Carreras de aventuraNieve

CORRER 100 KM EN LA ANTARTIDA, CRISTIAN GORBEA

febrero 8, 2017 — by Andar Extremo0

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Carreras de aventuraNieve

CORRER 100 KM EN LA ANTARTIDA, CRISTIAN GORBEA

febrero 8, 2017 — by Andar Extremo0

Un relato con todos los condimentos de una de las carreras más duras del mundo por las condiciones climáticas. El 20 de enero se corrió esta ultra distancia en medio de temperaturas de 20 grados bajo cero. Sólo diez participantes se hicieron de la prueba. Cristian fue el único y primer argentino en la competencia marcando un tiempo de 17 horas 20 minutos. Para muchos conocido y para algunos no, protagonizó en 2010 una historia de supervivencia donde quedo en una repisa al borde del precipicio en Córdoba por 42 horas.

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El frío manda y se apodera de todo. La ropa técnica sigue mojada y siento chuchos en todo el torso, pero son los dedos de la mano derecha los que se llevan la peor parte. Están entumecidos. No puedo moverlos sin sentir dolor. Los dos pares de guantes apenas logran protegerme. El doctor en la base nos contó la historia del brasilero que en la edición anterior se sacó los guantes para grabar con la GoPro y en solo dos minutos se le congelaron tres dedos. ¿Y entonces, qué pasa si no entro en calor? La única manera que tengo de combatir el frío es continuar trotando para que el cuerpo gane temperatura paso a paso. Unos momentos antes me había detenido en el Puesto de Control para comer algo y tomar agua tibia. Me enfrié al quedarme quieto solo unos pocos minutos. Hacen veinte bajo cero y sopla el viento. Estoy en el kilómetro 75 y aún faltan 25 para llegar a la meta. Acelero un poco el ritmo y braceo con fuerza, llevando los codos bien atrás y con movimientos rápidos. A los pocos cientos de metros recupero el calor y las ganas de terminar la carrera.
Me encuentro compitiendo en los 100K de la Antarctic Ice Marathon. Es un evento organizado por Richard Donovan, irlandés de acento cerrado (al punto tal que me cuesta creer que está hablando en inglés), economista y sobre todas las cosas un visionario que armó circuitos en lugares remotos e increíblemente bellos como el Polo Norte y la Vulcano Marathon en Chile. En la Antártida se asocia con la Antarctic Logistics and Expeditions, una Compañía americana que ha armado un circuito de “turismo salvaje” por llamarlo de algún modo, con ascensos al Monte Vinson (el más alto de Antártida) travesías al Polo Sur, a pinguineras y tantas otras. Han montado una base en lo profundo del continente blanco, bien lejos de la costa, en el paralelo 80 (el mundo termina en el 90), 1800 kilómetros al sur de la Base Marambio y a sólo 1000 kilómetros al norte de la base Amundsen Scott, el punto más austral del planeta. La base se llama Union Glacier y provee asistencia, logística y rescates. Opera en un lugar relativamente seguro en medio de un glaciar que tiene vida propia.
Los glaciares, explica Tim, el Jefe de Seguridad, hay que pensarlos como un río congelado que se mueve a la velocidad de 25 metros por año. Esos movimientos producen fracturas en el hielo que se convierten eventualmente en grietas profundas y peligrosas. Todo el campamento está rodeado de banderas negras señalando los límites permitidos para caminar. Tim identifica las zonas de riesgo a través de imágenes satelitales infrarrojas que detectan el hielo fracturado bajo la superficie. La Base funciona sólo de noviembre a febrero ya que el resto de los meses es inhabitable. Las temperatura descienden con fiereza y la falta de luz hace inoperable los aterrizajes. Cuentan con una pista natural de hielo azul de ocho kilómetros de largo, compacto como el asfalto pero resbaloso como jabón. Permite el aterrizaje de aviones de gran porte que abastecen la operación y llevan pasajeros desde y hacia el continente. Los pilotos son rusos y son los mejores entrenados del mundo. Irlandeses, americanos y rusos, aliados para crear aventuras únicas en uno de los lugares más inhóspitos y bellos de nuestro planeta.

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En pleno vuelo hacia la Antártida, Richard avisa en su inglés cerrado que se abrió una “ventana climática” y que la carrera largará a las 21.30 de ese mismo día, a horas apenas de aterrizar. No sé si reírme o llorar. Fernando Gonzalez, asturiano de 42 años, compañero de carpa y gran corredor me convence que es lo mejor que nos puede pasar. “Si corriéramos mañana no descansaríamos bien por la ansiedad”, reflexiona. Creo adivinar que también lo dice para tranquilizarse él mismo.
Al salir del avión carguero ruso, un viejo Illyushin cuatrimotor, mitad pasajeros, mitad carguero, con una gigantesca “rueda de auxilio” en el medio de la cabina, el frío nos golpea con la fuerza de todos los inviernos juntos. Frío seco, penetrante y duro a pesar de la inmensa campera naranja que nos obligan a poner aun en pleno vuelo. Las botas antárticas pisan el suelo azul de la pista, rodeada de inmensas montañas plenas de nieve. Alzo la vista y a pesar que el viento gélido parece atravesar mi cara, me maravillo con ese paraíso helado.
Nos transportan al campamento distante unos 8 kilómetros en unas gigantescas 4×4 y luego de las explicaciones de cómo funciona todo, nos vamos a la carpa, un domo en el que puedo entrar parado, con dos camas, bolsa de dormir para -40°, una mesa de luz y…una almohada. Me visto con zapatillas de trail con buen agarre en la suela, dos pares de medias, calza térmica y cubrepantalón impermeable, primera capa del torso con lana merino, luego un polar y encima una campera de goretex, dos pares de guantes, buff, balaclava (pasa montañas polar) y antiparras. Llevo caramañola con líquido, geles y barras. Parece mucho pero es apenas un poco más de lo que llevamos en carreras de montaña. Siento un poco de frio pero eso está bien. Hay dos riesgos con la vestimenta: salir con poco o salir con mucho. Ambas son malas y los corredores en general pecan por lo segundo. Se abrigan de más, comienzan a transpirar y en ese clima tan hostil, con un poco de viento la traspiración se convierte en hielo en pocos segundos. Luego ya no hay chances de recuperar calor corporal.

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La Antártida es un territorio muy especial por muchos motivos, uno de los cuales es que en verano el sol no se pone. Las noches son blancas y el reflejo de la nieve hace que la noche estalle de luz. A las 21.30 del viernes 20 de enero, apenas seis horas después que arribamos, con más preguntas que certezas, diez corredores de todas partes del mundo nos encontramos en la línea de largada de la ultramaratón más austral del planeta. Es la primera vez que la corre un argentino.
¿Qué se siente en ese momento? Que estoy viviendo un sueño, me siento inmensamente afortunado de estar allí, aun con las incógnitas que deparan el clima y terreno, con ansiedad, deseo y muchas ganas. Estoy profundamente agradecido. Había entrenado muy duro los últimos meses bajo la instrucción del profe Marcelo Perotti y mi mente está enfocada en terminarla. Es apasionante entender cómo funciona nuestra cabeza: en esa línea de largada, me programo para correr 100 kilómetros, ni uno más ni uno menos. Dentro de cada corredor se activa una especie de medidor de energía que va a administrando el esfuerzo para llegar a completar la distancia. Funciona a un nivel primitivo, casi biológico.
Contamos 3 2 1 y largamos. Salvo Fernando, mi compa de carpa y el belga Kurt que toman la punta a un ritmo endemoniado, el resto decidimos largar a un ritmo suave y sostenido. Yo nunca había corrido en nieve ni con temperaturas tan bajas por lo que quise dar las primeras vueltas en “modo reconocimiento” a unos 6:45 los mil metros. La nieve es como la arena mojada de la playa, con la diferencia que debajo, a pocos centímetros se encuentra hielo duro como cemento. La sensación es que te hundis un poquito pero enseguida se siente el golpe contra el fondo.
Armamos un pelotoncito entre un americano, un francés, Richard (que la corrió) y un atleta no vidente chino con su lazarillo, Jennifer, la única mujer de la carrera. Más atrás quedan dos ingleses.
La seguridad es provista por los guías del campamento que nos cuidan de cerca, pasando en sus motos de nieve. En el puesto más alejado, además de líquido y comida, ponen una carpa con una bolsa de dormir y una radio por si alguien tiene problemas y quiere esperar el rescate allí. El circuito es de diez vueltas de diez kilómetros cada una, con dos PCs para reabastecer. Mis primeras cuatro vueltas son muy parejas, pero eso iba a cambiar muy pronto.

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¿Por qué correr en Antártida? Desde que era chico me encantaba escuchar historias de allí y quedar fascinado con esas fotos de gente con enormes camperas naranja infladas, las botas gigantes y lentes bien oscuros. En todas esas fotos la gente sonreía y yo creía adivinar una energía especial en ese lugar.
De más grande me interesé por las historias de los exploradores de principios del siglo XX, como la carrera por llegar al Polo Sur entre Amundsen y Scott, la epopeya de Shackleton, también más acá en el tiempos las travesías de Messner en ski y tantas otras. Siempre quise ir allí y siempre me parecía un sueño lejano.
El día de mi cumple, en septiembre del año pasado mi hijo me preguntó: “Pa, irías al Everest”? Yo lo pensé un poco y le contesté:
– “Me encantaría, pero es tanto tiempo y tanta plata que no creo que lo pueda hacer”
– “Y dónde irías..? insistió él.
– “A la Antártida!”
– “Y por qué no vas?
Esas cuatro palabras detonaron en mi cabeza y despertaron el sueño. Sólo tres meses después me encontraba a bordo del Ilyushin ruso volando sobre el Pasaje de Drake, hacia Union Glacier junto con corredores de todas partes del mundo. Correr y estar en la Antártida, todo al mismo tiempo. La vida cada tanto puede tornarse una hermosa aventura.

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Empezando la quinta vuelta siento las piernas pesadas y el cuerpo vacío, La mente vaga por diversos lugares, ninguno muy acogedor. Esa es la señal de que algo anda mal y hay que repararlo. Me vengo alimentando con geles y barras que se congelan y para poder comerlos, debo ponerlos dentro del guante para que se calienten. En las paradas como salado, tomo café y agua. La Antártida hay que pensarla como un desierto helado y seco. Cuando corres en esas condiciones es difícil darse cuenta de que te vas deshidratando. La mayor parte de la humedad la eliminamos por la boca, a través de la respiración. Yo no lo había notado pero no estaba tomando suficiente líquido, y el agua que me daban era de nieve derretida, que es como tomar agua destilada, no hidrata. Cuando me doy cuenta de esto, meto sales y electrolitos en la bebida y el cuerpo comienza a recuperarse. Al poco tiempo puedo volver al ritmo que quería ( ¡o podía!) aunque más lento del de las primeras vueltas.
Dado que éramos solo diez competidores, enseguida nos dispersamos y el 90% de la carrera la hago solo. Lo que más me impresiona del entorno es el profundo silencio. No hay aves que graznen, el viento no choca contra ningún obstáculo por lo que no hay ruido, sólo el “crunch crunch” de mis pisadas. El terreno por donde corremos es una inmensa planicie rodeada de montañas profundamente nevadas que parecen estar cerca, pero nos separan unos cuantos kilómetros.
El circuito es una especie de triángulo en donde en una de las puntas está el PC de la base, con voluntarios que colaboran y enfrente el otro, el de supervivencia. Uno de los tramos, el más largo, de 5K termina en un paisaje sin montañas, por lo que cada vez que paso por allí veo la inmensidad misma e imagino los exploradores que partían hacia el Polo Sur sin más compañía que sus trineos con carpa y víveres.
¿Qué pienso mientras corro? Una ultra hay que acortarla en tramos, es demasiado larga para pensarla “de un tirón”. Divido el circuito en tramos: de la largada al “arbolito de navidad” (una referencia en una curva), desde allí hasta el PC de supervivencia, de allí a la curva, luego la pequeña pendiente, la curva del aeropuerto, la otra curva y el arco de llegada. Eso, por 10 veces. El que más cuesta es un tramo de 3K en donde se divisa la carpa de supervivencia, pero al avanzar, ésta parece alejarse.
A partir de la sexta vuelta comienzo a sentir molestias en la pierna izquierda, en el cuádriceps y tobillo. Va y viene el dolor, pero es tolerable. Siento también la incipiente señal de una ampolla en el pie izquierdo y pienso en parar a curarme (y enfriarme) o seguir avanzando e ir controlándola. Me la juego y no paro. En un ultra siempre algo va a doler, entramos en una zona de “disconfort semi bancable”, en donde el cuerpo se queja y debemos tener control sobre la mente para que no sea cómplice y no agrande la situación. ¿Cómo no va a doler algo si estamos llevando el cuerpo al límite y tal vez un poco más allá? Ya habrá descanso, pensamos, pero ahora dame un poco más. No paremos. ¡Vamos! Hasta el arbolito de navidad y luego un poco más. Como el burro con la zanahoria, el corredor sabe que la meta se va a hacer desear, que va a parecer imposible, que nos vamos a poner todas las excusas ( en la cuarta vuelta lamentaba que no fuera una maratón!) . Sufritamos. Sufrimos y disfrutamos, al mismo tiempo.

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Si no nos preguntamos “Qué c… estamos haciendo acá”? quiere decir que estamos en la carrera equivocada. Conocerse es la clave, saber que el dolor va a pasar, que todo se termina. Lo malo y también lo bueno. Cabeza fría y corazón caliente.
Al cuerpo lo entrenamos de modo específico al correr. A la mente ¿cómo la entrenamos? Supongo que al lidiar con los pequeños o grandes problemas que nos toca enfrentar en la vida cotidiana, en las decisiones que tomamos, en sentir nuestra propia presencia. La mente se entrena también fuera de las pistas haciéndonos dueños de lo que nos pasa.
Tener control de la carrera es saber en todo momento en qué condiciones nos encontramos. Llevo la cuenta de las vueltas que voy dando y me quedan dos para el final. Cuando entro en la tienda a comer algo de pasta caliente uno de los fotógrafos me dice “Bien Cris, te queda una”. “No, le digo me quedan dos”. El insiste en que es una y le pregunta a otro, que también afirma lo mismo. Yo estoy seguro que tengo dos por delante y cuando le pregunto al control me lo confirma. Hubiera sido devastador creerme por unos momentos que solo faltaban 10k cuando en realidad faltaba el doble. Hay que estar concentrado y en control de la carrera, lo más posible para evitar los golpes psicológicos que pegan peor que la falta de sales y electrolitos en sangre.
El control además me dice que vengo cuarto y que detrás de mí, muy cerca, viene Joel, el americano. Eso me da un golpe de adrenalina para seguir empujando y poder completar una buena novena vuelta (buena a esa altura es a unos 10 minutos el k). Nunca camino, siempre meto un trotecito aunque sea muy tranqui.
Llego a la última vuelta, la del honor, con el americano a solo 20 minutos. Esa vuelta es tremenda, porque ya no tengo energías en las piernas, sigo adelante sólo con las ganas de terminarla y claro, en lo posible mantener el puesto! No me doy vuelta ni una vez para ver por dónde viene, pero me lo imagino cerca, para no aflojar. Ultimo esfuerzo! Faltando dos kilómetros me pongo a llorar, se me nubla la vista y entro como en un sueño. Lo estaba logrando. Faltan 500 metros, ya escucho los aplausos y los gritos de los que estaban esperando allí. No paro de sonreir, de respirar profundo, de sentir el sueño cumplido.
Luego de 17 horas y pico, cruzo la meta en la ultramaratón más fría del planeta sintiendo dentro de mí el cariño de todos los que apoyaron a la distancia, de los que pidieron, de los que tiraron la mejor onda. ¡Familia, amigos, compas de correrayuda, mil gracias!
Estas carreras no se corren solo.

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