es gris, agrietada, un paredón. La explicación: la erosión del viento y del agua siempre es más fuerte en el oeste, y de ese lado el enemigo invisible se hace visible.
Era el día 12 de la travesía y el fondo transparente nos seguía sorprendiendo. Había vapor sobre el agua y seguían apareciendo islas: esta vez dos iguales y redondas. Entramos en el brazo Última Esperanza y nos preguntamos por qué habrá sido bautizado con ese nombre.
El bosque acá no es verde: es verdísimo. Es que el 4 de junio de 2011 el cielo de Villa La Angostura se tapó y la ceniza del volcán chileno Copahue lo cubrió todo (rutas, lagos, casas, senderos). Esa arenilla gris e invasiva parecía el fin del mundo. Sin embargo, desde ese día todo cambió. El pueblo se unió y en tiempo récord se recuperó. La naturaleza tomó la ceniza como abono y Villa La Angostura volvió a ser “el jardín de la Patagonia”.
Las playas en Última Esperanza están aún hoy cubiertas de ceniza, y cuando entramos en el brazo de al lado, el Rincón, remamos rodeados de piedras pómez del tamaño de carozos de aceitunas. Los remos parecían maracas: hacían tanto ruido que creímos que en cualquier momento se iban a rayar. Al agua la sentimos más densa, más espesa. Después recorrimos el brazo Machete y de ahora en adelante sólo nos quedaba volver. Empezamos a recorrer la margen oeste del lago, la menos intervenida por el hombre, y entramos en sus brazos más largos y complejos: el Blest y el Tristeza.
Dicen que lo mejor siempre queda para el final.

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Rock Gardening, ILHABELA, BRASIL

mayo 8, 2017 — by Andar Extremo0

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Bajo el nombre de Rock Gardening se esconde una de las modalidades más extremas del kayakismo, que se desarrolla entre rocas y grandes olas, desafiando la bravura del mar. En este caso, Márcio Bortolusso, Fernanda Lupo y Evaldo Plado se enfrentaron a una de las mas grandes tormentas del sudoeste de Brasil y la costa de Los Naufragios, en Ilhabela, fue testigos de los vientos de más de 100 km/h. Nota en la Revista Andar Extremo n° 44

Por Márcio Bortolusso

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Un ciclón extra tropical y un fuerte frente frío, produjo una de las tormentas más destructivas de las últimas décadas del sur y el sudeste de Brasil, que castigó a 1300 km de costa con vientos de más de 100 km/h y formaciones de olas de hasta 5 metros de frente en algunas áreas.
Paradójicamente, si bien se lamentaron las pérdidas y daños causados, lo que para muchos creó el caos, para otros fue la salvación. Así, mientras que el Cuerpo de Bomberos y Defensa Civil asistían cientos de necesidades como casas enterradas, árboles y estructuras públicas caídas, deslizamientos de tierra, inundaciones con autos arrastrados, rutas intransitables, barcos paralizados, ciudades sin energía eléctrica y teléfono cortados, con la atleta-documentalista Fernanda Lupo, decidimos hacer frente a esta tormenta histórica en búsqueda de nuevos avances en la víspera de una expedición atrevida que había llevado cinco años de preparativos.

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Para darle vida a este entrenamiento y hacer algo más que salir a “remar durante una tormenta”, tomamos la oportunidad de celebrar una sesión de “Rock Gardening” en la Costa de los Naufragios. Este sitio es una de las áreas más críticas para la navegación a lo largo de la costa brasileña, y está ubicada al sur del Archipiélago de Ilhabela, área constantemente golpeada por frentes fríos poderosos.
El modo Rock Gardening remite al descenso de ríos y rápidos pero en Kayak de Agua Blanca en este caso, utilizamos kayak de Mar (como lo llamamos el deporte en Brasil). La emoción fue crear desafíos a través de las olas en un “jardín de rocas” en el mar, cruzando pasajes estrechos o punzante en bloques afilados y piedras cubiertas brevemente por espuma. Esta es una de las modalidades más extremas y menos conocida de Piragüismo que, por desgracia, significa para mucho: raros practicantes y mayor riesgo. Después de un par de llamadas y abandonos, finalmente “secuestramos” al kayakista Evaldo Plado quien aceptó superar sus límites y reforzó la seguridad de nuestro equipo.
Sin tener cuenta los preparativos detallados, específicos y exigentes para una expedición, tal vez alguno pueda juzgar nuestras decisiones, pero como remero olímpico necesito enfocarme para lograr el nivel de los Juegos Olímpicos. Nosotros tenemos que entrenar numerosas técnicas, a veces en condiciones muy duras, y prepararnos para los peores escenarios. Lo que puede parecer una locura, es el resultado de años de entrenamiento, el uso de un buen equipo (dispositivos satelitales, prendas con tecnología Gore-tex, etc.), estudios que van desde la meteorología a la supervivencia al aire libre (o de la Medicina a la navegación cartográfica) y el dominio de diversas técnicas específicas (salvamento marítimo, etc.). Después de todo, abrir un mapa y soñar con nuevos retos es lo más fácil del juego.
Entre las paredes de la costa de los Naufragios

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De acuerdo con la Escala de Beaufort un “temporal duro” tiene velocidad entre 89 y 102 km/h. Ese día, los meteorólogos habían informado ráfagas de 103,7 km/h en el área protegida de Ilhabela (oficialmente 95 km/h por el CPTEC / INPE), pero ya estábamos en el lado mar del archipiélago más expuesto a lo duro del Cuadrante Sur y, probablemente, el viento superaba estas marcas generando un destructivo temporal grado 11 en una escala que va hasta el 12 (“temporal huracanado”).
Un espectáculo inolvidable mezcló diversión y tensión bajo un clima patagónico: enormes olas que explotaban en las rocas como dinamita, formaban cortinas de 10 metros de altura bajo un sonido capaz de preocupar a cualquier marinero… el mar parecía tomado por miles de osos polares furiosos, y el frío era extremadamente penetrante que obligó a remar con interiores térmicos debajo del neoprene.
Como grandes paredes de agua salada que se enfrentan en un sueño quijotesco, mientras las series más grandes llegaban en unos diez segundos, repetimos acciones para no golpear el fondo rocoso o ser lanzado contra la costa. Memorización de las piedras de la zona, remar con “casi” todas las fuerzas (reservando algo para una contingencia), penetrar en la pared de agua llenando los pulmones, emerger del torbellino equilibrando con el “apoyo” de remo, proteger las costillas de las rocas cercanas y recomenzar de nuevo esta secuencia hasta que pase lo peor de cinco o seis olas que venían cada tres a cinco minutos.

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Golpe, porrazo y bofetada en la cara fue el menú del día, sin tiempo para descansar o reposicionarnos, o buscar lugares seguros antes de ser tragados y arrastrados por una nueva masa de espuma.
Me sentía con sensación de pesadez y sin coordinación, con la impresión de que los compartimientos de carga estaban con agua. No podía girar el kayak, si me daba vuelta podía perder subir a la ola. Estaba agotado, con el pecho prendido fuego y sin energía ni para salir. Por suerte, la tormenta alcanzó su pico máximo y comenzó a decrecer, ahí simplemente quedó volver a tierra firme.

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Bajo la fina línea entre la seguridad y los riesgos reales, sin duda, fue una experiencia que nunca nos olvidaremos. La peligrosa aventura, exigió la mayor parte de nuestros conocimientos y nos enseñó y fortaleció más que un centenar de entrenamientos bajo el cielo azul.
Damos las gracias al anfitrión Neptuno por la fiesta memorable y a las marcas Gore-tex y Windstopper por la gran colaboración en estos últimos 10 años. Ellas fueron fundamentales para el logro de nuestros grandes sueños.
Con la certeza de que a menudo los peores días son los mejores, grandes aventuras para todos!
Para ver un video con las pocas imágenes que grabamos este día épico: video

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Expedición Bioceánica

abril 26, 2017 — by Andar Extremo0

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Del Pacífico al Atlántico en kayak, Cruce del campo de hielo patagónico: “Un alumno y dos maestros”. El relato de este cruce comenzó con el primer viaje a Puerto Edén de Leonardo Proverbio (Cuny) y Sergio Camacho Villalobos en septiembre de 1999. En ese momento Cuny tenía 19 años y Sergio 28. El segundo viaje en el que se logró cruzar, fue hecho por Cuny y Roberto Trinchero en septiembre de 2016. Nota en La revista Andar Extremo n° 44

Por Leonardo Proverbio

Relato del primer viaje
Una de las mayores habilidades del ser humano es la de intercambiar mucha información a través de comunicarse de modos diferentes: hablándose, escribiéndose y mostrando fotos, como en este caso. Lo cierto, es que vivir el mundo real por nosotros mismos, siempre supera cualquier película que imaginemos.
Si querés escalar una montaña, transformar esa fantasía en realidad es la clave, intentarlo es el mayor aprendizaje para saber cómo hacerlo mejor. Gracias a las enseñanzas y voluntad de otros, logramos que sea posible.
La historia comienza con Sergio y un delirio de “algo en kayak” que había visto en un programa de TV español llamado “Al Filo de lo Imposible”. Me dijo que íbamos a cruzar en kayak por el campo de hielo patagónico, que a mí me llevaría un pescador chileno hasta la base de un bosque y ahí nos encontraríamos…sin preguntar mucho dije:- Vamos.
Casi 20 años atrás, las pasarelas de Puerto Edén eran iguales a las de ahora: calles del pueblo, sin autos, sólo barcos de madera pintados de amarillo.
En nuestra estadía acompañamos a Juan Bilbo en sus trabajos: bucear para encontrar mariscos, pescar róbalos, poner trampas de centollas y cortar leña. Comimos chogas en todas sus formas (ya que era lo que más se comía) y un día en el que fuimos a pescar, juntamos de todo para un curanto a la olla.
Una vez que Sergio estuvo sobre el puente de los pescadores, cargó el kayak para luego en la orilla comenzar su remada de 120 km hacia adentro del fiordo Exmouth, lugar donde nos encontraríamos para armar el campamento con nylon y quedarnos 1 mes esperando para cruzar a Chaltén. Sin un pronóstico climático, entrar a esas zonas era una aventura que podía durar varios días dependiendo de los antojos del viento.

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Con el Capitán Juan Bilbo, partimos a encontrarnos con el Gallego en algún lugar de los Fiordos (que luego resultarían ser mucho más grandes de los que esperábamos y al estar nublado encontrar un pequeño kayak era una aguja en un pajar). Llegamos a las cercanías del Glaciar Pío XI donde el oleaje y los témpanos nos obligaron a retroceder… ahí aprendí que en el mar y la montaña saber esperar es tan importante como ir rápido. Finalmente encontramos a Sergio para volver a Edén, donde subimos al cerro Panchote y conocimos a los últimos Kawésqar que en su infancia habían vivido sin el hombre blanco.
En la primera expedición no había mapas ni teléfonos satelitales, GPS, bengalas o pronósticos climáticos. Nuestra experiencia como deportistas tenía grandes bases físicas y motivacionales pero sin duda, no era la mejor forma de tomar decisiones. El salvajismo era la base de todo, y a lo largo de los años pude saber que esa visión de la montaña era la clave. La fuerza estaba y está en la motivación del espíritu, sabiendo que la montaña debía sentirse como un hogar.
Este viaje fue una gran experiencia en la cual aprendí que estas expediciones no son de montañismo sino de aventura, no hay manual o técnica que te enseñe a subir por vegetación cerrada, caerte en un pozo de selva, prender fuego cuando llueve, vivaquear en un agujero del bosque todos mojados, atar con alambre…también supe que no debía apurarme, porque el simple hecho de estar en este lugar era parte de los que considerábamos ser felices. Saber contemplar la naturaleza en cada momento, no pretender que todo sea ya y ahora, dejar que la naturaleza tome su curso y seguir sus tiempos es la clave para no tener un accidente ya sea dentro de los fiordos, la selva, el bosque, glaciares, campo de hielo, lagunas, ríos y lagos. Cada espacio tiene su tiempo, su clima, su forma, su momento… el no contemplar la naturaleza y dejarnos llevar por nuestros profundos pensamientos nos llevaría a malas decisiones. Aprendí también que estos lugares no son hostiles, no son enemigos, sería imposible lograr este cruce sin que la mente esté en paz y armonía con el entorno por el que avanzamos.

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2° Expedición 2016
Objetivo: cruzar del Pacífico al Atlántico a través del campo de hielo

No sabía nada de kayak, había realizado el curso de rescate en ríos de aguas blancas y guía de rafting, así que 2 meses antes de la expedición, Marcelo Hostar comenzó a enseñarme a remar hasta que finalmente avanzamos a buen ritmo y a eso sumamos conocimiento en papeleo y logística.
Comenzamos en Puerto Edén, remamos por el pacífico 120 km hasta el interior del Fiordo Exmouth y mediante varios porteros subimos las cargas y el kayak hasta el plateau glaciar del campo de hielo. Pasamos por el Paso Moreno a 1750 mts, luego bajamos por el Paso Marconi, refugio Fraile, Chaltén y retomamos la navegación pasando por el Lago Viedma, el Río La Leona, Lago Argentino y el río Santa Cruz hasta el Atlántico.

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LOS FIORDOS DE CHILE:
Usamos un kayak doble y dentro de él teníamos alimento para un mes, 6 litros de solvente, carpa grande, bolsas de dormir, ropa de montaña, equipos de ski de travesía, equipos de transito glaciar, palas, serrucho y tantas cosas llegando a casi 100 kilos de carga al inicio del viaje al que se sumaban los 160 kilos de 2 personas… iniciamos con 260 kilos, dudando si el kayak avanzaría o se hundiría.
Luego de verificar todos los papeles y permisos pertinentes, descansamos una noche en un hostel de Edén y muy temprano comenzamos a remar.
Los 120 km los realizamos en 2 días pero en el medio quedamos parados 2 días más cuando nos vimos obligados a dar la vuelta para retornar al campamento.
Atravesamos olas de 2 mts con rebotes en las paredes laterales con 30 o 40 nudos de viento, maniobras tan delicadas que una buena o mala remada marcan la diferencia. Roberto Trinchero era quien dirigía el timón del kayak, él determinaba los giros y yo escuchaba lo que me decía, remaba hacia adelante o algo lateral y cada tanto algún manotazo casi instintivo.
Pasamos por el Glaciar Pío XI lo cual nos llenó de motivación y esperanza al ver la zona glaciar, además de ser este punto una zona de témpanos y baja profundidad. Sin contratiempos pasamos dentro del fiordo Exmouth llegando tarde, cansados y con frío, para decidir el armado del campamento. A la madrugada, cuando subió la marea, tuvimos que desarmar la carpa y armar un campamento en el bosque que por suerte quedó bien montado y lo usamos durante un par de días más.

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LAS SELVA, EL BOSQUE Y LA TUNDRA:
Con una mochila para los 2 y lo necesario para una jornada de trekking, dejamos el Pacífico y comenzamos a caminar hasta subir al campo de hielo para hacer un reconocimiento de por dónde y cómo subir el kayak. Algo perdidos fuimos avanzando hacia arriba hasta llegar a superficies de roca y nieve, donde reconocimos la mejor entrada al campo de hielo sin necesidad de atravesar fuertes pendientes o terrenos llenos de grietas. En la bajada, cansados por la larga jornada de remo, el cambio de carpa, la madrugada y la caminata, nos perdimos a 600 mts de la carpa muy cerca de la costa. En la oscuridad, con la potente linterna, sólo veíamos acantilados de selva así que nos vimos obligados a vivaquear sin bolsas de dormir. Nos metimos pasto seco bajo la ropa, prendimos fuego y pasamos la noche. Al otro día caminamos 20 minutos y llegamos a la carpa. Cansados, comimos y dormimos todo el día.
Con nuevas fuerzas retomamos los porteos usando sistemas de poleas o arrastre a lo bruto para ir lentamente subiendo el kayak por etapas. Entre los ascensos, subíamos mochilas con lo menos necesario como remos, chalecos, cubre cockpit, grampones, piquetas, combustible, comida para el hielo. Dejamos algunos nylon atados como marcas para no perdernos, que luego quitamos para no dejar basura. Fuimos afortunados ya que el invierno seco no trajo lluvias fuertes en la selva, pero esta falta de precipitaciones haría más difícil el tramo final.

ROCA Y NIEVE:
Logramos dejar el kayak en la nieve para llegar a la zona de terreno plano del campo de hielo. Aún era necesario ascender una canaleta de 400 mts y 40-50° de nieve, luego bajar un corto tramo y, entre grietas, ganar pendiente hasta donde fuera posible comenzar el arrastre del kayak.
Desarmamos el campamento junto al mar y subimos definitivamente al terreno de montaña más expuesto al viento. Armamos un refuerzo de rocas alrededor de la carpa, y comenzamos a recibir los pronósticos climáticos provenientes de el Paso Mariano Moreno. Subimos primero un porteo de mochilas, luego el kayak que dejamos marcado y anclado para que no lo vuele el viento o lo tape la nieve. Así, a la espera de la racha como si fuera un pegue al Fitz, el viento nos dejó una ventana. Un día bueno, uno malo, y 2 buenos. Muy temprano, como siempre, desarmamos la carpa, nos disfrazamos de montañistas y llegamos al kayak que previamente habíamos encerado con 500 grs de parafina para facilitar su deslizamiento.

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EL CAMPO DE HIELO Y EL PASO MARCONI
Casi con las primeras luces dejamos un rato de sufrir tanto y rodeados de cientos de montañas nos dimos cuenta que el kayak realmente deslizaba. Habíamos aprendido que nada iba a ser fácil…todo en la Patagonia es más grande o está más lejos de lo que imaginás, pero era posible. Si fue posible subir todo por la selva, era posible cruzar el campo de hielo.
El primer día fuimos en dirección NE 30 km, viendo nuevas e inexploradas montañas hasta llegar a la base del cerro Kolliker, donde con serrucho y pala preparamos la carpa. Con rapidez y organización, con buena nieve, en 1 hs fue posible tener la carpa lista con casi 1,80 mts de altura de bloques de nieve.
El día siguiente fue nublado, ventoso y cayeron 20 cm de nieve. Estábamos cansados y nos fue útil comer, tomar y descansar la espalda.
El tercer día en el campo de hielo creímos que iba a ser más sencillo pero ascender los 450 mts de desnivel hasta el Paso Moreno y llegar hasta las rocas a la derecha de la entrada del Paso Marconi nos llevó varias horas. Armamos la carpa casi a las 20 hs. En el medio de este itinerario vi por detrás de una línea de nieve las cumbres del Fitz y el Torre apenas asomando, ese fue el momento en el que sentí por primera vez saber más o menos donde estábamos…fue como una sensación de estar salvados.
Ya casi sin comida, desayunamos polenta con chocolino y comenzamos la bajada hacia el Glaciar Marconi. Una vez en la zona más estrecha, realizamos 2 rappeles de 60 mts hasta dejar el kayak en terreno plano y lejos de la caída de bloques de hielo. Armamos una mochila de porteo y salimos en botas de goma para Chaltén ya que sólo nos quedaba una bolsita de liofilizado que comimos al terminar el sendero de la laguna del Eléctrico.
En Chalten, pasamos 3 días descansando y sumando kilos en el Restaurante Parrilla el Muro de Claudio Andrade, vecino de la infancia en Bariloche. Luego retomamos la subida a Marconi para bajar el kayak en compañía de Marcelo Hostar que quería navegar el Eléctrico, y los Gendarmes Diego Montenegro, Marco Olguín y yo terminamos de bajar las mochilas y, gracias a su ayuda, en lugar de bajar con 50 kilos bajamos con 17 kilos cada uno.

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LAGUNAS, RÍOS Y LAGOS
La bajada del kayak por el hielo de ablación fue fácil, sólo algunos tramos de piedras y morrenas complicaban deslizar el kayak así que usamos un carrito con ruedas inflables que subimos desde Chaltén. Una vez en el fin del Glaciar, cruzamos la primera laguna y fuimos a dormir al Campamento Eléctrico. Al otro día, navegando y usando las rueditas, pasamos el sendero de Piedra del Fraile hasta el Río de las Vueltas, que navegamos con mucho cuidado ya que había poca agua y muchas piedras.
Retomamos 2 días de descanso con asados, guisos camperos y buena onda en el Restaurante El Muro. Juntamos provisiones y comenzamos a remar nuevamente un tramo que realmente era el mayor del recorrido en kilómetros de avance. Desde Bahía Túnel comenzamos a remar hasta que el fuerte viento nos arrastró a la costa a sólo 10 kilómetros de iniciar la marcha. Con algo de viento que venía del glaciar Viedma, nos vimos obligados a pasar ese día atrás de unas grandes y antiguas matas de Calafate. Desde un terreno estepario casi desértico vimos las montañas de la cara opuesta a la que caminamos hacía una semana.
Alertas por estas opciones de viento, decidimos comenzar muy temprano a remar el lago Viedma ya que por la mañana algunos días solía estar menos ventoso. Con una buena jornada de remada, llegamos a la entrada del Rio La Leona y fuimos al parador a dormir. Por un descuido de dejar el kayak sin atar, casi lo perdimos a las 20 hs en la oscuridad, se fue solito 500 mts y quedó atascado en un banco de arena.

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EL RÍO SANTA CRUZ
En teoría, íbamos a llegar desde la dembocadura del Santa Cruz a Piedra Buena en 2 o 3 días, pero la realidad y lo que uno espera no siempre coincide… ahí en esas diferencias es donde la aventura comienza y debimos adaptarnos a los tiempos de la naturaleza. Al ser un invierno seco, el río iba bajo y algo lento, con poco espesor de agua. Algunas rocas, de golpe, me sacaban del aburrimiento, y alguna que otra ola llegaba a tener más de un metro.
Avanzando veíamos pasar guanacos, ñandúes, ovejas, caballos y estancias abandonadas… un inmenso espacio de cielo. El río era un lugar de pensamiento y meditación, como una vía a la reflexión. Con levantar la cabeza, pudimos ver el sol y contemplar lo que nos rodea hasta casi dejar de existir, o simplemente mirar el agua dejando crecer nuestros pensamientos, llevarlos a los lugares más profundos de nuestro ser para así entender mejor lo que somos y lo que nos rodea.
A cada parada hacíamos un fueguito y bajo el traje seco llegamos a ponernos 3 o 4 capas de abrigo. En el primer día, el rio tenía muchas curvas. Remamos en zigzag casi 75 km lineales, los dos segundos días fueron más rectos y en el medio nos vimos obligados a esperar que el viento amaine, además de sirgar el kayak con cuerdas en algunas riberas.
Para la parte final de Piedra Buena a Puerto Santa Cruz esperamos que la marea suba a las 11 de la mañana. Con marea bajando y la ayuda del rio llegamos a la desembocadura del Santa Cruz donde bancos de arena nos llevaron a arrastrar el kayak por algunos metros y luego un tirón corto hasta el fin de nuestra larga expedición de casi 45 días.

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CONSEJOS Y RECOMENDACIONES:
Aprendí que los problemas se auto-expanden. Solos, cada vez se hacen más grandes o más enredados, es como dejar una soga al viento… Es necesaria la voluntad de solucionar los problemas inmediatamente para que en momentos inoportunos no encontremos cabos sueltos.
Aprendí a compartir con mi compañero las cosas buenas y las malas. Si alguien está cansado físicamente es necesario decirlo, ya que el cansancio físico se refleja rápidamente en cansancio “cerebral” y la mala toma de decisiones o maniobras. Carece de sentido buscar culpas, pero es necesario que queden claros los errores para no volver a cometerlos. Me parece que sería más seguro ir en un equipo de más personas, tal vez 3 o 4, en el que cada uno vaya realizando un función y tarea. Eso permitiría hacer cada día mejor las cosas, más rápido, más eficiente y seguro, eso a la larga da más horas de alimentación, sueño y descanso.
El respeto entre las personas de la expedición es fundamental. La capacidad de hablarnos con educación y aceptar diferentes opiniones hasta llegar a un acuerdo, para luego con total energía y determinación desarrollarlo en equipo, es imprescindible. Eso permite si hay fallas, cambiar de plan.
Fundamental, llevar suficiente alimento, sistemas de comunicación, kit de reparaciones, botiquín completo (y saber usarlo) y mucho nylon ya que es lo único que realmente mantiene las cosas secas dentro de la carpa o el kayak.

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“El peor día de malabar siempre es mejor que uno de trabajo”

Generalidades del Kayakismo
La voluntad es la mayor fuerza. Para tener voluntad es necesario ser sinceros con nosotros mismos para saber qué es lo que realmente queremos. Todos dicen ser “felices”, yo aún no entiendo qué es ser feliz y, si ser feliz siempre es realmente posible o una ficción más que algunos logran con el “no pensamiento”. Después de todo, porque no puede haber días malos y tristes?… es imposible que haya siempre sol o sea siempre de día. De un modo u otro no puedo controlar el estado de mi “felicidad” pero sí puedo elegir dónde estar. Puedo tener un mal día en casa, en la calle, en una oficina, un bondi, o en un glaciar, sendero de trekking, centro de ski o en la cima de una gran montaña. Un día en la naturaleza, en la montaña, en el lago, el río, el mar o donde desees estar, siempre es mejor que estar por estar donde nada hay que hacer y perder ese poco tiempo que tenemos en esta vida. Si hacés lo posible con la mayor fuerza de tu voluntad, con la certeza de que es lo correcto, que cada paso que das va en buena dirección, todos serán tus amigos ya que siguen un mismo camino, y en ese camino contemplando lo que te rodea, la intensidad de vivir será tan poderosa que te demostrará que cada día puede ser único, que no hace falta nada material o valioso para ser feliz, simplemente debes estar en el lugar, el momento y la compañía apropiada. Jamás te mientas a vos mismo, sincerá tu mente expandí los pensamientos, conoce lo bueno y lo malo que tengas dentro, ya que es parte del todo.

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“La voluntad es la mayor fuerza”

De las montañas he aprendido tantas cosas que no tienen nada que ver con las “técnicas de escalar”…lo poco que se necesita para vivir: una mochila, techo, abrigo, agua y comida… ver la simpleza de las cosas y lo complicado que se torna “ser parte del sistema”. Uno elige vivir entre los hombres o podemos vivir en la naturaleza donde no hay reglas o formas.
Cuanto más estés en la montaña, más misteriosamente fluye todo. El viento no sólo es capaz de volar tus cuerdas infinitas veces en un mismo rappel, sino que puede generar grandes olas en los encajonados fiordos de Chile, esos acantilados cambian de corrientes con las mareas generadas por la luna.
Una manera de aprender el arte de la paciencia es contemplar con atención el presente, el sonido del mar, el viento en los árboles, el ahora que nos rodea. Así estaremos atentos a rápidos imprevistos o a lentos cambios del clima
Hay tres tipos de miedos: unos reales, otros de la imaginación o contagiados por otras personas. He llegado a casi perder el control de mi cuerpo por el modo en que temblaba por cometer errores y entrar en las trampas de la montaña. Otras veces estuve a punto de matarme y casi no fui consciente de lo que pasó, sintiendo el silbido de una piedra al pasar cerca de mi cabeza o caer por más de 25 metros repentinamente. Pasadas varias horas al ir a dormir, ser consciente de lo que pasó y empezar a tener miedo. Estos miedos pueden ser reales o producto de nuestra mente, pueden durar un segundo o vivir por siempre en nosotros. Escalando una gran pared es normal tener miedo a las alturas “al patio” pero es el suelo con lo que realmente nos golpeamos, el temor imaginario no nos permite ver la realidad y nos lleva a los verdaderos errores peligrosos. Entender nuestros temores más profundos, ser conscientes de nuestras debilidades físicas, mentales y espirituales nos dan una mejor conciencia de la realidad, de lo que realmente está pasando a nuestro alrededor. Fue así que en este viaje no tomé ninguna fuerza de la naturaleza como enemigo, fui por el mar sin temer a las olas sino contemplando sus formas, entré en la selva cerrada con cuidado de no tropezar, pase horas escuchando el fuerte viento, mirando las nubes cerrarse hasta llover dejando que la fuerza del río sea aliada. La montaña es un reflejo de lo que ya tenemos por dentro, un espejo.

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LAGO NAHUEL HUAPI, LA VIDA DE VIAJE

enero 3, 2017 — by Andar Extremo0

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Andrés Calla y Jimena Sánchez de La Vida de Viaje, viajan en bicicleta por Argentina y esta vez, nos comparten su experiencia en kayak por el lago Nahuel Huapi. Nota de la revista Andar Extremo n° 42

“La fuerza de lo Natural”

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Son las 3 de la madrugada. No sé por qué, pero me despierto, quizás por los sueños monotemáticos y recurrentes que tengo durante los días previos a la salida: yo remando en un lago planchado, yo remando en un lago agitado, yo surfeando olas de 5 metros con el kayak. Pero ese día me doy cuenta de que no soy la única que tiene grabado en el inconsciente las pocas horas que faltan para empezar la travesía. No. Lo primero que escucho una vez abiertos los ojos es la voz de Andrés que soñando me pregunta:-¿cómo está el lago? .Claramente no le respondo. Lo miro, me río y le susurro:- shhh, tranquilo.
El calendario tenía fecha de partida 18 de marzo, pero el Nahuel quiso que nos demoremos 24 hs más. Ese día, la Patagonia amaneció ventosa, fría y lluviosa. Y Prefectura (porque para hacer este tipo de travesías uno tiene que presentar una carta solicitando permiso, un listado y fotos del equipo, incluyendo los elementos de seguridad) nos llamó a las 8 de la mañana avisando que el puerto estaba cerrado (se dice así cuando las embarcaciones tienen prohibido salir a navegar por las condiciones climáticas).
Menos mal que las cosas salieron así y no de otra manera: además de que el clima no era el mejor, la noche anterior nos habíamos acostado super tarde. Estábamos cansados por las idas y vueltas de los preparativos, nos habíamos estresado porque la radio VHF (otro obligatorio para hacer este tipo de travesías) no funcionaba… en fin, necesitábamos un día de nada, y ese 18 de marzo en lugar de remar, dormimos como morsas.
A la mañana siguiente no había excusas: un sol que raja la tierra, calor de verano y una brisa de viento. El día ideal para salir a remar. El Nahuel nos espera como pocas veces se lo ve: pacífico, quieto, como la pileta del jardín de mi casa. Mientras una amiga nos lleva con los kayaks, las bolsas secas, los remos y todo el equipo en su Fiat 147. La emoción de estar a punto de empezar nos pone la piel de gallina.
El km 0 es en Bahía López, ahí nos esperan tres Prefectos que con una carpeta y un ckecklist en mano, revisan con lupa que todo el equipo esté en condiciones. Después de media hora de ordenar y poner todo en su lugar, saludamos a nuestra amiga, nos despedimos de los Prefectos (y ellos se despiden de nosotros sacándonos una foto mientras entramos en el agua), y partimos.

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Después de las primeras remadas, freno, apoyo el remo sobre el cubre copickt, pongo mis manos sobre el agua y cierro los ojos: “sólo necesitamos 17 días de vos en paz”. Acto seguido, Andrés me dice:- bueno Sánchez, a Bariloche vinimos para esto. Y le respondo con una sonrisa y ojos saltando de adrenalina. Y pienso que más allá de la aventura, éste es un viaje de purificación. Por eso el agua, hoy y ahora.
El Nahuel Huapi es un lago de origen glaciar compartido entre las provincias de Río Negro y Neuquén, y vive dentro del Parque Nacional Nahuel Huapi, el primer Parque Nacional de Argentina. Su superficie, 557 km2, lo ubican en el cuarto puesto dentro de los lagos más grandes de nuestro país. Su profundidad máxima es de 464 metros y tiene siete brazos o ramificaciones: Campanario, Huemul, Última Esperanza, Rincón, Machete, Blest y Tristeza. La vuelta completa, incluyendo brazos e islas, suma aproximadamente 400 km.
En el siglo XVI toda esta zona estuvo poblada por pueblos llamados ténesh o poyas, habitantes milenarios del Nahuel Huapi también conocidos como “vuriloches” (gente del otro lado de la montaña) por los mapuches. Al lago llegaron militares españoles, misioneros jesuitas de Chile y la figura más emblemática de la Patagonia argentina, el perito Francisco Pascasio Moreno, que remontando el río Limay arribó a la costa este del lago. Él fue quien donó las tierras para que tiempo después se creara el Parque Nacional.
No sabemos cuántos le habrán dado la vuelta completa. Quizás muchos o quizás menos de los que imaginamos. Pero poder sentirnos al menos por un ratito en la piel de aquellos primeros exploradores que vaya uno a saber qué pensaron cuando se encontraron con tan titánico lago, es como convertirnos en los protagonistas de una película fantástica y épica a la vez. Porque salvaguardando las distancias de tiempo y espacio, el agua sigue siendo la misma. Y el escenario, también.

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Empezar la travesía en Bahía López tiene un lado B: sí o sí debíamos salir con poco viento. Es que a la izquierda están los brazos Tristeza y Blest, los más largos y complejos del Nahuel Huapi. Y sumado a que saliendo de la bahía, el lago empieza a abrirse hacia la derecha, hacer estos primeros kilómetros con el lago picado hubiese sido una odisea peligrosa para dos principiantes kayakistas. En su lugar, navegar este tramo con 0,0 km/h de viento es una bendición tan azarosa como improbable.
Además del desafío de salir de la bahía, se suma el de cruzar “La tabla”, unos paredones altísimos que con viento se convierten en la zona más peligrosa y expuesta a las olas del Nahuel. Pero el día de la salida es el día de yapa. Dejando atrás la península LlaoLlao, y con esas paredes de piedra tan imponentes, nos sentimos como en la película “Querida, encogí a los niños”, diminutos, frágiles y vulnerables, pero sobre un lago sedoso y tranquilo. Algo que casi nunca se da.
La inmensidad y nosotros.
Y nada más. Ni nadie más.
Al mediodía, y después de dos horas de remada, paramos a almorzar en la península San Pedro. Estacionamos los kayaks entre unas rocas, sacamos una de las cuatro bolsas de 1 kilo de frutos secos que compramos y maldecimos a quien las preparó: hay un exceso de pasas de uva. Tomamos un puñado y de 10 frutos secos, 7 son pasas. Todo bien con las pasas, pero presentimos que a la semana ya las vamos a odiar.
Las horas pasan y avanzamos en piloto automático. Entramos en el brazo Campanario y la luz de la hora dorada vuelve este instante surreal: el agua está tan baja que tenemos que sumergir sólo la punta del remo para poder avanzar, subimos los timones para que no peguen con la arena, vemos que la luna se asoma llena y de la nada empieza a sonar de una de las casas de la costa una ópera de Pavarotti a los cuatro vientos. Frenamos en una playa y así como quien se bautiza, nos damos nuestro primer chapuzón en estas aguas mágicas del Nahuel. A las 8 de la noche y con los últimos rayos del sol, llegamos a playa Bonita, nuestra parada del día. Habemus remado 40 km. Nuestros primeros 40 km en el Nahuel Huapi.

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Salimos de playa Bonita con una leve brisa del este. El reloj marca las 11 de la mañana y la proa del kayak apunta hacia la isla Huemul en una diagonal de casi 3 km. En este lugar se dieron los primeros pasos en la investigación de la energía nuclear en Argentina. Hoy es solamente un área protegida de 75 ha. Su nombre viene dado del apellido de un antiguo poblador, Bernardino Guenul, y que por alguna cuestión que desconocemos (quizás por una deformación fonética o por referencia a una especie de ciervo nativa) se transformó en Huemul.
Muy cerca de la isla vemos la proa de un barco semi hundido. Le damos la vuelta y la claridad del lago nos permite ver parte de la quilla, la cubierta y su popa clavada en la arena. La historia nos sumerge en sus profundidades: de 1948 a 1965 era una lancha torpedera de la Armada Argentina, que luego fue vendida y convertida en una lancha de paseo turístico. “Don Luis” prestó servicio en la ciudad de Mar del Plata, pero después fue vendida y trasladada a Bariloche donde fue utilizada como lancha de paseo en el Nahuel Huapi, uniendo puerto San Carlos-isla Huemul entre los años 70 y principios de los 90.
En julio del 93 una fuerte crecida del lago dañó por demás las instalaciones del puerto San Carlos y provocó el hundimiento de “Don Luis”. Una vez reflotado fue trasladado a la isla Huemul, pero quedó abandonado y varado en la costa durante años. Nuevas crecidas hicieron que se hundiera muy cerca del muelle en aguas poco profundas. Hoy sólo se asoma su proa, sin mucha más suerte que la que le tocó.
Al lado de Huemul hay dos islas mucho más pequeñas llamadas, informalmente: Gallinas y Huevo. Le damos una vuelta a las tres y sin intenciones de hacerlo, empezamos a entrenar la mirada.

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A diferencia de las demás islas, los paredones de piedra de Gallinas esconden multiplicidad de formas. Lejos de ser uniformes y prolijos como otras paredes, se agrietan, sobresalen, se hunden y se quiebran exageradamente. Las islas están alfombradas de piedras anchas y redondas de colores verde, naranja, marrón, gris y violeta. Cualquier amante del fen shui se volvería loco y querría cargarlas en su bote para decorar sus ambientes zen. Es que este sitio, así como está, es zen y mágico a la vez.
Frenamos, acomodamos los kayaks en la orilla y sacamos de uno de los tambuchos el termo, la pava y la cocinita para calentar agua para unos mates. Mientras cortamos un poco de membrillo para acompañarlo con unas galletitas de agua, Andrés me dice:- todo lo que hacemos, lo hacemos por y para ésto. Y me quedo pensando en su reflexión mientras observo esos botes de plástico que con sus remos nos permitieron llegar hasta acá.
Sí, lo que hacemos (viajar, sin importar el medio que elijamos para hacerlo) es para sentir el éxtasis que nos regala todo ésto que nos rodea. Y aunque quizás para muchos ese todo sea nada, es esa nada la que nos completa. Estamos en el medio de un lago, sentados en la piedra de una isla, escuchando el sonido del agua, tomando unos mates, un lunes a las 12 del mediodía
Nos subimos otra vez a los kayaks y vemos que lo profundo empieza y termina infinidad de veces siguiendo la intermitencia de un fondo que a simple vista parece que no termina nunca. De turquesa se convierte en azul océano, y a pesar de ese abismo sin transición, nosotros seguimos flotando gracias a estas superficies amarillas y rojas que nos contienen.
Empiezo a traducir esos mensajes que la naturaleza tiene para nosotros. Me alejo de la isla unos pocos metros y veo que la piedra que se asoma es igual a la piedra sumergida. “Como es arriba es abajo, como es abajo es arriba” dice la ley de la correspondencia. “Como es afuera es adentro, como es adentro es afuera”. Y respiro el mundo enfrente que se encuentra frente a mí.
Sigo observando y pienso: “en la naturaleza, hasta la muerte es bella”. Los árboles verdes que crecen con sus raíces firmes en la tierra son tan espectaculares como los árboles color ceniza que se apoyan con sus raíces al sol y que sirven de hábitat para reptiles, aves y roedores. En este lugar, como en todos los lugares del mapa donde la naturaleza habita, conviven la vida y la muerte. El inicio y el fin, el infinito y lo finito, lo intraterreno que no vemos y el planeta como lo conocemos.
De las islas nos vamos hacia el centro cívico de Bariloche y lo recorremos como pocos: desde el agua. La parada del día es en Dina Huapi, una localidad a 15 km al este de la ciudad, un lugar que está entre la estepa y el lago.

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El Parque Nacional Nahuel Huapi tiene tres ambientes bien diferenciados: el altoandino, el bosque y la estepa. El altoandino se da a los 1600 metros de altura, es frío y húmedo, su relieve es escarpado y predominan lagunas, lagos de altura y mallines. El bosque se divide en húmedo y de transición (el que recorremos al navegar el lago). Y el último, la estepa, con un clima templado, semiárido y arbustos enanos, son el escenario donde las miradas se posan en el vacío, el vacío preferido de los guanacos patagónicos.
Es raro ver cómo el bosque empieza a perder colores de oeste a este. Teniendo la cordillera tan cerca, y como si estuviésemos en una clase de geografía, nos es inevitable recordar la lección sobre el ciclo del agua. Se evapora, condensa, precipita, se absorbe y el círculo vuelve a empezar cientos de millones de veces. Y toda esa agua queda del lado del bosque. La estepa, con sus colores pasteles y ocres, sigue viva, a su manera.
A las 8 de la mañana el lago estaba turquesa y el viento era una brisa. A las 11, el lago está azul plomo y las ráfagas que se están empezando a levantar nos dan un poquito de taquicardia. Caminamos de un extremo de la costa al otro mientras los kayaks esperan que tomemos alguna decisión. Estamos seguros de que si no fuesen seres inanimados nos estarían suplicando que dejemos de cambiar de opinión cada vez que nuestra mirada se clava en el oeste.
-¿Qué hacemos Sánchez? ¿Vamos o no vamos?
-Y no sé, ¿a vos qué te parece?
-Y… ¿es el tercer día y ya vamos a arrugar?
-Pero no se trata de arrugar, vos tenés más experiencia, ¿cómo la ves?
-Si metemos una recta hacia más o menos la mitad del lago y después bordeamos la costa, cortando la ola, vamos a llegar bien. Según Windguru no va a soplar más viento que éste. ¿Qué pensás?
-Y… está picadita la cosa. Pero dale, salgamos ya antes de que se ponga peor.

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Dejamos la seguridad de la tierra, nos ajustamos los chalecos salvavidas y arrastramos los botes sin darnos tiempo a respirar. Es que en situaciones así, donde la ola rompe tan fuerte sobre la costa, el subirse al kayak se vuelve una prueba de equilibrio y velocidad: una ola puede desestabilizarte, puede entrar agua adentro del cockipt, y lo peor de todo, puede hacerte caer. Una vez flotando, siento que el viento va a arrasar con mi remo. Y lo que hasta hace dos días era un placer, hoy se vuelve una batalla. Este es el verdadero Nahuel, el que te hace sentir el corazón en la boca.
-¡Vení más cerca mío!
-¿Qué? ¡No te escucho!
-¡¡Que vengas más cerca mío!!
-¡Ésto no me gusta nada!
-¡Dale, metéle todo el huevo que puedas!
Las olas avanzan a paso firme una detrás de la otra, sin piedad. Son de un metro y medio…o dos metros…o no sé cuántos metros, pero son grandes y altas. Con cada ola la proa del kayak se me va hacia la derecha y tengo que meter timón con el remo para poder enderezarlo. La costa de enfrente se ve tan diminuta y lejana que en lugar de sentir las manos mojadas por el agua las siento húmedas pero por la transpiración. Se me vienen a la mente los consejos de mis entrenadores y sus palabras me autoflagelan: “¡siempre cerca de la costa! ¡Nunca vayan por el medio del lago!”
Estoy a punto de abortar la misión. Estoy nerviosa y pienso lo peor. Pero si pienso en lo peor hay más probabilidades de que me vaya a la mierda. Y si me voy a la mierda, ¿cómo hago para llegar a la costa? En estas condiciones Andrés no me va a poder ayudar con el autorescate. Y si se da vuelta él, ¿voy a poder ayudarlo yo? Estoy bloqueada. ¡No te bloquees! ¡Remá, carajo!,
-¡Vamos a meter un rectón hasta la costa de enfrente, no queda otra!
-¿Qué? ¡¡Estamos en el medio del lago, Andrés!!
-¡Mirá cómo pegan las olas allá! ¡Vamos, vamos que podemos!
-¡Yo no vine a ésto!
-¡Yo tampoco! Pero ahora vamos, dale. No aflojeés, por favor.
En voz baja le suplico a este Nahuel enceguecido que tenga piedad de nosotros, que nos deje llegar a la costa. Andrés me sigue dando indicaciones a los gritos sobre cómo agarrar la ola y me cuestiono por qué carajo salimos si no estábamos seguros, si veíamos que las olas cada vez eran más y más jodidas.

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Confío. Confío en que vamos a poder. Avanzamos hacia la costa pero parece que se aleja. Avanzamos como caracoles. Me olvido de la técnica, dejo de remar con la espalda y toda la fuerza la hago con los brazos. Pero en un momento, sin darme cuenta, hago un click. Pará, lo estamos haciendo bien. Estamos controlando la situación, estamos tomando las decisiones correctas. Sin embargo no veo la hora de bajarme del bote y decirle a Andrés que ésta va a ser la primera y última vez que salgamos así.
Después de una hora y 6 km, llegamos a la costa. Dejo el bote como puedo, me bajo, respiro y noto que mis manos siguen temblando de miedo. Ya está, ya pasó. No sé de dónde sacamos tanto huevo pero lo que sí sé es que este día se termina acá. Basta para mí, basta para todos.
Al día siguiente el lago está más tranquilo. O quizás no está tan tranquilo como los dos primeros días, pero si ayer era una especie salvaje, hoy es un animalito del zoológico: nos deja mantener la proa derecha y conversar sin gritarnos.
Nos alejamos de la estepa y nos vamos metiendo otra vez en el bosque. Observamos las copas de los árboles, sus colores y contrastes. Observamos la vida que hay en la tierra. Algunos verdes son tan intensos que no podemos quitarles la vista. Vemos bahías puntiagudas, otras rodeadas de paredones altos, están las redondeadas y las que tienen piedras que sobresalen del fondo y que las olas tapan.
Hoy, además del bosque, quedamos obnubilados por los detalles en movimiento: las gotas que rebotan sobre las piedras en slowmotion. Esas gotas que quedan huérfanas de su madre-ola, que quedan flotando, pero en el aire. Y también vemos al pato de los torrentes, que estira sus alas de pluma para cazar insectos, alimentarse y seguir. Y cuando volvemos a posar los ojos en el bosque, me doy cuenta de algo: la naturaleza no es perfecta. Está llena de imperfecciones: troncos pelados y caídos, árboles tupidos y flacos, picos de montañas áridos y pedregosos, laderas vacías y playas que hacen doler los pies con sus piedras irregulares.
En la mente radica nuestra construcción ideal y errónea de lo perfecto, porque lo que el hombre cataloga así, simplemente no existe en ningún orden de la vida. Y es por eso que me llama la atención el bosque: porque hoy logró contradecirme y reformular una premisa que creía exacta y cierta: la naturaleza es perfecta…no, la naturaleza es perfecta en su imperfección.
La ciudad de Bariloche se convierte en un punto lejano y el cerro Tronador se lleva todos los halagos.

mapa

Hace miles de años, gran parte del territorio del Parque Nacional Nahuel Huapi estuvo cubierto de glaciares, pero los cambios climáticos dieron pie a que esos hielos empiecen a derretirse. Así se formaron valles, lagos y ríos. Hoy esos glaciares milenarios están en la cumbre del Tronador (su nombre alude a los desprendimientos de hielo que provocan sonidos estremecedores). Tiene 3478 metros y es el pico más alto dentro del Parque.
Los planes del día cambian: en lugar de seguir hacia el brazo Huemul, y teniendo en cuenta que los próximos tres días anuncian vientos fuertes, decidimos cruzar hacia la isla Victoria para descansar y conocer la isla a pie. Desde donde estamos son 5 km en línea recta y a lago abierto, pero como ahora está calmado, no corremos ningún riesgo.
Mis intenciones de llegar remando sola, se agotan. Andrés me mira, asiento sin decir una palabra y engancha el remolcador en la proa del kayak para darme una mano. No es que ahora deje de remar y sienta que estoy en una góndola de Venecia, pero al menos llego sin hacer tanto esfuerzo.
A las 6 de la tarde llegamos a la mágica playa Piedras Blancas. Pero eso lo dejamos para el próximo capítulo.

La Vida de Viaje
Andrés Calla y Jime Sánchez, viajan en bicicleta desde enero de 2013. El primer gran viaje fue por Argentina, uniendo Ushuaia-La Quiaca a lo largo de 6600 kilómetros durante 9 meses. En este viaje recorrieron el Litoral, el Noreste, el centro del país y ahora comenzaron a recorrer los lagos del sur. En su blog se pueden ver todas sus historias.

www.lavidadeviaje.com

AguaKayak

3500 Km en Kayak, Sin Apuro.

septiembre 10, 2016 — by Andar Extremo0

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Desde Rosario Argentina a Diamantino Brasil. Editada en la Revista Andar Extremo nº 41

“Sin Apuro” así se llamó el raid en kayak que realizaron desde Rosario (Argentina) a Diamantino (Brasil) Manuel E. Rois, Manuel Settimini y Franco Cacciola, remaron durante 3500 km remontando los ríos Paraná y Paraguay en una travesía que les demandó 7 meses.

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La idea de hacer este viaje se comenzó a gestar a principios de la primavera de 2014 en Mendoza, cuando fui a visitar a Manuel Settimini con quien íbamos a Los Andes en busca de la cima del cerro Sgto. Manuel Rodríguez (tío de mi padre) y hablamos sobre qué haríamos el año próximo ya que ambos sentíamos aires de cambio.
En noviembre Manuel estaba de visita en Rosario, me dijo su idea de ir en kayak hasta Corumba, Brasil, por el río Paraná y Paraguay y de ahí hacia Bolivia, luego Perú, etc… Yo venía pensando viajar en kayak saliendo desde Rosario, mi ciudad natal donde comencé a remar, y armamos junto a Fabricio Timó la escuela de canotaje “Al otro lado del río”. Quería un viaje donde pudiera escapar de las grandes urbes y mimetizarme con un entorno natural SIN APURO. Así que no terminamos de contar nuestras ideas que ya sabíamos que el viaje se hacía. Manuel volvió a Mendoza a trabajar la temporada en Aconcagua, y a su regreso en marzo resolvíamos lo necesario para partir.
Me puse en contacto con Eduardo Narvaja, un kayakista paranaense con más de 30 años de experiencia, quien remó desde Corumba a Buenos Aires y nos dio una mano grande durante el viaje; con Ezequiel Vela, de Gualeguaychú, que fue desde las nacientes del río Paraguay, en Diamantino, Mato Grosso, Brasil, hasta Buenos Aires; y también con Jorge Mac Donald, rosarino que bajó por el mismo río en chalana (canoa de madera) desde Cáceres, Mato Grosso hasta Formosa. Este último nos reafirmó la idea de continuar hasta Cáceres.
Durante el proceso un compañero se sumó al viaje, Franco Cacciola, amigo de Manuel de Aconcagua, quien se entusiasmó escuchando hablar del viaje. Nunca había remado, pero tenía experiencia en la naturaleza, estado físico y lo fundamental, ganas de viajar.

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Era 6 de mayo del 2015, Rosario, Santa Fe, Argentina. Mientras tomamos unos mates, llevamos los kayaks hasta el agua (su peso estaba arriba de los 100 Kg) y saludamos a quienes fueron a despedirnos (Madre y hermano de Manuel S.; mis tíos Alfredo y Nora; Eliana; Jesús y Sebastián Wey).
Soplaba viento sur fresco, con un sol otoñal. La sensación era como cuando algo termina, similar a la satisfacción de quien finaliza un estudio. Después de meses de tener la mente dentro de los preparativos del viaje, de preparar el espíritu para la nueva experiencia y dejar atrás el resto, me sentí más liviano y relajado de hacer al fin lo que planeamos durante meses.
Los próximos días fueron de adaptación, tanto física y mental como la dinámica del grupo ya que con Franco no nos conocíamos previamente. Físicamente hicimos frente no sólo a la corriente en contra sino también al viento norte que por esa época gustaba comenzar a soplar antes del mediodía hasta las 4-5 horas de la tarde dificultando el avance.
El tramo que comprendió el río Paraná (820 km en 42 días), antes de entrar en la desembocadura del río Paraguay, se caracterizó por remadas acompañadas de paisajes amplios, donde el cielo, el agua y la vera hacían nuestro horizonte infinito. En los campamentos agrestes a la vera del río o en riachos internos del humedal, los atardeceres y la puesta del sol eran “el momento” del día, seguidos por la cena al fuego, un poco de música rústica que hacíamos entre nosotros, acompañados del cielo lleno de estrellas.

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Luego entraríamos en las aguas del río Paraguay, nos acompañarían por más de 2800 km hasta sus nacientes, y se compartía entre Argentina (margen oeste) y Paraguay (margen este) 375 km. Ese día y el siguiente fueron los más fríos del viaje. Aquí el río se hacía más estrecho, cambiaba su color, velocidad y comenzaban a notarse cambios en la flora (estábamos en la región del gran Chaco) y fauna (avistamos los primeros tucanes, monos entre otros animales que latitudes más al sur no se encuentran fácilmente). Cambiamos los atardeceres en el Paraná por amaneceres espectaculares. Los campamentos agrestes cesaron ya que no se encontraban lugares y comenzamos a pernoctar en puertos y localidades de ambas márgenes donde siempre fuimos muy bien recibidos. Tuvimos un imprevisto, el idioma Guaraní, el cual redujo en ocasiones la comunicación al antiguo y universal lenguaje de señas.
Dejamos Argentina atrás con la bienvenida al territorio paraguayo que nos dio Asunción el 6 de julio cuando cumplimos 2 meses de la partida. Allí fuimos increíblemente bien recibidos por Santiago Vourliotis y Nahuel Hassan quienes conocimos a través de Ezequiel Vela (kayakista de Gualeguaychu). Gracias a ellos pudimos hacer un descanso del río. Nos llevaron a recorrer las regiones cerca de la capital, campos y sierras fueron nuestro entorno acompañados de buenos momentos.
Ahora teníamos 615 km para atravesar tierra paraguaya por ambas márgenes. Esta etapa comenzó con varios cambios. El más importante fue tomar agua directa del río sin potabilizar, lo cual nos sacaba un peso de encima. Pasamos el trópico de Capricornio y la temperatura aumentó drásticamente acompañado de la época de seca con fuertes vientos del norte que por momentos no permitió el avance. Como despedida de esta etapa conocimos a los buenos amigos del barco hotel San Gabriel quienes nos agasajaron con un día de descanso sobre su embarcación con comidas y bebidas deliciosas.

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Porto Murtinho fue el primer puerto brasilero. Llegamos cansados después de largas remadas con viento norte y temperaturas altas que nos obligaban varias veces a remar de noche y descansar de día. En la vera conocimos a Brass Neto por casualidad (o causalidad), él fue la gran bienvenida a Brasil. Nos consiguió una casa barco donde pudimos descansar varios días, conocer la ciudad y hasta compartimos un almuerzo con el intendente Heitor Miranda y su gente.
Los próximos 260 km los compartían el río Brasil y Paraguay. Aquí estaba el portal a la región del gran pantanal atravesando el “Fecho dos Morros” (embudo natural que regula el nivel del agua). Ese mismo día acompañaron nuestra remada casi un kilómetro tres curiosas ariranhas (nutria gigante). Tuvimos la oportunidad de compartir varios días con comunidades indígenas Chamacoco y Tomarajo aprendiendo su historia y costumbres.
Como cierre de oro del Paraguay llegamos a la estación biológica “Tres Gigantes” localizada sobre el Río Negro divide con Bolivia. Allí Nery Fabián Chamorro, encargado de la estación, nos recibió como hermanos. Vimos en estado natural yacarés, monos, incontable cantidad de aves, venados, osos hormigueros y por primera vez las pisadas del yaguareté que sería un personaje importante durante el resto del recorrido.
Puerto Bush, Bolivia, fue el siguiente puerto donde se encuentra la reserva natural de Otuquis. A partir de allí nos adentrábamos en territorio brasilero, ellos tienen un control mayor de conservación de la naturaleza y se podía notar desde los primeros kilómetros. Capivaras (carpinchos) descansaban en la vera a nuestro paso sin mostrar alarma por nuestra presencia.
Todavía nos separaban 250 km de Corumba, punto clave de la peregrinación acuática. Todas las personas que entablábamos conversación nos preguntaban si habíamos visto una Onҫa Pintada (yaguareté) y que busquemos refugio para dormir porque era muy peligroso acampar en el Mato, solos. Haciendo caso de los vaqueanos fuimos parando en fazendas y donde había moradores donde la recepción era muy cálida. Ahora al paisaje se sumaban morros en el horizonte y en la vera del río.

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Llegando a Corumba tuve el mismo sentimiento que el día de partida. La satisfacción de haber cumplido con uno de los objetivos, si bien faltaba, habíamos remado 2350 km! Aquí pudimos descansar gracias a Viviana Méndez que nos cedió la sede de la ONG Paz & Natureza Pantanal. Durante nuestra estadía investigamos a fondo la derrota que nos separaba hasta el próximo puerto, Cáceres, 680 km donde sólo hay algunas fazendas, pescadores a la vera y lo que venía siendo el verdadero motor del viaje, el gran pantanal, un ecosistema con más biodiversidad que el propio Amazonas.
El día que partimos de Corumba, se sabía que debíamos estar alerta en todo momento, ya que si bien no somos el alimento preferido de onҫas y anacondas, son animales salvajes oportunistas y al acecho, y la densidad de su población en esta región es la mayor del mundo.
La realidad fue conocer un lugar increíble, donde la naturaleza le saca ventaja a la humanidad. Por momentos olvidaba que existía la sociedad moderna y el sueño de vivir, de perderse en ese paraíso latía en cada remada. Podría escribir un libro de esa vivencia de 33 días. Cada jornada nos sorprendió con un paisaje, un árbol, un ave, el gesto y el sabor de un plato de arroz con feijao de cada pantanero, una mariposa, un atardecer, el olor de una planta desconocida, un amanecer, una luna llena, mirarse a los ojos con un yaguareté, mirarte con tu compañero de viaje y saber que es cómplice de mil aventuras y nada cambiará eso.

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El 1 de noviembre del 2015 arribamos a puerto Cáceres, más de 3000 km de ríos libres de represas desde Rosario. Estábamos física y mentalmente agotados, pero con el espíritu grande. Sabíamos que el camino del agua todavía continuaba. Después de descansar, recorrer la región y hacer muchos amigos volvimos al agua para seguir remando hasta donde no se pudiera más.
El 4 de diciembre llegamos a Diamantino, ciudad y región donde se encuentran las nacientes del río Paraguay y donde terminaba nuestra remada que comenzó en Rosario a más de 3500 km, 7 meses atrás. Aquí el río no supera los 15 metros de costa a costa. Sorteamos saltos y correderas a pie porque los kayaks no podían hacerle frente a la fuerza del agua.
Ahora nos encontramos en una región que sirve de divisor de aguas de la cuenca platina y amazónica. ¡Sería una pena desaprovechar la oportunidad de adentrarnos en las aguas de la cuenca vecina!
Los protagonistas de este viaje no fuimos sólo nosotros, sino quienes fueron parte desde el sentimiento, la buena intención y bondad con la que nos dieron la mano.

A ellos, eternamente agradecidos.

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