main

ACA IRI EL POST

Carreras de aventuraNieve

CORRER 100 KM EN LA ANTARTIDA, CRISTIAN GORBEA

febrero 8, 2017 — by Andar Extremo0

15978087_10211601053843441_7650967489349248976_n-960x640.jpg

Un relato con todos los condimentos de una de las carreras más duras del mundo por las condiciones climáticas. El 20 de enero se corrió esta ultra distancia en medio de temperaturas de 20 grados bajo cero. Sólo diez participantes se hicieron de la prueba. Cristian fue el único y primer argentino en la competencia marcando un tiempo de 17 horas 20 minutos. Para muchos conocido y para algunos no, protagonizó en 2010 una historia de supervivencia donde quedo en una repisa al borde del precipicio en Córdoba por 42 horas.

16357875_10211694432217842_1532470006_o

El frío manda y se apodera de todo. La ropa técnica sigue mojada y siento chuchos en todo el torso, pero son los dedos de la mano derecha los que se llevan la peor parte. Están entumecidos. No puedo moverlos sin sentir dolor. Los dos pares de guantes apenas logran protegerme. El doctor en la base nos contó la historia del brasilero que en la edición anterior se sacó los guantes para grabar con la GoPro y en solo dos minutos se le congelaron tres dedos. ¿Y entonces, qué pasa si no entro en calor? La única manera que tengo de combatir el frío es continuar trotando para que el cuerpo gane temperatura paso a paso. Unos momentos antes me había detenido en el Puesto de Control para comer algo y tomar agua tibia. Me enfrié al quedarme quieto solo unos pocos minutos. Hacen veinte bajo cero y sopla el viento. Estoy en el kilómetro 75 y aún faltan 25 para llegar a la meta. Acelero un poco el ritmo y braceo con fuerza, llevando los codos bien atrás y con movimientos rápidos. A los pocos cientos de metros recupero el calor y las ganas de terminar la carrera.
Me encuentro compitiendo en los 100K de la Antarctic Ice Marathon. Es un evento organizado por Richard Donovan, irlandés de acento cerrado (al punto tal que me cuesta creer que está hablando en inglés), economista y sobre todas las cosas un visionario que armó circuitos en lugares remotos e increíblemente bellos como el Polo Norte y la Vulcano Marathon en Chile. En la Antártida se asocia con la Antarctic Logistics and Expeditions, una Compañía americana que ha armado un circuito de “turismo salvaje” por llamarlo de algún modo, con ascensos al Monte Vinson (el más alto de Antártida) travesías al Polo Sur, a pinguineras y tantas otras. Han montado una base en lo profundo del continente blanco, bien lejos de la costa, en el paralelo 80 (el mundo termina en el 90), 1800 kilómetros al sur de la Base Marambio y a sólo 1000 kilómetros al norte de la base Amundsen Scott, el punto más austral del planeta. La base se llama Union Glacier y provee asistencia, logística y rescates. Opera en un lugar relativamente seguro en medio de un glaciar que tiene vida propia.
Los glaciares, explica Tim, el Jefe de Seguridad, hay que pensarlos como un río congelado que se mueve a la velocidad de 25 metros por año. Esos movimientos producen fracturas en el hielo que se convierten eventualmente en grietas profundas y peligrosas. Todo el campamento está rodeado de banderas negras señalando los límites permitidos para caminar. Tim identifica las zonas de riesgo a través de imágenes satelitales infrarrojas que detectan el hielo fracturado bajo la superficie. La Base funciona sólo de noviembre a febrero ya que el resto de los meses es inhabitable. Las temperatura descienden con fiereza y la falta de luz hace inoperable los aterrizajes. Cuentan con una pista natural de hielo azul de ocho kilómetros de largo, compacto como el asfalto pero resbaloso como jabón. Permite el aterrizaje de aviones de gran porte que abastecen la operación y llevan pasajeros desde y hacia el continente. Los pilotos son rusos y son los mejores entrenados del mundo. Irlandeses, americanos y rusos, aliados para crear aventuras únicas en uno de los lugares más inhóspitos y bellos de nuestro planeta.

16195067_10211693970566301_7587887654415813115_n

En pleno vuelo hacia la Antártida, Richard avisa en su inglés cerrado que se abrió una “ventana climática” y que la carrera largará a las 21.30 de ese mismo día, a horas apenas de aterrizar. No sé si reírme o llorar. Fernando Gonzalez, asturiano de 42 años, compañero de carpa y gran corredor me convence que es lo mejor que nos puede pasar. “Si corriéramos mañana no descansaríamos bien por la ansiedad”, reflexiona. Creo adivinar que también lo dice para tranquilizarse él mismo.
Al salir del avión carguero ruso, un viejo Illyushin cuatrimotor, mitad pasajeros, mitad carguero, con una gigantesca “rueda de auxilio” en el medio de la cabina, el frío nos golpea con la fuerza de todos los inviernos juntos. Frío seco, penetrante y duro a pesar de la inmensa campera naranja que nos obligan a poner aun en pleno vuelo. Las botas antárticas pisan el suelo azul de la pista, rodeada de inmensas montañas plenas de nieve. Alzo la vista y a pesar que el viento gélido parece atravesar mi cara, me maravillo con ese paraíso helado.
Nos transportan al campamento distante unos 8 kilómetros en unas gigantescas 4×4 y luego de las explicaciones de cómo funciona todo, nos vamos a la carpa, un domo en el que puedo entrar parado, con dos camas, bolsa de dormir para -40°, una mesa de luz y…una almohada. Me visto con zapatillas de trail con buen agarre en la suela, dos pares de medias, calza térmica y cubrepantalón impermeable, primera capa del torso con lana merino, luego un polar y encima una campera de goretex, dos pares de guantes, buff, balaclava (pasa montañas polar) y antiparras. Llevo caramañola con líquido, geles y barras. Parece mucho pero es apenas un poco más de lo que llevamos en carreras de montaña. Siento un poco de frio pero eso está bien. Hay dos riesgos con la vestimenta: salir con poco o salir con mucho. Ambas son malas y los corredores en general pecan por lo segundo. Se abrigan de más, comienzan a transpirar y en ese clima tan hostil, con un poco de viento la traspiración se convierte en hielo en pocos segundos. Luego ya no hay chances de recuperar calor corporal.

16326330_10211694436737955_1395101149_o

La Antártida es un territorio muy especial por muchos motivos, uno de los cuales es que en verano el sol no se pone. Las noches son blancas y el reflejo de la nieve hace que la noche estalle de luz. A las 21.30 del viernes 20 de enero, apenas seis horas después que arribamos, con más preguntas que certezas, diez corredores de todas partes del mundo nos encontramos en la línea de largada de la ultramaratón más austral del planeta. Es la primera vez que la corre un argentino.
¿Qué se siente en ese momento? Que estoy viviendo un sueño, me siento inmensamente afortunado de estar allí, aun con las incógnitas que deparan el clima y terreno, con ansiedad, deseo y muchas ganas. Estoy profundamente agradecido. Había entrenado muy duro los últimos meses bajo la instrucción del profe Marcelo Perotti y mi mente está enfocada en terminarla. Es apasionante entender cómo funciona nuestra cabeza: en esa línea de largada, me programo para correr 100 kilómetros, ni uno más ni uno menos. Dentro de cada corredor se activa una especie de medidor de energía que va a administrando el esfuerzo para llegar a completar la distancia. Funciona a un nivel primitivo, casi biológico.
Contamos 3 2 1 y largamos. Salvo Fernando, mi compa de carpa y el belga Kurt que toman la punta a un ritmo endemoniado, el resto decidimos largar a un ritmo suave y sostenido. Yo nunca había corrido en nieve ni con temperaturas tan bajas por lo que quise dar las primeras vueltas en “modo reconocimiento” a unos 6:45 los mil metros. La nieve es como la arena mojada de la playa, con la diferencia que debajo, a pocos centímetros se encuentra hielo duro como cemento. La sensación es que te hundis un poquito pero enseguida se siente el golpe contra el fondo.
Armamos un pelotoncito entre un americano, un francés, Richard (que la corrió) y un atleta no vidente chino con su lazarillo, Jennifer, la única mujer de la carrera. Más atrás quedan dos ingleses.
La seguridad es provista por los guías del campamento que nos cuidan de cerca, pasando en sus motos de nieve. En el puesto más alejado, además de líquido y comida, ponen una carpa con una bolsa de dormir y una radio por si alguien tiene problemas y quiere esperar el rescate allí. El circuito es de diez vueltas de diez kilómetros cada una, con dos PCs para reabastecer. Mis primeras cuatro vueltas son muy parejas, pero eso iba a cambiar muy pronto.

16422769_1317274538329684_4533252418509615817_o

¿Por qué correr en Antártida? Desde que era chico me encantaba escuchar historias de allí y quedar fascinado con esas fotos de gente con enormes camperas naranja infladas, las botas gigantes y lentes bien oscuros. En todas esas fotos la gente sonreía y yo creía adivinar una energía especial en ese lugar.
De más grande me interesé por las historias de los exploradores de principios del siglo XX, como la carrera por llegar al Polo Sur entre Amundsen y Scott, la epopeya de Shackleton, también más acá en el tiempos las travesías de Messner en ski y tantas otras. Siempre quise ir allí y siempre me parecía un sueño lejano.
El día de mi cumple, en septiembre del año pasado mi hijo me preguntó: “Pa, irías al Everest”? Yo lo pensé un poco y le contesté:
– “Me encantaría, pero es tanto tiempo y tanta plata que no creo que lo pueda hacer”
– “Y dónde irías..? insistió él.
– “A la Antártida!”
– “Y por qué no vas?
Esas cuatro palabras detonaron en mi cabeza y despertaron el sueño. Sólo tres meses después me encontraba a bordo del Ilyushin ruso volando sobre el Pasaje de Drake, hacia Union Glacier junto con corredores de todas partes del mundo. Correr y estar en la Antártida, todo al mismo tiempo. La vida cada tanto puede tornarse una hermosa aventura.

16298563_10211693972766356_9012792310448816638_n

Empezando la quinta vuelta siento las piernas pesadas y el cuerpo vacío, La mente vaga por diversos lugares, ninguno muy acogedor. Esa es la señal de que algo anda mal y hay que repararlo. Me vengo alimentando con geles y barras que se congelan y para poder comerlos, debo ponerlos dentro del guante para que se calienten. En las paradas como salado, tomo café y agua. La Antártida hay que pensarla como un desierto helado y seco. Cuando corres en esas condiciones es difícil darse cuenta de que te vas deshidratando. La mayor parte de la humedad la eliminamos por la boca, a través de la respiración. Yo no lo había notado pero no estaba tomando suficiente líquido, y el agua que me daban era de nieve derretida, que es como tomar agua destilada, no hidrata. Cuando me doy cuenta de esto, meto sales y electrolitos en la bebida y el cuerpo comienza a recuperarse. Al poco tiempo puedo volver al ritmo que quería ( ¡o podía!) aunque más lento del de las primeras vueltas.
Dado que éramos solo diez competidores, enseguida nos dispersamos y el 90% de la carrera la hago solo. Lo que más me impresiona del entorno es el profundo silencio. No hay aves que graznen, el viento no choca contra ningún obstáculo por lo que no hay ruido, sólo el “crunch crunch” de mis pisadas. El terreno por donde corremos es una inmensa planicie rodeada de montañas profundamente nevadas que parecen estar cerca, pero nos separan unos cuantos kilómetros.
El circuito es una especie de triángulo en donde en una de las puntas está el PC de la base, con voluntarios que colaboran y enfrente el otro, el de supervivencia. Uno de los tramos, el más largo, de 5K termina en un paisaje sin montañas, por lo que cada vez que paso por allí veo la inmensidad misma e imagino los exploradores que partían hacia el Polo Sur sin más compañía que sus trineos con carpa y víveres.
¿Qué pienso mientras corro? Una ultra hay que acortarla en tramos, es demasiado larga para pensarla “de un tirón”. Divido el circuito en tramos: de la largada al “arbolito de navidad” (una referencia en una curva), desde allí hasta el PC de supervivencia, de allí a la curva, luego la pequeña pendiente, la curva del aeropuerto, la otra curva y el arco de llegada. Eso, por 10 veces. El que más cuesta es un tramo de 3K en donde se divisa la carpa de supervivencia, pero al avanzar, ésta parece alejarse.
A partir de la sexta vuelta comienzo a sentir molestias en la pierna izquierda, en el cuádriceps y tobillo. Va y viene el dolor, pero es tolerable. Siento también la incipiente señal de una ampolla en el pie izquierdo y pienso en parar a curarme (y enfriarme) o seguir avanzando e ir controlándola. Me la juego y no paro. En un ultra siempre algo va a doler, entramos en una zona de “disconfort semi bancable”, en donde el cuerpo se queja y debemos tener control sobre la mente para que no sea cómplice y no agrande la situación. ¿Cómo no va a doler algo si estamos llevando el cuerpo al límite y tal vez un poco más allá? Ya habrá descanso, pensamos, pero ahora dame un poco más. No paremos. ¡Vamos! Hasta el arbolito de navidad y luego un poco más. Como el burro con la zanahoria, el corredor sabe que la meta se va a hacer desear, que va a parecer imposible, que nos vamos a poner todas las excusas ( en la cuarta vuelta lamentaba que no fuera una maratón!) . Sufritamos. Sufrimos y disfrutamos, al mismo tiempo.

16299408_10211693972326345_7823171362625165315_n

Si no nos preguntamos “Qué c… estamos haciendo acá”? quiere decir que estamos en la carrera equivocada. Conocerse es la clave, saber que el dolor va a pasar, que todo se termina. Lo malo y también lo bueno. Cabeza fría y corazón caliente.
Al cuerpo lo entrenamos de modo específico al correr. A la mente ¿cómo la entrenamos? Supongo que al lidiar con los pequeños o grandes problemas que nos toca enfrentar en la vida cotidiana, en las decisiones que tomamos, en sentir nuestra propia presencia. La mente se entrena también fuera de las pistas haciéndonos dueños de lo que nos pasa.
Tener control de la carrera es saber en todo momento en qué condiciones nos encontramos. Llevo la cuenta de las vueltas que voy dando y me quedan dos para el final. Cuando entro en la tienda a comer algo de pasta caliente uno de los fotógrafos me dice “Bien Cris, te queda una”. “No, le digo me quedan dos”. El insiste en que es una y le pregunta a otro, que también afirma lo mismo. Yo estoy seguro que tengo dos por delante y cuando le pregunto al control me lo confirma. Hubiera sido devastador creerme por unos momentos que solo faltaban 10k cuando en realidad faltaba el doble. Hay que estar concentrado y en control de la carrera, lo más posible para evitar los golpes psicológicos que pegan peor que la falta de sales y electrolitos en sangre.
El control además me dice que vengo cuarto y que detrás de mí, muy cerca, viene Joel, el americano. Eso me da un golpe de adrenalina para seguir empujando y poder completar una buena novena vuelta (buena a esa altura es a unos 10 minutos el k). Nunca camino, siempre meto un trotecito aunque sea muy tranqui.
Llego a la última vuelta, la del honor, con el americano a solo 20 minutos. Esa vuelta es tremenda, porque ya no tengo energías en las piernas, sigo adelante sólo con las ganas de terminarla y claro, en lo posible mantener el puesto! No me doy vuelta ni una vez para ver por dónde viene, pero me lo imagino cerca, para no aflojar. Ultimo esfuerzo! Faltando dos kilómetros me pongo a llorar, se me nubla la vista y entro como en un sueño. Lo estaba logrando. Faltan 500 metros, ya escucho los aplausos y los gritos de los que estaban esperando allí. No paro de sonreir, de respirar profundo, de sentir el sueño cumplido.
Luego de 17 horas y pico, cruzo la meta en la ultramaratón más fría del planeta sintiendo dentro de mí el cariño de todos los que apoyaron a la distancia, de los que pidieron, de los que tiraron la mejor onda. ¡Familia, amigos, compas de correrayuda, mil gracias!
Estas carreras no se corren solo.

16389235_10211694434337895_2051715065_o

ExploracionNieve

CRUCE DE GROENLANDIA, PRIMER ARGENTINO

diciembre 1, 2016 — by Andar Extremo0

1-960x720.jpg

Mariano Curiel nació en Hurlingham hace 35 años y por casualidades de la vida se metió en el mundo de las expediciones polares. En mayo se convirtió en el primer Argentino en cruzar Groenlandia a pie en una expedición que le llevó 26 días en esquí y trineos, recorriendo 564 kilómetros con vientos de 140 km/h y temperaturas inferiores a -35 grados, junto a 5 expedicionarios de otras partes del mundo. Nota de la Revista Andar Extremo n° 42.

por Andar Extremo entrevista a Mariano Curiel (fotos Mariano Curiel)

2

Junto a su amigo sueco David Berg, la guía noruega Moa Hundred, el inglés Chris Lambert y las alemanas Adelinde Trixly Christine Huber, emprendieron el 14 de mayo pasado desde el fiordo de Kangerlussuaq, 318 km al norte de la capital Nuuk , el cruce de Groenlandia. El grupo, de entre 23 y 55 años, llegó a su meta en el pueblo de Isortoq, a orillas del estrecho de Dinamarca -unos 100 km al sur del círculo polar, el 8 de junio, en plena primavera boreal. En 1888 el aventurero noruego Fridtjof Nansen, en 42 días, fue el primero en abrir esa ruta en la latitud del círculo polar.

Cómo surge tu relación con las actividades en zonas frías?
Fue de casualidad, a los 23 años trabajaba en una empresa de marketing deportivo y estaba cansado de ese mundo, quería viajar… de rebote terminé en una embarcación rusa que buscaba gente para la parte de hotelería y salía de Ushuaia, sin saber que iba a llevarme con destino a la Antártida. Cuando llegué a esa masa de hielo me enamoré. El barco manejaba expediciones, cuando vi ese mundo dije:- “listo esto es lo que buscaba”. Sabía manejar veleros, siempre estuve relacionado a la náutica, entonces fue fácil comenzar a trabajar con expediciones. Cruzábamos el pasaje de Drake y allí tuve los primeros contactos con ballenas, pingüinos, y quedé fascinado. Eso fue un verano y ya en junio me habían contratado para trabajar en el Ártico. Pasó de ser una aventura a ser parte de mi vida.

Cuándo surgió la idea de hacer travesías en estas zonas?

En realidad fue desde que me mudé a Bariloche que data de unos cinco años que me introduje en la montaña y comencé a caminar por esos lugares. En La Antártida había hecho cosas en hielo pero de un día, salía y volvía al barco.
Así fue que en uno de los viajes al norte hice una caminata de tres semanas por la Costa Este de Groenlandia cerca de Kulusuk. Fue en 2014, realizamos esa travesía implementando el mismo sistema de expedición con esquíes, trineos, carpas y la misma rutina diaria entre arroyos, fiordos y glaciares, pero con un nivel de exigencia menor en lo que respecta a lo físico. Habíamos hecho 250 km y la idea era entrenar para el cruce total. Hasta ese momento era difícil una expedición de ese tipo, dado que tiene costos muy elevados y los permisos son imposibles, así que teníamos que ver cómo hacíamos para engancharnos en alguna expedición. Desde el 2015, por el hecho que hubo accidentes y dos muertes, necesitás un permiso especial que se lo dan a gente que ya haya realizado un cruce. Aunque seas guía profesional, no te dejan, y ahí fue que contactamos a Moa, una chica noruega que podía sacar el permiso. Este año, en enero en Antártida, mi amigo David Berg me comentó la posibilidad de participar en esa expedición. En febrero confirmé. En marzo volví a Antártida y luego tuve un mes para entrenar.

3

Te adaptás al frío, aparte de usar la ropa adecuada?
Sí, me adapto, aparte la ropa que se utiliza hoy es muy técnica, de muy buena calidad. Hoy en día tengo más tolerancia al frío y también mentalmente aguanto más sin ponerme nervioso, porque una cosa es el frío que te molesta y otro cosa es el que causa hipotermia o congelamientos…uno va aprendiendo a darse cuenta antes de que pase algo peor. Esto requiere de entrenamiento para el reconocimiento del peligro. Lo que uso desde siempre para andar, es primera capa merino Lepau que es muy buena, de muy buena calidad….es de nuestra oveja patagónica, no te mojás, no larga olor al no ser sintético. Después, goretex tricapa respira muy bien, si tenés calor te abrís, es ideal para viento, lluvia o si nieva mucho. Lo que se buscás es estar seco. Estas dos prendas son, para mí, lo mejor para este tipo de expediciones. Cuando la temperatura es menor a -15º también me pongo un chaleco, como los de plumas pero de material sintético. Por último, me pongo la campera de plumas cuando se frena a comer, y me cambio los guantes por unos más gruesos para descansar o armar el campamento. Para las piernas uso lo mismo. En los pies, primera capa medias de compresión para facilitar la presión en las piernas, después unas bolsas plásticas para evitar la transpiración y mojar la bota y arriba medias de merino gruesas. Los borcegos son especiales para expediciones nórdicas, son de cuero forrados con goretex que incluye polaina hasta casi la rodilla y se une a la suela.
Para las manos, 5 pares de guantes que los iba cambiando según la situación del viento. Primero, una capa de lana merino o sintético bien fino. Luego manoplas de polar que se le quitan los dedos por si quiero hacer algo. Guantes de cuero, los comunes de obrero, que los engraso para impermeabilizar. Los días que hace más frío, guantes de montaña o manoplas de pluma que arriba les pongo las de goretex.

Cuáles fueron las situaciones más peligrosas?

Al principio tuvimos mucha agua y zona de ríos que formaban grietas. Fue peligroso por el terreno, no por el clima. También en el kilómetro 4, el segundo día me esguince la rodilla pero no pasó a mayores en ese momento. Cuando estuvimos en la parte más alta, a mitad de camino, superando los 2000 msnm el frío se sentía mucho, era el campo de hielo. Allí las temperaturas eran de -35º y menos también. Los días de viento eran peligrosos por la poca visibilidad que complicaba las cosas y aumentaba el nivel de estrés de todos… al frenar te abrigabas y seguías, en el viento te ponías de espalda al mismo y descansabas o armabas la carpa. Hubo un día que íbamos caminando, frenando, andando… Lo más peligroso fue que íbamos a muy baja temperatura y viento de frente, y empezamos a tener principio de congelamiento en la cara y dedos porque estábamos muy expuestos. Después de tres horas tuvimos que frenar. Armamos el campamento y esperamos que pare el viento. Ahí, cuando te detenés, podés cubrirte y mover las manos, pasabas el frío de otra forma.

4

Tenés determinado tiempo para estar expuesto?
Sí, con otra tormenta cerca de una base abandonada, nuestra carpa colapsó y, mientras estábamos ahí vimos que flameaba. Estaba toda llena de nieve pero tuvimos mucha suerte que no se voló ni rompió a pesar de los vientos de más de 140 km/h. Tuvimos que armar la carpa con mucho viento y mucho frío y una vez que armamos la base, estuvimos una hora más para asegurarla fuerte. En esa hora salíamos entre tres y cinco minutos, no más de eso… generalmente eran tres y sentíamos el congelamiento. Con David, salíamos esos minutos porque conocíamos lo que era el congelamiento, era el tiempo estimado en donde sentías que los dedos se congelaban. Entrábamos a calentarnos 5 minutos y salíamos nuevamente a armarla porque sabíamos que si no, se nos podía caer otra vez.

Qué entrenamiento hiciste?
Como ya conocía lo que iba a hacer, no hice el entrenamiento adecuado para expediciones con trineo (salir a caminar tirando dos ruedas que simula el peso del trineo). Mi entrenamiento se basó en caminar en las montañas: Cerro López, el Catedral. Trataba de llegar a hacer caminatas de seis horas para acostumbrar al cuerpo. Ya conocía a qué iba y sabía de este tipo de cosas. Me enfoqué en estar bien alimentado y fuerte para aguantar los primeros 5 días. Después el cuerpo se va acostumbrando a andar en la montaña, y estas físicamente bien. Primero viene el período de adaptación luego de debilitamiento y más tarde el final donde tenés que llegar bien mentalmente.

Cuánto marchaban por día?
En promedio era de 25km por día. Hubo jornadas que hicimos muy poco. La primera salida, por ejemplo, avanzamos sólo 4 km. Fue en la subida al glaciar. En total de los 26 días hubo tres q no avanzamos, dividido en distintas etapas. El día que más avanzamos fueron 36 km. Cerca del final fue más rápido, a pesar de que no te dabas cuenta, ibas bajando 5 metros por kilómetro y eso te hacía acelerar.

5
Cómo es un día de marcha?
Nos levantábamos, y demorábamos una hora y media o dos antes de arrancar con el desarmado. Desayunábamos con un suculento vaso de avena, pasas de uva y manteca o chocolate para ganar calorías. Desarmábamos y de ahí salíamos a hacer marchas de una hora con pausas de 10 minutos, donde comíamos papas fritas, caramelos, pasas de uva o chocolate. Carne, salame, mantecol, alimentos con muchas calorías. Había días que después de la cuarta hora de avance, frenábamos media hora para comer un poco más o descansar y ahí armábamos una carpa. Después seguíamos otras 5 horas. La clave es esa, caminar una hora, 10 minutos de descanso por 4 horas, un descanso prolongado donde hacíamos nuestras necesidades y después seguíamos 5 horas. La clave es recomponer la energía todo tiempo. De no hacerlo en esos 10 minutos a la hora siguiente llegabas muy cansado. Te afecta. Te quedás sin nafta, te cuesta mucho seguir… Al principio tenés que comer a la fuerza porque el cuerpo no está acostumbrado al gasto y aprovisionamiento de tanta energía. Pero al cabo de los días te pide más y más alimento. Comíamos 5000 calorías por día. Fui con sobrepeso de 10 kg y bajé 11kg.

Cómo se hidrataban?
Tomábamos 4 litros por de agua por día. Así como comíamos si o si teníamos que tomar agua. Los primeros días costaban más también, el cuerpo no estaba acostumbrado. Al tener que hacer agua, lo ideal era llegar al campamento con agua líquida y guardarla. Cuando la temperatura era menor a -30º tardábamos entre 2 horas y media y 3 en derretir y calentar unos 4 litros, y así y todo no alcanzaba el hervor.

Cómo hacían para el armado de campamento?
Era el momento más complicado, estábamos muy cansados luego de caminar 14 horas. Doloridos, con hambre y sed, tardábamos 10 minutos en armar la carpa. Nuestro sistema era: mientras yo armaba, había que derretir nieve y calentar el agua casi hasta hervir para hacer la cena, y guardarla para el desayuno del día siguiente. Era un trabajo de hora y media a dos hasta que podíamos comer y después dormir. Armabas la carpa, preparabas los trineos, dejabas todo bien asegurado y una vez que te metías, no salís más. Te quedabas ahí adentro tranquilo esperando que se caliente el agua. Es muy importante en ese momento hacer un chequeo físico, revisarte la cara que no tengas quemadura, los pies, las manos, que esté todo el cuerpo bien. Nos poníamos crema en las heridas y hacíamos una curación de lo que estuviera mal y no dejábamos ninguna herida que se pudiera complicar luego. Cenar, el mejor momento del día! Llevábamos comida deshidratada para la cena que era carne a la cacerola o pescado al curry, era sólo echarle el agua hirviendo y listo. Al minuto, luego de acabarse la comida, era el peor momento del día. Después, meternos en la bolsa y dormir.

6
Corrió peligro la expedición en esos 26 días?
Al principio sí, pero estábamos muy decididos a seguir. Salimos de la ruta segura, la que conocíamos, porque había muchos lagos y ríos y encontramos otro camino alternativo. Después, no en la expedición en sí, pero hubo peligros para algunos. Por ejemplo, cuando nuestra carpa se voló, para nosotros hubiera sido el fin si se hubiera roto. En otro momento de los seis, una de las integrantes (una chica alemana), no comía bien, estaba muy débil, a las dos semanas casi no podía caminar. Ahí nos reunimos y debíamos analizar si la evacuábamos o, lo que hicimos, sentarla a comer y asistirla yendo más lento… un día le hicimos comer una manteca entera!. Se empezaba a retrasar, y por ende nosotros también. Los debatimos en dos situaciones y decidimos asistirla, y así llegamos los seis.

Qué pensás allí en el día a día?

De todo. Primero vas acomodándote, escuchás música, unos radio-libros. Vas con la mente en blanco, navegando… vas con la brújula, tratando de seguir el camino. Cuando estás atrás, es seguir al de adelante. Pensás de todo, lo que te imagines, mil proyectos, ideas de expediciones nuevas, la familia, amigos, en todo el mundo, qué hacer cuando frenás… Llegó un momento que era elegir qué pensar. Te empezás a volver loco porque te caen muchas ideas y no querés caer en un bajón. Así todos los días. La parte mental es la más dura en este tipo de expediciones. Las expediciones polares son: 60% mental y 40% físico.

7
Cómo es el equipo de avance?
Dos trineos chicos plástico, cada uno soportaba hasta 50kg de peso por lo que llevábamos de 80 a 90km cada uno. Repartimos el equipo por pareja. Estaba conformado por: 3 carpas, 4 cocinas, unos MSR modelos nuevos para baja temperatura (calentador de montaña) y 20 lts de combustible. Más esquíes y crampones. El equipo de esquí estaba compuesto por esquíes de fondo con cantos de metal bastante largos y finos, de 2 metros en mi caso, que alivianaba mucho el avance en nieve. Las botas de esquí son modelos especiales con la bota de cuero con una polaina de Gore-Tex incorporada que protege del frío y la humedad. La fijación de esquí de fondo se pone en la bota, sólo en la puntera dejando el talón libre permitiendo el caminar. Y para poder avanzar con los esquíes en pendiente o condiciones planas tirando el peso de los trineos utilizamos lo que se conoce como “pieles de foca”, que es una especie de tela que simula una piel y permite deslizar hacia delante y se frena cuando el esquí se mueve hacia atrás al quedar a contra pelo.

Qué sentiste al aproximarte?

Una sensación muy buena. El día anterior empezamos a ver montañas en el medio de la nada, pero en realidad estábamos a 70 km. Al final de ese día empezábamos a ver el mar. En realidad tres días antes, pero no estábamos seguros, dudábamos que fueran nubes. Parecía que estabas ahí nomás y empezás a pensar en la ducha caliente y en todo lo que vas a comer, pero faltaban como 70km. Esa noche llegamos al último campamento, es donde teníamos que estar más tranquilos porque empezaba el descenso glaciar, las grietas y ríos nuevamente, y el peligro exponencial. Estás llegando y si te apurás tomando decisiones sin pensar tanto, es muy peligroso. Es donde más seguridad tenés que tener. Como trabajo en expediciones desde hace mucho, sé que el 10% al principio y el 10% del final son los momentos más peligrosos, de mayor cantidad de accidentes. Al principio por desconocimiento y al final, por exceso de confianza. Sabiéndolo y todo, nos mandamos por un campo de grietas por el que no debíamos hacerlo, no estaba contento por la situación pero en ese momento donde íbamos rotando el liderazgo, yo quedé atrás del grupo. Por suerte no pasó nada. Veíamos el mar que se unía con el cielo, los iceberg como puntitos blancos, las montañas y el atardecer. Ese día arrancamos a las doce de la noche para llegar a la mañana ya que había luz las 24 horas. Salimos a esa hora que es el horario más frío para que los cauces estuvieran congelados. El último día como el primero, nos juntamos todos en una carpa para la cena de festejo. Todos queríamos llegar pero era una mezcla de sentimientos…se estaba acabando y era una lástima. Desarmar el campamento por última vez fue raro, nos gustaría haber seguido pero en realidad queríamos llegar. Ya estábamos mentalizados en terminarlo. Si en ese momento la expedición se alargaba dos días más, capaz nos caíamos del bocho. Estábamos con la mente en la meta.

8
Sos el primer argentino en cruzar Groenlandia, ¿Cómo pensás seguir?
Lo de ser el primer argentino es anecdótico, no sabía que era el primero, allí me enteré. Lo hice porque tengo pasión en este tipo de expediciones. Está bueno ser el primero, no es conocida esta aventura. A futuro, Groenlandia es la tercera en expediciones polares, primero están polo Norte y polo Sur, que son los desafíos más grandes. Polo Norte es más larga, haciéndola desde la tierra que son más de 800 km. Con el calentamiento global es cada vez más difícil y arriesgada. El Polo Sur es una extensión de lo que hice en Groenlandia pero con temperaturas más bajas, lo mismo pero en 3 meses. Una de las cosas que me gustaría y quiero hacer son los hielos continentales “Campo de Hielo Sur”.

Agradecimientos:
A Lola, mi mujer quien me motivó a hacerlo. Justo estamos construyendo y a pesar de estar ajustados me dijo:- “andá a hacerlo ahora”.
A la gente de Noruega que me pasaba el parte diario meteorológico e informaba a Lola cómo íbamos. A mi familia y amigos, y gente que nos siguió. A Lepau y Antártica XXI que me dieron empuje.
Al pul Club Social de Amigos que me consiguen conexiones

9

ExploracionNieve

POLO NORTE, PRIMERA EXPEDICIÓN ARGENTINA

septiembre 13, 2016 — by Andar Extremo0

9-960x640.jpg

Los ocho expedicionarios argentinos que coronaron el Polo Norte el 22 de abril, recorrieron en sólo 10 días 120 km sobre el casco polar con temperaturas que llegaron a los -30 grados. En una entrevista exclusiva Santiago Tito, de la fundación Criterio, y Tomas Heinrich, primer argentino en hacer cumbre en el Everest, fotógrafo y documentalista, nos contaron los pormenores de esta increíble hazaña que quedará en la historia de nuestro país. Nota de la Revista Andar Extremo n° 41

por Andar Extremo
entrevista a Santiago Tito y Tommy Heinrich
fotos Tommy Heinrich

5

La última base en la que estuvieron los nueve expedicionarios argentinos fue Longyearbyen, en el archipiélago noruego de Svalbard, situado 1100 kilómetros de Polo. Se aclimataron al frío ártico practicando maniobras de rescate en el hielo, y ensayaron pruebas de riesgo sobre grietas y ríos congelados para poder conquistar el Polo Norte.
Los expedicionarios Víctor Figueroa, líder, Gustavo Curti, segundo jefe, Ignacio Carro, Juan Pablo de La Rua, navegantes, Emiliano Curti, Santiago Martín Tito, comunicaciones, Luis Armando Cataldo, guía, Tomas Heinrich, documentalista y Mauricio Fernández Funes, el día 22 de abril hicieron flamear la bandera argentina en el Polo Norte por primera vez en la historia.
Caminaron 120 km de Barneo al Polo, lo que les demandó 10 días en jornadas de 8 horas, parando para hidratarse y alimentarse cada una hora. Diariamente recorrieron de 6 a 15 km en esquíes y arrastrándose en trineos de fibra de vidrio con un peso aproximado de 70 kg.
Tuvieron 24 hs de luz diarias y la temperatura promedio rondaba en -25 grados centígrados. Tomaban de 3 a 4 litros de agua para hidratarse. Al finalizar el día armaban el campamento, muestreaban agua y se comunicaban con el mundo
La ONG impulsora de la empresa polar fue la Fundación Criteria. El grupo se propuso alertar al mundo sobre la urgencia medioambiental como una de las amenazas que determinan la seguridad humana. Se trató de la primera misión de carácter nacional, luego de que el 10 de abril de 2013 otro argentino, el andinista Juan Benegas, completara la misma hazaña en siete días junto a cinco expedicionarios rusos.
Más allá de la épica extrema y del mensaje ambiental, el grupo colaboró con el Instituto Antártico Argentino (IAA) en la recolección de muestras de agua a cinco metros de profundidad.

11

Qué sintieron cuando llegaron al Polo Norte?
Santiago: una mezcla de sentimientos… felicidad y orgullo de representar a todos los argentinos al llegar, plantar la bandera y verla flamear… increíble. El Polo Norte es el único punto del mundo en el que todos los caminos conducen al sur. Fue el postre de diez días de trabajo y esfuerzo que se coronaron en ese momento.
Tommy: mucha satisfacción, porque más allá de llegar al Polo Norte, implícitamente la idea y el objetivo era que llegáramos todos, no uno o dos, y lo logramos. Eso significó desde un comienzo trabajar juntos en todo momento, desde los entrenamientos a los viajes de integración del grupo. Estuvimos casi tres semanas en ruta hacia el Ártico y siempre se sostuvo una buena interacción y una buena relación entre los integrantes, eso hizo que se viva con más intensidad. Cuando había un inconveniente, todos salían a ayudar. Jamás dudamos de lo que podíamos hacer juntos y bien.

Cuándo surgió la idea de ir?
Santiago: en realidad el jefe de la expedición Víctor Figueroa coronó el Polo Sur en el 2001 y hace un año y medio se acercó a la fundación porque creía que Argentina debía tener los dos Polos. Nosotros, dentro de la Fundación Criteria, podíamos introducir esta expedición en el marco de nuestra aérea de cambio climático. Empezamos a trabajar en conjunto, y luego de algunas planificaciones y evaluaciones, preparamos el proyecto que comenzó en 2015. Mi rol en la expedición era en comunicaciones, tenía un teléfono satelital para informar a la prensa, dar apoyo logístico, dar la posición por si teníamos algún problema…Cada uno cumplía una función, y era más importante el otro que uno mismo, eso hizo que el objetivo se alcanzara más rápido.

3


Cómo fue el entrenamiento?

Tommy: durante el último mes entrenamos juntos en el Monte Tronador. Ejercitamos lo físico y técnico, con esquíes y bastones recreábamos la caminata sin los trineos. Antes de eso el entrenamiento lo hacía cada uno en su lugar: Emiliano Curti en Mendoza, Ignacio Carra en Santa Fe y la otra parte de la expedición acá en Palermo en el campo argentino de polo, en esquíes por el pasto.
Santiago: lo que me gustaría destacar es que si bien hubo un entrenamiento específico, todos los integrantes ya teníamos una buena preparación física. Todos los militares son instructores de esquí y andinismo. Eran tropa de operaciones especiales en montaña y obviamente Tommy, al ser el primer argentino en el Everest, era la estrella y el gurú, así que había un trabajo de años en actividades de riesgo en montaña. Dentro del grupo había personas que habían estado en Antártida y tenían rescates en el Polo Sur. El último año fue de entrenamiento y además de lo físico, la idea también fue juntarnos, conocernos y entrenar técnicas especiales: arrastre de trineo, rescate en hielo y turismo. El aporte de Juan Benegas, que conocía el lugar, nos dio mucha información. Cuando estábamos allá funcionamos como un reloj, cada uno sabía lo que tenía que hacer y así logramos ser un grupo parejo para caminar en la nieve. Seguíamos el ritmo del equipo, eso fue muy importante porque los tiempos con el frío extremo son muy metódicos. Cuando terminaba una jornada teníamos que armar todo, pero tenía que quedar un resto, y eso debía hacerse en poco tiempo, para no congelarse. Hacía de -25 a -30 grados, era muy difícil trabajar con tanto frío. Armábamos las carpas lo más rápido posible para prender el calentador y meternos.

Cómo fue la bienvenida del frío?
Santiago: el 28 de marzo salimos de Buenos Aires y arribamos a Longyearbyen, en el archipiélago noruego de Svalbard, situada a 1100 kilómetros del Polo. Queda en la altitud 78° N, que es la misma latitud de la Base Belgrano, en el sur. Cuando salimos del avión ya estábamos a -20°, para mí fue chocante porque si bien estuve en temperaturas bajas, no con tiempo tan prolongado. Imaginate estar continuamente a esa temperatura.

2

Qué indumentaria llevaron?
Santiago: ropa técnica, tuvimos camperas e indumentaria Duke y también nos proveyó la dirección antártica y completamos con ropa propia. Teníamos de primera a quinta piel. A esa temperatura aunque te pongas 15 capas el frío se siente. Lo bueno es que tuvimos 10 días de adaptación. Lo que nos sirvió mucho es la piel que se le pone a las camperas en la capucha. Acá en la ciudad uno se cree que es estético y en realidad genera una cámara de aire caliente que protege la piel de la cara. El problema allí era que al caminar transpiraba, entonces la problemática era cuánta ropa íbamos a usar en la marcha. Es impresionante todo lo que uno transpiraba y mojaba, se congelaba. Cuando terminábamos el día, dejábamos dos minutos la campera que habíamos usado para ponernos las de plumas e instantáneamente adentro, tenía todo hielo, entonces había que descongelarla con los calentadores.
Tommy: en esta expedición llevamos los MSR whipperlite. Teníamos dos opciones para marchar: usar la campera de Gorotex pero no la de tres capas sino un poco más fina donde la idea era evitar transpirar pero protegerse del viento. El Ártico a diferencia de la Antártida, no es un continente, es una masa de hielo que se formó sobre el agua, tiene movimiento y un alto contenido de humedad en el aire. Era muy difícil que las cosas sequen, entonces allí entraba el apuro por ir a la carpa lo antes posible. Así se lograba levantar la temperatura y se podía secar la ropa que estaba inevitablemente mojada. Otra cosa que utilizamos son los “Vapor Barriers”, barreras de vapor para las medias, y evitar que mojen las botas en la parte interna. Es como una membrana en forma de saco plásticas, diseñadas con la forma del pie. Con eso evitás que el sudor llegue a mojar la bota. La humedad es progresiva, nunca se llegaba a secar nada al 100%.

7

Cuál era el paso luego de Longyearbyen?
Tommy: en este pueblito de 1500 a 2000 habitantes permanentes, el inconveniente que tuvimos es que debíamos entrar al Ártico en una base rusa que es temporaria. Habitualmente se fabrica a fines de marzo y se desmonta a fines de abril y tiene como propósito: servir de base para científicos y expedicionarios.
Santiago: para que te imagines, la base son tres carpas calentadas, una pista sobre hielo y dos helicópteros. Eso es la base, en el medio de la nada. Tiene carpas estructurales para todo tipo de evacuación, una pista gigante y también un tractor que mantiene la pista y los helicópteros para llevar las expediciones. Está arriba del mar y se mueve. A veces se le forman cráteres y cuando pasa eso no se puede usar, entonces tienen que armar otra pista y mover la base. Estos problemas nos retrasaron 5 o 6 días pero fuimos adaptándonos de a poco al clima y los horarios.
Tommy: en Longyearbyen, cuando llegamos, sólo había de una a dos horas de oscuridad, cuando regresamos de la expedición ya tenían casi 8 horas de oscuridad.
Santiago: uno se acostumbraba a eso, eran las diez de la noche pero parecían las tres de la tarde. Veíamos que estaba el sol pero no calentaba nada, y nos dábamos cuenta cuando era tarde. Adaptamos el cuerpo a la luz de la diferencia horaria, así que estos diez días no vino bien para acomodarnos. Como hicimos esa adaptación, la marcha a las 9 de la noche con sol nos dormíamos, así descansábamos bien para tomar fuerzas para el otro día.

4

Cuánto duro la expedición?

Santiago: La expedición duró 10 pero calculábamos de 8 a 12 días, dependía mucho de la deriva, como es hielo flotando a veces te acercás y otras te alejás. También dependía de las tormentas. Los primeros tres días avanzamos muy poco porque cuando se movía el hielo se formaban lomos de burro de hielo que se partían y se formaban ríos que hacían dificultoso el paso. En ese momento tenías que sacarte los esquíes y pasar los trineos que pesaban 70 kilos. Avanzamos sólo 6 o 7 kilómetros. También nos tocaron playas con un terreno liso donde sorteamos algunos vamps. Esos días hacíamos 15 kilómetros. Por suerte no nos tocó atravesar un río de mar, donde tenías que vestirte con el traje especial, pasar nadando, devolverlo para que se lo ponga otro… eso hubiera traído el peligro de parar y enfriarse.
Tommy:la gran diferencia entre los -20 y los – 30 grados es la rapidez con la que uno pierde el calor corporal, te afecta las extremidades en primer lugar y luego anímicamente te demuele. Ese era el gran desafío: mantenerse emocionalmente entero para sostener esto en el tiempo. El tema del Ártico es que no te da descanso, eso lo tenés en la carpa.

8

Con estos tiempos tan finitos, cómo hacías para documentar?
Tommy: el tema de fotografiar y filmar es lo que me tuvo más nervioso en los días previos. Estuve organizándolo mucho, a diferencia de otras expediciones dado que el factor temperatura iba a incidir porque estaría insistentemente frío. Sabía que los equipos se congelarían, había que lograr que se recuperaran y no perder las baterías. La gran diferencia es que las cámaras de ahora no tienen las pilas doble A de antes, donde podías llevarte 200 o 300. Al llevar baterías específicas para la cámara hay que cuidarlas mucho. Así entendí que la baterías se descargan rápido cuando trabajan frías y cuando la cámara esta fría. Por lo cual el truco era tener siempre una cámara pegada a mi espalda, no podría dejarla en el trineo porque se iba a congelar. Los primeros días metía la cámara adentro en la mochila pero me daba cuenta que se enfriaba mucho. Así que opté por meterle calentadores de mano además de mi temperatura corporal, eso ayudaba a mantener no tan baja la temperatura. La rutina era sacar la cámara de la mochila (previa elección del lugar). Iba siempre segundo en el grupo, me adelantaba un poco, buscaba el ángulo y los hacía pasar. Yo llevaba 10 kg en la mochila de equipo y 15 en el trineo. Lo que hicimos fue distribuir todo ese peso entre los 8 integrantes así podía moverme más ágilmente. La carpa donde estaba era la única de tres personas, porque la idea era que ellos me ayudaran encargándose de la carpa y me diesen la posibilidad de documentar ese momento del día. El gran inconveniente era el congelamiento de mis dedos que lo empecé a sufrir desde el segundo día. Tenía guantes muy finos y se me rompieron de inmediato, llevé tres pares, y se rompieron porque estábamos siempre utilizando bastones. Si bien tenía mitones arriba, se rompían. En las montañas uno puede usar guantes gruesos pero lo ideal en el caso de estar bastoneando es que estén los cuatro dedos juntos para que irradien calor entre ellos y así mantener la mano caliente. El tema es que me los sacaba continuamente y exponía las manos al frío. El tiempo que tenés para tener las manos desnudas es progresivamente menor, quedan muy sensibles. Después del primer congelamiento las probabilidades de congelarte son extremadamente altas.

Se enfermó alguno?
Santiago: algunos con tos común, algo leve, Nos cuidábamos mucho, sabíamos que no podíamos estar más de 10 o 15 segundos sin guantes y con los guantes finos no podíamos estar más de un minuto.
Tommy: algo que parece sonso son las ampollas, en pies y manos, es un tema que teníamos que cuidar y mucho. El dolor que causan las ampollas es terrible, una vez que empezó no lo parás. Estos son detalles que se suman en condiciones extremas. Un integrante se empezó a deshidratar y éramos 7 ayudándolo, le hacíamos mate, vaciábamos la botella para que orine más y asegurarnos que se recupere rápido…era por el bien de la persona y del grupo.

1

Qué día comenzaron la marcha para conquistar el polo?

Santiago: fue el 13 de abril y una casualidad que el 22, día de la tierra, pisáramos el Polo. Tres días antes de llegar, recibimos una carta del Papa que nos agradecía la expedición por ser una causa común.

Cómo fue el comienzo de la tan ansiada marcha?

Santiago: el primer día cuando nos dejó el helicóptero, estábamos en el medio de la nada, tomando conciencia del peligro que asumíamos. Imagináte que dos días atrás teníamos una carpa calentita para movernos, ahora era un desierto blanco y tomábamos conciencia de que si teníamos algún inconveniente, era peligroso.
Tommy: ése fue un momento fuerte para todos, mirabas alrededor y decías:- y ahora qué?. Faltaban 120 km, venías de la comodidad de una serie de situaciones a la que te ibas acostumbrando y de pronto nos teníamos que valer por nosotros, autonomía absoluta. Lo grandioso fue el espíritu del grupo. Cuando uno flaqueaba estaba el otro lado haciendo chistes o ayudándolos.

12

Corrió peligro la expedición en esos 10 días?

Santiago: nosotros no sabíamos cómo iba a ser el terreno al día siguiente, veníamos bien pero al avanzar los primeros tres días 6 km por jornada, decíamos que en esta progresión íbamos a tardar 25 días en llegar y después avanzamos 15 kilómetros por día. Los últimos días se complicaron un poco, pero ya estábamos cerca…tampoco cantábamos victoria pero la realidad es que tuvimos mucha suerte porque si bien afrontamos cosas duras podría haber sido peor. Cuando nos fue a buscar el helicóptero al Polo nos dimos cuenta que si desviábamos la marcha hacia alguno de ambos lados hubiésemos cruzado infinidades de ríos de mar y eso hubiese significado más tiempo, más frío… Pasamos por hielos finos pero no pasó nada. Hasta que no llegáramos no sabíamos, capaz que estábamos a 6 o 7 kilómetros de la meta pero podían ser los 6 kilómetros más largos de la vida. Cruzar un río de mar te podía demorar una hora y media en ubicar la cuerda fija y ponerse el traje. Te tocaban 4 ríos de mar y avanzabas 500 metros. La progresión no la sabías nunca, como así tampoco el logro de la expedición.

Cómo manejaban los tiempos de armado y desarmado con el frío?
Santiago: al principio costaba, pero con el correr de los días teníamos ajustado todo. En una hora desarmábamos el campamento y al llegar, luego del día de marcha, en 30 minutos estábamos adentro de las carpas. Por ejemplo en mi carpa éramos dos y yo estaba encargado de limpiar los MSR, entonces con el correr de los días me volví experto en limpieza de calentadores. Para hacer agua y no pasar frío, hacíamos bloquecitos para que entren dentro de la pava y los dejábamos a mano, afuera. La campera, al principio, la queríamos secar de una forma y a lo último ya sabíamos en que ángulo ponerla y cómo, para que se seque más rápido. Por ejemplo, para obtener las muestras para el Instituto Antártico Argentino, al principio nos costaba manejar y al final lo hacíamos con suma ligereza. Son pequeños detalles que ya en los últimos días ajustamos para sufrir menos.

6

Cómo hacían con la comida?
Santiago:la comida era muy importante, teníamos que ingerir 6500 calorías diarias. Nos comíamos un pan de manteca por día por persona. Cada uno tenía su forma de ingerirlo, yo metía la mitad en una taza de té y la otra mitad con pan. Otros la comían como chocolate.
Tommy: en general avanzábamos una hora en el hielo con los esquíes y los trineos y después era importante hacer una parada de 10 minutos para comer y calentarnos. Hacíamos un té o un poco de sopa y teníamos comidas de marcha, desayuno y cena. Había barras energéticas o proteicas, chocolates y manteca, teníamos fiambres, quesos. Al principio mirabas la comida liofilizada y decías: – esto va a hacer imposible de comer!!, y después lo devorabas.
Santiago:las paradas no podían durar más de diez minutos, porque después de ese tiempo te empezaban a doler las manos. Pasado ese tiempo cuando rehacías la marcha, demorabas 15 minutos para calentarte de nuevo.

10

Cuando estaban llegando al objetivo, cuál era la sensación?
Tommy: después de 9 días de marcha uno tenía sensaciones encontradas, por un lado deseabas que se termine para cambiar la monotonía, pero por otro lado se terminaba un ciclo que uno quería estirar. En lo personal fue una experiencia excelente no sé si tenía ganas de que termine, pero llegar al Polo fue grandioso.
Santiago: de hecho cuando llegabas estabas en el Polo Norte, ponías la carpa esperando que venga el helicóptero y cuando chequeabas al rato el Polo se había corrido 300 metros, y se iba moviendo… estábamos a la deriva.
Tommy: la noche anterior al llegar al Ártico habíamos decidido parar a 4 kilómetros del polo. Teníamos una distancia cómoda para hacer la última jornada y podíamos coordinar con la base la hora de llegada del helicóptero. De pronto, cuando nos levantamos habíamos avanzado 1,7 km, dentro de la carpa estábamos a 2 kilómetros y poco más, el último día. Lo grave y lo más intimidante era que uno de los ríos de mar estaba más grande y a unos 200 metros del Polo. Empezamos a caminar de un lado a otro y pensamos que posiblemente tendríamos que sacarnos el traje. No hubo un momento para relajarse, eso sucedió cuando ya estábamos de vuelta en Longyearbyen.
Santiago: fue el postre que coronó la expedición, el orgullo de llegar de ver la bandera, de cumplir un objetivo. Lo más importante que traje de allá aparte de los miles de mensajes de chicos, de la gente y la carta del Papa, fue poder traer las muestras para el Instituto Antártico Argentino. Fui testigo de los mejores valores, de saber que los argentinos, si nos proponemos las cosas, llegamos. Todo el mundo estaba preocupado por el otro, no por uno mismo y esto, que no se ve todos los días, es un ejemplo para nuestro país. La humildad y el trabajo en equipo, tuvo como consecuencia la llegada al Polo.

ExploracionNieve

La Primera Expedición Argentina al Polo Norte

abril 4, 2016 — by Andar Extremo0

12472422_1093404610724263_8346033188704645918_n-960x720.jpg

La primera travesía argentina al Polo Norte partirá de la base rusa de Barneo el 5 de abril y recorrerá 120 kilómetros sobre el casco polar.

12472422_1093404610724263_8346033188704645918_n

La última base que arribaron los nueve expedicionarios fue Longyearbyen hace unos días en el archipiélago noruego de Svalbard, situada a 1100 kilómetros de polo. Los argentinos se aclimatan al frío ártico, practican maniobras de rescate en el hielo y ensayan pruebas de riesgo sobre grietas y ríos congelados para poder conquistar el Polo Norte.
Los expedicionarios Víctor Figueroa, líder de la expedición, Gustavo Curti, segundo jefe, Ignacio Carro, Juan Pablo de La Rua, navegante, Emiliano Curti, Santiago Martín Tito, comunicaciones, Luis Armando Cataldo, guía, Tomas Heinrich, documentalista y Mauricio Fernández Funes, este ultimo hará comunicaciones desde la base Barneo se encuentran en la localidad de Longyearbyen y desde allí el 5 de abril por la mañana tomarán un vuelo a la base rusa Barneo donde 8 de ellos caminarán 120 km para hacer flamear la bandera argentina en el Polo Norte por primera vez en la historia.

12472723_1094882983909759_4368529031858653497_n

El 29 de marzo viajaron de Londres a Oslo (Noruega) y al día siguiente ya se instalaron en Longyearbyen.
Calculan que los 120 km de Barneo al Polo les demandará de 7 a 10 días en donde habrá jornadas de descanso ya que caminarán dependiendo de las condiciones unas 8 horas por jornada, parando para hidratarse y alimentarse cada una hora. Cada jornada recorrerán de 10 a 15 km en esquíes y arrastrarán trineos de fibra de vidrio con un peso aproximado de 50 kg.
Tendrán 24 hs de luz diarias y la temperatura promedio rondará en -20 grados centígrados. Cada mañana calculan unas 3 o 4 horas para derretir hielo, cocinar y desarmar los campamentos. Ya l finalizar el día tienen unas 3 horas en armar el campamento, muestrear agua y comunicarse con el mundo
La ONG impulsora de la empresa polar, es la Fundación Criteria, el grupo se propone alertar al mundo por lar urgencia medioambiental como una de las amenazas que determinan la seguridad humana.
Se trata de la primera misión de carácter nacional, luego de que el 10 de abril de 2013 otro argentino, el andinista Juan Benegas, completó la misma hazaña en siete días junto a cinco expedicionarios rusos.

12524137_1093445910720133_1374349731081350496_n

El grupo está bien preparado, luego de un año de entrenamiento intensivo, que incluyó desplazamientos por glaciares en el Tronador y en Caviahue. La mayoría está acostumbrada a esas condiciones extremas: todos son experimentados andinistas. Y, en su mayoría, integrantes de las fuerzas con adiestramiento especial del Ejército. Entre ellos, hay tres “antárticos”, dos de los cuales llegaron en 2000 al Polo Sur tras recorrer durante dos meses y medio más de 5000 kilómetros en motos de nieve desde una de las 13 bases argentinas, y soportando temperaturas de -70°C. También se sumó a la misión como fotógrafo y documentalista Tommy Heinrich, el primer argentino en hacer cumbre en el Everest, quien atesora más de siete expediciones a los montes del Himalaya y otras cinco cumbres en el Aconcagua.

12932690_1094882977243093_3230538690334878070_n

Pero más allá de la épica extrema y del mensaje ambiental, el grupo colaborará con el Instituto Antártico Argentino (IAA) en la recolección de muestras de agua a cinco metros de profundidad y en la perforación del pack de hielo en diferentes latitudes para que los científicos locales puedan realizar comparaciones entre las condiciones en ambos polos. La misión, que se lleva adelante durante la primavera boreal y está signada por noches blancas (días de 24 horas de luz solar), aprovecha la ventana climática para la transitabilidad sobre el océano Glaciar Ártico.

Fuente: La Nación y face de la expedición: Expedición Argentina Polo Norte 2016