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ACA IRI EL POST

Mountain Bike

Paso Roballos, Cruce de Los Andes en Bici

noviembre 16, 2018 — by Andar Extremo0

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Siguiendo a Nación Salvaje por el paso Roballos de la mano de Javier Rasetti y Marisol López en bici.

Texto Marisol López Fotos Javier Rasetti

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Dante me dijo que quiere ser ciclista, pero también rapero, futbolista, surfer, baterista y hippie. Él es mi pequeño sobrino, y a sus 7 años quiere ser casi todo lo que descubre. Menos las matemáticas y la escuela, todo le parece exageradamente extraordinario. El otro día se sacó la remera para mostrarme sus músculos diciendo:-“Tía, mira la fuerza que tengo”. Antes de poder agregarle alguna respuesta a mi sonrisa de tía enamorada, se quedó pensativo unos segundos y me largó una de sus preguntas: “cuando cruzan los desiertos y las montañas, ¿no se cansan?”. Se quedó observándome expectante, con los mismos ojos que yo alguna vez había mirado a mi papá cuando me sacaba caramelos de las orejas, y por unos segundos casi no logro aguantar la tentación de responderle segura y con firmeza que no, que nosotros nunca nos cansamos, para que me siga mirando así un ratito más, para mostrarle mis músculos y decirle lo fuerte que soy, pero no pude: “Sí Dantito, nos cansamos mucho. Pero por suerte la fuerza más grande que tenemos no está en los músculos y aunque no lo creas, es casi inagotable y vos también podes usarla. Se llama voluntad”

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Donde habita la nada
Me levanté los lentes de sol para frotarme los ojos porque la gotas de transpiración que bajaban desde la frente se mezclaban con la capa de tierra que me cubría el rostro haciéndome fruncir el ceño y achinar la mirada. Había frenado la bici de golpe en medio de la ruta con una urgencia que de no encontrarme rodeada por kilómetros de amplia y desértica estepa, quizás hubiera llamado la atención. No había pinchado ni tenía ningún problema grave, pero clavé los frenos con tanta determinación que hasta yo estuve por dudarlo. No siempre era así. Habitualmente las paradas eran el momento esperado, el pequeño objetivo: “Pedaleo hasta la sombra del cartel y paro a tomar agua”, o la gran llegada: “En el río tomamos unos mates”. Pero esta vez estaba cansada, y no era del tipo de cansancio físico que pueda medir o regular, era el amo y señor de todos los cansancios, el mental.

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Terminé de secarme la transpiración con la cabeza gacha y la vista clavada en aquel suelo de rocas y tierra suelta. Levantar la mirada en esos momentos era mucho más que un simple movimiento, significaba volver al camino interminable de sol, estepa y desierto. Necesitaba descansar del horizonte, reducir el mundo a unas cuantas piedras de formas y tamaños distintos, que unos segundos atrás habían sido enemigas del avance, pero de a poco se iban volviendo aliadas y cómplices del aquí y el ahora. Sólo algunos minutos fueron suficientes para ponerme en pausa. La roca pequeña me mostraba sus brillos, la más grande tomaba la forma de un caracol, y toda mi vida se recortaba por un instante en un simple pedazo de ripio. Cuando finalmente levanté la vista para retomar el mundo donde lo había dejado, Javi ya pedaleaba muy lejos, y su silueta pequeña e insignificante me recordó la infinitud que aún me esperaba por recorrer.
:-“Pero Sol para qué sufren? Qué ganas de pasarla mal, che”…
Volví a subirme a la bici para comenzar a pedalear muy lentamente.
:-“No sufrimos Dai, no te preocupes. Sufrir es perjudicial y nosotros últimamente no paramos de crecer y hacernos más fuertes”.
Mi hermana no terminaba de entendernos. Los moretones en las piernas y kilos de menos, los fideos con aceite y queso de rallar durante meses, los rostros arrugados por el sol, la mirada brillosa y agotada de las fotos. Pero yo, que a veces la conocía mejor que ella misma, sabía que probablemente era porque aún nunca se había puesto a caminar hacia algún imposible.
Pasaron varias horas debatiéndome entre el cansancio y el deseo, hasta que una ráfaga de viento llegó con fuerza para sacudirme y obligarme a que me afirme a todo lo que quedaba por delante: el manubrio y los sueños.

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-“Por ahí no hay nada…”
De a poco la luz del sol comenzó a debilitarse indicándonos el momento de buscar algún lugar donde armar la carpa reparados del viento, que para ese entonces soplaba cada vez con mayor intensidad. Javi me señaló un arbusto que podría ser de ayuda e inmediatamente bajamos de las bicis para analizar si era una buena opción y, apenas nos colocamos detrás de él, la sorpresa nos generó una carcajada de alivio. El viento desaparecía por completo, era un arbusto, pero tenía la coraza de un paredón.
-“Pero es estepa, no hay nada”
Armamos la carpa detrás de aquel protector arbusto que nos permitió disfrutar con calma de nuestra hora preferida, cuando el cielo jugaba a los colores y la luna se apresuraba a salir.
-“No hay nada de nada”
Cada vez que esa frase se repetía en distintas situaciones y personas, nosotros no podíamos evitar pensar cómo sería un lugar donde no hay nada. Lo imaginábamos como un abismo eterno, un agujero negro cubriéndolo todo, una ceguera blanca y espesa a lo largo de cientos de kilómetros. Nada=Ninguna cosa. Atardecía en la estepa y mientras calentábamos agua para el mate, un coirón travieso nos pinchaba con sus hojas punzantes y un grupo de choiques se asomaba tímidamente a lo lejos. Era un hábitat dura e incomprensible para los hombres que manejan la vida únicamente con la razón.

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La Cordillera
“Cuando ustedes me hablan de Los Andes, lo hacen como si fuera alguien, un ser vivo. Y yo lo creo hermoso y movilizante, pero aún no logro ver más que un cordón de montañas”
Subí agitada los últimos metros de una cuesta larga y, cuando finalmente llegué a la cima, las palabras de aquella charla con Miguel, nuestro gran amigo español, cobraron otro sentido. A mi espalda, bajo los rayos del sol del mediodía, se despedía la llanura inagotable de la estepa. Por delante, emergía imponente ella, una gran cadena de montañas que podía llegar a resultar hermosa como una obra de arte o la sonrisa pícara de un niño. Pero mientras la respiración se hacía más profunda y el corazón aminoraba lentamente su ritmo, entendí que así como no es lo mismo observar una obra de arte que crearla, o disfrutar de la sonrisa de un niño que hacerlo sonreír, tampoco podía resultar igual contemplar la Cordillera que vivirla.
Miguel me había soltado esas palabras buscando alguna explicación, con los ojos profundos de quien esconde una duda latente que aún no logra resolver. Pero no fue necesario hablar para que lo entienda, porque hacía tiempo que él también era de los que le escapan a las certezas. Había algo en esas montañas que yo nunca iba a ser capaz de responderle.

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Me quedé observándola un rato largo sobre la cima de la cuesta, inmóvil, como hipnotizada, y cuando Javi llegó a mi lado frenó de golpe. Se secó la transpiración y también la contempló sonriente, repitiendo una vez más ese momento que de a poco se había vuelto un ritual necesario, un tocar el timbre en casa ajena, un golpear de manos en la puerta, un permiso educado y respetuoso antes de entrar. Después de varios kilómetros de estepa, estábamos llegando a La Cordillera de los Andes.
Sabíamos perfectamente lo que venía de ahora en más, y aunque cada paso cordillerano tuviera su propia personalidad y carácter, el proceso era casi idéntico. La llanura se volvía cerros, el aire se corporizaba y todo lo que nos rodeaba cobraba tal espectáculo, que era difícil no observarlo atónitos desde la pequeñez de un insecto que habita un templo sagrado. Y así como de a poco habíamos aprendido a disfrutar de aquel primer sacudón sin que esa sensación de pequeñez nos vuelva torpes y tontos, evitando que el miedo a sabernos vulnerables nos genere frases tan humanas y ridículas como “hay que ganarle” o “sea como sea tenemos que llegar”, también éramos conscientes que lo que enseñaba la montaña no sólo era aplicable en sus geografías.

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Seguimos la ruta serpenteando entre cerros cubiertos por vegetación baja de tonos amarillos. Las subidas y bajadas se volvieron una constante, y el horizonte dejó de ser predecible. Si queríamos averiguar qué nos esperaba más adelante, no quedaba más opción que avanzar, así fue como a la vuelta de un cerro nos topamos con una laguna llena de flamencos rosados, con un río rodeado de árboles verdes y frondosos que nos permitieron descansar un rato del sol mientras paramos a almorzar, con más de 10 cóndores planeando justo sobre nuestras cabezas de cuellos estirados y ojos sin pestañear. También la noche fue llegando para cerrar el ciclo de otro día más en el Paso Roballos, y nos encontró sin sorpresas, comiendo frente al fuego detrás de otro arbusto insulso e insignificante con la coraza de un paredón. Y es ahora cuando me parece imprescindible aclarar que aunque este relato así como el paisaje fue cambiando de colores y matices a medida que avanzábamos, la banda sonora nunca dejó de repetirse, por eso la lectura de este texto debería ir acompañada de principio a fin por un sonido persistente e inalterable, entrándote de a ráfagas por las orejas, despeinándote los pelos. El viento nunca paró y nosotros ya no nos quejábamos. En un par de soplidos se había llevado la poca resistencia que nos quedaba, dejándonos un poco más dóciles, callados y pacientes.

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En la tarde del tercer día desde que salimos de Bajo Caracoles, llegamos a la frontera. Tres árboles torcidos, una pequeña construcción y la bandera argentina agitándose sin cesar en la punta de un mástil, era todo lo que representaba el puesto de frontera en medio de un amplio valle, donde el viento que bajaba de las montañas aprovechaba para tomar envión y seguir su camino atropellando lo que encontraba a su paso, que en esta oportunidad eran 4 gendarmes originarios del norte argentino cumpliendo con su trabajo muy lejos de casa. Nos dieron agua caliente para compartir unos mates, y mientras nos apretábamos para entrar detrás de la única pared que podía darnos reparo, nosotros aprovechamos para bajar material y liberar tarjetas de memoria y ellos, con la mirada melancólica del desarraigo, para protestar por lo bajo una vez más, por lo lindo de las tardes en familia durante el calor del verano, las guitarreadas, el acento, la añoranza al hogar. Para ellos éramos dos desconocidos que pasarían de largo como tantos otros, pero sin embargo no dejaban de hablar, porque también éramos la única posibilidad de ser escuchados de vez en cuando y en esas latitudes sólo eso ya era más que suficiente. A unos pocos kilómetros se encontraba el puesto de frontera chileno, y aunque era un tramo bastante corto, lo que nos tendría que haber demorado un rato se convirtió en horas. La razón de semejante tardanza no era extraña y mucho menos preocupante. Estaba la montaña, estábamos nosotros y los momentos, el momento de apurar la marcha, el de aguantar el cansancio, el momento de partir, el de enfocarse y, en este caso en especial, ese por el cual todos los demás cobraban sentido: el momento de arrancar en lo profundo y sin ninguna culpa un instante preciso de Cordillera y guardarlo para el resto de nuestros días. Porque justo aquella luz que dibujaba los cerros cuando un grupo de aves remontaban vuelo debajo de una laguna blanquecina donde habitan flamencos, quiso que así sea.

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Cuando finalmente llegamos al puesto de frontera chileno, el día comenzó a apagarse y el viento frío nos recordó que teníamos que buscar algún lugar donde pasar la noche. Esta vez no fue necesario recurrir a ningún arbusto, los carabineros nos ofrecieron un cuarto donde dormir calentitos y la carpa pudo tomarse un pequeño descanso. Nos despertamos temprano decididos, después de 4 días, a finalizar con el paso Roballos. Si bien al principio un gran valle de viento en contra nos hizo la marcha lenta, fue cuestión de algunos kilómetros para que la montaña despliegue su despedida. Atravesamos el Valle Chacabuco pedaleando rápido entre bajadas de ripio que nos impulsaban, sin mucho esfuerzo, hacia la próxima subida en una continua montaña rusa con la que además de divertirnos, descontamos kilómetros casi sin darnos cuenta. Hasta que ellos se cruzaron en el camino y nos obligaron a frenar. No era sorprendente verlos. Estábamos acostumbrados a que nos acompañen desde lejos, curiosos y siempre alertas. Lo que nos pareció extraño fue su comportamiento. Mientras avanzábamos despacio, nos miraban sin moverse, no corrían, no escapaban, era un grupo de guanacos como tantos otros con los que nos cruzábamos cotidianamente. No nos tenían miedo y eso, sin dudas, no era algo habitual. Seguimos pedaleando lento sin entender qué era lo que pasaba. Esperábamos la estampida, la huida en masa, el alerta de peligro, sin embargo la realidad nos demostraba algo muy distinto, ellos eran cada vez mas y no parecían advertir en nosotros ningún tipo de amenaza. Paramos y bajamos de las bicis para comprobar que la lógica se había dado vuelta por completo, porque los únicos tensos y nerviosos en todo aquel extenso valle éramos nosotros dos. Nos movíamos pausado y con calma, estábamos rodeados por cientos de guanacos que jugaban, pastaban y caminaban junto a nosotros, pero aún no lográbamos asimilar que, por primera vez en mucho tiempo, podíamos acercarnos sin sentirnos invasores. Pasó un rato largo hasta que decidimos continuar y no fue necesario hacer muchos metros para comprender que aquel encuentro no había sido un caso aislado, cruzábamos el Parque Nacional Patagonia y los guanacos reinaban libres aquellas tierras.

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Después de 4 días finalmente nos topamos con la carretera Austral en el punto exacto donde confluyen el río Baker y el Chacabuco. Y tal vez porque el agua pasaba esmeralda y a borbotones entre las montañas, o porque la luz del atardecer atino a salir en el instante exacto, Javi me miró como siempre con la sonrisa inevitable de lo vivido y yo pude sentir que también nosotros sin dudas, estábamos volviendo a ser un poquito más libres.

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CHARLY BIKES, TIENDA SPECIALIZED

septiembre 19, 2018 — by Andar Extremo0

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En Martínez la marca internacional Specialized y la bicicletería Charly Bike han inaugurado un nuevo local en Avenida del Libertador n° 14362. Andar Extremo estuvo presente en la apertura, su dueño Lucas Escobedo nos daba esta entrevista.

entrevista a Lucas Escobedo por Andar Extremo

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A qué apunta Specialized Argentina con un local exclusivo en Bs As?
Specialized es una marca internacional que ofrece el mejor producto y teníamos la necesidad de ofrecer una tienda autorizada que ofrezca un nivel de atención y servicio acorde al producto que comercializamos. Para que nuestros clientes puedan elegir el producto indicado, se necesita espacio, tiempo y comodidad.

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Qué gamas podemos encontrar?
En la nueva tienda Charly Bikes podemos encontrar todas las experiencias: Mountain Bike, Ruta, Urbano, Mujer, Niños, Gravel, etc. Desde rodado 20 hasta rodado 29, tanto en versiones de mujer como hombre. Contamos con más de 50 modelos diferentes para poder disfrutar la Experiencia Specialized.

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Qué servicio post tienen los clientes?
Contamos con un taller especializado para atender todas las necesidades de nuestros clientes. También ofrecemos un servicio rentado de retiro de bicicletas a domicilio para los clientes que viven en los alrededores de nuestra Tienda.

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Qué trayectoria tienen ustedes como dueños?
¡Nos encanta andar en bici! Impulsados por la pasión del ciclismo, desde 1999, Charly Bikes continúa siendo la misma empresa dinámica, formada por personas como vos. Corre por nuestras venas. El ciclismo está en nuestra sangre. Vivimos y respiramos ciclismo, y tenemos una verdadera pasión por traer los mejores productos y servicios a los mejores precios, en el tiempo de entrega más rápido posible. No importa el nivel (de novato a profesional) tenemos el equipamiento adecuado para que vivas la experiencia que deseas, de la mejor manera. Nuestro equipo de soporte está formado por 7 profesionales muy apasionados y capacitados no sólo para asesorar técnicamente, también para compartir vivencias Trabajamos juntos para hacer que la experiencia de compra sea lo más sencilla posible. El objetivo número uno es proporcionar la mejor calidad de atención al cliente. Nuestros valores fundamentales son: responder siempre mediante el mejor asesoramiento a la necesidad del cliente, sólo vender productos de calidad, vender al mejor precio posible, ser honesto acerca de la disponibilidad de productos y siempre estar ahí cuando nos necesiten. Nuestro trabajo es servir a la comunidad ciclista. Nuestra misión es ayudar a la gente a vivir la libertad, la independencia, la adrenalina, el disfrute de andar en bici.

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TRANSANDES CHALLENGE CHILE 2018

agosto 9, 2018 — by Andar Extremo0

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El Transandes Challenge 2018, se desarrolló del 17 al 21 de enero. Los riders tuvieron 5 etapas: 3 etapas en las cercanías de Huilo Huilo, la cuarta fue desde Huilo Huilo a Pucón y la última en Pucón. En total, fueron casi 300 km con más de 10000 metros de ascenso acumulado. En esta nota, la experiencia de María Laura Giuliani que entró en la posición 11 con un tiempo de 24 h 40 minutos, el relato de Catalina Salata la segunda de la general, y la voz del Team Mercerat. revista Andar Extremo n° 50

por María Laura Giuliani, Catalina Salata y Mauro Gervasini del Team Mercerat, fotos Marcelo Tucuna

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La naturaleza habla por sí misma…

Hay algo que los que hacemos carreras de aventura debemos agradecer, y es que logramos la conjunción de disfrutar la adrenalina de la competencia mientras nos deleitamos con los paisajes que vamos recorriendo, acompañados del latir de nuestro corazón, y del ocasional ruido de algún animal que nos cruza. Eso es vivir por un rato en el paraíso. Les comparto un relato de lo que vivimos durante 5 días de enero en Chile, en una competencia de MTB. Espero que después de terminar de leer este artículo, salgan corriendo a conseguir una bicicleta para entrenar y disfrutar el próximo año de este magnífico evento.
El epicentro de la competencia durante los 3 primeros días fue la Reserva de Huilo Huilo. Este lugar fue declarado Reserva de la Biosfera por la UNESCO y, en su inmensidad, podemos disfrutar de montañas nevadas, trepadas muy divertidas, descensos enérgicos, lagos, ríos y una innumerable variedad de flora y fauna autóctona. Allí nos esperaba con toda la hospitalidad y simpatía imaginable, el equipo de la organización que hasta el último día nos hicieron sentir estrellas del MTB. Siempre atentos a nuestros pedidos y necesidades.
El campamento estaba compuesto por una carpa comedor a un lado del lago en donde nos servían desayuno, almuerzo y cena. Los cocineros y mozos estaban a nuestra disposición con los más exquisitos platos y variedad de frutas y verduras…algún vinito y cerveza para los mas transgresores siempre había para apagar la sed…de los postres ni hablar, ¡sinfonía de gustos y colores! Al otro lado del lago un parque cerrado de bicicletas nos dejaba tranquilos de que nuestro móvil era mantenido bajo el mejor resguardo durante todo el tiempo que no estábamos en competencia. Los muchachos, a pesar de las bajas temperaturas por la noche, envueltos en bolsas de dormir, velaban en turnos por ellas. Un centro de atención complementaba el equipo que siempre atentos nos cargaban los celulares, los GPS, nos dieron el kit de inscripción y estaban para responder todas las inquietudes que en el stress de la llegada, eran muchas. Baños limpios en todo momento y un lavadero de bicicletas para dejar nuestro vehículo en condiciones tras la llegada de cada etapa, terminaban de completar el cuadro. Que más se puede pedir…era la versión tope de gama de una vida campamentista durante una semana.

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Llegada la noche previa al comienzo de la competencia, se realizó la inauguración del evento. Se entregaron menciones a algunos competidores que durante 10 años habían asistido, y nos deleitamos con bailes típicos que realizaron grupos de bailarines chilenos. Cena de por medio, nos fuimos rápido a nuestras carpas ya que se acababa el tiempo de hacer sociales y necesitábamos un buen descanso para empezar a transpirar la camiseta el día siguiente… A las 23 se apagaron los reflectores y el silencio reinó en todo el predio.
Al día siguiente a las 7 de la mañana, cual sonámbulos comenzaron a aparecer los competidores con toalla en mano rumbo al baño a intentar despertarse y luego desayunar. No había tiempo que perder y la ansiedad era mucha. A veces me pregunto cuál es la veta masoquista que tenemos en donde pagamos para sufrir, pero sistemáticamente lo seguimos haciendo…
Nos aprontamos en la largada y a la señal de “preparados, listos, yaaaaaaaa”, los competidores fuimos atravesando el inflable y nos metimos en carrera. Ese día fueron más de 50 km en donde conocimos Neltume y Remeco, dos pueblos cercanos a Huilo Huilo y luego de pasar tangente a la laguna Quilmio, nos sumergimos en un sueño para los que nos gustan los senderos…un “Bike Park” en descenso con rampas, peraltes y saltos que nos deleito por casi 10 km, ¡¡¡adrenalina pura, felicidad absoluta!!! Finalmente un rápido pasaje por Puerto Fuy y llegamos a la meta.
El clima cálido durante el día y algo frío durante la noche, nos acompaño toda la semana. Agradecíamos los cálidos rayos de sol en carrera y nuestras bolsas de dormir por la noche en la carpa…odiábamos a los roncadores compulsivos a los cuales señalábamos con el dedo por la mañana, aunque pocos se hacían cargo de los ruidos…recuerden para la próxima llevar tapones de oído de silicona jaja…

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La segunda etapa fue más corta pero más sufrida. No llegamos a hacer 50 km, pero en dos ocasiones dejamos nuestras piernas en situación crítica: una al inicio con una trepada no muy larga pero sí constante, y otra a mitad de camino, en donde se comenzó a trepar hacia el centro de Esquí del Volcán Mocho-Choshuenco. Fue durísimo ese tramo porque a medida que nos acercábamos a la cima la pendiente iba aumentando hasta el límite del calambre. Al llegar, respiramos felices pero nuestra fascinación fue absoluta en el descenso del camino del esquiador que por casi 7 kilómetros nos divirtió sorteando obstáculos hasta hacernos llegar a la meta en la reserva. Allí la rutina del lavado de la bici, que siempre es primero que nuestro baño, luego nosotros y finalmente el almuerzo. El resto del día a charlar y descansar, sin olvidar la elongación de todos nuestros músculos que nos tendrían que acompañar por varios días más. A las 19 horas se hacían las premiaciones de cada etapa, con los gritos de algarabía de cada grupo de amigos que veía que uno había obtenido la meta de alguno de los tres primeros puestos. De eso se trata esto, de compartir logros y disfrutarlos entre amigos. Luego la cena y a dormir temprano.

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De eso se trata… compartir logros y disfrutarlos entre amigos”

El tercer día ya estábamos algo cansados así que todo se hacía pero a ritmo más cansino…despacito va lejos dice el dicho. Ir al baño, tomar un buen desayuno, preparar la bicicleta, llenar las reservas de agua y geles y aprontarnos en la largada. Nuevamente fueron casi 50 km aunque con una trepada bastante dura a mitad de carrera que era recompensada con un descenso algo enérgico, pero en donde a pesar de tener que usar mucho los frenos, se agradecía está pendiente negativa. Ese día cruzamos el puente colgante del rio Fuy, se movía bastante y ni hablar de los graciosos que saltaban para ver nuestras caras de pánico. Por suerte todos llegamos vivos de esta etapa.
La cuarta etapa era la “Etapa Reina”. Más de 100 km con puntos de control en donde si no llegabas a horario, te sacaban de competencia. Había que concentrarse y no perder tiempo. Ese día el campamento se trasladaba a Pucón, por lo que previo a largar debíamos entregar los bolsos con todas nuestras pertenencias al camión que los transportaría a la meta. Nos sacaron de la reserva en forma controlada y nos llevaron pedaleando por la ruta unos kilómetros hasta que nos adentraron en el bosque. Allí, comenzó la toma del tiempo real. Fuimos primero bordeando el rio Neltume, más adelante el rio Cua-Cua y en un instante todo se empezó a poner más espeso. Los arboles más cerrados, el camino más estrecho, los rayos de sol pasaban menos, y así es cómo nos sumergimos en la ruta Transvolcanica.

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El parque nacional Villa Rica nos recibió con sus bellas e inmensas araucarias que nos rodeaban por todo el trayecto. Un deleite a nuestras retinas. Mucha subida y bajada, y mucha piedra volcánica que de tan livianas que eran, hacían fácilmente que perdiéramos el equilibrio. Había que tener mucho cuidado para no romper la bicicleta ni lastimarnos nosotros. El tiempo seguía corriendo y había que seguir pedaleando, y así llegamos a un ascenso muy exigente que nos hizo poner a prueba nuestro temple. Subir hasta el sector de Los Nevados, luego de haber hecho casi 90 exigentes kilómetros fue desgastante, pero nuestro espíritu fue más. Algunos paraban a sacar fotos para poder mostrar en donde habíamos estado. Otros, seguían en afán de llegar a la meta a descansar.
Comenzó un espectacular descenso por bosques que nos llevaría hasta la ruta que nos comunicaría con Pucón. En medio de este espectáculo que ya hacía que nuestro sufrimiento valiera la pena, de repente, el bosque se abrió y aparecimos en una playa de lava volcánica con el volcán Villa Rica de fondo y una catarata de deshielo que tuvimos que atravesar por un improvisado puente de madera. Ya estaba cumplida la meta del placer pleno…podíamos morir felices con la imagen de esa postal en nuestra retina. Hasta el más PRO sonreía para la foto. Ese día fueron 110 km lo que marco el Garmin…mucho para nuestro esqueleto exhausto. Sólo restó lavar rápido las bicis, bañarnos, comer y dormir temprano, casi no había energía para las charlas de copetín que solíamos tener luego de cenar, con ciclistas de otros países.

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Quinto y último día. Esta vez la largada era contra-reloj en función del tiempo que llevábamos acumulado en carrera, así que fue todo más descontracturado. Cada uno se fijaba su horario de largada y en función de eso era el horario de la alarma, el desayuno y la velocidad con que se preparaban las cosas. Había que ir hasta el centro de Pucón para largar que distaba 15 minutos del campamento. Nos fuimos poco a poco aprontando y un veedor nos marcaba el momento de salir. Gritaba el número de corredor, el apellido, y allí había que posicionarse para largar. Primero era una vuelta por el pueblo y luego, ir siguiendo en forma constante por la ruta hacia el volcán Villa Rica durante 15 km de ascenso. Era asfalto, pero el cansancio hacía que el ritmo de la mayoría fuera muy tranquilo, aunque parejo. Había que llegar sin romper. Los divertidos animadores de la competencia nos esperaban en varios lugares del trayecto con graciosas pistolitas de agua para mojarnos y, para los más osados que se prestaban al chiste, había latitas de cerveza para que tomaran como hidratación de competencia. Esto hizo más llevadera la subida, la cual, luego de llegar a la cima, se transformó en un divertido sendero de descenso con piedras para esquivar, pasto y arena volcánica. A esa altura creo que la inercia nos hizo llegar a la meta en donde cada grupo se iba esperando y se escuchaban los aplausos y gritos de felicidad. No faltaron también unos cuantos ojos húmedos, que dejaron escapar las lágrimas contenidas por tantos días…¿¿sufrimiento?? ¿¿emoción?? …sólo el que corrió sabe lo que se siente estar viviendo durante 5 días con sensaciones encontradas de felicidad y agotamiento, y la mayoría lejos de nuestras familias que nos hacen el soporte anímico.

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“La gente dice a menudo que la motivación no dura. Bueno, tampoco dura el baño, por eso recomiendan que se haga a diario”

Para después del mediodía ya todos los competidores habíamos llegado y vueltos al campamento. Ese día sí que las risas se escuchaban por doquier. El almuerzo fue desparramado por el parque en donde se veía a los ciclistas tirados al sol comiendo hamburguesas con cerveza y demás ingestas, que pre carrera están casi prohibidas…¡¡el placer de los Dioses!! Otros lavaban sus bicis mientras les decían piropos para agradecerles que nos acompañaran sin mayores inconvenientes. ¡¡¡Nosotros en competencia sin ellas no somos nada!!!
A las 19 horas comenzó la premiación y con ellas las fotos y los gritos de felicidad. Fue muy lindo ver como los que fueron competidores durante los cinco días previos, en el momento de la premiación se abrazaban como si fueran del mismo equipo. Dejar de lado la competencia para felicitar de corazón al adversario es algo que no en muchos deportes se ve con tanta honestidad como en el MTB.

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Pasado este ritual, giramos nuestras cabezas para la carpa-comedor en donde nos esperaba un fondo blanco de pisco, un sin fin de costillares y exquisita carne al asador que marcó el comienzo de una noche absolutamente inolvidable. Nos sentamos a cenar relajados y compartiendo charlas con ciclistas de todos lados. Pasó la cena, el postre, la torta y ¡¡¡se largó la pachanga!!! A partir de allí, la pista se llenó de bailarines que aunque nos habíamos quedado sin piernas pedaleando, la alegría del objetivo cumplido nos hizo recuperar la energía necesaria para danzar sin parar hasta muy entrada la noche. El cotillón fue la culminación de un evento magníficamente organizado, sin un detalle librado al azar…ésto es ponerle pasión al organizar una carrera, así como nosotros le ponemos la pasión equivalente para correrla.
Cuando algo nos apasiona, es muy fácil estar motivados. No debemos frustrarnos por el simple hecho de no animarnos a algo. Lo peor que puede pasar es que tardemos más en llegar a la meta, pero al final vamos a lograr nuestro objetivo y eso nos transformará es seres únicos y exitosos. Siempre vamos a estar mejor posicionados que los que no lo intentaron… Debemos analizar cada logro obtenido y así armar nuestra estrategia de éxito. Aprender de errores para no repetirlos, y aprender a conocernos a nosotros mismos. Reírnos y disfrutar las metas, ya que sólo nosotros, sabemos a veces lo que nos cuesta obtenerlas. El 90% del éxito se basa simplemente en insistir…
¡¡¡¡Ojalá hayan disfrutado este relato tanto como yo la carrera, y espero encontrarlos el próximo año en la manga de largada!!!!
Me despido con una frase que me resultó genial: “La gente dice a menudo que la motivación no dura. Bueno, tampoco dura el baño, por eso recomiendan que se haga a diario”

Mauro Gervasini, Team Mercerat, La esperé todo el año…
En el año 2017 se nos ocurrió ir a Chile a correr, nada más ni nada menos a una de las carreras en etapas más importantes de Sudamérica: “Transandes Challenge”. Al principio no conocíamos mucho, pero nos animamos…fuimos viendo videos, fotos, escuchando a otros corredores que habían ido años anteriores.
Yo sentía que se me llenaba el alma al escucharlos, sentía muchas cosas ansiedad, nervios, alegría, ame explotaba el cuerpo.
Al llegar a Chile y acreditarnos, sentimos una euforia tremenda. Estábamos rodeados de “Topes de Gama” y nosotros estábamos con ellos. Juntos íbamos a correr las 5 etapas…
En mi caso particular, la primera etapa la largué con mucha expectativa de ver qué era el Transandes. La primera etapa fue muy dura, de las más duras que había corrido en mi vida, y quedaban 4 de igual magnitud. Día a día me levantaba y eran las ganas lo que me hacía terminar cada jornada, porque físicamente me había deshidratado en la primera y pague las consecuencias en las 4 restantes. Aprendí mucho de esta carrera, de los corredores y de la geografía chilena.

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Me volví pensando en volver el año que viene, más concentrado, con un trabajo físico, asesorado por Pedro Billordo. Decidí volver, y en el 2018 ya nos sentíamos parte de ella. Este año llegué de otra manera, preparado física y mentalmente, con mejores sensaciones que en el año anterior, con más ganas, con menos miedos y con mucha energía positiva.
Largué la primera etapa, y me fue como esperaba que me fuera. Tuve muy buenas sensaciones y eso me hizo decidir encarar sin ningún miedo, dando todo en cada etapa pero con inteligencia, sabiendo que es la carrera más importante de Sudamérica. Eso tiene un riesgo si te sobrepasás de tus limites, cosa que 2017 ya me había pasado.
La segunda etapa decidí no achicarme y dar lo mismo que había dado en la primera. Todo esto tiene un trabajo de fondo, más la experiencia del anterior que me ayudaba a estar concentrado y saber lo que quería y lo que buscaba.
Así fueron todas las etapas, con las mismas ganas, las mismas fuerzas y con el encanto de estar corriendo en uno de los lugares más lindos, con toda la energía y con toda la camaradería de los corredores del todo el mundo.
Fue tanta la voracidad que la carrera parecía que duraba una sola etapa. Pasó muy rápido. Cada etapa tenía su encanto, cada etapa era un día distinto, por distintos paisajes recorriendo lugares increíbles, y así pasó el Transandes 2018.
Me volví lleno, me volví feliz, y me di cuenta de que superarse uno mismo, es cuestión de la mente de cada uno. Todo está en la mente. Poder se puede, es cuestión de proponérselo, lleva tiempo y a mí me llevará mucho tiempo mejorar, pero estamos en el buen camino, y eso me deja tranquilo. Es por eso, que ya estoy pensando en el Transandes 2019, para seguir aprendiendo y sumando experiencia…
Nunca te rindas…

Catalina Salata, Segunda en el Transandes, Motivación y ganas…
Al principio me costó entrar en el ritmo del Transandes Challenge. Miraba para atrás y adelante e iba sola, no sabía cuánto más adelante iba la puntera.
Las típicas incertidumbres de carrera me invadían: “voy bien?”, “en esta muralla ritmo constante, no lleves el ritmo del que va al lado”, “no me vendría mal el empujón de una dupla en esta subida”, “abastecimiento, ya, rapidito un plátano, una sandía, dos vasos de coca y seguir camino”, “la bajada… al fin! Ya pero sin matarse, rápido pero sin volverse loca”, son algunas de las miles de cosas que pasan por mi cabeza durante todas esas horas en las que estoy metida en la mitad de la selva patagónica, subiendo un murallón o bajando por esos maravillosos descensos llenos de grietas y raíces, gozando, porque sé que la rueda va a afirmarse como sea en ese maravilloso grip (el agarre que tienen los neumáticos con el suelo) sureño, bordeando un lago o un río, perdida entre las infinitas montañas.
Ya en el segundo y tercer día, fui conociendo a algunos corredores. Los veía todo el tiempo, iban siempre cerca, a un ritmo muy similar, compartiendo segundo a segundo cada segmento del camino, “sigue atrás de ellos, van a buen ritmo”, “aprieta aquí para llegar primero a la bajada”, “quedan sólo 2 kilómetros, ¡el último esfuerzo!”.

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El mejor momento: llegar a la meta…
No más esfuerzo, no más dolor (por hoy); frenar, bajarse de la bicicleta, respirar profundo y sentir el relajo y la felicidad inundar mi cabeza… el momento más gratificante que puede existir! De la meta, directo al punto de abastecimiento a enguatarme con esa tonelada de sandía helada y refrescante que no dejan de cortar para los corredores, realmente el mejor premio.
Partimos a la cabaña en bici, soltando, comentando con los amigos los tramos más duros y entretenidos del día.
Llego a la cabaña, dejo la bici en la sombra. Estoy empolvadísima. Mi casco y anteojos de sol, tatuados con polvo en la cara, sucia, transpirada entera, pero nada de esto me importa porque fue una experiencia espectacular.
Muero de hambre! Ninguna ducha puede superar a ese exquisito almuerzo que espera por mí. No sé cuál es el menú, pero sé que será el plato más rico del planeta!
Y así día a día: desayuno, preparar la bici, calentamiento, partida, meta, almuerzo, lavar la bici, descanso, charla técnica, comer, ¡dormir… el paraíso de los adictos al mountain bike!

La rutina se repite, pero las sensaciones van cambiando…
Las piernas van más cansadas en carrera, empieza a doler la espalda, el sillín de la bici es cada día más incómodo, el cuerpo te pide más comida, el sueño es más pesado en las noches y todas las mañanas cuesta más levantarse de la cama.
Lo que se mantiene firme: la motivación y las ganas. Cada día que pasa es un día menos de carrera y más en experiencias y vivencias inigualables.
Un nuevo circuito todos los días. Diferentes senderos, una subida más o menos empinada, un descenso diferente al anterior, un nuevo aprendizaje… no sabés lo que te depara el camino y lo único que quieres es descubrirlo, vivirlo y superarlo.
Fue una carrera en que mi cuerpo y mente acumularon y concentraron una infinidad de sensaciones y sentimientos: la emoción y el ahogo de la partida; el polvo cubriendo el cuerpo; el golpe de los pedales en las piernas al tener que bajarme y caminar; las heridas en los brazos causadas por las ramas y zarzamoras en el camino; pasar de respirar un calor insoportable a sentir una brisa en la mitad de una cuesta; pasar de estar enterrado en un bosque de pinos a un claro en el que levanté la mirada y pude ver el volcán Choshuenco, el lago Pirihueico o alguno de los tantos ríos de la zona.
Esa gota de transpiración que cosquillea y cae por la punta de la nariz; el sufrimiento en las subidas más difíciles, en los momentos en que ya dolían tanto las piernas que se me salían las lágrimas y ya quería llegar a la meta; adrenalina y éxtasis en las bajadas; alivio y felicidad en la meta; risas, copuchas, momentos con los amigos…

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Una suma de experiencias
Y así podría seguir describiendo todas estas cosas que estoy recordando en este momento, que me suman experiencia, que me ayudan a conocerme y que siento que me han enriquecido como persona. Creo que además de éstos, son varios los motivos que impulsan a los otros 300 corredores, provenientes de todos los continentes, a inscribirse, viajar a este lejano rincón en el sur de Chile y disfrutar de esta increíble aventura.
Es así como el Transandes Challenge fue un desafío netamente personal, un momento de reflexión, un momento para estar conmigo misma y que cumplió con mis expectativas con creces, sea cuál sea el resultado final en un papel (¡les cuento que quedé 3°! Pero mi alegría habría sido la misma al haber quedado última).

Posiciones
General Caballeros
1° Eyair Astudillo 15:16:11 hs
2° Marc Trayter 15:18:39 hs
3° Matthias Grick 15:33:15 hs
4° Miguel Angel Hidalgo 15:49:57 hs

General Damas
1° Kaysee Armstrong 19:00:20 hs
2° Catalina Salata 19:59:06 hs
3° Elizabeth Cabrera 23:16:03 hs

Team Caballeros
1° Benjamín Moya y José Pablo Ramirez 16:22:31. hs
2° Felipe Ojeda y Cristóbal Zamorano 16:51:24 hs
3° Ezequiel Cuevas y Funaro Pablo 17:27:33 hs

Team Mixtos
1° Mary Mcconneloug y Michael Broderick 18:32:15 hs
2° Giorgio Rossini y Sara Dangelo 18:48:05 hs
3° Daniel Roura y Clara Baquerizo 19:32:08 hs

Team Damas
1° Carolina Maldonado y Fátima Eynard 21:08:12 hs
2° Isabella Vincoletto y Suzan De Paula Zorzetto 24:02:30 hs

www.transandeschallenge.com

Mountain BikeTecnología

POLO TORRES, Retül Fit Studio

junio 11, 2018 — by Andar Extremo0

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Retül Fit Studio es un sistema de biomecánica avanzado que permite a cualquier ciclista buscar comodidad, confort y velocidad a la hora de elegir una bicicleta. Estuvimos en La Plata con Matías Torres, dueño de la Bicicletería Polo Torres, que nos contó la evolución de estos estudios que desarrolla la marca Specialized. Revista Andar Extremo n° 50

Cómodos y Veloces

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Qué es el Retül?
Retül Fit Studio es un sistema de biomecánica aplicada al ciclismo que analiza al ciclista en tiempo real y en 3 dimensiones. Surge hace varios años en Estados Unidos cuando Andy Pruitt tuvo un accidente, perdió una pierna y empezó a estudiar la posición del ciclista, es así que se hizo atleta para olímpico y ganó muchas medallas. Luego, estudió medicina y desarrolló el sistema de biomecánica, que más tarde se expandió, y todos los deportistas quisieron hacerlo por las virtudes y las diferencias que notaban sobre la bicicleta, a través del tiempo. Lo hacen desde personas que recién empiezan a pedalear hasta súper profesionales que corren el Giro de Italia o el Tour de Francia. Está pensado para que lo haga todo el mundo, en la mayoría de lugares antes de comprar la bicicleta, para saber cuál conviene más y cuál es la mejor para tu postura.

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La bicicleta en la que realizás el estudio, ¿qué es lo que evalúa?
Cuando uno se decide a usar una bici o a comprarla, vienen por talles, por ejemplo: si vos estas entre una bici 52 o 54 de ruta o una S o una M de mountain bike, lo que se puede hacer en esta bicicleta regulables llamada “move” es replicar la medida de ángulo de una bicicleta sea la talla que sea, de todas las marcas que existen, se saca el Stack y el Reach, largo y alto de la biciclet. Se replican las medidas, y así se emula una Specialized, una Cannondale o una Trek o cualquiera. Una vez que se replica la bici en la “move”, se hace el entallado de la misma y así se elige la correcta. Este sistema es de Specialized, la marca te provee unas reglas de cada modelo donde, de acuerdo al modelo, tomás la regla, donde está el stack y el reach y la acomodás. Te simula exactamente el modelo. Si tenés otra marca de bicicleta, buscas el año de fabricación en la página y a partir de eso sacás el stack y el reach y llegás a la simulación adecuada.

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Qué es el stack y el reach?
Stack es altura y el reach la longitud.

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¿Qué busca el cliente al hacerse este estudio?
El cliente en estos espacios busca comodidad o rendimiento. El atleta profesional busca tiempos, sumar kilómetros o tener su potencia un poco más arriba, y el cliente que la utiliza como hobbies a la bici, busca pedalear cómodo sin dolor. Si bien vienen a hacerse estudios un amplio segmento de hombres y mujeres, los que más utilizan más el servicio son hombres de 35 para arriba, que quieren: confort, comodidad y rendimiento.

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Tenés un seguimiento de las personas luego de hacerse el estudio?
Hay un contacto con el cliente siempre, queda registrado una vez terminado el estudio con todas sus mediciones y yo quedo registrado también como encargado de haberlo hecho. Hay clientes que hace 30 años pedalean y al hacer el Retül le subís el asiento 4 cm, les cambia el pedaleo, y se le van los dolores. Por suerte todas las devoluciones hasta ahora son buenas.

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Además de la postura, también analiza el pedaleo constante?
Sí, es un estudio en movimiento. Utilizamos un rodillo hidráulico que a medida que pasa el tiempo, toma temperatura y se endurece. Así podés observar la postura de pedaleo en continuo, y la exigencia es más alta. Una vez que ponés las medidas y las replicás con el “zinc”, una aparato dibuja la bici virtual en pantalla para ver los cambios. Desde esa evaluación, le proponés al cliente una cadencia de pedaleo. Cuando hacés la mejora y le liberás peso de la presión de la rodilla, se nota, pedalean más cómodos porque le variaste el ángulo de la postura sobre la bici.

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Cuánto vale el estudio?
El entallado sale aproximadamente $ 1500 que te saca el largo y la altura. El estudio completo de Fit, con mediciones, donde se ve la planta del pie, el largo de extremidades, el deportista se sube a la bici, y se ponen sensores en todo el cuerpo para corregir pedaleo, ronda los 4500$. Son como tres horas de trabajo en total.

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Hace cuánto realizás estos estudios?
Hace seis años. Con esta tecnología hace 7 meses y ahora en junio estoy viajando a Estados Unidos para hacer el tercer nivel de Fit. Creo que soy el único argentino que tiene el segundo nivel de Fit hecho. Estamos siempre capacitándonos para recibir lo mejor posible al cliente.

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El Retül es lo mismo que Fit?
Retül es una marca independiente, Specialized tenía el mejor procedimiento de biomecánica del mundo llamado Fit que tenía muchísimos años en el mercado. Cuando sale Retül, sale con unas herramientas muy buenas se funciona con Specialized y cambia en nombre de Body Geometric Fit por Retül Fit.

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Facebook Polo Torres

Mountain Bike

PABLO GARCÍA, PEDALEANDO EL GLOBO

mayo 8, 2018 — by Andar Extremo0

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Pablo García es uno de los ciclo viajeros que más kilómetros hizo en la historia, comenzó su viaje en 2001 y lo termino en diciembre de 2017, en una entrevista reciente en la ciudad de Mar del Plata, nos cuenta el viaje de su vida. Nota en Revista Andar Extremo nº 49

167.000km, 16 años, 106 países

Por Marcos Ferrer, Fotos Pablo García

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Era 28 de diciembre y en la costa hacía muchísimo calor. La cita: centro de Mar del Plata. Botella de vino en mano, dejé la camioneta en una cochera y me dirigí a la dirección donde Pablo estaba parando. Hacía menos de dos meses que había finalizado un viaje de 16 años ininterrumpidos, atravesando continentes y conociendo culturas, y mi ansiedad por entrevistarlo iba creciendo.
Llegué a la dirección y luego de unos minutos bajó del departamento. Preparó unos buenos fideos, abrimos el vino, de a poco fuimos entrando en sintonía y, sin darnos cuenta, comenzó la nota.

Cómo arrancás este viaje increíble?
Vivía en Brasil como aventurero y después de viajar un año, me había agarrado el fantasma de qué haría con mi vida teniendo 21 años. Ese tiempo había estado en el norte, vendiendo pulseras y así había logrado recorrer todo el litoral. Luego, me enganché con una chica 13 años más grande que yo. Estuvimos un tiempo y creo que esa relación me dio la fuerza para encarar el viaje. Tenía el mundo por delante y ella, con hijos y una vida organizada, me dejó. A partir de ahí me puse la meta de viajar. Empecé vendiendo remeras en la playa, trabajé alquilando departamentos y autos, y con dos argentinos pusimos una empresa de turismo. Terminé viviendo 4 años en Maceió. Comenzamos a ganar plata y paralelamente a pelearnos por ver quién trabajaba más o menos. En ese momento mis socios tenían 45 y 55 años y yo con 24 no quería complicarme. Aunque vivía frente al mar en mi departamento y tenía dos autos, pensé que si no me decidía a salir en ese momento, no lo haría nunca más.

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Cómo fueron los primeros pasos?
Estaba un poco decepcionado con el entorno, medio rebelde con la sociedad, y me crucé a un amigo argentino que me dijo:- vos tenés que tener un conocimiento espiritual. Antes de empezar, andá a conocer a unos monjes arriba de la montaña, en Car Baru. Sentí que era una herramienta que necesitaba para el viaje que iba a realizar y fui a conocerlos. Estaban en una comunidad que parecía fuera del mundo material: eran autosustentables, vivían completamente aislados. Al llegar, me señalaron que sería bienvenido si practicaba sus programas: levantarse a las 4 de la mañana, bañarse con agua fría o en el lago, ir al templo, cantar mantras y realizar lecturas del Bhagavad Gita. Ese libro, es lo único que mantuve desde el kilómetro cero hasta que terminé la travesía. Es una charla entre el Dios supremo Krishna y su primo Aryuna, su devoto, donde hablan de un cambio de era hacia otra llena de riña e hipocresía, donde nadie se pone de acuerdo. Realmente, un libro muy real en estos tiempos.

Con integrantes de tribu Turkana, Norte de Kenia 2003
Con integrantes de tribu Turkana, Norte de Kenia 2003

“Si uno está en paz con uno mismo, está bien con lo que lo rodea”

Te hiciste devoto en esa corta estadía?
Sí. Me quedé como diez días y cuando me fui me regalaron el libro y una especie de rosario, pidiéndome que cante un mantra todos los días para estar protegido. Me fui contento y entusiasmado y canté a diario hasta ahora. Esto se hizo compañero del pedaleo. Todas las mañanas me levanto y doy cuatro rondas, porque todo lo que me pasó: no tener accidentes, conseguir sponsor y dar con gente correcta, fue gracias al mantra que le dio impulso a mi recorrido.

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Tuviste contacto con templos Hare Krishna durante el viaje?
Fui visitando algunos, eso ha sido una forma de cargar energía. Luego de 15 años volví a esa comunidad y aún había algunos monjes de esa época. Fue muy emocionante. Soy un convencido de que para cualquier cosa que uno quiera encarar tienen que tener un acercamiento a la “providencia”. Sigo cantando mantras, hago media hora de meditación y creo que eso hace que las cosas sigan su rumbo ahora: preparar conferencias, escribir el libro, hacer documentales. Es la conexión que quiero mantener. En India hice una técnica budista de meditación Vipassana, que hasta el día de hoy se enseña en 70 países. Todo eso lo conservo.

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Cómo fue el viaje?
Arranqué en 1999 en Maceió hacia Buenos Aires. Conseguí un año y medio de sponsors. En 27 meses hice Sudáfrica, el Cairo, tomé un avión a Europa, puntualmente a Madrid, y pensé que podía conseguir buenos sponsor como en África. Me fue mal. Viví en Europa gracias a la venta de fotos y de unas muñequitas muy pequeñas de tela que compraba en Brasil. Recorrí treinta países vendiendo más de 10000 muñequitas. Hice norte de África, Medio Oriente, Cercano Oriente, los Balcanes, Turquía e Irán, Golfo Pérsico, Pakistán, India, Nepal y volé a Tailandia, porque por Birmania no se podía pedalear. Estuve dos años por el resto de Asia, Japón, Mongolia y Tíbet. Luego bajé al Sudeste Asiático, me fui Oceanía, de Nueva Zelanda a Polinesia, de allí a Hawái. De Hawái a California, donde estuve hasta el verano para poder recorrer, y me fui a Alaska volando. Hice México por las montañas rocosas, me fui en avión a Canadá y bajé por la costa este de EEUU hasta Miami volviendo al Distrito Federal. Atravesé Centroamérica y Colombia, donde estuve un mes vendiendo el documental. Junté dinero y compré 10 pasajes de avión y 7 de barco anticipados. Cruce las Antillas. Fui de isla en isla hasta terminar en Cuba, sin dinero. Todo lo que había juntado lo destiné a pasajes, pero sacaba el documental y lo vendía. De Cuba a Colombia, bajé por Ecuador, Perú, por el Amazonas al Atlántico y, de allí, a Maceió, completando la vuelta al mundo simbólicamente. Fui a Bolivia y luego entre a Argentina por Jujuy. Llegué a Ushuaia y tomé un avión a Bariloche. De allí fui al Bolsón porque desde ese punto quería terminar las provincias que no conocía del país. Subí hasta Formosa, crucé a Paraguay, hice Misiones y bajé a Buenos Aires hasta el Obelisco.

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Cómo fue tu aventura en números?
167.510 kilómetros y 106 países. Es uno de los viajes en bicicleta más largos del mundo, el record creo que lo tiene Heinz Stücke. Él empezó su viaje en 1962 y tuvo casi 50 años subido en la bicicleta y unos 500.000 kilómetros.

Qué pensás del mundo luego de estos años de cicloviajero?
El mundo no es tan maravilloso, está lleno de miserias. Se persigue el dinero como única forma de crecer y de tener poder. En el viaje vi muchas injusticias. Hay lugares y personas hermosas, pero las realidades me han hecho ser medio ermitaño. Si bien vendo y soy simpático, quiero estar solo. La esencia de la vida es encontrase a uno mismo. El conocimiento te llena. En Occidente la gente está vacía en vida espiritual. Necesitamos más espiritualidad, saber hacia dónde vamos para ser mejores personas, evolucionar como ser humano, encontrar la paz. Si uno está en paz con uno, está bien con lo que te rodea. Eso lo vez en Oriente. La esencia de Asia es el conocimiento espiritual. Nos consideramos los más avanzado, los mejores, y la realidad es otra. No vamos a mejorar si no entendemos eso.

En 1998 en Maceio, Brasil y en 2017 en Buenos Aires, Argentina
En 1998 en Maceio, Brasil y en 2017 en Buenos Aires, Argentina

Cuáles fueron algunas de las historias que más te impactaron?
En África viajé con la boca abierta. Llegué a tribus donde viven en cavernas debajo de árboles y usan arcos y flechas. Con ellos me fui a cazar pajaritos y ratones. En Tanzania me recomendaron ir a la tribu de los Hadzabe, en las afueras del Serengueti, en el Easy Lake. Ellos viven como hace 10000 años atrás. La persona que me hizo la sugerencia, tuvo la oportunidad de cazar con ellos una mona y cuando la abrieron tenía un feto. Sin remordimiento alguno, me contó que se lo comieron ni bien lo sacaron. Cuando fui a cazar llevaba las cámaras, y en un momento salieron todos corriendo. Como a 100 metros habían aparecido Guineas Fowls, unos pájaros parecidos a las perdices pero un poco más grandes. Les dispararon como diez flechas y pensé que nunca podrían llegarles, pero pude ver uno que caía. Fue la comida del día. Encendieron fuego con los palitos y comimos. Increíble, África fue increíble. Muchas tribus, muy diferentes. Asia es todo lo contrario. Los musulmanes son más hospitalarios. En ese lugar conseguí los mejores sponsors. Son muy curiosos de nuestra cultura.

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“Las banderitas en la bicicleta, fueron mi mejor sponsor, porque cualquier tribu reconocía el emblema de su país o el del país vecino”

Cómo fue llegar a una tribu en África?
No son amigables. Sos un marciano, un blanco. Hay racismo. Todos te piden plata. La bicicleta me diferenciaban y las banderitas fueron mi mejor sponsor porque cualquier tribu reconocía la de su país. Yo no me acercaba, ellos se acercaban a mí. Se ponían al lado e intimidaban. Sudáfrica fue el lugar más hostil que recorrí. Nunca les demostraba miedo aunque adentro estaba re cagado.

Cuáles fueron los peores momentos?
Ya en Brasil me habían tirado de la bici enfrente de Porto Alegre por la Free Way. Vi a un hombre a dos metros y me dije: éste me roba. Me tocó y volé por encima de la bici. Caí abajo, en un barranco al costado de la autopista. Me abrí la pierna y se me llenó todo de sangre. Miré atrás y venía solo. Solté la bici y lo encaré. Ahí cayeron dos más, uno con cuchillo. Esquivé cuchillazos y la bici de estar atrás mío, quedó adelante. Uno la levantó y se la llevó. Esto me pasó en el ´99. No me daba para hacer nada. Al final se cansaron y se fueron caminando y yo, detrás de ellos. Mi peor error fue entrar en Porto Alegre, un sábado a las 5 de la tarde. Yo seguí a dos y el tercero se llevó la bici. Cruzaron los tres carriles y se metieron en un zanjón. Yo los seguía gritando. La imagen era: en un carril un flaco con la bici, en el otro carril los dos flacos y en el tercero yo, con pelo largo, en calzas y sangrando. Los autos empezaron a parar. Cuando llegaron al zanjón, los otros dos flacos cruzaron la otra vía y dejaron solo al tercero con la bici que no podía sacarla por lo que pesaba. Finalmente, salió corriendo y la dejó. En ese momento, paró un viejo en un fusca y le pedí que me espere mientras agarraba la bici. Me acompañó escoltándome hasta la entrada. Por otro lado, en Colombia salí de Palmira y vi dos personas que me iban a encarar pero recordé que en México, sabiendo que entraba a Latinoamérica, había comprado un machete. Me paré y sabiendo que me iban a robar, les grité con eso en mano y zafé.

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Cuál fue la mejor historia?
Estaba entrando en Irán, haciendo 100 km o 120 km por día. En esa jornada había hecho 170 km sin poblaciones. Entonces pensé que sería un buen día para sociabilizar con una familia. Sólo sabía algunas palabras, entre ellas “sala maleco”, el saludo tradicional. Era de noche y a la distancia observé una fogata con varias personas alrededor. Pensé que sería una familia comiendo algo y dije: listo! Cocino al lado de ellos. Tomé un sendero de tierra muy oscuro porque no había luna, con tanta mala suerte que llegué por detrás y los sorprendí. Eran como diez, entre pastos altos, contando tocos de plata…llegué en el momento menos deseado. Saludé y en ese momento se dieron vuelta. Me rodearon gritándome en farsi (idioma local). Yo no comprendía nada, les repetía que venía de Turquía e iba hacia la ciudad de Tamis y le decía “adshala” (bicicleta en árabe), le decía Argentina, pero no me entendían nada. Me pusieron en una pared y se peleaban entre ellos, preguntaba si había alguien más, o yo entendía eso. Pasaron unos minutos de miedo y me fui a la bicicleta. Agarré la bandera de Irán y les decía “You” fuerte y preciso, y “Me” Argentina. Se los repetía a lo loco. En un momento dije “Maradona”, repetí ”Maradona”, y dos de ellos se miraron. Empezaron dos o tres a decir “Maradona number one”. En ese instante se fueron, trajeron agua, y uno me dijo con señas ándate que ese de allí te quiere cortar la cabeza. Me fui temblando, pedalee una hora más de noche, y llegué a un restaurante de tres hermanos. Muy asustado les conté y me dijeron que era una zona de tráfico de opio.

En África tenés alguna historia?´
Estaba atravesando el norte de Uganda con Gastón, un amigo camarógrafo, y llegamos a un campo de refugiados. Fuimos a buscar agua y le pedí que filme todo. Era otro mundo, eran miles, vivían allí agrupados y manejaban el lugar. Era un espacio difícil. Pensá que en el Congo los rebeldes secuestran a los chicos, violan mujeres, matan a los hombres y se llevan a los niños de 12 a 15 años. Una parte de esta zona imagináte que la tuvimos que hacer en camión por los peligros, hay mucho conflicto. El tema es que finalmente entramos y mi amigo me filmaba hasta que vinieron los líderes enojados diciendo:- quién es este blanco de mierda para entrar así!!!. En ese momentos saqué pecho, y le dije: -quién sos vos, yo estoy buscando agua. vengo dando la vuelta al mundo, mira las banderas!!! . Se me quedaron mirando como si fuere un marciano!!! Gastón apagó la cámara y con cuatro palabras en inglés ellos, y yo con cuatro palabras en dialecto, tuvimos que mediar. Querían sacarnos las cámaras pero al final salió todo bien. Muy loco había como 150 personas al lado. Por suerte salimos vivitos y coleando.

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Encontraron a los pigmeos?
Sí claro, más tarde. Nos encontramos con varias tribus. Los pigmeos reales son de 1, 5 metros para abajo. Había otros en Uganda que eran de hasta 1, 60 metros. Con estos últimos nos encontramos y empezamos a preguntarles de los Pigmeos reales y nos señalaron que esperemos que ya iban a venir. A la media hora apareció un grupo de niños jugando y nos dijeron: – allí están los pigmeos!!! Pensé que ahí sólo había nenes, pero entre medio, a la misma altura, asomó uno con bigotes. Increíble. Ellos viven en casas de hojas de palmeras y cocinaban bananas. Comimos con ellos y lo único que hacían era repetir: money, money money. Fumaban marihuana todo el día. El dinero que pedían lo usan para tabaco.

Es un problema mundial el de los excesos?
Sí hay muchas miserias, tanto los maorís en Nueva Zelanda como los aborígenes en África o Australia o los esquimales en Canadá, son todos grupos subvencionados por los gobiernos, con planes sociales y todos tienen el problema de perder la cultura y caer en el alcohol o en la droga. Antes esta gente era alguien, vivían de la caza, era un orgullo para ellos, ahora desde el momento que el estado les da dinero terminan mal. Mucha desconexión.

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Qué cosas buenas te pasaron en el viaje?
Podemos hablar del amor, del reconocimiento, los sponsor y el trato con los países musulmanes. Por ejemplo en la ciudad Bahrein, un reinado al lado de Arabia Saudita, el único acontecimiento del año es la carrera de fórmula uno y el segundo, fue mi paso por esos lares. Venía en avión de Kuwait porque no podía pedalear por ahí y quería hacer los países del Golfo. Contacté con un argentino, me junté a tomar un café y apareció de casualidad con la mujer de cónsul de Arabia Saudita que había querido venir a conocerme. La señora me gestionó la visa para entrar a Arabia en donde pude hacer 1000 km escoltado por la policía. Pero bueno, esa esa otra anécdota. Nos juntamos por segunda vez en la recepción del Hotel Marriott y charlando me propuso llamar al gerente de marketing de ahí y pedir sponsoreo. Ya había estado en los hoteles 5 estrellas en Líbano y en Siria, y me gustó la idea. Vino el gerente, armó una conferenciad de prensa y me dio sponsor por una semana de hotel. Vinieron 33 periodistas para la conferencia que la hice en un inglés quebrado, porque no tenía aún mucha fluidez con el idioma. De allí me contacté con el Marriott de Catar, con el de Arabia Saudita y con el de Emiratos árabes, y cada vez que pasaba me daban 10 días de hotel.

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Cómo fue el episodio de Arabia, donde estuviste con escoltas 1000 km?
“Cuando vayas a Catar buscá a Mohamed Altani de la familia real, es el presidente del comité olímpico de la Federación de ciclismo”, me decían. Recordé el nombre y pude pedalear con una visa de la Federación de Ciclismo y cientos de policías, durante 1000 km. Cada 30 km se relevaban y se pegaban un embole tremendo, así que en ese momento se me acercaban y me decían: – dale, dale!!. Venían atrás, y yo les decía que pasen adelante así por lo menos me paraban el viento. En una de las vueltas me pasó una 4 x4 gigante, se frenó y se pegó la vuelta. Bajó el vidrio y lo primero que me preguntó era de qué país venía. Cuando le dije Argentina, ya lo vincularon al fútbol y a Maradona. Me pidió que pare, me bajé de la bici y me dio una tarjeta que decía Mohamed Altani y me dijo:- conéctate conmigo cuando llegues a Catar. Al llegar, me recibió su secretario y me pidió que vaya al día siguiente porque estaban organizando una carrera a la que irían los atletas olímpicos. Al otro día, a las 7 de la mañana llegué. Me prestaron una bici y competí. Éramos 50 haciendo 13 km. Salieron a fondo y quedé último en la largada y me dije: -estoy dando la vuelta al mundo, no puede ser!. Así que salí a tope y quede séptimo en la general.

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La sensación más placentera?
El viento a favor! Los momentos placenteros son 1 cada 10 o 1 cada 50. Viajar en bici es duro: viento en contra, frío, mucho calor, nieve, lluvia, hambre… Me gusta la llanura, la vista hasta el horizonte. Eso y el camping seguro es lo más. Imagináte, en Kenia luego de un año y medio de viaje por África en la casa de un amigo, me despertaron a cachetazos para robarme con una linterna y dos machetes. Pensé que estaba en una pesadilla hasta que sentí un nuevo cachetazo. De ese día, nunca más dormí despatarrado, siempre en alerta. En la carpa escuchaba un ratón y agarraba el machete. Para relajarme tengo que estar en un camping o en el desierto. Estar en un lugar paradisiaco, con el cielo, las estrellas, el viento, cocinando… eso es el placer del viaje.

Cómo es tu vínculo con la naturaleza luego el viaje?
Estuve mucho tiempo en la calle, en la ruta y viviendo en la naturaleza. Ahora tengo la necesidad de un cable atierra y estar tranquilo en mi casa. Hoy mi pasión es revivir el viaje escribiendo el libro, preparando las conferencias, revisando las 400 hrs de video para un futuro documental. Sigo conectado con el viaje. Estoy en Mar del Plata, vendiendo postales y el documental en la calle. Si no genero plata no vivo. Quiero estar con las mismas energías para generar toda esa información. La naturaleza es maravillosa pero son contados los días, estas siempre en la lucha para comer, dormir, pedalear.

mapa

Tuviste alguna sensación especial en el recorrido?
Tengo una historia que me la guardo para el libro, un encuentro, un milagro, una manifestación que me marco hasta el día de hoy.

Cuántas bicis usaste?
Usé tres. La primera se gastó, la segunda se jodió la rosca de la caja pedalera (cada trescientos kilómetros hay que ajustarla porque la misma fuerza del cuadro sacar la pieza y para que no se salga le puse líquido de freno y se clavó), y con la última, que me la dieron en Israel, hice 107.500 kilómetros.

Qué proyectos tenés ahora?
Tengo tres. El primero es dar conferencias. Me gustaría hacerlos en escuelas. Ya he recibido mucho, me toca dar. Me imagino dando charlas a jóvenes que salen del secundario…salen tan perdidos. Más que nada quiero transmitir que se puede soñar y materializar ese sueño con pasión y actitud. Se puede ir tan lejos como uno quiera. Luego, daría charlas en empresas. El segundo proyecto se está cumpliendo, estoy escribiendo el libro. El tercer proyecto es buscar una productora para un documental o que venda documentales al exterior. Y también me gustaría hacer cicloturismo como guía.

Qué le dirías hoy a aquel Pablo García que con 27 años estaba por salir a dar la vuelta al mundo?
Qué buena pregunta, nunca me la habían hecho… le diría que arranque con dos palabras: se puede.

La entrevista llegó a su fin. Automáticamente apagué el grabador y, Pablo muy emocionado, me dio un abrazo. Con sinceridad me dijo que le tenía mucho miedo cuando partió. Despacio me dirigí a buscar la camioneta. Arranqué, puse música y me fui despacio mirando el mar. Me llevo una historia llena de energía, una persona que aunque con muchos temores tuvo la fuerza de cumplir un sueño. Qué bueno que la gente sepa que sí, puede escribir su historia.

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AMOR VIAJERO
La historia con una tana, Clara Vicari es su nombre, fue muy fuerte. Venía de 5 años de viaje, estaba recorriendo Sicilia en Italia, yo tenía 32, ella tenía 26 años. Estaba saliendo de Europa hacia medio Oriente, entonces fui a un bar nos miramos intensamente, ella estaba con gente, me vio que me subí a la bici cuando salí de comer del lugar.
Al otro día me encontró vendiendo las muñequitas. Hubo onda y al tercer día me dijo llévame con vos. Uno siempre tiene ese sueño de viajar y encontrar un amor y viajar juntos. A mí me voló, encima me hablaba en tano, igual me fuí a Túnez a viajar con mi hermano que había ido de España. Estuve dos meses en Túnez con la idea de sacar la visa de Egipto e ir por Libia, y no la conseguí. Mi hermano se fue de nuevo a España y como no podía ir para Medio oriente por África me volví para Italia.
En Europa era invierno, un frío terrible y recibo un mail de Clara diciendo que vaya a Nápoles que estaba estudio allí y me quede con ella. Fueron dos meses de luna de miel.
Allí empezó a convencerse de viajar en bici y yo le llenaba la cabeza para que se viaje un año.
Hasta que le compre una bici, armaros todo y en el momento de arrancar no quiso, porque la la familia se oponía.
Amago dos o tres veces y dije: -tengo que seguir el viaje!!! Arranque a Grecia y a Turquía. Termino estos dos países y vuelvo a Italia por quinta vez y allí se vino conmigo y se quedó un año recorriendo. La familia me hizo la cruz.
Lo más lindo fue viajar juntos por los países musulmanes. Luego de cuatro años de muchas idas y vueltas, tenía en claro lo que quería de su vida, un novio en bici por el mundo lo le cerraba. Así que después de tanto juntos ,decidimos seguir cada uno con su proyecto.

video

www.pedaleandoelglobo.com

Mountain Bike

Andalucía Bike Race, Como nos vemos y como nos ven

marzo 23, 2018 — by Andar Extremo0

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María Laura Giuliani nos cuenta una muy interesante anécdota de una competencia de mountain bike en España. La Andalucía Bike Race que se llevó a cabo entre el 25 de febrero y el 2 de marzo donde los riders tienían que recorrer cerca de 400 km en 6 etapas.

por María Laura Giuliani

Epopeya de dos argentos que se fueron a correr al primer mundo y nunca perdieron el humor

Despegamos de Argentina sintiéndonos que íbamos a jugar con la camiseta del Barcelona, pero más tarde nos dimos cuenta que nunca dejamos de ser Sacachispas………y a mucha honra……

La ilusión de seguir corriendo la vara para adelante siempre ronda en nuestras cabezas, y es así como en febrero de este año, Pablo Luchessi y quien escribe, nos fuimos rumbo a España a participar de la Andalucía Bike Race, una de las carreras en Europa con mas convocatoria y con mayor nivel de participante……y nos dijimos, porque no nosotros??? No dudamos mucho y para allá salimos disparados.
Habíamos venido de correr el Transandes en Chile, y a razón de una fisura en el cuadro de la bicicleta de mi compañero, y una rotura de fusible en mi caso, estrenábamos bicicletas nuevas. En Chile habíamos tenido una excelente competencia por lugares más que hermosos y el entusiasmo se mantenía . Habían sido 6 días cálidos con una media de 25° C, sol a pleno, un grupo grande de amigos, y la calidez latinoamericana que siempre acompaña.
Llegamos al pueblo de Bailen sin mayores inconvenientes. El sueño se estaba haciendo realidad!!!! Descansamos felices ese día para reponernos de las 24 horas que habían pasado desde que salimos de Argentina
Al otro día luego de montar nuestras bicis la felicidad nos fue invadiendo ya que eran mas cómodas y agiles de lo que pensábamos, y así es como sin darnos cuenta salimos a rodar hacia un destino incierto, que nos fue llevando en un ritmo entusiasta hasta el pueblo de Linares en bajadas y subidas divertidas, que luego se transformaron en un recorrido en donde nos fuimos perdiendo y que cuando quisimos retornar el Garmin nos marco un vueltin de casi 60 km con una ganancia de desnivel de 1000 metros……..no era lo ideal pero en ese momento la felicidad era mucha.

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Primer día de carrera y nos sentíamos Schumagger con su Ferrari en el circuito de Niza……Largada contra reloj y comenzaban las categorías mas lentas, y dentro de cada categoría los primeros eran los que menos puntaje UCI tenían……..largue segunda….bueno pensé, ya habrá tiempo de demostrar lo que sabe uno……. Como estaba pronosticado me toco largar con lluvia que acompaño un rato y por suerte luego paro. Mas allá de un par de perdidas llegue a la meta en un tiempo decente y habiendo hecho todo el recorrido arriba de la bicicleta. Era bastante técnico por lo cual me sentí cómoda y segura. Ya mañana veremos como sigue este circo pensé. La gente parecía bastante seria y concentrada pero creí que era por ser el inicio de la competencia. Al llegar a la meta había mucha gente que alentaba y eso nos hacía sentir reconfortados. Nos esperaban con sándwiches de jamón y queso, higos, membrillos, una pata de jamón crudo y todas las exquisiteces que podíamos imaginar. Esto si era disfrutar la vida!!!!!!

Segundo día de competencia y la largada fue en pelotón. Allí se empezó a complicar porque al poco tiempo fui quedando sola……unos muy adelante, otros atrás, y los pocos que se cruzaban no intercambiaban ni media palabra. Algunos porque hablaban otro idioma, otros porque no les importaba y otros quizás porque no les sobraba aire, pero la conclusión es que a nadie le interesaba intercambiar comentarios ni siquiera para que el tiempo pasara mas rápido. Bueno seguí razonando, es el segundo día y les faltara acomodarse. En el medio de un sendero de cornisa, con un lago a 600 metros para abajo me caigo y me golpeo y cuando me trato de acomodar me doy cuenta que tenia atrás una fila de gente que en idiomas varios me apuraba, por lo cual me trate de correr para dejarlos pasar y allí me vuelvo a caer……creo que ahí me dijeron “move el c……..” hasta en japonés, así que arrastrándome hasta un árbol los deje pasar y me quede un rato juntando mis pedazos hasta que volví a tomar ritmo. En la meta un amable medico me dio un refrigerante y un antiinflamatorio por lo cual me sentí algo reconfortada. Ya ese día en la meta no había mucha gente esperando. La pata de jamón crudo también había desaparecido……..
El tercer día se largo de Andújar, otro pueblo cercano. Ya al llegar estaba garuando por lo cual salimos a calentar para no lesionar los músculos. Volvimos al rato al auto para dejar las camperas y nos aprontamos en la largada. En las situaciones de conflicto es donde aparece el espíritu de solidaridad y por lo cual supuse que ese día iba a conseguir un amigo de momento para hacer más llevadero el lluvioso recorrido……..pero la realidad me hizo seguir corriendo sola casi todo el trayecto……en un momento me ilusione con una chica que me alcanzo pero rápidamente se me fue el entusiasmo cuando me di cuenta que el español y el ucraniano no tenían muchas palabras en común…….. Sin mayores inconvenientes ese día llegue a la meta y nuevamente solo me esperaba el inflable…….Ahí me di cuenta que el primer día habíamos tenido la suerte de largar primeros y los últimos y mas rápidos llegaban casi al mismo horario que nosotros, por ello la multitud al inicio………como conclusión la soledad en la llegada fue una constante los días posteriores…

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Cuarto día, y el mal tiempo se había instalado. Ya la noche anterior nos habíamos trasladado a Córdoba para largar desde ese lugar. La lluvia y el frio iban poco a poco invadiendo el pueblo y con ella decaía la esperanza del pedaleo a buen ritmo. Largamos bajo una constante caída de agua en un suelo arcilloso en la subida llamada “Del Reventón”. Nunca mejor puesto un nombre!!!!! La gente que alentaba bajo los paraguas realmente nos daba algo de ánimo para no bajarnos de las bicis y tirarlas por la cornisa. Un largo trecho subiendo y luego senderos muy divertidos pero siempre bajo la lluvia que nunca nos abandono hasta el último minuto del último día de competencia. Subir, bajar, bosques, senderos y piedras pero todo en el medio de un chapoteo constante y sin intercambiar un sonido de voz. En un momento de tanto trabar y destrabar los pedales por el barro y las piedras me quedo con un pedal enganchado en la zapatilla……ya a esa altura quería llorar pero no hay cosa más triste que llorar sin un hombro amigo, así que decidí seguir pedaleando hasta el puesto de mecánica, en donde la gente de Shimano, unos genios totales, en 20 minutos me pusieron un pedal nuevo y me cambiaron una cala, lo cual me permitió llegar a la meta con pedales distintos pero sin mayores inconvenientes. Ese día si me sentí que había hecho unos amigos, aunque sea por solo 20 minutos…..
Quinto día salimos para Villaviciosa de Córdoba que es donde se largaba esa etapa. Los 60 km que nos llevo llegar en auto hasta allí fueron con lluvia torrencial y vientos de costado que nos movían el auto. Las ráfagas dijeron que eran de más de 70 km/hora. Cuando llegamos nos avisaron que esa etapa por seguridad de los ciclistas la suspendían. Nunca agradecimos tanto una decisión. Entre el cansancio, el frio y la soledad ya no sabíamos que hacer para motivarnos. Empezamos a observar más detenidamente al resto de los competidores y ahí comenzamos a entender que éramos sapos de otro pozo. Nos termino de caer la ficha de nuestra realidad. Todos llegaban con combis que los esperaban, otros seguían durmiendo porque eran avisados por teléfono de la suspensión de la competencia, y nosotros, los únicos dos argentos, mojados y muertos de frio habíamos estado más de media hora en ese pueblo intentando encontrar desde donde se largaba, porque ni el GPS nos andaba a esa altura……y allí al llegar nos conformaron con un sanguchito de jamón y queso y una botellita de gatorade……..no tendríamos camioneta ploteada, no tendríamos sponsors, pero nuestra actitud la íbamos a mantener 100% intacta……o casi……. ninguna clima adverso nos iba a doblegar.
Sexto día y la lluvia era cada vez peor. Salimos del alojamiento en bici ya solo con la esperanza de que la agonía llegue a su fin. No había forma de entrar en calor ni pedaleando rápido con la campera puesta. Llegamos a la largada y por la lluvia estaba demorada. Con la cantidad de liquido que habíamos tomado nos agarraron ganas de ir al baño. Con la pinta que teníamos chorreando agua del casco y de nuestras narices nadie nos dejaba pasar en ningún bar. En eso vemos uno lleno de ciclistas y allí pudimos entrar. Nos reconforto el calor del baño y pensamos tomar un café, hasta que nos dimos cuenta que no teníamos ni media moneda en nuestros bolsillos. Nos quedamos con cara de disimulo un rato adentro para seguir manteniendo el termostato en caliente hasta que próximos a la largada salimos y allí es donde caímos que nunca íbamos a parecer de las primeras ligas………mientras nosotros escurríamos agua, nos castañeteaban los dientes y la piel de gallina nos transformaba en la imagen de dos homeless tercermundistas, los PRO reales eran masajeados por sus preparadores físicos que hasta le daban calor con su aliento en las rodillas………estaba todo dicho. Ese día solo restaba terminar lo empezado…….

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Largamos bajo un aguacero tremendo que daba miedo. Las cubiertas derrapaban cuando el freno era usado en exceso……luego nuevamente el Reventón como para que no nos olvidemos de Andalucía, y el resto fue de un recorrido absolutamente hermoso de senderos……..si es que no lo hubiéramos tenido que hacer teniendo en cuenta que parecía la cuenca del Rio Amazonas y todos sus brazos juntos!!!!! Terrible las frenadas en las bajadas y la fuerza que había que hacer en las trepadas por las piedras. Cada arroyo que pasaba nos hacía notar que el agua era cada vez más alta hasta el último que lo pase con la bici en lo alto y el agua hasta las rodillas. Me atrevería a decir que mi amigo Pablito que venía unos minutos mas atrás fue tapado hasta en sus partes pudendas. Subidas y bajadas y esta vez absolutamente en soledad llegue a la meta…..y allí me esperaba más soledad aun y una sopa algo fría. La buena voluntad de la gente del puesto de llegada hizo que me reconfortara con unos sanguchitos de jamón y queso mientras me disponía a esperar la llegada de mi compañero de travesía. El viento huracanado hizo que tuvieran que desarmar el inflable y sacar los toldos, por lo que no había nada donde resguardarse de la lluvia. Se fue hasta la sopa que aunque fría estaba rica y el resguardo de los techos. Ya el frio me había comenzado a invadir y los observadores se iba a sus casas en busca de calor. La gente de la ambulancia, calculo que de la triste imagen que estaba dando durante mi espera, me había regalado una manta de polar roja y un papel laminado dorado impermeable para ponerme encima. Ya ni me molestaba esa imagen de mujer maravilla del subdesarrollo que estaba dando……me calentaba el cuerpo y eso era lo único que me importaba hasta que llegara mi compañero. La gente de Shimano me había dejado meterme en su camioneta por lo que entre mi improvisado atuendo, y el calor de los repuestos, la espera se me hizo corta y allí viendo llegar a mi amigo Pablo Luchessi la angustia se transformo en alegría y el frio en calor de felicidad por la meta cumplida……el objetivo había sido llegar enteros y sin ningún traspié y lo habíamos conseguido…….que importaba tener un team, un sponsor, un manager o una combi que hiciera el soporte…..nos teníamos a nosotros que a 14000 km de nuestro hogar, con unas bicis que habíamos probado el día anterior a la carrera, con un clima absolutamente adverso, y sin soporte mecánico, físico ni emocional, habíamos podido terminar la carrera. Con el equipo de Schumagger cualquiera corre…….con la soledad de un homeless pero el espíritu bien arriba pocos se hubieran animado así que brindo por este logro, que aunque los primeros días me la pase preguntando que hacia allí, los últimos agradecí haber participado, ya que hay pocos deportes en donde uno puede estar en los vestuarios de los grandes, y este del MTB definitivamente es uno de ellos.

Pasaron unos días y ya mas descansada me pregunto……. volvería a correrla?????….. y automáticamente me respondo…………………. ABSOLUTAMENTE!!!!!!

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Mountain Bike

Paso Mayer, Argentina – Chile, 2da parte

febrero 27, 2018 — by Andar Extremo0

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La experiencia de los 43 Cruces de Los Andes en Bici, esta vez el cruce Paso Mayer en su segunda entrega, por Nación Salvaje de la mano de Javier Rasetti y Marisol López, nota de la revista n° 48

por Marisol López
fotos Javier Rasetti

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Al otro lado del río
Después de bajar con cuidado una fuerte pendiente de piedras sueltas y caminar varios metros bordeando el río, llegamos hasta el extremo del puente y comprobamos que la impresión que nos había dado a la distancia no estaba errada. Su aspecto no nos inspiraba mucha confianza. Diciéndolo de una manera suave y sutil, teníamos terrible cagaz…susto, de tener que cruzar por aquel esqueleto frágil y oscilante de maderas y alambres.
Debíamos hacer varios viajes por el peso y lo angosto del puente pero antes de que podamos discutirlo, Javi tomó la delantera, se cargó dos bolsos en la espalda y empezó a cruzar despacio y con cuidado. Yo lo miraba expectante desde tierra firme. Cuando llegó al medio del puente, éste se inclinó de golpe hacia un costado y a mí se me cortó la respiración. Miré para abajo. El río pasaba con una fuerza aterradora. Volví a Javi que intentaba mantener el equilibrio. Fueron tan sólo un par de segundos que parecieron eternos, hasta que logró acomodarse y continuó caminando. Finalmente llegó al otro lado, dejó los bolsos y volvió a cruzar, pero esta vez apoyando todo su cuerpo y peso hacia el costado donde el puente estaba más firme, evitando que se incline demasiado.
Al llegar, después de darme mil recomendaciones y asegurarse de que lo había escuchado con atención, pude empezar. Lo hice despacio, concentrada y pisando las maderas que aparentaban un mejor estado. Aunque iba preparada, al pasar por el medio del puente, la pérdida del equilibrio sumado a la fuerte sensación de darme vuelta, me agarró de imprevisto y me dejó congelada en un vaivén estremecedor. De a poco intenté calmarme, respiré profundo y caminé lento hasta llegar a la otra orilla, en la que por órdenes inapelables de Javi, tuve que quedarme sin lugar a oposición.

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“Una vida que, sin lugar a dudas, no era ni más ni menos que la que algún día habíamos decidido vivir”

Fueron en total 7 viajes, 2 de ellos cruzando las bicicletas paradas sin poder aferrarse de ningún lado y haciendo de equilibrista sobre aquel puente inestable. Cuando por fin terminó y llegó sano y salvo a mi lado, se paró firme, relajó el ceño que mantenía fruncido y exclamó orgulloso:-“Viste Sol, pude hacerlo”. Él había superado mucho más que eso, había logrado vencer su miedo a la altura.
Por fin estábamos los dos del otro lado, y lo festejamos con un abrazo rápido, armandos nuevamente el equipo. Eran las 5.30 de la tarde, la noche nos pisaba los talones y una llovizna fuerte había empezado a caer. Teníamos dos posibilidades: tomar una huella de vehículo que iba bordenando el río o internarnos nuevamente en el bosque siguiendo alguno de los senderos. La duda fue breve, decidimos dejar las bicis para caminar más livianos y ágiles por la costa pedregosa e investigar hacia dónde llevaba la pisada.
Después de aproximadamente 4 km bajo el agua, el rastro concluyó en el mismo cauce ancho y con cientos de brazos del que habíamos partido a la mañana. Desde ese lugar podíamos distinguir con claridad lo cerca que estábamos técnicamente del puesto chileno, y lo contradictorio de la situación nos permitió entender que algunas veces las distancias no se pueden medir en kilómetros. A partir de ahí, la huella cruzaba varios arroyos y desaparecía en una llanura de pastos verdes y secos.
La tarde estaba cayendo. Hacía frío y estábamos completamente empapados. Dimos la vuelta y volvimos hasta donde habíamos dejado las bicis. Buscamos rápidamente un lugar donde armar la carpa, comimos algo caliente y nos fuimos a dormir agotados, con la expectativa y la curiosidad aún latentes, de lo que nos depararía el próximo día.

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La picadura
Después de dejar sonar varias veces el despertador, lo apagué y me quedé boca arriba mirando el techo de la carpa y disfrutando del calor de la bolsa de pluma. Javi al lado mío, hacía lo mismo pero a su manera, tapándose hasta la nariz y remoloneando placenteramente. Los dos sabíamos que eran los últimos minutos de comodidad y calidez, y teníamos que sacarles provecho. Después de un rato se hicieron la 8.30 de la mañana. Aún estábamos en algún sitio en medio de la Cordillera y no teníamos idea por dónde debíamos continuar. Tal vez por eso una fuerza inconsciente nos levantó de golpe para terminar con el ocio y encarar el segundo día del Paso Mayer. Fue justo en el momento de salir de la bolsa, cuando sentí un dolor fuerte en el brazo. Era agudo e intenso y se ubicaba en una zona pequeña y puntual. Al mirar, noté que me faltaba un pedacito de carne, parecía una picadura porque estaba roja y un poco hinchada, pero su tamaño me generaba algunas dudas. En el momento no le di importancia, pensé que sería alguna de esas arañas que solían picarme. Me bajé la manga de la camiseta y continué normalmente.

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Desayunamos rápido, armamos el equipo y nos pusimos en camino. No teníamos la certeza de que la huella que habíamos seguido bordeando el río fuera la dirección correcta, ya que lo último que habíamos comprobado es que terminaba en el cauce y desaparecía de golpe. Por eso, antes de decidir, nos propusimos investigar un poco más los senderos en el bosque para analizar las distintas posibilidades. Pero sucedió lo que esperábamos, todos aquellos senderos que deberían ser de animales, nos paseaban por el bosque atravesando Mallines sin llegar a ningún lugar concreto, así que la decisión fue evidente: nos arriesgaríamos a ir donde terminaba la huella.
Una vez más nos quitamos las botas, arremangamos los pantalones impermeables y comenzamos a cruzar arroyos. Un dolor fuerte me recordó que algo no estaba bien y cuando lo miré nuevamente las cosas empezaron a tomar otra dimensión. Tenía el brazo muy hinchado, estaba caliente y colorado, y una línea roja de una claridad estremecedora me subía hacia el hombro. Lo primero que pensé fue en Javi. Si a mí me pasaba algo o si tenía la terrible suerte de que algún bicho venenoso me hubiera picado, el que peor la iba a pasar sin dudas era él. Estábamos en algún lugar en la Cordillera sin saber hacia dónde ir. Yo tal vez me desvanecería, perdería la conciencia, sufriría algún dolor, pero él iba estar desesperado y necesitando ayuda, sin la más remota idea de dónde buscarla. Volví a bajarme la manga de la camiseta y decidí que no podía ser nada grave. Le avise a Javi por las dudas y sin preocuparlo, que una picadura me estaba molestando, pero que seguramente sería a causa de mi alergia.

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Después de atravesar más arroyos y caminar un rato largo, las opciones volvieron a dividirse: un rastro parecía tomar en dirección al bosque y el otro continuaba orillando. Dejamos las bicis y nos dividimos para averiguar qué había más adelante. Yo continué por el río y Javi por el bosque. Iba concentrada investigando el terreno cuando de repente todo a mi alrededor empezó a girar. Fue tan sólo un segundo en el que la peor posibilidad estaba a punto de suceder. Una tonta picadura, un detalle que no habíamos tenido en cuenta y el mundo que giraba sin detenerse. ¿Me iba a desvanecer? ¿Caería desplomada en aquel suelo de rocas hasta que me encuentre Javi?. Repetí en voz alta “Javi!” y dije “no, esto no va a pasar!!”.Respiré tan profundo como me lo permitieron los pulmones, mientras intentaba recuperar el equilibrio. El mareo se detuvo y volví a caminar rápido hacia donde habíamos dejado las bicis, con el miedo latente de que vuelva, de perder el horizonte y la realidad. Cuando llegué a las bicis Javi no había regresado. Volví a respirar para tranquilizarme.
Estudié la situación: ¿cómo estaba?, ¿qué sensaciones tenía?. Me parecía importante estar atenta a otros posibles síntomas que puedan alarmarme. Cuando él volvió contento porque había encontrado el camino que nos llevaría hasta el puesto de gendarmería, yo no tuve nada que decir. Me sentía bien, el mareo no había vuelto y la noticia de tener por fin un rumbo definitivo me dejaba mucho más tranquila. Tras algunos metros, el camino apareció perfectamente definido. No había dudas que era el correcto. Las emociones hicieron erupción en un grito que no pude contener: “jujuyyyyy!!!”, exclamé con los brazos en alto y la felicidad de estar por lograrlo. “Jujuyyyy!!!”, repetí con la misma intensidad fabricando una nueva onomatopeya con la que poder escribir nuestra historia.

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Algunos metros más adelante el camino definido dio paso a un sendero ancho y bien marcado. Volvimos al bosque y al ejercicio de cruzar arroyos, hasta que apareció un campo enorme de pastos bajos rodeado de montañas, y pudimos pedalear. La ansiedad distorsionaba los kilómetros y la distancia parecía cada vez mayor. El Paso Mayer nos daba la impresión de un punto suspensivo, sin final. Y entonces a lo lejos vimos el brillo de un cartel, atravesamos una tranquera y llegamos.
Antes de bajar hacia el puesto nos abrazamos, bailamos frente al cartel y nos volvimos a abrazar, porque era la mejor forma que encontrábamos de inmortalizar el momento.
Finalmente llegamos al puesto argentino, donde los gendarmes nos recibieron con la bondad a la que nos tienen acostumbrados, dándonos un lugar donde dormir, mates calientes, guiso de fideos y pastillas para la picadura. El brazo me preocupaba, estaba cada vez más hinchado y rojo y la herida se había agrandado supurando un líquido inquietante. El enfermero del puesto me tranquilizó diciéndome que era la picadura de un alacrán pero que no parecía nada grave. Me recomendó ir a ver un médico y me dio antibióticos por una posible infección.
Quedaba una larga distancia hasta tomar la ruta 40, y ellos ofrecieron acercarnos con el camión algunos kilómetros hasta una estancia donde tenían que ir a buscar carne. Yo quería llegar cuanto antes para que me vean el brazo, porque la simple acción de agarrar el manubrio y apretar el freno se me volvía dolor y dificultad.

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Al tercer día de Paso Mayer subimos las bicis al camión para bajarlas unos 50 km más adelante, donde el paisaje se volvió estepa y viento. Nos despedimos con el agradecimiento y los abrazos que parecen nunca ser suficientes, y empezamos a pedalear hacia nuestra querida ruta 40. El viento nos sorprendió por la espalda empujándonos con fuerza hasta el asfalto, sin mucho esfuerzo. Miramos hacia la Cordillera Tres años atrás en nuestro primer viaje, habíamos pedaleado por ese lugar. En aquel entonces apenas llegábamos a percibir la oportunidad de un nuevo destino, sonriendo felices e inquietos con la vista perdida en esas mismas montañas que nos acompañaban desde lejos. Transitamos nuevamente ese lugar y los recuerdos se nos atoraron en la garganta. La vida se había vuelto una moraleja perfecta, un cuento de posibilidades ilimitadas. Una vida que, sin lugar a dudas, no era ni más ni menos que la que algún día habíamos decidido vivir.

www.pedaleandoruta40.com.ar

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ATACAMA CHALLENGER, Chile 2017

febrero 19, 2018 — by Andar Extremo1

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Por María Laura Giuliani

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Del 21 al 23 de abrilde 2017, durante 13 horas, 15 minutos y 5 segundos, cerré sistemáticamente los ojos con el anhelo ferviente de abrirlos y haberme reencarnado en un camello. En realidad, cuando me anoté en una carrera por el desierto (el más árido del mundo según la NASA), no lo asocié con arena, arena, más arena y tanta arena! El análisis limitado fue mío, igual agradecí la no reencarnación, porque en este momento sería complicado explicar el par de seductoras ondulaciones en mi espalda.
El primer día lo llamaron: “climb vertical”. Juro que ya me anoté en un curso acelerado de inglés para que la próxima vez que lea “climb” lo asocie con “trepada” y me remita al primer párrafo en donde decía desierto, o sea arena…….y al menos lo piense dos veces.
Tardé casi 4 horas en hacer 33 km en donde casi el 30% de la etapa, la tuve que caminar. En el km 19, en el puesto de hidratación, tuve que parar a llorar un rato para tranquilizarme y visitar el atrás de una piedra, hasta que me di cuenta que no me convenía, porque al perder líquido, corría riesgo de deshidratación ya que estábamos a casi 4000 metros de altura. Corté el trámite, sequé mis lágrimas, me tomé una pastilla de sales de rehidratación y seguí pedaleando desesperadamente a 7 km/hora, aproximadamente.
El segundo día prometía darme revancha, ya que tenía partes más técnicas en donde me defiendo mejor. Subidas, bajadas y obvio, más arena, hasta que sentí que la rueda trasera derrapaba y, con la mayor desazón, vi que había pinchado. Por suerte, me ayudaron en un puesto y me dije: vamos por más, pero a los 500 metros, la rueda nuevamente pedía aire. Absolutamente desesperanzada, me abalancé ante el primer pedaleante que osó pasar por el sendero y encarecidamente le pedí un inflador. Amablemente, un ciclista del país hermano, se ofreció a inflar y en ese momento, cual Mc Gyver en su apogeo, me acordé que tenía “LA GOTITA DE POXIPOL” en mi mochila!!!! Mientras mi amigo de momento echaba aire por dentro, yo por fuera sellaba con el preciado pegamento que milagrosamente tapó el agujero de la cubierta. Vamos, le dije a mi salvador y pedaleando con actitud, llegamos a la meta cumpliendo la etapa!!!!

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Para el segundo día, había intercambiado diálogo con la mitad de los participantes y hasta había recibido una propuesta de matrimonio de un simpático chileno!!!! El tercer día, sí que no tengo de que quejarme, porque fue un deleite para nuestras retinas!!! Pedalear por arena hacia arriba para llegar a una cornisa, en donde veíamos hacia abajo todo lo que habíamos pedaleado el día anterior, no tenía precio. Pasábamos de unas trepadas donde pensábamos que íbamos a tocar el sol, a unos descensos en donde no alcanzaban las pastillas de freno para no morir entre las piedras. Qué adrenalina!, qué placer! Es cierto cuando dicen que la adrenalina inhibe el miedo.
Cómo se puede pedalear y charlar al mismo tiempo, no lo sé, pero lo que sí se, es que cuando esto se transforme sólo en una competencia, abandono la bicicleta, ya que lo mejor que uno se lleva de estas competencia es la interacción con los que nos rodean. Las carreras pasan, los podios también, pero lo que para mí siempre va a quedar en el recuerdo, es la gente que me sigo encontrando en las carreras y me dice “hola Mari como estas tanto tiempo”, porque la conocí en Huilo Huilo, en Pucón, en el Trasmontaña, en el Pinto, en Tandil, o en tantas otras carreras a donde fui, disfrute y compartí…porque de eso se trata, de compartir momentos, y disfrutar experiencias.
Nunca hay que olvidar, que nuestros mejores logros aparecen cuando vencemos nuestros mayores miedos!!!!

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La Carretera Austral, La Vida de Viaje, Primera Parte

diciembre 12, 2017 — by Andar Extremo0

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Andres Calla y Jimena Sánchez se aventuraron a los 1247 km de esta rica y bella carretera. El primer relato de una serie, donde nos cuentan el inicio de la travesía “Al Sur del Sur”. Nota en la revista n° 47

Por Jimena Sánchez y Andrés Calla
Texto y fotos

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Dejamos atrás el cruce de los Andes y el lago del Desierto. Estamos en Chile en el puerto de Candelario Mancilla, a punto de subir las bicicletas a un barco, mientras un marinero agarra una soga para sujetarlas en la proa. Entiendo el mensaje subliminal e imagino la batidora que se avecina, pero es la única forma de llegar al kilómetro 1250 de la Carretera Austral. Si bien ahí termina esta ruta escénica, para nosotros es el comienzo. En el fin está el principio de todo.
Definitivamente este barco es un zamba. En una tele pasan un documental del sur de Chile que dura casi todo el viaje —deben de ponerlo para que no pensemos en barcos a la deriva, Titanic, Leonardo Di Caprio y esas cosas—, pero casi todos nos quedamos dormidos al minuto 30. A esta altura, poner el cerebro y los sentidos en “modo avión/barco” debe ser un mecanismo de defensa para escaparnos de la realidad.
Arribamos al puerto, acomodamos las alforjas, nos sacamos la foto con el cartel de bienvenida “fin de la Carretera Austral” y estamos listos para salir hacia Villa O’Higgins, pero… nos falta un pedal. Sí, llegó el día de pedalear los primeros kilómetros de la Carretera Austral y la bici de Andrés está renga. El cruce a Chile desde el Lago del Desierto había dejado cicatrices en el equipo, e hicimos lo que se hace con este tipo de problemas en estas latitudes patagónicas: improvisar y tratar de resolver la situación. Sacamos la soga naranja flúor de su hamaca paraguaya —comentario de color por fuera de esta crónica: quiero que sepan que la usó solo dos veces en todo este viaje— y esta vez no me queda otra que dejarme remolcar. Hacemos 8 kilómetros y llegamos a la Villa casi a oscuras.
En la galería de El Mosco (camping donde nos quedamos dos días) hay más de cinco bicicletas estacionadas, cubiertas desgastadas colgadas de la pared, alguna que otra alforja usada y apilada en una de sus esquinas y un sinfín de portaequipajes rotos. Es como un cementerio de bicipartes: toda una señal de lo que está por venir. Santos —un brasileño que está arrancando su viaje por la Carretera—, Nelson —un chileno de unos 50 años que junto con su mujer acaban de terminarla— y un holandés —que no sabemos de dónde viene ni a dónde va pero con su corto español entendemos que está preocupado por su calentador que no funciona—, se convierten en nuestros consejeros para ver cómo solucionamos el gran dilema gran de la bici de Andrés.
El gabinete sesionaba en la cocina todas las opciones posibles desde la más simple hasta la más compleja, y cuando el silencio anticipaba un problema que no se iba a poder resolver, un chiste destrabó el enigma:
Nelson: —che, Holandés. Hoy dormí con tu bicicleta, no sea cosa que mañana cuando te despiertes le falte una parte jajaja.
Holandés: —jaja yo tengo que seguir pedaleando, ¡por qué no le das tu bicicleta que vos ya terminaste!
Silencio en la sala.
Japón se queda pensando. ¡Eureka! A desarmar la bici de Nelson.
Nelson gira la multitool asegurándose de que todos los tornillos queden en su lugar,mientras la palanca empieza a reconocer su nuevo cuerpo. Andrés se sube, da una vuelta manzana y nos da el visto bueno a todos. Tener este problema solucionado en un pueblo donde la bicicletería más cerca está a 234 kilómetros es todo un logro. Ahora sí estamos listos para empezar a rodar por la ruta escénica de la Patagonia chilena: la Carretera Austral.

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Los primeros kilómetros son una sucesión de momentos en estéreo: subidas de ripio cortas pero intensas. Árboles y plantas de cuatro verdes diferentes. Hojas del tamaño de orejas de elefantes. Puentes colgantes con tirantes de metal. Ríos sin nombre. Ríos con nombre. Una curva larguísima con un lago que tiene el mismo sonido que el mar. Mosquitos grandes como moscas. Montañas con glaciares colgantes. Piedras gigantes derrumbadas Colibríes que hacen con sus alas el mismo sonido que un flipbook. Flores rojas, amarillas y blancas en la banquina. Cinco cascadas en una misma montaña. Cascadas que salpican y pasan por debajo de la ruta. Pajaritos panzones y curiosos que se acercan sin miedo. Cortes abruptos en paredes de piedra y líneas que atestiguan el paso de los glaciares que ya no existen. Subidas de ripio eternas con caída libre a la mismísima nube. Viento que hace bailar a los árboles. Muchísima lluvia
Buscamos un refugio para protegernos de la cortina de agua que cae sin piedad sobre nosotros, cuando decidimos abortar la misión. Nos dijeron que está cerca del kilómetro 50, pero ya vamos 53 y nada. Estamos cansados y la ropa impermeable nos pesa, queremos sacar la carpa y armarla en cualquier lugar cuando vemos una arbolada a menos de un kilómetro. Si ahí llega a estar el refugio nos quedamos, y si no, también. Pedaleamos ya sin fuerzas y con el humor en su punto de ebullición, cuando nos damos cuenta de que no hay ningún refugio pero sí un puesto. Mientras los perros ladran nuestros pasos, se asoma por la ventana un hombre con boina negra y camisa marrón que nos hace señas para entrar. “El refugio está a un kilómetro sí, pero no debe de quedar leña seca, pueden pasar la noche acá”.
Entramos al puesto, está calentito. Colgamos la ropa en unos palos de madera que están por encima de la cocina económica mientras silba una de las tres pavas. “Yo sé lo que es pasar frío, a veces voy pa’ la montaña y paso días empapao”, nos cuenta Don Beta, el gaucho que cuida estas 40 hectáreas y las 150 vacas que están pastando a la redonda. Pierdo la cuenta de la cantidad de mates que nos tomamos mientras charlamos sobre su trabajo en el campo, los cicloturistas que ve pasar por la ventana en verano, sus días como cocinero, guardaparque y puestero; las “señoras” que hacen muchas cosas a la vez y que por eso se les pasan las tortas fritas, las internas con su socio, la radio que nunca enciende para no dar noticias de dónde está ni qué está haciendo, los sonidos para llamar a su caballo y a sus perros cuando sale a arrear vacas, cómo un puestero debe hacerse valer y no sé cuántos temas más hasta, que nos sirve un té y un plato de carne tierna con cebollita picada. Nos da su habitación para que descansemos y él se queda sentado en la silla desde donde nos contó la historia de su vida.

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Nos despertamos y sigue lloviendo, no paró en toda la noche. Parece que la nube está estacionada arriba del puesto de Beta sin querer moverse. A las 9 de la mañana y con mate en mano, limpia la mesa, agarra la harina, unos huevos y con las manos empieza a preparar la masa para unas tortas fritas. La deja leudar y una vez lista la estira con su palo de amasar improvisado —una botella de ron añejo—, la corta a ojo tirando diagonales con una simetría casi matemática, y sumerge cada torta en una olla. “Yo no las hago con aceite porque se te pegan los dedos, las señoras las hacen así pero quedan más sequitas con grasa de vaca”. Al rato están listas y no podemos resistirnos a la tentación de probarlas mientras conversamos sobre la tradición del mate en Chile. Con Beta dan ganas de quedarse charlando, pero al mediodía acomodamos el equipo, guardamos diez tortas fritas en una bolsa y nos despedimos del primer personaje de este viaje.
Los próximos 50 kilómetros caminamos y pedaleamos por igual, nuestro estado físico no está en su mejor momento. Las subidas son largas y empinadísimas y las pupilas aprovechan el paso lento para colgarse de las alas de los cóndores, del sonido de las cascadas y de los glaciares colgantes. Subimos no sé cuántos metros hasta que la lluvia empieza a apurar nuestros pasos. Cuando se larga el diluvio, decidimos frenar al costado de la ruta e improvisar un techo con el cubre de la carpa y los bastones de trekking. Tomamos un té caliente, comemos unos panes con miel y las tortas fritas de Beta y al rato, cuando para un poco, volvemos a andar. Le pido al cielo que pare de llover, pero no me escucha.
Al kilómetro 45 el GPS marca que faltan más kilómetros de los pensados para llegar a Puerto Bravo, desde donde sale la balsa para cruzar a Puerto Yungay, y hacemos el último esfuerzo del día con el estímulo de saber que la noche nos espera en un refugio. Después de más curvas, más subidas y más lluvia, llegamos. Un cicloviajero abre la puerta y nos saluda en inglés mientras apoya su ropa mojada sobre su bicicleta. Su novia está adentro, sentada en un banco y con la bolsa de dormir como acolchado. Mientras nos cambiamos y armamos un tender con unos sunchos, el chico agarra su guitarra y empieza a tocar unos acordes. Quien iba a pensar que íbamos a terminar el día con un acústico en primera fila.

4

Al otro día nos levantamos temprano y mientras guardamos el equipo llega un micro con turistas que nos miran y nos sacan fotos como si fuésemos piezas de un museo. Llega la barcaza y empieza a chispear. La lluvia en estos pocos días fue tan intensa que Andrés y yo necesitamos un respiro. Ni bien llegamos a Puerto Yungay, el cielo esta vez parece que sí escucho nuestras plegarias porque no solo salió el sol sino que además hace calor. Los primeros diez kilómetros son en subida y siendo el tercer día de pedaleo consecutivo, las piernas responden con diferencia horaria. Caminamos más de lo que pedaleamos, alcanzamos el punto más alto y empezamos a bajar hasta la ruta que llega a Caleta Tortel.
Durante estos kilómetros tobogán nos terminamos de enamorar de la Carretera Austral. Hay una frase de Darwin que dice: “todo en este continente austral ha sido calculado a gran escala” y eso es exactamente lo que pasa acá: todo es exagerado, la tierra salvaje, las montañas escarpadas, el agua rebalsa y se filtra como ríos buscando el océano. De este tramo no sacamos ni una foto: hubiese sido como poner en pausa el final de una película que te atrapó durante toda la trama o frenar una montaña rusa en un rulo lleno de adrenalina. En la cabeza nos quedaron grabados:
los árboles altos como rascacielos
la velocidad en las curvas
las rocas y sus cascadas escondidas a la izquierda
el precipicio con troncos color ceniza a la derecha
la ruta que serpentea y dibuja una S perfecta
mi cara de “pedalear esta ruta fue una de las mejores decisiones de mi vida”
la cara de Andrés de “quiero volver a subir para volver a bajar”
nuestros ojos brillosos
nuestra sonrisa de alegría

5

Los 20 kilómetros que siguen nos hacen saltar: hay mucho serruchito y piedras grandes como cascotes. Algunos autos nos pasan tan rápido que nos envuelven de polvo. La última subida se nos hace interminable hasta que llegamos al estacionamiento de Caleta Tortel: acá se dejan los autos, las camionetas, las motos y hasta las bicicletas porque no hay cemento ni calles ni veredas ni plazas. Hay pasarelas de ciprés y pérgolas como puntos de encuentro con vista a los fiordos chilenos.
“En este pueblo parece que la gente se esconde. Mientras la lluvia retumba en los techos de madera, por las pasarelas no se asoma ni un ojo. Lo recorremos con la mirada: es una geografía en eterna construcción. Al ciprés ya no le crecen más ramas porque su descendencia fue hecha pueblo. El avioncito de madera que sobresale de un techo, la cocina económica que se oxida en el muelle, el perro que olfatea el mallín, las chimeneas que forman nubes y las pérgolas que miran a los fiordos. Todo eso al mismo tiempo y en modo random. Los turistas salen a caminar por la tarde, los mercados aprovechan para ofrecer verduras, panes amasados, duchas de agua caliente y botellas de ron. Poquito a poco el sol le guiña el ojo a la luna y la noche se apaga. No hay luz artificial y hasta las estrellas se callan” (anotaciones en mi cuaderno de viaje, febrero 2017).
Continuará…

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Paso Mayer, 43 Cruces de Los Andes en Bici

diciembre 11, 2017 — by Andar Extremo0

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“Nación Salvaje” el nuevo nombre de los viajes que emprenden Javier Rasetti y Marisol López. En esta entrega, nos cuentan la primera parte de la experiencia del cruce Paso Mayer, un lugar raro, desolador y aventurero, por donde se lo mire. Nota en la revista n° 47

por Marisol López
fotos Javier Rasetti

1

Voy a hablarles de un lugar que no existe, y lo haré despreocupadamente, sin calcular ventajas o desventajas literarias. Voy a contarles la historia de un paso donde el único camino posible es invisible al ojo humano, porque se va construyendo metro a metro a medida que se lo recorre. Voy a tomarme libertades necesarias, absurdas e incoherentes, como: la voz ronca y erudita de un bosque generando opiniones o la picadura mortal de una araña que se volvió alacrán. Voy a tener que hacerlo…tomarme el atrevimiento de pasearlos por un mundo que no existe. Al terminar, antes de posar mi dedo en el punto final que defina el relato, voy a buscar en el espacio en blanco, su mirada incrédula, expectante o acusadora, para asegurarles de frente y sin rodeos que yo, una vez estuve ahí.

El camino invisible
Mientras hablaba, levantó la mano y apuntó hacia uno y otro lado, completamente indiferente a nuestras miradas que atentas desde el otro lado del escritorio, seguían cada uno de sus movimientos, buscando en ellos alguna señal decisiva, tal vez el sonido de un martillo determinando una sentencia.
“El puesto de gendarmería está justo del otro lado, por ahí, en línea recta, pero la verdad es que yo nunca fui. La mayoría de los que vienen así como ustedes, intentan cruzar pero después se pierden y tienen que volver.”
Nunca le preguntamos su nombre, era el carabinero de turno la tarde en que llegamos al puesto Chileno del Paso Mayer y, su actitud desinteresada ante todas nuestras dudas e inquietudes sobre aquel camino misterioso, nos hizo comprender de inmediato que Mayer era un paso muy distinto a lo que estábamos acostumbrados. Aún no lográbamos deducir qué tipo de dificultades nos esperaban, pero la sensación era clara e intensa, sea cual sea, nos iba a correr los límites.
Al día siguiente, la mañana despertó nublada y fría. Aún entredormida estiré los brazos por fuera de la bolsa de pluma, y me llevé las manos a la cara. El tacto era áspero, pero eso no me resultó extraño. Acaricie mis labios paspados y subí un poco más hasta llegar a los ojos para frotarlos con fuerza – despertáte Sol, despertáte – repetí para mis adentros batiéndome a duelo con los sueños.
“¿Todavía seguís medio dormida, no?” – me pregunto Javi mientras estábamos parados en la entrada del puesto de carabineros con las bicis cargadas y dos mochilas grandes sobre la espalda. Recién cuando me hizo esa pregunta pude volver a la realidad. Aquella otra parte de mí, mecánica e inconsciente, me había hecho el favor de trasladarme hasta el lugar en donde me encontraba y entendí que ya era hora de hacerme cargo. Abrí grande los ojos y miré por primera vez, lo que no esperaba más adelante:
A lo ancho y largo de todo lo que nos rodeaba se extendía el colosal cause de un río que no era uno sino miles de pequeños y serpenteantes brazos de él. Quise decir algo pero el viento frío me seco la boca que aún permanecía entreabierta, y las palabras quedaron mudas. Estábamos frente a un camino invisible, trazado por ingenieros sencillos y anónimos, que habían ganado sus títulos a costa de pieles curtidas y arreo de animales.

2

“Hay un puente de un baqueano. Van a tener que encontrarlo, el rio está muy crecido y ese puente es la única forma que tienen de cruzar.” Esa había sido la última información del carabinero antes de despedirnos, y aquellas palabras no cesaban de reproducirse en nuestras mentes, mientras la vista buscaba algún indicio, huella, minúscula pista, que nos permita descifrar la dirección que debían tomar los primeros pasos. Nada apareció y tuvimos que actuar: nos sacamos las botas y avanzamos descalzos, guiados por una capacidad que había pasado inadvertida a lo largo de nuestras vidas, pero que en ese momento se volvió una herramienta vital para poder continuar, la ilimitada capacidad de la intuición. Al principio, el caminar fue torpe y lento, el tacto frío del agua, la piedras hundiéndose en las plantas de los pies y la inquietante sensación de ir construyendo el camino en cada nueva huella que dejábamos, nos volvía precavidos e indecisos.
“Por acá, Sol, vamos por la izquierda, intentemos subir y agarrar por el bosque”, Javi me hablaba con el agua lodosa tapándole las piernas hasta las rodillas, mientras avanzaba concentrado, analizando el terreno, con la vista atenta en el presente inmediato y los obstáculos a atravesar, pero con la preocupación y la curiosidad intentando anticiparse a lo que vendría más adelante. Así fue como de a poco dejamos atrás el lecho del río para encaminarnos hacia un horizonte de Mallín, donde la marcha se tornó aún más lenta y difícil. La superficie tenía una apariencia de pastos verdes e indefensos, pero bastó con hacer algunos pocos metros para que el terreno se vuelva una especie de arena movediza de barro que nos succionaba con fuerza, transformando cada movimiento en una lucha agotadora.
Tiramos las bicis donde pudimos, y nos separamos en distintas direcciones con el objetivo de encontrar la manera de sortear el Mallín y descubrir alguna otra alternativa de itinerario posible. Y en ese momento fue cuando las líneas del mapa que íbamos trazando se detuvieron de golpe y enloquecieron, creando dibujos incomprensibles que daban vueltas sin sentido de un lado a otro, volviendo la cartografía de nuestro recorrido un disparate de líneas hacia ningún parte.
Después de varias idas y vueltas, trepé entre árboles por una lomada y encontré un rancho deshabitado del que salía una senda que subía en dirección al bosque. Corrí, corrí muy fuerte por ella, con la mirada ansiosa e inquieta de haberla encontrado, deseando profundamente que siga, que no se termine, que sea más que huella, que se vuelva la oportunidad que necesitábamos. Llegué agitada hasta toparme con el bosque donde la senda se volvía más fina y menos perceptible, volví sobre mis pasos y corrí nuevamente pero esta vez en dirección opuesta para buscar a Javi y mostrarle la posibilidad de que la líneas del mapa vuelvan a retomar su rumbo.
Fuimos a buscar las bicis, nos pusimos las botas, y tomamos el camino que finalmente nos internaría en el bosque.

3

Relato de un bosque
La ilusión que nos conquistó el cuerpo cuando encontramos el sendero, se esfumó rápidamente apenas recorrer los primeros metros de aquel bosque. Estábamos envueltos en una espesura verde y frondosa. La luz del día se había vuelto tenue y selectiva, iluminando sólo los sectores que esa inmensa arboleda se lo permitía, y dejando todo el resto bajo sombra y humedad.
“Se terminó el camino Sol”, dijo Javi. No fueron palabra dichas a la ligera, antes de que se tome el derecho de pronunciarlas, habíamos realizado un rastrillaje exhaustivo del terreno, llegando una vez más a la única y repetida conclusión con la que habíamos partido y que al parecer nos estaba costando asimilar: en Mayer no hay camino.
Miramos el bosque inquietos, era hermoso y agresivo, me lo transmitían la forma de sus plantas silvestres, las ramas bajas tapando el paso, sus raíces deformes cubriendo todo el suelo. Era uno de esos bosques que inspiran respeto, un rebelde, un ermitaño, un salvaje. “Quizás nos ayude” – le dije a Javi con la mirada hacia arriba apuntando a la copa de un árbol, mientras internamente un deseo ridículo se apoderaba de mis ideas. Ojalá, ojalá pudiera saber de qué forma nos está viendo el a nosotros ahora:
Primero apareció el hombre. Venía algo transpirado y con la mirada alerta. Llegó hasta el tronco de un árbol para apoyar su bici, volvió sobre sus pasos y dio un grito fuerte que me agarró algo desprevenido:-” ¡¡¡Sooool!! “. Al otro lado, abriéndose entre ramas y árboles, una voz de mujer le respondió de inmediato -” Sí, acá Javi… ya voy, ya voy!” . Ambos se movían muy despacio, controlando cada paso que daban como si algo crucial pudiera definirse en ello. Mientras caminaban, no apartaban su mirada de mí, estudiándome minuciosamente de arriba a abajo y de uno a otro lado, con sus ojos grande y abiertos. Por alguna razón yo los ponía nerviosos, era evidente, me tenían un respeto inesperado que hasta llegaba a resultarme algo exagerado y gracioso. Se detuvieron y charlaron. Intenté descubrir qué edad tendrían, parecían jóvenes, pero algunas arrugas en su frente y al costado de los ojos no me dejaban definirlo con exactitud. Los había visto de todas las formas: gordos, altos, musculosos, de edades y colores, pero ninguno de esos factores me parecía relevante. Siempre me habían generado ese inevitable sentimiento de compasión. No debería ser fácil tener la responsabilidad de una vida tan corta… 80 o 90 años con suerte. Por eso, intentaba no juzgarlos, aunque no lograra entender la dualidad de sus actos y esa continua contradicción que los caracterizaba y los hacía llamarse humanos. Tenían miedo, un miedo atroz que los volvía vulnerables y tontos, que los apartaba de las cosas simples y reales para llenarlos de trivialidades innecesarias. Yo creo que le temían a la muerte, a sentirse débiles o vulnerables, por eso necesitaban la arrogancia, llamar la atención sin importar el costo, gritarle al mundo de lo que son capaces haciendo un esfuerzo desmedido por mantener posturas que sólo ellos llegaban a comprender. Yo los veía como pequeños brotes, con apenas unos cuantos siglos en el planeta, creciendo muy lentamente. Unos pequeños y complejos brotes a los que les faltaba más experiencia para lograr entender el lugar que ocupan y, a los que les quedaba un largo camino para llegar a sentirse en paz.

4

“¿Y si seguimos por acá, parece que hay una huella marcada después del río? Qué pensás vos?”, le decía a Javi relajada, queriendo ocultar los nervios que se acumulaban en el estómago. Eran las 3 de la tarde y ya habían pasado más de 6 horas desde que habíamos salido del puesto de Carabineros. El avance se hacía cada vez más complejo.
Apoyamos las bicis prestando mucha atención al lugar exacto donde las dejábamos y nos fuimos a buscar opción que nos permita continuar. Después de cruzar varios ríos, seguimos algunas huellas de animales esperando que puedan aportarnos una dirección más concreta del rumbo, pero tampoco funcionó. Estábamos perdidos, dábamos vueltas sin sentido, seguíamos insistiendo, yendo y viniendo de uno a otro lado, pero el tiempo pasaba sin encontrar soluciones. La preocupación se incrementaba y el puente parecía una fantasía inalcanzable. Llegamos hasta un nuevo río y mientras yo me sacaba las botas para cruzar, Javi dio tres saltos rápidos y llegó al otro lado.
“Voy a ver más adelante. Ya vuelvo”, me gritó y se alejó corriendo.
Apenas lo vi desaparecer empecé a desatarme los cordones con mayor prisa. No me gustaba la idea de separarnos demasiado, perderse en ese lugar era mucho más probable de lo que estábamos acostumbrados y teníamos que tener cuidado de no confiarnos más de la cuenta. Javi no lo vio así. Terminé de cruzar el río, lo espere un rato largo y no apareció. Intenté calmarme, convencerme de que llegaría en cualquier momento y aguardé un rato más. Después de 40 minutos, él seguía sin volver. Me puse a gritar pero nadie me respondió, sólo se escuchaba el sonido del río y las ramas de los árboles sacudiéndose por el viento. Un escalofrío penetrante me recorrió el cuerpo erizándome la piel. Caminé hacia donde lo había visto alejarse y seguí la dirección que me pareció más probable. Grité más alto, tomé el silbato de la mochila y lo soplé con fuerza, y seguí gritando:- “Javiii…”. El sonido del bosque me resultó aterrador, no sabía qué hacer. Mi cabeza no dejaba de sacar hipótesis: Y si se perdió?, y si esta lastimado?. Tenía miedo, un miedo distinto al habitual porque era mucho más real y concreto. Intenté recordar exactamente sus últimas palabras: “Ya vuelvo”.

5

Nuestro destino podía llegar a cambiar a partir de esa frase. Estaba enojada con él, hablaba sola y en voz alta “cuando vuelva lo mato, cómo me va a hacer esto”: El sonido de mi voz se percibía pequeño e insignificante. ¿Y si no vuelve?, y si realmente le pasó algo? Corrí, corrí hacia ningún lado y grité en un aullido desesperado “Javiiiiii…”
Del otro lado, finalmente apareció su voz:-“Sol, acá estoy”, venía apurado y sonriente. Se acercó y con los ojos brillantes y una sonrisa amplia me informó:-“Encontré el puente”. Yo no sabía si pegarle, abrazarlo hasta que anochezca o dejarme desvanecer para que comprenda el susto que me había hecho pasar. :-“Perdón. ¿Estabas preocupada no?, pero lo encontré, encontré el puente Sol”. Tardé unos minutos en terminar de ahuyentar los fantasmas que me habían gobernado el cuerpo y finalmente lo abrace, feliz de tenerlo conmigo y de que haya podido encontrar el puente.
Mientras regresábamos rápido a buscar nuestras bicis, Javi no dejó de hablar:-“Tuve la seguridad de que lo iba a encontrar, no me preguntés por qué, pero lo sabía, y cuando lo vi no lo podía creer. Igual, mirá que está lejos y hay que atravesar un bosque achaparrado bastante inaccesible para las bicicletas. Pero está ahí, de alguna forma tenemos que llegar…”
A partir de que tomamos las bicis y conseguimos retomar el rumbo hacia el puente, los pasos modificaron su actitud y se volvieron firmes y decididos, bajando y subiendo montañas por rocas y pedregales, atravesando bosques achaparrados, bajos e impenetrables, sin que el cansancio o los obstáculos pudieran resultar un limitante. Íbamos movilizados por el motor más grande que puede darte cualquier aventura que emprendas, la posibilidad de alcanzar el objetivo, la arrolladora emoción de volverla realidad.

6

Javi iba por delante abriendo paso. Hizo los últimos metros de bosque hasta llegar a un precipicio, paró de golpe y señaló hacia el rio sin poder disimular el entusiasmo:- “¿Lo ves? Ahí está, llegamos al puente, Sol!!”. Con el cuerpo cubierto de pinches y moretones, me acerqué ansiosa para poder mirarlo por primera vez. Estaba lejos y apenas lo llegaba a distinguir. Tenía el aspecto de un hilo frágil y enclenque, flotando en la inmensidad de la naturaleza. Era el único vestigio del hombre en El Paso Mayer y resistía colgado, meciéndose de un lado al otro, los embates del viento. Fueron apenas unos pocos minutos los que permanecimos parados observándolo, pero fueron los suficientes para que los latidos atenúen su marcha y la inquietud que nos había llevado a las corridas hasta aquel lugar le de paso a la emoción.
“Llegamos Javi! Por fin llegamos!!!”

*continúa en revista 48

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http://www.pedaleandoruta40.com.ar

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16 años Viajando en Bici, Pablo García terminó su proyecto Pedaleando el Globo

octubre 30, 2017 — by Andar Extremo0

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El domingo 27 de octubre a las 12 horas en el Obelisco de la ciudad de Buenos Aires la sirena de los bomberos y un centenar de ciclistas acompaño los últimos kilómetros que recorrió Pablo García de su interminable viaje por el mundo. Familiares, prensa y espectadores, emocionados le daban la bienvenida al ciclo viajero más importante que ha tenido nuestro país.

2

En 2001 comenzó su gran travesía por el mundo, luego e vivir 5 años en Brasil, se vino pedaleando a Buenos Aires en 1999, organizó el viaje y salió a recorrer el mundo primero fue África, luego, Europa, Asia, Oceanía y terminó con América.
Con 167500 km pedaleados y un total de 105 países conocidos Pablo, “el embajador de los sueños” como se escuchó ayer en su gran llegada triunfal al Obelisco de Buenos Aires.

3

Con 85 kilos a cuestas, es lo que pesa su bici, Pablo puso fin a este gran proyecto que durante el transcurso de más de una década lo financió vendiendo fotos, con un libro de su autoría, y con un documental.
Con Andar extremo estuvimos en su llegada y estas fueron sus palabras..

4

Como sigue esto luego de 16 años de conocer el mundo?
Me gustaría seguir relacionado con la historia del viaje, tengo mucho material de video y me gustaría transmitir al pasión que le metí a todos estos años.

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Te imaginabas este recibimiento?
En verdad no me emocione mucho, me hizo valor todo y afirmar que la muestra de esto es que se puede, que uno puede ir tan lejos como quiera, el ciclismo se está desgarronando cada vez más y tenemos muchísimos viajeros. Les agradezco a todos por el recibimiento.

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www.pedaleandoelglobo.com

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Paso Portezuelo de la Divisoria

octubre 4, 2017 — by Andar Extremo0

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En el proyecto 43 Cruces de Los Andes en bici entre Argentina y Chile, esta vez, Javier Rasetti y Marisol López, nos cuentan la experiencia del séptimo cruce Paso Portezuelo entre El Chaltén y Villa O’Higgins. Con ustedes, la emoción y la aventura en un recorrido inolvidable. Nota en la Revista Andar extremo n° 46

Por Marisol López fotos: Javier Rasetti

1

Una pequeña senda de barro y raíces sube en medio del bosque. Un mosquito se posa en la frente pero las manos están ocupadas empujando, intentando ayudar al resto del cuerpo que, aunque parezca algo chico y flacucho, siempre saca fuerzas de algún rincón terriblemente testarudo y empecinado que me permite dar otro paso más. Y el mosquito? que pique nomás, ahora estoy ocupada.
Arriba me espera Javi que saca fotos y se ríe. “Vamos Sol, dale!!”, me dijo, y seguí empujando concentrada y contenta porque sé que mientras bajo la mirada, mientras los pies avanzan un poco más y la transpiración me cubre la cara, Javi me sigue mirando sonriente y seguro de que voy a llegar.
Se llama Paso Portezuelo de la Divisoria, pero pocos saben su nombre real dado que se lo conoce como el cruce O’Higgins. Une el pueblo del Chaltén en Argentina con el de Villa O’Higgins, en Chile, y para poder realizarlo hay que cruzar dos lagos y hacer un trekking de 8km por el bosque.
Eran pasadas las 12 del mediodía cuando salimos de El Chaltén rumbo al Lago del Desierto, y la balsa que nos cruzaba a la punta norte del lago salía a las 16.30hs. Teníamos 38 km de ripio por delante y cuatro horas para llegar. “Hay que pedalear, si pedaleamos llegamos… como vos quieras, Sol”. Sabía a qué se refería Javi cuando decía “Hay que pedalear”, con los ojos que saltaban del entusiasmo. Definitivamente, había que intentarlo. “Lleguemos a la balsa”, fue la única respuesta que se me ocurrió darle. A partir de ese momento, nos subimos a las bicis y como si con el hecho de decirlo se activaran los mecanismos de nuestros motorcitos internos, nos fuimos alejando mucho más rápido de lo que hubiéramos imaginado.

2

Atrás quedaban 15 días que particularmente me marcaron profundo, en los que tuve la posibilidad de caminar aquellas montañas con mi papá después de un año de tener que nombrar la palabra cáncer más veces de lo que hubiéramos querido. Mientras un aparato de rayos, el cuerpo y el miedo a la pérdida, se transformaban en una de aquellas imágenes que congelaban el tiempo, mi papá se paraba firme y con las manos en los bolsillos por el frío, estiraba el cuello y sonreía como un nene, con una sonrisa eterna de ojos brillantes mirando un glaciar… yo me la guardaba bien adentro por el resto de mi vida.
Atrás también quedaba una casa que se iba levantando entre ladrillos, cemento, cal y todo el amor inabarcable de dos padres por su hija, de una pareja construyendo una vida juntos, de una nena dulce y hermosa soñando con una habitación del color de las jirafas, y de una amistad que me hace decir gracias en voz baja, mientras escribo.
Disfrutar de mi papá en uno de sus rincones del mundo favoritos, luego de un año difícil de estar peleando contra el cáncer, fue maravilloso.
Poder ser parte y testigo de un momento tan importante en la vida de Evan, mi gran amiga, mientras se hacía su casita en El Chaltén, también se habían convertido en parte de este viaje…de estos Andes en bici que no paran de movilizarnos y regalarnos oportunidades.

3

Eran las 16.15 cuando llegamos al Lago del Desierto muy sonrientes y cansados, justo a tiempo para tomar la balsa. A partir de ahí, el cruce dejó de ser de dos para multiplicarse por 4. Con Jime y Andrés nos conocemos desde el 2014, la relación primero fue virtual pero, de a poco los caminos, elecciones y visión del mundo empezó a juntarnos, y para cuando nos dimos cuenta ya estábamos ideando viajes grupales. Ellos tenían su proyecto, nosotros el nuestro, y las rutas no coincidían hasta esa tarde en el Lago del Desierto, frente a la balsa que nos llevaría hacia la otra punta donde tendríamos días de risas y recuerdos juntos.
Para llegar a la punta norte, donde se encuentra el puesto de Gendarmería Argentina, se puede optar por dos alternativas: hacerlo en una balsa que demora 40 minutos o, rodear el lago a lo largo de un trekking de 12 km por el bosque. Nuestra primera reacción fue entusiasmarnos con el trekking y descartar la balsa pero apenas nos pusimos a averiguar un poco más, no hubo ninguna persona de las que lo habían recorrido caminando, que nos incentive a ir con las bicis. Según decían, era un sendero exigente con caminos angostos y saltos de agua que lo cruzaban, por lo que las bicis podían llegar a complicar demasiado el avance. Así que después de seguir insistiendo y averiguando un poco más, nos decidimos finalmente a tomar la balsa. Estábamos al principio de la temporada, aún no teníamos experiencia en bosque y aunque sabíamos que no era algo imposible de hacer, de a poco íbamos aprendiendo que la búsqueda del equilibrio trata también de humildad y de aprender a decir que no cuando las condiciones no nos acompañan.

4

Por eso es tarde, subimos a la balsa pero, para ser totalmente sinceros, mientras tomábamos un chocolate caliente, cómodos y mirando por la ventana, no pudimos evitar ir con la vista clavada en la costa intentando descubrir por dónde iría el sendero, en qué parte subiría o se pondría intransitable. Era normal y no era la primera ni la última vez que nos pasaba, teníamos la eterna melancolía por lo desconocido.
Yo cortaba la zanahoria en una tablita chiquita y movediza, haciendo todo lo posible para que no termine en el suelo, pero mi esfuerzo al parecer no era suficiente, así que Jime la iba atajando en el aire y la ponía en el sartén. Cocinábamos a dos fuegos, en medio de lengas y ñires, charlando de a ratos, pero con la mirada ausente y las voces sin palabras durante otros, porque atardecía en la Punta norte del Lago del Desierto y cada uno se despedía del Fitz Roy a contraluz y en silencio.
Si hay algo que nos moviliza en esto de andar recorriendo y cruzando la cordillera 43 veces, es todo lo que podemos descubrir y aprender al mismo tiempo. Después de nuestra primera temporada de tres meses en los Andes del norte, sabíamos cómo desenvolvernos en altura, con tormentas eléctricas o aludes. Habíamos perdido el miedo al desierto, la falta de reparo y agua, lo inhóspito de sus distancias. Ahora estábamos en la otra punta del mapa y una vez más nos sentíamos unos novatos frente a una montaña distinta.

5

Salimos esa mañana desde el puesto de Gendarmería hacia Candelario Mancilla, con entusiasmo y curiosidad por lo nuevo. Improvisamos un bikepacking casero porque teníamos varias horas de trekking por el bosque con subidas angostas y suponíamos que íbamos a tener que cargar la bici en más de una oportunidad. Vaciamos las alforjas traseras, las pusimos adentro del bolso estanco y cargamos las mochilas con el mayor peso, para que la bici quede más liviana y maniobrable.
El gendarme nos mostró la dirección y fue hacer algunos pasos para que el camino se vuelva una pequeña senda en subida de tierra y raíces. Alrededor nuestro, el bosque se cerró tapando todo el cielo. El mensaje parecía claro: entrábamos en su reino, un reino que nos cargaba de un sentimiento ambiguo e intenso. En aquel túnel de verdes y ramas, nos sentíamos protegidos, como si todo ese frondoso y húmedo bosque estuviera ahí para abrigarnos, repararnos del viento y la lluvia, ofrecernos arroyos de agua y, definitivamente, enamorarnos. Cada uno de los elementos que nos rodeaba era tan perfecto, que la ubicación en tiempo y espacio podían desaparecer, dejándonos hipnotizados y sonrientes.

6
“Podemos descubrir y aprender al mismo tiempo”

Si por alguna razón, la senda se perdía o el camino se dividía y no sabíamos por dónde continuar, aquel mundo que nos cobijaba, nos atraparía convirtiéndose en un laberinto. Tal vez por eso habíamos coincidido en tomarnos esos kilómetros con calma, no había por qué apurarnos. Nos encontrábamos en medio de todo lo que habíamos deseado y era nuestra responsabilidad ser conscientes y disfrutarlo.
Subimos con la transpiración pegada al cuerpo, lento y entre risas, porque alguno se quedaba trabado en las raíces y había que rescatarlo, porque mi frente era una roncha enorme de picaduras y porque los músculos, se cansaban de empujar..
Cruzamos un arroyo con cuidado y paciencia, después cruzamos dos, tres, cuatro arroyos más, y lo que había empezado con una revisión minuciosa de cuál sería la mejor forma de vadearlo, se volvió un desparramo de saltos improvisados.

7

Jugar
Cuando éramos chicos, no había absolutamente nada que pueda ser más importante. Me recuerdo con mis hermanos comiendo a las apuradas o esperando con impaciencia que se pase la hora de la siesta con el único y fundamental objetivo que movía nuestra pequeña existencia: JUGAR.
Si a los 8 años nos hubieran puesto a los cuatro con nuestras bicis en medio de un bosque, estaba claro en qué hubiéramos ocupado el tiempo. Ahora éramos adultos y hacía rato habíamos decidido tomarnos las cosas importantes con responsabilidad. Teníamos tiempo y un bosque increíble…no había dudas sobre qué era lo que teníamos que hacer: VOLVER A TENER 8 AÑOS.
“huet..huet..huet…huet!!!”

8
“Íbamos aprendiendo que la búsqueda del equilibrio trata también de humildad y de aprender a decir no, cuando las condiciones no acompañan”

Apenas lo escuchamos empezamos a buscar por todas partes hasta que apareció. Dio algunos saltitos, de una rama al barro, del barro a un tronco y se acercó a nosotros. huet..huet…siguió insistiendo. Era chiquito, con los ojos grandes y oscuros y no dejaba de repetir su nombre. Nos quedamos quietos para no asustarlo, porque sabíamos que usualmente permanecen escondidos, pero nuestra presencia parecía no importarle demasiado y hasta nos daba la sensación de que era él quien nos estaba observando a nosotros. Qué suerte la nuestra, nos habíamos encontrado con el Huet-Huet más curioso de la Patagonia y había decidido salir a presentarse:
“El Huet-Huet, es un ave de 22cm que habita el bosque andino-patagónico y la selva Valdiviana. Tiene patas bastante largas, adaptadas a la vida en el suelo. Es buen caminador, vuela poco y su coloración mimética lo protege de sus depredadores.”
Dejó que lo grabemos, le saquemos fotos y cuando creyó que ya había hecho lo suficiente, desapareció. Guardamos el equipo y seguimos avanzando felices, con el oído más atento y la sensación de que no sólo el Huet-huet nos estaba observando escondido desde algún rincón.

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Pasaron las horas, el hito no aparecía, y el camino seguía jugando a los obstáculos: por acá un árbol caído, por ahí un mallín con mucho barro. El:-“che no llegamos más!!”, de a poco empezó a tomar protagonismo hasta que a lo lejos vimos que el bosque se abría y la luz del sol entraba con fuerza. Llegamos al límite a las 4 de la tarde y a partir de ahí, la posibilidad de subirnos a las bicis.
La sensación de volver a deslizarnos con el vientito pegando en la cara fue extraordinaria, aunque no duró mucho tiempo. Un poco más adelante, Andrés nos esperaba a un costado del camino con uno de los pedales en la mano. Nos faltaban 14 km hasta Candelario Mancilla y tener que llegar caminando cuando podíamos pedalear, era la última opción en la que queríamos pensar. Se pusieron a buscar soluciones hasta que después de intentar y descartar todos los arreglos mecánicos posibles, Andrés la miró a Jime y le dijo -“Vamos a tener que remolcar mi bici con la tuya”. Pensamos que era un chiste, pero él no se reía -“Necesitamos una soga o algo con lo que podamos engancharlas”, agregó. Cuando nos dimos cuenta, estábamos camino a Candelario Mancilla con Javi y Andrés que habían descubierto en las bajadas y el remolque de bici, un nuevo entretenimiento.
En el instante que lo vimos, tuvimos que respirar profundo y contener el aire por unos segundos: el Lago O’Higgins era de uno de los turquesas más grandes e intensos que hayamos visto antes.
A partir de entonces, una bajada fuerte y larga nos llevó hasta Candelario Mancilla. Pasamos por el retén de carabineros, hicimos los papeles y preguntamos los horarios y días de la balsa que nos tenía que cruzar hasta Villa O’Higgins. “Mañana al mediodía tendría que venir la lancha chica, pero si el tiempo sigue así no creo que cruce, hay viento y el lago esta picado”, nos respondió el carabinero.

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José Candelario Mancilla Uribe fue el primer pionero que llegó a poblar la zona en el año 1927 y en su homenaje bautizaron el lugar con su nombre. “Era mi papá”, me dijo una anciana bajita, mientras se acercaba para ofrecerme un mate caliente y me señalaba una foto en blanco y negro que colgaba de la pared. La hija y los nietos de Candelario Mancilla son los únicos habitantes de esa zona. Desde que el cruce comenzó a ser transitado, encontraron en el turismo una herramienta más de subsistencia. Aman el lugar donde viven, me lo dijeron con una sonrisa grandota. Si hay algo que aprendí de la gente que vive en la montaña, es la capacidad que tienen de comunicarse con movimientos, gestos o un simple mate.
Al día siguiente la lancha no vino, y eso nos obligó a descansar y disfrutar sin culpas. Javi y Andrés se fueron a pescar mientras nosotras dormimos una larga y reparadora siestita.
Eran las 10 de la mañana y había dos opciones para llegar a Villa O’Higgins: cruzar el lago en una lancha pequeña y mucho más económica que salía al mediodía o, esperar hasta las 6 de la tarde a que la balsa grande vuelva de hacer la visita que ofrecían al glaciar O’Higgins y pagar varios chilenos más. Con Javi no teníamos mucho que pensar, queríamos llegar lo antes posible al pueblo para poder salir a pedalear hacia Mayer, próximo cruce que nos tocaba recorrer. Jime y Andrés estaban con muchas ganas de conocer el glaciar así que nos despedimos con la seguridad de que sería el comienzo de muchos viajes juntos.
Entramos a la lancha y el capitán gritó en voz alta a modo de advertencia:-“¿alguien se portó mal? Porque el lago está enojado. Va a ser un viaje movidito “, pero nadie le dio mucha importancia, al fin de cuentas era un lago, ni el rio, ni el océano…un simple lago de aguas hermosas y transparentes. ¿Qué podía salir mal?
“Quiero llegar…por favor, por favor, por favor…lo único que quiero es pisar tierra firme!” La lancha se levantaba en el aire y caía de punta, golpeando el agua con tanta intensidad que era imposible pensar que esas paredes de fibra pudieran soportarlo mucho más. Nos agarramos de donde podíamos, hicimos chistes ridículos para intentar suavizar el momento, pero la lancha se levantaba y caía una y otra vez provocando un estruendo espantoso.
:-“Ni loca voy a cruzar el Atlántico en velero!!!”, le grite a Javi
:-“¿Y cuándo ibas a cruzar el Atlántico en velero Sol?”
:-“Yo que sé, alguna vez en la vida”
Paaaffff!!! La popa de la lancha volvía a golpear con fuerza:-“Ni loca cruzo el Atlántico en velero Javi, ni loca!!”.
Después de tres infinitas horas, la lancha se acercó al muelle y pudimos bajar. Me saqué el chaleco salvavidas, pisé suelo con firmeza y miré el lago por última vez antes de salir a pedalear los últimos 8 kilómetros que nos separaban del pueblo “Gracias”, le dije por lo bajo para que sólo él pueda escucharme. El hermoso O´Higgins me había dado una anécdota más que recordar.
Qué lindo es pedalear…mis piernas giraban, subiendo y bajando un entretenido camino de ripio que bordeaba la montaña. Antes de llegar al pueblo cruzamos un puente en el que pudimos leer un cartel: “Rio Mayer”. Era el primer contacto con lo que estaba por venir y los dos pasamos despacio. Era ancho, oscuro, y las aguas pasaban con fuerza envolviendo todo el lugar con su sonido. Los poco que sabíamos sobre el Paso Mayer era que la dificultad más grande que se no podía presentar, podían ser los ríos que teníamos que vadear, sumado a que no había camino, ni senda marcada. Seguimos pedaleando hasta Villa O´Higgins con la imagen y el sonido de aquel río continuamente presente. Una sensación extraña nos presionaba el pecho… no era algo lógico, ni se podía explicar con palabras, pero se sentía claro e intenso en todo el cuerpo.
Mayer. Iba a ser una nueva e inolvidable historia…

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Mountain Bike

11000 KM EN BICICLETA DE NICARAGUA A SANTA ROSA

julio 21, 2017 — by Andar Extremo0

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UN LARGO CAMINO A CASA El martes 31 de enero Andres Peters llegó a su casa de Santa Rosa, luego de casi un año de pedaleo. Sin dinero, recorrió los 11000 kilómetros que lo separaban de su familia, viviendo una experiencia inolvidable.

Entrevista a Andres Peters

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Qué te llevó a hacer este viaje?
Es una historia larga. Viajar siempre estuvo adentro mío, siempre lo soñé, pero este viaje surgió medio a los ponchazos después de un accidente que tuve en bicicleta cuando tenía 24 años. Siempre ponía excusas: el tiempo, el dinero… sentía que tenía que trabajar más para poder salir. A partir del accidente en el que me atropelló un auto y quedé inconsciente, cuando me desperté me pregunté: si no me despertaba, qué hubiese pasado?. Hasta allí llevaba 10 años de mecánico y eso me hacía viajar. Lo de la bicicleta fue algo que estaba buscando en mi vida, pero en ese momento creo que me agarró la crisis de los 30. Arranqué en Panamá, porque había hecho cursos de buceo y podía trabajar de guía. Caí en Bocas del Toro y al pisar el muelle me di cuenta que era hermoso pero ese no era mi lugar. En ese momento lo principal que aprendí fue a escucharme, y darle importancia a lo que me pasaba internamente… si uno no está bien con uno mismo no está bien en ningún sitio. Al seguir buscando rumbo, conocí una pareja de españoles que iban a Costa Rica y me fui con ellos hasta Punta Arenas. Llegué a San José a buscar trabajo y en ese momento pasé por una tienda de bicicletas y dije: y si me vuelvo en bici a mi lugar, a donde está mi familia?. De ese modo, sabía que iba a gastar poco y ver mucho. Entré y conocí a Teo, el vendedor, y a partir de ese momento comenzó mi viaje, acompañado por la amabilidad de la gente.

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Viajar en bicicleta, es la velocidad justa para conocer?
Cuando era más chico había hecho un viaje en moto desde Talca hasta el norte y sur de Perú, en un Honda CG 150 que de por sí no tenía mucha velocidad. En este viaje volví a pasar en bici por un tramo que realicé en moto y me llamó la atención, porque lo que había tardado un día, lo hice en 4 pero me di cuenta que antes no había conocido nada. Viajar sin dinero también me hizo aprender a ser más básico y a contactarme más con la gente. Compartí mucho con las personas de los lugares y con mochileros, a mí no me veían como un turista sino como un viajero y así me abrieron puertas de casas sin importarle quién era. La bici es mágica en ese sentido.

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Cómo fueron los primeros momentos del viaje?
Fueron raros porque yo no tenía equipamiento, sólo una mochila de 80 litros a la que le saqué el alma de aluminio, la hice un acordeón y la acomodé en la parrilla. Después me fui comprando accesorios, pero la salida así fue toda una experiencia. Antes de empezar a bajar, fui de Costa Rica a Nicaragua, un país muy pobre que no está acostumbrado a ver ciclistas y por ende no hay herramientas, así que salí muy desorganizado. En Nicaragua llegué a Granada, donde un amigo me esperaba. Allí haríamos algún trabajo así ganaba dinero y bajaba tranquilo. Cuando llegué Nicaragua pasé la frontera y visité el primer pueblo llamado Rivas; en ese momento llegó un mensaje de este amigo diciendo que había un cambio de planes y se iba a República Dominicana con su mujer. Quedé allí sin nada. Pensé en vender la bici pero era tan pobre que hubiese sido imposible, así que me fui a una isla llamada Ometepe, formada por dos volcanes. Allí conocí un argentino que le decían el “Che” y me dio una mano muy grande haciéndome trabajar en su bar durante tres meses. A fines del 2015 se venían las fiestas y extrañaba mucho, y pensaba que no iba a volver más… estaba viviendo como un isleño. Un día al terminar de hablar con mi familia, volví muy triste y el “Che” me vio y sin dudarlo me confesó que tenía un dinero guardado por si el restaurant le iba mal, y me dijo:- andá a ver a tu familia. Vine a Santa Rosa, pasé las fiestas, junté dinero pintando casas, y volví en febrero de 2016 a Managua. Devolví el dinero, agarré la bici de la isla y encaré el regreso a Argentina. Bajé de Nicaragua a Costa Rica, trabajé con una familia juntando alimento balanceado para vacas y con eso me pagué el avión de Panamá a Cartagena, Colombia. De allí subí a las playas de la Costa Blanca y de allí comencé a descender haciendo Colombia, Ecuador, Perú, Chile hasta la Serena. Crucé paso de Aguas Negras a San Juan, Mendoza y la Pampa.

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Cómo influyó el viaje en tu modo de pensar?
Traté de estar lo más consciente posible para vivir ese día a día del viaje, a pesar de que sabía que se iba a acabar. Cada momento era único y el hecho de sobrevivir y necesitar sólo la comida, me generó menos pretensiones en la vida. Me marcó mucho la gente, su apertura, el disfrute diario de viaje…vivir el presente es lo mejor.

Cómo fue llegar a tu casa?
Llegar a casa fue raro. Viví un año en carpa, a excepción de las veces que me prestaron departamentos o me dejaron dormir en casas…la verdad que llegar, bañarse todos los días y cocinar en casa es muy bueno. Tampoco caí que terminé el viaje recientemente. Necesito todavía andar descalzo, estar afuera, andar en bici… la verdad que se hace un estilo de vida diferente. Imagináte que pasé de juntar todo lo que se les caía a los camiones que llevaban verduras o frutas a tener una heladera llena de comida. Te acostumbrás a lo que el cuerpo te pide: agua y un plato de comida, todo lo demás no tiene el valor que se le dá en la ciudad. Uno lo sufre y lo disfruta.

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Geográficamente qué es lo que más te gusto?
Me gustó mucho la montaña, la selva, el sur de Ecuador y el norte de Perú, el desierto de Atacama fue increíble, las noches y los cielos.

Te cambió la visión de la vida?
La bici te hace pensar mucho, es terapéutica. Necesitaba el cable a tierra consciente o inconscientemente, tenía que encontrarme conmigo mismo. Necesitaba respuestas a mis preguntas de la vida. Me di cuenta de que hay otra vida, que hay otra forma de vivir. Siempre tuve el sueño o la locura de viajar sin retorno, de recorrer, pero nunca me había animado. Salir sin tiempo no tiene precio.

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Tenés proyectos a futuro?
Me gustaría trabajar con energías renovables con lo que sé de mecánica, pienso ayudar a viajeros y aportar lo que aprendí en el viaje, y tengo un viaje con un sobrino de 14 años que me sorprendió que a su edad quiera viajar y vivir una experiencia así.

Qué relación tenés con Alberto Torroba, uno de los viajeros en velero más sorprendentes a nivel mundial?
Alberto Torroba fue mi inspiración. A los 16 años miré una nota sobre su historia, en un medio local de Santa Rosa. Viajó hace 30 años, dio la vuelta al mundo en barcos que él mismo armó e incluso escribió un libro sobre su experiencia en altamar. Al ver que él era de mi misma ciudad me dije: por qué yo no puedo hacer un viaje así?. Un día, sentí su voz en mi taller, con su tono característico que me había quedado garbado desde el día que vi el video. Con 28 años, me presenté y las palabras que él me dijo sentí que me acompañarían para siempre. Yo estaba planificando el viaje y había estado un año y medio armando la moto y haciéndole reformas muy quisquillosas. Se la mostré a Alberto porque sabía que le gustaban las motos y en un momento me miró y dijo: -No te tiene que importar, lo que te tiene que importar es el viaje!!!. Al otro día vendí la moto y compré una más chica… pasó a un segundo plano el vehículo. También conocí a Luna Torroba, la hija, que es boxeadora nacida en Cali y tiene pariente allí en Colombia, que en el viaje pasé a visitar.

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Agradecimientos
A mi familia que me apoyó a pesar de hacer esta locura, a los que formaron parte del viaje y me dieron desde un vaso de agua hasta una cama.

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Carreras de aventuraMountain Bike

Trans Andes Challenge, Chile

junio 9, 2017 — by Andar Extremo0

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Entre el 23 y el 27 de enero, se corrió la novena edición de la épica carrera de mountain bike en la Patagonia chilena. Con 5 etapas de 323 km en total y un desnivel acumulado de 11325 metros, se desarrolló íntegramente en las cercanías de Huilo Huilo y tuvo la participación de más de 282 personas de 30 países. En esta nota, los relatos de Fabián Pellegrini, corredor del Team Mercerat y enviado de la revista Andar Extremo, y Gonzalo Trotta, Team Leader de Toto Training, quien trajo un onceavo puesto en la general y primer lugar en su categoría .

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Siendo una de las 10 carreras más importantes a nivel mundial, el Transandes presentó varios cambios en su novena edición mostrando un crecimiento indiscutido y celebrado por el mundo del ciclismo. Uno de ellos fue la inauguración del Transandes Enduro, donde durante 3 días los endureros pudieron comprobar la calidad de la organización y las condiciones que existen en la Reserva Huilo Huilo para la práctica de esta disciplina del MTB.
También fueron notables las modificaciones en el formato de competencia: se acortó la prueba de 6 a 5 días, mantuvieron toda la competencia en un único campamento, y habilitaron el Pack Self Support.
El poder realizar todo en un lugar, facilitó la logística y permitió entregar un servicio de mejor calidad. A su vez, se encontraron senderos nuevos e increíbles para realizar una travesía con calidad internacional, como la que hubo. Las etapas más cortas con mayor cantidad de caminos y altimetrías, hicieron que los tiempos empleados se mantuvieran como en las ediciones anteriores.
Por otra parte, el haber habilitado el Pack Self Support (cuyo costo de inscripción era mucho menor), permitió al competidor la autogestión en su alimentación, servicio técnico y alojamiento. Tanto los hoteles y cabañas de Huilo Huilo, como los distintos alojamientos de Neltume y Puerto Fuy, estuvieron repletos de competidores haciendo uso de los servicios, siendo éste un aporte concreto para la economía local.

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El gran ganador de este año fue Russell Finsterwald, quien triunfó en la clasificación general. Eyair Astudillo fue el segundo puesto, y Walter Martínez estuvo en tercera ubicación. Pedro Avilés y Nicolás Delich ganaron en equipos. Kaysee Armstrong mostró enormes progresos respecto al 2016, adjudicándose el triunfo entre las mujeres, y Mary McConneloug y Michael Broderick, se consagraron como vencedores en equipos mixtos. Chichi García, Claus Plaut y Carlos Cardemil, fueron los únicos competidores que participaron en cada una de las 9 ediciones de Transandes.
El mejor argentino posicionado fue Francisco Voto, quien quedó en un quinto lugar, décimo primero ingresó el platense Gonzalo Trotta y, en la decimosegunda posición, Ezequiel Cuevas. Entre las mujeres, la mejor argentina fue Valeria Iriarte que corrió en Team mixtos.

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Fabián Pellegrini: amistad, senderos y mountain bike
Todo comenzó cuando mi amigo Gabriel Gómez me convenció en julio del año pasado de correr una carrera: la famosa Transandes Challenge. A partir de ahí, fueron seis meses dedicados a preparar la logística del viaje, entrenar, asesorarnos con el Dr. Pedro Billordo (cardiólogo, deportólogo y corredor de carreras de larga distancia) acerca de cómo debíamos alimentarnos, hidratarnos y descansar durante la competencia, para que el desafío no fuera una tortura.
El domingo 22 de enero llegamos a Huillo Huillo, reserva natural en medio de la montaña poseedora de una vegetación y fauna increíbles. Ese sería el centro de operaciones del evento. Nos acreditamos, escuchamos la charla técnica y fuimos a la cabaña donde íbamos a hospedarnos, para preparar las bicis, el equipamiento, cenar lo que nos preparaba nuestra cocinera nutricionista Laura, esposa de Gabriel, e irnos a dormir.

1° Etapa: 75km, 2200 metros de ascenso acumulado
Largamos a las 9.30 hs. Había más de 300 corredores en menos de trescientos metros. El circuito cruzaba por un sendero ancho dentro de un bosque de la reserva, que prácticamente la mayoría (salvo los pro) lo tuvo que hacer caminando porque por la pendiente y el tipo de suelo era muy difícil de pedalear.
Cuando pudimos subirnos a la bici para empezar, habíamos recorrido 2 km y escuché que Gaby me gritó:-“pará, que corté la cadena!” Arrancamos, no sé cómo… debe ser ese instinto que aparece en momentos así. En tiempo record pusimos un cierre rápido que llevaba Gabriel en la mochila.

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Seguimos, sabiendo que había que recuperar tiempo perdido pero sin matarnos, porque recién empezábamos. Subidas interminables por lugares maravillosos, bajadas muy rápidas por caminos difíciles y otras muy técnicas por senderos inimaginables, se acumularon para completar las 5 horas 35 minutos que nos llevó la etapa.
Al terminar, nos dimos cuenta que la rueda trasera de la bici de Gabriel estaba muy frenada, porque se había doblado el disco de freno. Era por eso que sentía que algo rozaba desde los primeros kilómetros.
Mi bici tenía el fusible torcido, producto de una caída que tuve antes de largar la etapa mientras precalentaba y que casi me deja afuera de la competencia. Eso hizo que durante la carrera la transmisión no trabajara, y la cadena se me saliera no menos de 30 veces. Fue un primer día hermoso por la experiencia, recorrido y dureza, pero para el olvido por los problemas técnicos.
Nos alimentamos e hidratamos en el puesto de llegada y, sin perder tiempo, nos fuimos a la cabaña. Dejamos las bicis y caminamos cien metros para ir al río y poner las piernas bajo el agua. Almorzamos y más tarde pusimos a punto las bicis para el día siguiente. Fuimos a la charla técnica y entrega de premios a las 19hs, volvíamos a la cabaña a cenar y nos acostamos a dormir. Esta rutina se repetía todos los días de la competencia.

2° Etapa: 2200 metros de ascenso acumulado, 55km
Amaneció fresco y nublado, no hacía el calor del día anterior. Los primeros treinta y pico de kilómetros, fueron en ascenso por caminos anchos, senderos y bosques. Gran parte del recorrido se hizo a velocidades muy lentas, sobre todo al final de la trepada donde la pendiente aumentó significativamente. Como para completar, nos empezó a acompañar una llovizna fría que hizo más duros los últimos kilómetros. A partir de ahí, inició el esperado descenso por senderos indescriptibles entre la exuberante vegetación selvática de la reserva de Huillo Huillo, caminos de cornisa, bajadas muy técnicas que no permitían darse el lujo de distraerse ni un segundo. Fueron 15 km de descenso permanente, imposible de explicar con palabras, sobre todo para los que no tenemos frecuentemente acceso a ese tipo de geografía. Terminado este tramo, quedaban unos pocos kilómetros más y después de 4 horas y 11 minutos, finalizamos la segunda etapa.

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3° Etapa: 2330 metros de ascenso acumulado,52km
Según los organizadores, esta jornada fue la más dura, y no mentían. Después de 15 km de subida casi permanente, llegamos al primer puesto de hidratación. En todas la etapas había dos puestos en el recorrido, con variedades de frutas, geles, barritas, papas, chocolates, caramelos, confites sabor café (que eran mis preferidos), gaseosas, agua, y todo lo necesario para reponer energía. Dos kilómetros después, le hice señas a Gabriel porque estábamos pasando al equipo norteamericano que venía tercero, y con el ritmo que traíamos nos alejábamos de ellos cada vez más.
Aún restaban 25 km de subida según marcaba la hoja de ruta, así que decidimos mantener ese esfuerzo mientras durara la trepada, para sacar una buena ventaja que nos permitiera sostener el descenso. En el kilómetro 35 pasamos por el segundo puesto de hidratación pero no paramos… me quedé con la ganas de los confites pero venir terceros era mucho más emocionante. Siguió una bajada de poquitos kilómetros por calles anchas y, de nuevo a trepar. La pendiente fue aumentando y aumentando hasta tener que hacer el último tramo caminando por un sendero casi vertical. Si caminar era difícil, con la bicicleta a cuestas y después de 40 km de subida permanente, había que poner mucho más que el físico para no desistir en el intento. No se terminaba más, y el equipo norteamericano no aparecía, eso nos motivaba a continuar metiendo garra. Siguió una subida pedaleable, mucho menos dura, pero con las piernas pidiendo clemencia en la bajada de caminos muy rápidos y técnicos. Hicimos lo mejor posible, y eso nos permitió seguir terceros. Sólo quedaban 2 km en falso llano. Apretamos los dientes y llegamos a la meta. Nos fundimos en un abrazo con Gabriel, se nos cayeron un montón de lágrimas de emoción. 4 horas, 22 minutos: podio. Valió la pena el esfuerzo.

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4° y 5° Etapa: 2000 metros acumulados 50km
Por las altas temperaturas la organización decidió suspender la contra reloj (cuarta etapa), y a las 9.30 largamos la quinta etapa. Eliminaron una dificultad que aparecía a los 5 km, y empezó el día con una interminable subida que nos llevó hasta el mirador, donde estaba el teleférico de la reserva. Casi al final de esta trepada, nuevamente hubo que caminar porque la pendiente no permitía pedalear. Un poco más corta que la del día anterior, pero aún causante de ganas de llorar, empezaba a odiar a los trazadores del circuito. Llegando a la cima, dejé la bici y volví unos metros corriendo para ayudar a Gabriel a cargar la bici y ganar tiempo. Llegué hasta donde estaba, agarré su bici y empecé a subir de nuevo caminado mientras mi compañero engañaba al cansancio viendo como una iguana verde (que nunca vi), cruzaba el camino. De ahí en más, fue un corto trayecto de falso llano y nuevamente el descenso por senderos muy técnicos y divertidos que nos llevaron a la fuerza a mejorar la técnica. 4 horas 15 minutos, etapa terminada.

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6° etapa: 39km, 1800 metros de ascenso acumulado
La última etapa era la más piadosa según el racebook, aún no sabemos por qué. Volvimos a subir por unos senderos muy angostos que no permitían el paso de más de una bici por vez, luego hicimos una pequeña pausa para cruzar por un puente colgante en el que no podían transitar más de cinco corredores por vez. Más subida hasta el kilómetros 27, y empezó un falso llano que duró hasta los últimos 5 km, donde llegó nuevamente la bajada y otra vez senderos super técnicos. Descendimos 700 metros en 5 kilómetros. Aprendías o aprendías. Así llegamos a la meta y final del Transandes 2017. Nos dimos un fuerte abrazo con Gabriel y otra vez se soltaron muchas lágrimas de emoción. Fue una carrera que superó ampliamente nuestras expectativas. Fue el evento y la experiencia más maravillosa que hemos vivido en el mountain bike, tanto por los lugares donde corrimos, como por la prolijidad de la organización. Como le dije al director del evento:-“simplemente muchas gracias…”

Gonzalo Trotta: años de entrenamiento, conducta y confianza
Corro hace más de 9 años y compito hace 4. Trabajo desde hace 7 años como entrenador y corro para una marca que se llama Top Mega. Llegué al Transandes por alumnos que ya tenían decidido ir y me motivaron para atreverme a mi primera competencia internacional. Cuando me inicié tenía muchos sueños que los fui poniendo como metas y a medida que se iban concretando, todos tenían que ver con la constancia.

Cómo viviste el Transandes?
La decisión de ir no se planteó con mucho tiempo de anterioridad. Unos amigos que iban a ir me incitaron a que los acompañe y me convencieron. Cuando me embarqué en los entrenamientos y la planificación, sabiendo lo que era la carrera, había que entrenar muchísimo. Fue una experiencia espectacular ya que nunca había corrido una carrera de etapas y la exigencia no era sólo física sino también psicológica

Habías corrido alguna otra carrera internacional de esta relevancia?
No, fue la primera vez. A nivel nacional sí he corrido carreras de Rally o Rally Maratón  de hasta 120 km pero nunca una carrera de etapas de tantos días como la Transandes.

Cómo te preparaste?
Estaba terminando la temporada y ni siquiera tuve tiempo de hacer un parate, opté por seguir con la planificación, con volumen importante de horas de entrenamiento para llegar de la mejor forma. En cuanto a la parte física, empecé una pretemporada con la progresión en el gimnasio, haciendo mucho trabajo de fuerza de distinto tipo y después fui incrementando el volumen de pedaleada. También me ordené en la vida cotidiana y laboral para hacer dobles y triples turnos.

Cuántas horas te llevaba esa preparación?
Diariamente eran entre 3 y 5 horas las que llegué a entrenar, sumando muchos kilómetros de fondo, para mejorar capacidad aeróbica. También, dentro de la preparación, tuve muy presente la importancia de la alimentación y suplementación. Ahí me contacté con el Dr. Pedro Billordo y él nos enseñó los períodos y momentos de la suplementación: el antes, durante y después, para poder rendir mejor y retrasar la fatiga.

Tuviste muchas modificaciones en la alimentación?
Si bien uno tenía algo de idea, la corrección fue más en las cantidades y el momento. En una competencia es importante, en una carrera de etapas es  fundamental.

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Con qué tipo de bicicleta competiste en el Transandes?
La bicicleta que usé es con la que corro normalmente, la ajusté a la perfección con una transmisión nueva para que no haya fallas. El requerimiento mínimo es una multiplicación para montaña con una corona chica y piñones grandes con el objetivo de poder trepar porque los ascensos son de una inclinación grande y muy largos. También debía tener  suspensión para poder amortiguar pozos, piedras y raíces que habría en el camino

Y el camino estuvo complicado…fueron etapas muy duras? Qué sentiste?
Mucha adrenalina, emoción, ganas, miedo, especulación acerca de lo que te espera…si bien uno se imaginaba lo que era el terreno, no sabía cómo iba a responder a la adversidad. La primera etapa fue una de las más largas y no era tan técnica, pero para nosotros que somos del llano, fue intensa. Dentro de los conocimientos que uno tenía de técnica y manejo, intenté ir lo más rápido posible. En la segunda etapa había más descenso, era más técnico…estaba trabado. Si bien estaba preparado, arranqué a administrar las fuerzas para mantenerlas hasta el final del evento. La tercera etapa fue especial porque cumplí años, y fue realmente la más difícil. Faltando un tercio de carrera nos encontramos con una subida imposible donde hubo que caminar entre 500 y 1000 ms a paso de hombre. Tras el desgaste que llevaba acumulado, me encontré con eso y fue matador. Terminé muy cansado pero con la felicidad que también había ganado esa etapa.

Con qué te motivaste en ese momento en el que no dabas más?
Con el recuerdo del esfuerzo y las horas que le dediqué, con los saludos y el aliento de la gente de acá, de la familia, de mi novia, de mis amigos…eso siempre es un motor que me impulsa, me da fuerzas.

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Cómo continuó el recorrido?
Variaba altimetría, terrenos, temperatura. Al llegar a la quinta etapa, los organizadores debieron cortarla. Iba a ser una contra reloj pero el clima, entre otros factores, obligó a modificarla. En ese momento, me pasaron todos los percances: se me rompió un fusible y tuve que cambiarlo  que no es fácil de hacer y menos en la montaña, después el corte de la cadena… si bien sabía que había sacado una buena diferencia al segundo, me corrían todas las dudas. Puse la mente en frío y me asombré de cómo la bici me fue respondiendo.

Cómo vivenciaste la última etapa y cómo quedaste en la tabla de posiciones?
Estaba agotado pero sabía que la diferencia que le había hecho al segundo, me permitía cuidar al máximo la bicicleta, y aún así, por el desgaste que sufrió, pasó lo que pasó con la rotura. La categoría la gané, la verdad que nunca lo había imaginado, más en una primera vez. No pensé que iba a salir así, me imaginaba que iba teniendo suerte, o que no le estaba yendo tan bien a los demás porque al largarnos a todos juntos no sabés quien es de tu categoría. Recién en la tercera etapa empezás a identificar a tus rivales, te vas haciendo conocido con la gente de acá y de otras nacionalidades. Sentí mucha satisfacción porque toda la preparación, el esfuerzo y sacrificio valieron la pena. Caer en la noción de que no sólo representás a tu ciudad sino que también a tu país, te llena de emoción y orgullo. En la general quedé 11…contento, feliz. La clave son los años de entrenamiento, de conducta y de constancia. La virtud más importante es ser constante, hacer las cosas bien y seguir haciéndolas bien. Cuando me pongo a pensar en frío la competencia que hice, lo dura que fue, y los competidores a los que me enfrenté,  siento mucho orgullo. Nadie hace magia, ni es de un día para el otro…todo es sacrificio, esfuerzo y tiempo. Hay que seguir, seguir, y seguir…

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PASO SOCOMPA, 43 Cruces de Los Andes en bici

mayo 8, 2017 — by Andar Extremo0

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En esta nota aventurera, Javier Rasetti y Marisol López nos cuentan su sexto cruce cordillerano y la experiencia Socompa de 3876 msnm que une la región de Antofagasta en Chile con la provincia de Salta en Argentina. Nota en la Revista Andar Extremo n° 44

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13 años camino a un carta
Era enero del 2003 y estábamos enamorados, en esa etapa del enamoramiento donde si te preguntan cómo te llamás, tenés que pensarlo un rato para lograr responder. Nos habíamos conocido hacía sólo 3 meses y aquella sensación magnífica que nos recorría cada partícula del cuerpo era lo único que podía importar. En ese preciso momento, llegó el primer viaje que, sin saberlo, empezaría a marcarnos.
Él se iba por primera vez al norte argentino de mochilero con un amigo, y aunque los cuerpos eran un éxtasis de primavera, galaxias, y planetas chocando, con nuestros escasos 19 años sabíamos que para que todo eso realmente perdure teníamos que hacer las cosas bien. Por eso Javi me dijo:- “me voy”, y yo sonriéndole y conteniendo el vértigo le contesté:-“claro que sí”.
Cuando después de varios días volvió despeinado, contento y lleno de experiencias nuevas, me dio una carta que había escrito durante un viaje de 5 días en el tren de carga del ramal C14 con destino a Socompa. Ahora, recordando, es el momento donde la garganta se hace nudo y la vista se empaña, porque fue la carta más linda que alguna vez me hicieron. Empezaba con un “… Princesa…”, dulce y tierno, y seguía con una descripción de los lugares increíbles que estaba descubriendo, de los pequeños pueblos perdidos en la puna y la gente hermosa que conocía a lo largo del recorrido. Me hablaba de atardeceres en el desierto, de noches infinitamente estrelladas en los techos de un vagón, de las sensaciones nuevas e inexplicables que ese viaje le estaba dando, me decía que todo a su alrededor hacía que me recuerde continuamente porque era tan mágico y hermoso como yo, y por último casi como prediciendo el futuro ponía:- “Ahora mientras escribo con agua en los ojos en medio de algún lugar perdido en la montaña, sólo sé que la próxima vez que vuelva tiene que ser con vos…”.
Se lo conoce como el tren de las nubes porque nació así, como su nombre, increíble como historia de cuentos. En el año 1921 se construyeron vías a lo largo de 570 km de cordillera que subían hasta los 4475 metros de altura, donde la única tecnología disponible eran: pico, pala, carretillas, barreta y dinamita… no era algo lógico, pero el Ingeniero Maury junto a cientos de obreros y trabajadores viales lo creyeron real. Por eso Socompa nunca va a poder ser un simple paso fronterizo, una estación de tren abandonada o un nombre al pasar, porque al igual que los salares, desiertos rojos y montañas milenarias que lo rodean, siempre va a tener la fuerza de lo inconquistable.
Habíamos dicho 43 cruces, pero los dos sabíamos cuál había sido siempre el único que verdaderamente importaba. Tal vez por eso lo dejamos para lo último de esa temporada, aunque tendría que haber sido el tercer paso que nos tocaba. Tal vez por eso estábamos llenos de miedos y dudas que nos paralizaban y, seguramente por eso, cuando terminamos el cruce Libertadores en Mendoza y estábamos a más de 1200 km de Salta, manejamos durante un día entero sin dormir para de una vez por todas dejarnos de dar vueltas y animarnos a concretarlo.

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Pero, como los miedos, nervios y expectativas que uno se genera con las cosas importantes no vienen solos… todo empezó mal. Estaba preocupada por un dolor de rodilla que tenía hacía varios días y, en Socompa, las distancias sin ningún tipo de contacto con la civilización eran grandes. Si a eso le sumaba el pésimo estado de un camino que sólo era utilizado por alguna que otra camioneta 4×4 minera, cuatriciclo o moto, más los famosos vientos del oeste y la inestabilidad del clima, lo que podía ser una simple fatiga de rodilla, se convertía en un enorme peso y responsabilidad. Si decidía salir pedaleando a Socompa sea como fuere, tenía que llegar.
Después de cargar agua y saludar al único poblador que se veía por el pueblo, salimos de Salar de Pocitos. El primer objetivo era Tolar Grande, un lugar con mucha carga emotiva para los dos. Conocíamos esa parte del camino porque no era la primera vez que andábamos por esa zona y la sensación de estar haciéndolo en bici era maravillosa. Teníamos que cruzar el Desierto del Diablo, donde una llanura rojo Marte se mezclaba con formaciones increíbles, y hasta ahí decidimos llegar ese día. Acampamos en medio de aquel lugar sacado de una película de ficción, para poder disfrutarlo como lo habíamos imaginado. Entonces, algo pasó, y fuera de todo lo que podíamos prever no era la rodilla.
Primero fue un dolor fuerte en el estómago, después vómitos y diarrea. Estábamos totalmente aclimatados y una vez más, el confiarnos nos había jugado en contra. La noche anterior habíamos comido frituras y todo tipo de alimentos pesados en San Antonio de los Cobres. Me sentía muy mal. Javi me miraba asustado, me daba agua, me preguntaba cómo estaba y yo no podía más de vómitos y bronca. Durante toda esa tarde y esa noche no paré de entrar y salir de la carpa. Tomé Reliverán y litros de agua para mantenerme hidratada, pero la vomitaba una y otra vez. A la mañana siguiente estaba mejor, pero el cuerpo no quería saber nada. Las alternativas no eran muchas: volver atrás, pedalear, caminar o arrastrarme hasta Pocitos donde el camino no tenía mucho desnivel, convencer al cabeza dura de mi coequiper para que continuara, y abandonar definitivamente, o intentar llegar hasta Tolar Grande como sea, con subidas, altura y todo lo que eso significaba… ver cómo me sentía, descansar y entonces sí tranquilizar a Javi para que si fuera necesario, lo pueda hacer él solo. No lo pensé mucho más, y cuando Javi me preguntó cómo me sentía, le dije que mucho mejor- Agarre la bici, repetí para mis adentros firme y decidida:- “Tolar Grande” y empecé a pedalear. La actuación de mujer indestructible me duró sólo hasta la primer subida, entonces Javi inmediatamente se dio cuenta que estaba débil y me retó un largo rato, pero después lo entendió y la marcha se volvió lenta pero hacia adelante. Dejé de exigirme, caminé cuando fue necesario, disfruté del paisaje, me guardé cada rinconcito de esa inmensidad y para cuando nos dimos cuenta, ya estábamos entrando a Tolar.

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Charlamos mucho y discutimos posibilidades, hasta que Javi habló claro y sin lugar a cuestionamientos:- “esto lo empezamos juntos y lo terminamos juntos, sin vos no voy a ningún lado”. La decisión final fue 1 día de descanso en el queridísimo refugio de montaña de Tolar Grande que, durante varios años nos había dado hermosos amigos y recuerdos. Lo que pasó fue lo que tenía que pasar, a la mañana siguiente hablamos por última vez con nuestras familias, les avisamos que íbamos a estar varios días sin dar señales y salimos con las narices rojas de frío rumbo a Socompa.
Habían pasado 13 años desde esa carta que inició todo y ahora, cruzábamos el Desierto de Arizaro pedaleando despacio, envueltos del silencio más lindo e intenso que pueda recordar. Las vías del tren nos acompañaban a un costado del camino y yo tragaba saliva, imaginaba a ese chico de 19 años, despeinado, con los pies colgando del vagón del tren y la mirada perdida en ese horizonte infinito, y me imaginaba también a mí con 19 años a kilómetros de distancia insensatamente enamorada, extrañándolo y preguntándome dónde y cómo estaría.
Lloraba suave, disfrutando las lágrimas. La vida me parecía tremendamente perfecta. Cuando Javi se acercó a hablarme no fue necesario decirnos nada, él también tenía la mirada brillosa y profunda, de esas que sólo se logran cuando lo que te atraviesa es mucho más que tus propios pensamientos.

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Caipe, Chuculaqui y la entrada a un nuevo mundo
El camino era una recta larguísima rodeada de 1600 kilómetros cuadrados de salar y más adelante, al final de aquella huella, un gran paredón de montañas se levantaba imponente como señalando la puerta de entrada a un nuevo mundo.
Cada kilómetro que avanzábamos sin viento en contra era un enorme “Gracias!!!” seguido inmediatamente de un nervioso pedido: “Por favor que dure!!”. Cruzar aquel enorme desierto de sal sin una de sus principales dificultades, era extrañamente tranquilizador.
El camino recto giró y dejó de ser tan recto, el salar fue quedando atrás y las piernas tuvieron que tomar protagonismo. Una subida larga y difícil nos llevaría hasta la estación Caipe. La podíamos distinguir a lo lejos, muy muy arriba entre las montañas, como pequeños puntos que significaban llegada, descanso y hogar. Un viejo cartel señalaba la dirección a tomar para llegar a la estación. Abandonamos el camino de ripio suelto y nos desviamos por una entrada de asfalto que insistía con seguir subiendo. Cuando terminamos de subir un poco más y otro poco, aparecieron nuevamente las vías del tren y apareció Caipe.

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Las construcciones estaban completamente arrasadas por el tiempo, había varias casas, una iglesia y finalmente la estación, que recorrimos entre pisos que crujían y objetos oxidados. Era un lugar triste y maravilloso, tenía el romanticismo y la lucha del hombre por conquistar imposibles… pero también la fuerza inabarcable de todo aquello que lo rodeaba. Abajo, el Salar de Arizaro se apoderaba del horizonte entero, las luces se volvían rosas y celestes, las edificaciones dejaban de ser ruinas para camuflarse en el paisaje y nosotros, mientras tanto, armábamos la carpa, tomábamos mate, preparábamos la cena, con movimientos mecánicos e irracionales… sin duda, también esa tarde quisimos abandonar el cuerpo para volvernos nubes, atardecer y montaña.

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“Yo ahora era libre, podía hacer lo que se me antojara…Matarme si quería…Pero eso era algo ridículo…
Y yo…Yo tenía necesidad de hacer algo hermosamente serio, bellamente serio: adorar a la vida.”
Roberto Arlt

En Tolar Grande, Lorenzo, uno de los baqueanos de la zona, nos había recomendado salirnos de la ruta y agarrar directamente por las vías del tren porque el camino era todo arena y subida, y las vías estaban más firmes y sin tanto desnivel. Por eso, al día siguiente en vez de bajar nuevamente a la ruta nos subimos a las bicis y abandonamos Caipe hacia Chuculaqui, la próxima estación que nos esperaba por las antiguas y legendarias vías del ramal C14.
Estábamos felices y si había algo que faltaba para completar ese viaje, era poder llegar pedaleando por las vías del tren. La ilusión duró apenas unos 200 metros, porque el camino firme quedó sepultado bajo piedras de todo tipo y tamaño. A partir de ese momento nos bajamos de las bicis, empezamos a empujar y no dejamos de hacerlo durante largas y agotadoras horas. Las ruedas se trababan una y otra vez entre las piedras. Las bicis cargadas parecían aumentar su peso y tamaño con cada nuevo paso. La ruta de arena por la que tendríamos que haber agarrado se alejaba cada vez más, dejándonos como única opción aquel suelo de rocas imposibles y el avance era tan desquiciadamente lento que la cabeza empezaba a fallar. Protestábamos con la vista clavada en el suelo, porque apenas levantar la mirada el camino se volvía una enorme e insoportable inquietud. La mejor opción era continuar arrastrando los pies, empujar un poco más y repetir para adentro “chuculaqui, chuculaqui, chuculaqui..” como si por cada vez que la nombráramos la tuviéramos más cerca.
Apenas pudimos, dejamos las vías y tomamos la ruta, pero Lorenzo no se había equivocado y ahora las ruedas de las bicis se enterraban en la arena y la lucha era exactamente la misma sólo que con un elemento natural distinto. Cuando doblamos una curva y apareció la calma de la montaña, se vio completamente interrumpida por dos ciclistas exhaustos que gritaban y saltaban sin reparos: -“Chu-cu-laqui, chu-cu-laqui, chu-cu-laqui!!!”…esta vez era cantado y a lo barrabrava.

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Chuculaqui para la ya desaparecida lengua kunza o diaguita atacameña significaba: MUY LUCHADOR…recién ahora puedo entender por qué al nombrarla una y otra vez como si fuera un hechizo, nos ayudaba a seguir. Con su nombre milenario y su camino inalcanzable, nos mostró límites y fuerzas que aún desconocíamos…las ilimitadas fuerzas de la voluntad.
En Tolar Grande, Lorenzo, uno de los baqueanos de la zona, nos había recomendado salirnos de la ruta y agarrar directamente por las vías del tren porque el camino era todo arena y subida, y las vías estaban más firmes y sin tanto desnivel. Por eso, al día siguiente en vez de bajar nuevamente a la ruta nos subimos a las bicis y abandonamos Caipe hacia Chuculaqui, la próxima estación que nos esperaba por las antiguas y legendarias vías del ramal C14.
Estábamos felices y si había algo que faltaba para completar ese viaje, era poder llegar pedaleando por las vías del tren. La ilusión duró apenas unos 200 metros, porque el camino firme quedó sepultado bajo piedras de todo tipo y tamaño. A partir de ese momento nos bajamos de las bicis, empezamos a empujar y no dejamos de hacerlo durante largas y agotadoras horas. Las ruedas se trababan una y otra vez entre las piedras. Las bicis cargadas parecían aumentar su peso y tamaño con cada nuevo paso. La ruta de arena por la que tendríamos que haber agarrado se alejaba cada vez más, dejándonos como única opción aquel suelo de rocas imposibles y el avance era tan desquiciadamente lento que la cabeza empezaba a fallar. Protestábamos con la vista clavada en el suelo, porque apenas levantar la mirada el camino se volvía una enorme e insoportable inquietud. La mejor opción era continuar arrastrando los pies, empujar un poco más y repetir para adentro “chuculaqui, chuculaqui, chuculaqui..” como si por cada vez que la nombráramos la tuviéramos más cerca.
Apenas pudimos, dejamos las vías y tomamos la ruta, pero Lorenzo no se había equivocado y ahora las ruedas de las bicis se enterraban en la arena y la lucha era exactamente la misma sólo que con un elemento natural distinto. Cuando doblamos una curva y apareció la calma de la montaña, se vio completamente interrumpida por dos ciclistas exhaustos que gritaban y saltaban sin reparos: -“Chu-cu-laqui, chu-cu-laqui, chu-cu-laqui!!!”…esta vez era cantado y a lo barrabrava.
Chuculaqui para la ya desaparecida lengua kunza o diaguita atacameña significaba: MUY LUCHADOR…recién ahora puedo entender por qué al nombrarla una y otra vez como si fuera un hechizo, nos ayudaba a seguir. Con su nombre milenario y su camino inalcanzable, nos mostró límites y fuerzas que aún desconocíamos…las ilimitadas fuerzas de la voluntad.

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Donde vive lo absoluto
Hay un lugar donde el silencio es tan extraordinario que podés escucharlo, donde se levantan montañas tan fascinantes y majestuosas que la vista no logra apartarse de ellas y uno olvida hacia dónde va y de dónde viene. Hay un lugar que existe por sí mismo, independientemente de cualquier comparación o relación con cosas concretas…donde vive lo absoluto.
Salimos de Chuculaqui con los cuerpos cansados, pero sin que eso importe demasiado. La mañana estaba hermosa, no había viento y eso ya estaba dejando de ser un golpe de suerte para convertirse en un premio merecido al chico de 19 años y su carta de amor, al tiempo esperado y compartido, a los obstáculos y distracciones superadas, al creer ilógico y desgastante de utopías inalcanzables, al no haber olvidado el camino.
No había viento, porque Javi con los ojos aguados y el corazón entero puesto en un trazo 13 años atrás, lo había pedido. El recorrido que ese día nos llevó hasta Socompa, lamentablemente dejó de ser un relato posible. Podría contarles de caminos serpenteantes que subían y bajaban montañas eternas en medio de uno de los paisajes más colosales y asombrosos que se pueden llegar a imaginar, intentar describir el sonido del silencio, el aire espeso entrando a los pulmones, la aridez de la piel curtida por el sol y el frío, mostrarles la imagen de lo que éramos, de lo que sentíamos: sólo un pequeño y diminuto punto en lo absoluto… aún así, nada de lo que escriba o muestre lograría la descripción exacta de lo que se vive, cuando es tan profundo e intransferible.
Llegamos a Socompa y nos esperaba Gendarmería y Carabineros, con la humildad y la generosidad a la que nos tienen acostumbrados. Éramos las primeras personas que los visitaban ese año así que nos obligaron a quedarnos un día más, para poder comer pan casero y compartir historias. La mañana que nos fuimos y cruzamos a Chile, nos entregaron un papel escrito a mano con nuestros nombres y tres palabras que nunca más nos iba a sonar de la misma forma: “Paso Portezuelo Socompa”

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Uniendo el principio con el fin
Dos días más tarde, después de bajadas que nunca bajaron, de volver nuevamente a las vías del tren (pero del otro lado de la Cordillera), nos encontramos con un valle de formaciones volcánicas maravilloso que nunca hubiéramos descubierto por la ruta normal. Después de arrastrar los pies por más y más arena, abandonados de toda paciencia, llegamos.
En enero, San Pedro de Atacama había sido el objetivo inicial, el primer lugar al que llegar, el principio de la temporada. Ya estábamos a finales de marzo y el círculo cerraba sin que lo hubiéramos planeado. Nuevamente llegábamos al lugar, pero esta vez para ponerle un fin. Era un fin momentáneo y necesario. La satisfacción de lograr los 7 Cruces del norte, la alegría incomparable de tener Socompa, los 11 kilos menos de Javi y los 5 míos, el desgaste de dos cuerpos que querían estar justo así: cansados, usados…felizmente agotados de sentirse vivos.

mapa

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PASO AGUA NEGRA, 43 Cruces de Los Andes en bici

febrero 20, 2017 — by Andar Extremo0

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Llegó el quinto cruce de Los Andes para Javier Rasetti y Marisol López, y en esta nota nos cuentan la experiencia de Agua Negra de 4780 msnm en San Juan, desde Rodeo Argentina, a La Serena, Chile. Esta nota fue editada en la Revista Andar Extremo n° 43

por Marisol López
fotos Javier Rasetti

Cuando sea grande voy a ser una señora petisita mirando el atardecer desde la galería de alguna casa con ventanales y olor a madera, acompañada de perros, nietos y un Javi rezongón y apasionado, a la que le va a encantar repetir entre sus historias favoritas que una vez, hace ya mucho tiempo, pedaleó entre glaciares para llegar al mar.
Era el 5to cruce y el más alto. Luego de bajar de Pircas Negras decidimos parar unos días antes de salir hacia San Juan. Javi no lo sentía tanto pero a mí particularmente la falta de descanso entre los pasos me había empezado a afectar. Necesitaba caminar, correr, nadar, lo que sea que no tuviera nada que ver con estar arriba de una bici, sólo por algunos días.
La primer tarde en la que justamente podía utilizar mi tiempo libre en hacer absolutamente cualquier cosa que quisiera, me levanté de la siesta, prendí la computadora, abrí google y escribí: Agua Negra. La pantalla frente a mí se llenó de imágenes, y así como la fuerza de la gravedad me mantiene en tierra, aquellas fotos comenzaron a ejercer unas energías invisibles e incontrolables que levantaron mi cuerpo del asiento donde estaba para dejarme parada y sonriendo sola en medio del comedor. Ya estaba lista para salir.

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A partir de esa tarde el cansancio desapareció, los dos pudimos enfocarnos en lo que venía, ocupando el tiempo en lo importante: comer 1 kilo de helado todas las noches sin excepción, y organizarnos para el próximo cruce. Era un proceso en el que ya casi no pensábamos, una rutina que de tanto repetirla se había vuelto tan mecánico y habitual como lavarse los dientes a la mañana. Mientras Javi se ocupaba del mantenimiento de las bicis, yo desplegaba la comida por el suelo dividiéndola en los días que habíamos calculado nos llevaría el paso, con sus respectivos desayunos, almuerzos, meriendas y cenas. También era el momento en donde los dueños de las casas en donde estábamos podían llegar a arrepentirse de habernos invitado, porque sea cual fuera el tamaño del lugar en que el que nos encontráramos, todo a nuestro alrededor se volvía un caos de ropa, paquetes, frutas, herramientas y etcéteras…Pero por suerte, porque aún nadie se había animado o porque las personas que nos recibían siempre eran tan maravillosas como pacientes, todavía no habíamos sufrido ningún tipo de desalojo.
Sobre Agua Negra sabíamos poco: que era un paso que subía hasta los 4780 msnm con partes de asfalto y ripio y que era una ruta bastante transitada en esa época del año, por turismo argentino que cruzaba a vacacionar a La Serena. Ese dato por un lado nos daba la tranquilidad de poder contar con vehículos que nos puedan brindar agua en caso de necesitarla, pero a la vez nos hacía tener la obligación de pedalear muy atentos al tránsito y su acostumbrada irresponsabilidad. Si nos poníamos a sacar conclusiones, la balanza siempre nos llevaba a buscar lugares cada vez más aislados e intransitables. Autos y camionetas pasándonos cerca, fuerte y dejándonos entre una nube de humo vrs tener que cargar mucho peso en agua pero en completa paz y silencio. Para nosotros ya estaba más que claro qué era lo que estábamos buscando en los viajes.

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Arrancamos con el cruce desde Rodeo y su famoso embalse Cuesta del Viento, el paraíso para todo el que practica Kite Surf o Windsurf, ya que los vientos en este punto en particular son constantes e intensos, lo que genera las condiciones perfectas para esos dos deportes. Qué contradicción, pensé, cuando ellos más lo disfrutan, nosotros más lo estamos sufriendo. Como no va a ser cierto eso de que todo depende de la perspectiva con la que lo mires. La diversidad y sus infinitas posibilidades! Si alguna vez la humanidad entera se vuelve un montón de gente con lo mismos gustos, costumbres y pensamientos, estamos perdidos.
Por suerte el día en que salimos fue un fracaso para el Kite Surf y un alivio para nosotros. Acompañados de una leve brisa refrescante llegamos a Las Flores, cargamos nafta en el msr y seguimos hacia el puesto de frontera argentino que estaba apenas a 1km. Mientras hacíamos la fila para los trámites, una chica entró a la oficina con el casco puesto. Era Caro, una cordobesa de 23 años que también iba hacia el paso Agua Negra en bici. Nunca había estado en altura, hacia varios meses que no pedaleaba, viajaba sola y con el poco equipo que había podido conseguir, pero estaba decidida a cruzar por el paso más alto de la cordillera y llegar hasta el mar.
Ella nos miraba a nosotros como dos ciclistas de la NASA y nosotros a ella sin terminar de deducir si admirarla o preocuparnos por las condiciones con las que tenía pensado subir hasta los 4780 metros de altura. Sólo fue cuestión de tiempo y ruta compartida para que los tres termináramos mirando hacia el mismo lado.

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La ruta de asfalto comenzaba larga, infinita, para finalmente perderse en un paredón enorme de montañas nevadas. Javi lo señalaba entusiasmado y con los ojos bien abiertos me decía:- “Por ahí vamos a cruzar Sol, por ahí arriba!”. Yo lo miraba a él, volvía a mirar las montañas y quizás por simple engaño psicológico o porque aún no terminaba de asimilar que en algún momento me había convertido en una mujer que sube montañas en bici, le restaba importancia, me parecía imposible, ilógico. Nosotros acá, tan chiquitos y ellas ahí arriba, inmensas con sus hielos y nieves eternas.”Mejor no pensarlo, pedaleá y dejá que el camino te sorprenda”.
Aquel primer día llegamos hasta el puesto de control argentino a unos 60 km de migraciones y paramos a tomar unos mates y a comer algo. Era temprano, 16 km más arriba había un paraje, podíamos seguir. Pero como siempre, la charla con los gendarmes se extendió más de lo conveniente, la tarde empezó a caer, los chicos nos invitaron a quedarnos en el puesto y los planes se modificaron. Esa noche fue de ping-pong, cena de arroz con vegetales y televisión.
Al otro día, para no perder la costumbre, nos despertamos temprano pero salimos tarde. La idea era llegar hasta la Quebrada de San Lorenzo donde comienza la construcción del túnel Agua Negra que se encontraba a 4300 msnm y por lo que habíamos averiguado podíamos acampar refugiados del viento. Las subidas comenzaron largas y tranquilas y así continuaron. A medida que subíamos el paisaje empezó a cambiar, las montañas nevadas que durante la tarde anterior parecían lejanas e inalcanzables ahora nos rodeaban para hacernos levantar la vista, reafirmar el pie sobre el pedal y respirar profundo. Manteníamos un ritmo lento y disfrutable pero íbamos pendientes del camino. La lógica de la cordillera durante los pasos anteriores nos pronosticaba que en algún momento nos tenía que empezar a costar. Para nosotros la idea de cruzar por el paso más alto de Los Andes sin esfuerzo no era una opción posible.

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Subimos varios zigzag, la ruta de asfalto se convirtió en ripio, un grupo de trabajadores de vialidad nos invito a comer pollo con arroz, recolectamos agua de deshielo y el camino nunca, pero nunca, se puso difícil. Para cuando llegamos a la Quebrada de San Lorenzo estábamos contentos y algo desconcertados. Habíamos subido hasta los 4300 msnm sin ninguna dificultad ni esfuerzo. :-“Qué raro”, pensamos,:-“Tan raro que asusta”. Aún nos quedaban unos 400 mts de desnivel hasta llegar al límite Internacional que se encontraba a solamente unos 22 km de donde estábamos. Parecía demasiado sencillo para ser cierto. Lo que venía adelante tenía que ser duro, no había alternativa.
Esa noche el frío y el viento helado nos hicieron dormir a los tres acurrucados en una carpa para dos. Caro viajaba sin equipo y eso incluía una carpa totalmente agujereada y una frazadita de peluche como aislante. Nos despertamos temprano, convencidos de que teníamos un difícil y largo día por delante, pero lo raro era que no estábamos nerviosos ni preocupados, porque lo único que en verdad nos importaba era que por fin íbamos a poder pedalear entre glaciares y el entusiasmo nos hacia desayunar rápido, con la sonrisa ansiosa de un niño.
Cuando sea grande, durante las tardes cuando el sol empiece a caer y el cielo se vuelva de colores inexplicables, en una la galería de una casa con ventanales y olor a madera nos vamos sentar con Javi , nuestros perros y nietos a contar historias como estas:
…”después de algunas curvas, el camino se abrió y pudimos verlo entero, frente a nosotros se levantaba un cordón gigante de montañas con hermosos glaciares. Paramos las bicis y miramos hacia arriba con el cuello muy estirado, el camino subía, daba vueltas y volvía a subir. Del otro lado nos esperaba el Océano Pacífico, sus olas pegando en la playa, la arena tibia en los pies. Pero aún teníamos un hermoso e infinito paredón de hielo y piedras por cruzar. Su abuelo ya lo estaba disfrutando, tenía la sonrisa pícara y la respiración ansiosa de los desafíos, se subió rápido a la bici porque ya no podía esperar, porque si había algo que lo hacía despertarse cada día de su vida con el entusiasmo ridículo de un niño de la edad de ustedes, eran las innumerables cimas de paredones con montañas nevadas y hermosas que le quedaban por descubrir.

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Lo vi alejarse hasta hacerse un pequeño y diminuto punto en lo inmenso de aquel paisaje. No era la primera vez que guardaba esa imagen y la alegría que me cosquilleaba la panza me confirmaba que aún faltaban muchas más para que sea la última.
Subíamos con la vista clavada en los glaciares que esperaban arriba y para cuando nos dábamos cuenta y volvíamos la mirada hacia el camino, nos sorprendíamos por lo alto que ya habíamos llegado. Su abuelo me gritó:-“Mirá las nubes!!” y lo primero que hice fue mirar sobre mi cabeza, pero él volvió a gritarme señalando hacia adelante “¡¡Las nubes, Sol!!”, cuando bajé la vista ya estaba pedaleando entre vapores blancos y esponjosos. Porque se puede pedalear entre las nubes, pero ustedes nunca quieren creerme.
Finalmente doblamos una nueva curva y aparecieron. Inmediatamente me puse a cantar una canción sobre penitentes que no rimaba en lo absoluto, porque las grandes alegrías siempre tienen esas respuestas inesperadas.
Estaban a unos pocos metros de distancia, eran grandes, puntiagudos, bellísimos. Dejamos las bicis a un costado, nos acercamos despacio y apoyamos la mano en el hielo. El frío nos recorrió todo el cuerpo, la espalda, el pecho, las tripas. Había sonido a gotas y el aire helado nos erizaba la piel. Estábamos felices, en ese estado de felicidad única e intransferible, porque era ese momento exacto en el que por primera vez llegábamos pedaleando juntos hasta un glaciar por encima de las nubes en nuestro 5to cruce de cordillera y sabíamos perfectamente que no iba a volver. Así que bailamos entre penitentes para alargar la alegría y hacerla eterna, bailamos despreocupados con movimientos torpes y absurdos para que dure un poco más, para que la cordura se sienta rara y ajena y nosotros, unos locos felices”….

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El paso de Agua Negra es uno de los pasos internacionales más altos del mundo, pero contradictoriamente a lo que esperábamos fue uno de los más fáciles y disfrutables que nos tocó recorrer. Llegamos hasta el límite con viento en contra, festejamos rápido y empezamos a bajar. No quedaban muchas horas de luz y la idea era intentar dormir lo más bajo posible para escaparle a las alturas, sus vientos y fríos nocturnos.
La bajada con un atardecer increíble fue el cierre de un día perfecto. Encontramos una quebrada con arroyito incluido y los tres frenamos al mismo tiempo. Esa noche la luna también quiso ser parte del festejo y salió llena, brillante y hermosa para demostrarlo.
Nos quedaban algunos kilómetros de ripio con subidas y bajadas constantes hasta el puesto de migración chilena y un embalse turquesa que invitaba a tirar las bicis y zambullirnos a nadar en agua helada y transparente. Después, la ruta se volvió asfalto y bajada.
…”atravesamos el Valle del Elqui y los árboles de higo nos provocaron retrasos imposibles de evitar. Pedaleamos apurados y ansiosos, podíamos sentir el olor a la sal, las olas rompiendo en la playa. Después de 5 días finalmente llegamos al Pacífico. Su abuelo se bajó de la bici, se quitó la ropa y corrió por la playa hasta el mar sin detenerse. Cualquiera que lo haya visto ese día, saliendo del agua y revoleando los pelos mojados sin dejar de sonreír, seguramente no pueda recordarlo. Pero por suerte yo estaba ahí, para llevarme cada segundo conmigo para siempre.

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INFO ÚTIL
*Distancia Total: entre Rodeo (Argentina) y La Serena (Chile). 330 km
*Terreno: ruta de asfalto y ripio.
*Tránsito: es un paso muy transitado por turismo que cruza a vacacionar a La Serena. Se recomienda ir atento porque es normal cruzar vehículos que circulan a gran velocidad sin reparar en curvas, ripio y aún menos en ciclistas.
*Agua: hay varios puntos en donde se puede conseguir agua al costado de la ruta. La reposición de agua en este paso no es un problema.
*Época: la mejor época del año para cruzar es entre septiembre y diciembre. Se puede hacer en otros meses averiguando con anterioridad si el paso está abierto. Es necesario tener mayor cuidado en época estival (enero-febrero) con las tormentas eléctricas y aludes y en invierno (mayo-agosto) con las nevadas y bajas temperaturas.
*Viento: comúnmente comienza a partir del mediodía desde el oeste. En el límite internacional, donde se encuentra el punto más alto del paso. Los vientos se sienten con mayor intensidad y no hay lugar para repararse.
*Otros Datos: del lado Chileno el camino se divide en dos. Por uno descienden los vehículos que se dirigen desde Argentina a Chile, y por el otro ascienden los vehículos que vienen de Chile a Argentina.

www.pedaleandoruta40.com.ar

MAPA

Carreras de aventuraMountain Bike

GIGANTE DE PIEDRA, ESPAÑA

febrero 8, 2017 — by Andar Extremo0

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3 de Junio, Alcora, Castellón, España

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La Gigante de Piedra es una prueba carrera de MTB en la modalidad Ultramaratón Btt que se creó en 2012. Son 200Km y 6500m de desnivel positivo por las pistas y sendas de la provincia de Castellón, la segunda más montañosa de España. La salida y la meta se encuentran en la localidad de Alcora. Se atraviesan 13 poblaciones, 11 de Castellón y 2 de Teruel. El tiempo máximo para realizarla son 17 horas en el increíble medio natural que esconde el interior de Castellón. Lo iremos descubriendo al rodear al mítico monte Penyagolosa, el Gigante de Piedra.

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En la edición 2016 el americano Tinker Juárez impuso su ley en el Gigante de Piedra, el veterano ciclista de 55 años se proclamó en una edición marcada por el granizo y la lluvia tras más de diez horas de férrea lucha. Una carrera con más de 600 corredores que lograron completar el exigente trazado.
En 2016 también estreno el de la Gigante Small. Prueba de 100 kilómetros (3.500 metros de desnivel positivo).
Este año se hace la séptima edición el 3 de junio en Alcora, Castellón, España, una competencia en época de verano con mucho calor y que un poco más de 500 corredores pudieron terminar la edición 2016

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www.gigantedepiedra.es

Face: Gigante de Piedra

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PIRCAS NEGRAS, 43 Cruces de los Andes en Bici

enero 3, 2017 — by Andar Extremo0

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Javier Rasetti y Marisol López, están haciendo los 43 Cruces de Los Andes en bici. En esta ocasión, nos cuentan sobre el cruce Pircas Negras de 4261 metros en La Rioja, donde más allá de su atractiva travesía y sus espectaculares fotografías, reflejan la pasión de querer hacer de ésto una forma de vida. Nota en la revista nº 42

Paso Argentina Chile

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Lo primero que vi al abrir los ojos fue un enredo de ramas, hojas, uvas y el sol intentando asomarse por cada pequeño huequito que encontraba, creando los efectos de una bola de boliche en absolutamente todo lo que nos rodeaba. Tuve que esperar algunos minutos hasta que la cabeza logre recordar, se ubique, y así comprender dónde estábamos. Era algo que nos pasaba muy habitualmente, tanto como cada mañana que despertábamos en un lugar distinto y eso últimamente era de todos los días. El proceso no tardaba demasiado, pero la sensación de desconcierto durante esos breves minutos era rarísima, aunque de a poco habíamos aprendido a no perder la calma.
Era temprano, y aún así ya hacía calor. Abrí la bolsa de pluma y me quedé boca arriba y vi un parral hermoso, sus hojas verdes en contraluz, el sonido de las gotas que muy lentamente lo regaban ¿Cómo puede importarme dónde estoy si me despierto bajo un techo de uvas? Permanecí en silencio porque Javi dormía, pero me hablaba suavecito, y por dentro sentí que estaba mimándome con palabras, tragando de a sorbos todos aquellos rayitos de luz que entraban a través del parral.
Hacía tan sólo tres días atrás estábamos en medio del Paso San Francisco con la mandíbula tiritando por el frío y el aliento haciendo humito. Ahora nos despertaba el calor debajo de un parral. Era 4 de febrero y la sensación térmica nos hacía desear subir los metros sobre el nivel del mar desesperadamente. Estábamos en Chile a tan sólo 30 km de Copiapó rumbo al paso Pircas Negras.

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Nos habían contado que durante los primeros kilómetros el camino estaba en muy mal estado a causa del terrible aluvión que había afectado toda la zona en el 2015. Y no hubo más que pedalear algunos metros para entender que esta vez no habían exagerado. Hacía un calor insoportable. La transpiración nos empapaba la vista. Ïbamos desquiciadamente lento porque teníamos un desnivel de 1400 ms y el camino era es-pan-to-so. Después de 20 km que costaron como 150, llegamos a El Maray, un puesto con algunos arbolitos donde solían parar los camiones de las mineras pero que ese día parecía estar cerrado. Seguimos algunos metros más y encontramos un obrador. Necesitábamos pedir agua y consultar sobre el estado de la ruta más adelante. En Copiapó habíamos ido a pedir información a carabineros sobre el tramo Chileno del paso Pircas Negras pero, para nuestra sorpresa, no lo conocían y más de una vez lo habían confundido con el paso San Francisco, lo cual nos dejó comprender rápidamente que era una ruta muy poco utilizada.
Ahora entendíamos que los únicos que transitaban por aquel lugar además de nosotros y algún que otro poblador, eran camiones y camionetas de empresas mineras que se encontraban más arriba.
Del lado Chileno el agua no sobraba, por eso a pesar del peso intentábamos transportar la mayor cantidad de litros posibles. Javi llevaba 14, yo 12 y aunque a veces no fuera necesario reponerla , lo hacíamos sin dudar cada vez que se presentaba oportunidad, porque el no saber con seguridad si llegaríamos a encontrar más arriba, nos hacía cargar litros y litros de precaución liquida.

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En el Maray recargamos todas las botellas vacías y nos sentamos a disfrutar de la sombra y de nuestro menú por elección cada vez que estábamos en el país vecino: sandwich de palta y tomate. En eso andábamos cuando paró una camioneta que estaba repartiendo el almuerzo de los trabajadores para ofrecernos una vianda completa de spaghetti con boloñesa, pan y frutas. La cual por supuesto aceptamos sin ningún tipo de dudas, mientras masticábamos y sonreíamos con el mismo nivel de intensidad. Lo que nunca hubiéramos imaginado es que a partir de ese momento el camino se iba a volver una continuidad de camionetas parando para darnos yogures, frutas, gaseosas, jugos y todo aquello que para nosotros eran lujos inalcanzables en medio de los Andes.
Cuarenta y cuatro kilómetros después del Maray, la ruta se hizo curva y apareció un oasis. Entre todo aquel paisaje de rocas, tierra y arena, se levantaba una finca verde, llena de frutas y verduras. Era la finca de Los Salinas. Nos frotamos los ojos para corroborar la realidad y supimos que el día de pedaleo había terminado. Los Salinas eran una familia hermosa que nos recibió entre risas y chistes. El abuelo era el único que vivía permanentemente allí, pero los hijos y nietos lo visitaban durante el verano y se quedaban a ayudar para que aquel maravilloso lugar continúe permaneciendo eternamente en el tiempo, como lo hacía desde que sus tatarabuelos tuvieron la loca idea de creer que a base de perseverancia, paciencia, amor y esfuerzo, la vida crece, a pesar de desiertos o inclemencias. Y sólo había que verlos o escucharlos para entender que su legado había sabido perdurar a lo largo de las generaciones.
El camino que utilizaban las mineras en ese tramo también era propiedad de Los Salinas y las empresas insistían ofreciéndoles cifras enormes de dinero para que vendan. Pero la familia se negaba una y otra vez “Aunque ellos no puedan entenderlo, estas tierras para nosotros no tienen precio y nunca van a estar a la venta”.
Dormimos debajo de un árbol de higos y al otro día nos fuimos muy pasado el mediodía cargados de uvas, sandías y nueces.

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El camino mejoró notablemente, pero como en la cordillera nada es gratis tocó subir La Cuesta del Castaño, compuesta por curvas de durísimas pendientes. Sin embargo de eso sí que no nos quejábamos, porque aunque agitados y con las piernas flojas, toda cuesta siempre tiene su cumbre y la sensación que nos invadía cada vez que llegábamos hasta esos lugares definitivamente hacía que valga la pena, sobre todo porque cuando estábamos arriba, solo quedaba bajar.
Cuando el descenso terminó y tuvimos que volver a eso de hacer girar los pedales, empezó a caer la tarde. Acampamos al costado de la ruta con río incluído, y aunque el agua no era potable, poder dormir con su sonido nos llenaba de una extraña tranquilidad.
El objetivo del tercer día era llegar al puesto abandonado de migración Chilena. La ruta continuaba en excelente estado. Pudimos reponer agua en algunos puestos de comida al costado del camino y si no fuera por los moscardones que nos perseguían incansablemente, metiéndose en ojos, orejas y boca, esa tarde hubiera sido perfecta. A partir de una bifurcación llamada La Guardia, la ruta se divide, para la izquierda hacia una minera, para la derecha hacia el paso Pircas Negras. Hasta ese momento el paisaje no nos había parecido gran cosa, pero entonces todo comenzó a cambiar. El camino se metía en medio de enormes montañas y nos contaba que ahora si podíamos asegurar que estábamos en Los Andes.

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Subiendo y bajando entre gigantescas formaciones rocosas y atravesando un valle por el que corría una extensa vega, llegamos al puesto abandonado de migración chilena. Buscamos entre todas esas cajitas de chapa vacías que alguna vez habían sido puesto de migración, la más cómoda, limpia y en la que puedan entrar las bicis. Ellas tanto como nosotros merecían un calentito y refugiado descanso. Hacía mucho frío y se había levantado un fuerte viento, pero teníamos vega con agua, refugio, fideos con atún y café con chocolate, no nos podíamos quejar.
Al día siguiente costó salir de las bolsas antes de que amanezca, necesitábamos que el sol nos caliente el ánimo. Teníamos por delante lo que creíamos sería el tramo más duro del recorrido, la idea era subir hasta el límite internacional y terminar la jornada en Barrancas Blancas, el puesto de frontera integrado que funcionaba del lado Argentino, pero apenas mirar hacia arriba la cuesta que teníamos que cruzar, la sensación de pequeñez y el “¿llegaremos?” con toda su mezcla de dudas y miedos, empezó a pasar de a ráfagas para opacarnos los pensamientos. Por suerte ya sabíamos lo que teníamos que hacer: bajar la mirada, concentrarnos en el camino y avanzar, despacito, como sea, pero siempre avanzar, un metro y otro más.
La cuesta del Ángel, le decían, y fue sin lugar a dudas la más dura y hermosa que tuvimos que afrontar. Las pendientes que de lejos metían miedo, de cerca parecían directamente imposibles, las curvas subían más y más arriba, y uno perdía la noción de donde terminaría la montaña y empresaria el cielo. Tardamos 4 horas y media en recorrer los 12 km que finalizaron en un enorme grito de cumbre. Nos abrazamos tambaleando, con la respiración agitada y el viento frío pegándonos en el cuerpo. Era uno de esos festejos cortos e inolvidables que te dan las cumbres, que te brinda el superar tus imposibles.

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La bajada fue mucho más corta de lo que habíamos imaginado y para cuando nos dimos cuenta ya estábamos trepando otra vez. Con los músculos cansados de viento y subidas llegamos al límite internacional. De un lado Chile, del otro Argentina. Bailamos en los dos para que no se pongan celosos. Era nuestro 4to cruce de los Andes, teníamos mucho que festejar.
Entre ripio y esporádicos manchones de asfalto seguimos hacia el puesto fronterizo Barrancas Blancas y 25km después, mientras el sol se escondía definitivamente entre los cerros, agotados y felices, llegamos.
En Barrancas Blancas estaban los chicos de vialidad, ellos nos dieron un refugio con camas, sopa de verduras y los chistes y charlas a las que todos esos trabajadores nos tenían tan acostumbrados. No importaba en qué parte del mapa nos encontráramos, llegar a un refugio de vialidad para nosotros ya era como estar en casa. Le dije a Javi:-. Yo mañana de acá no me muevo!! y no le quedó más alternativa que resignar su idea de salir a pedalear al otro día. La falta de descanso entre uno y otro cruce ya me había empezado a afectar física y psicológicamente. Necesitaba estar en estado plano y sin pedalear aunque sea por un día. Todavía nos quedaba un largo tramo por delante hasta llegar a Villa Unión y poder completar Pircas Negras. Habíamos bajado mucho de peso, comíamos poco a causa de la altura y sumado al gran desgaste físico, el cinturón se había vuelto una prenda indispensable para no andar con los pantalones por las rodillas.
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Los planes fueron estrictos, necesitábamos un día sin planes. Nos despertamos tarde, escuchamos la radio y exprimimos esos ratos de ocio todo lo que pudimos.
A la mañana siguiente, después de los abrazos y las despedidas, dejamos Barrancas Blancas para continuar hacia Laguna Brava, un lugar muy especial para nosotros, que ya conocíamos y al que teníamos muchísimas ganas de llegar en nuestras bicis.
La ruta desde el puesto hasta la laguna era de un perfecto asfalto que se fundía hasta desaparecer entre laderas de intensos marrones. Luego de varias subidas y bajadas vimos a lo lejos el blanco de la sal y supimos que estábamos cerca.
La reserva provincial Laguna Brava es uno de los grandes tesoros de la cordillera. En medio de un extenso y árido valle de piedras volcánicas, vigilado por enormes montañas nevadas como El Piscis y El Veladero, se encuentra aquel espejo de agua y sal. El cielo se refleja en la laguna y una gran familia de flamencos rosados parece picotear las nubes.
Está ubicada al noroeste de la provincia de La Rioja y fue creada en 1980 para preservar a las comunidades de vicuñas y guanacos que a causa de la caza furtiva, estaban en peligro de desaparición. La reserva tiene una extensión de 5.000 hectáreas, y lleva el nombre de Laguna Brava por ser ésta la mayor de toda la región, con una superficie de 17 kilómetros de largo por 4 de ancho.
Muchísimos años atrás esta ruta era utilizada por arrieros que conducían ganado a Chile y es por eso que contaba con unos hermoso refugios de piedra en forma de iglú construidos a fines del siglo XIX, que se volvían fundamentales para repararse del riguroso clima de la zona.

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La primera vez que llegamos con nuestro auto hasta aquel lugar que parecía sacado de un cuento de Julio Verne, no pudimos evitar sentirnos invasores. Los ruidos del motor, la ruedas dejando huellas… Entre los sitios que conocíamos, ninguno nos había causado tanto respeto como Laguna Brava. Sentíamos que éramos muy afortunados al poder estar ahí, pero al mismo tiempo nos daba nostalgia la posibilidad de modificarla con nuestra visita. Me recuerdo caminando lentamente para llegar hasta los geiser de la laguna sobre una vegetación verde y húmeda, y mientras los pies se hundían aplastándolo todo, no podía evitar que una extraña tristeza se haga nudo en la garganta. Era la misma sensación que me daban los zoológicos, las montañas agujereadas por las mineras, los edificios tapando la luz del atardecer. La naturaleza domesticada por el hombre, volviéndose números y conveniencia de la razón.
Pera esta vez era distinto, ya no íbamos sobre motores ruidosos que nos transportaban sin esfuerzo por la montaña, ni ventanillas que nos reparen del viento. Llegábamos en bici, cansados y dóciles, con la piel curtida y la emoción llenando los ojos. Entre subidas y músculos rígidos nos habíamos ganado el derecho de estar en aquella laguna para mirarla sin culpas y decirle, que a veces los hombres no buscamos conquistas, sino simplemente poder descubrir la paz que nos da lo que alguna vez fuimos.

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El viento pareció entendernos porque esa tarde, muy extrañamente, en la laguna y sus alrededores todo estuvo quieto durante varias horas para dejarnos disfrutarla entre calma y sol.
Decidimos intentar un atajo, estábamos a 4400 msnm en el refugio Veladero y queríamos llegar al refugio El Peñón antes de que anochezca para dormir más bajo y al otro día finalmente poder llegar a Vinchina, así que en vez de retomar la ruta y hacer una vuelta grande, nos metimos por una huella que nacía de la laguna y que al parecer nos dejaría directo en el camino nuevamente. Después de un largo rato arrastrando las bicis entre piedras volcánicas y dudando si habíamos elegido la mejor opción, retomamos el camino. Era una recta de ripio larguísima llena de grandes badenes en medio de aquel valle volcánico, teníamos que cruzarla lo más rápido posible, sabíamos que cuanto más pasaran las horas, más difícil se nos iba a poner el viento y en ese tramo las ráfagas pegaban sin reparos. Por suerte el ripio era firme y no nos dificultaba el avance. Nuestro objetivo principal consistía en subir hasta El Portezuelo, la última trepada que nos quedaba, para luego poder hacer todo bajada.
Los badenes no terminaban nunca, cada vez eran más y más difíciles. :-“¡¡Aprovecha el envión!!!”, me gritaba Javi mientras bajaba a toda máquina para subir sin pedalear. Pero no había caso, yo dejaba ir la bici todo lo que podía, pero cuando la velocidad me hacía sentir que perdía el control y la subida se volvía un paredón imposible de piedras sueltas, me ganaba el miedo y el instinto de supervivencia apretaba los frenos dejándome en medio de una nueva pendiente con la bici haciendo la vertical y Javi mirando desde arriba sin poder entender como no aprovechaba el envión. Después de maldecir badenes y repetir la misma situación durante un rato llegamos hasta el cartelito del Portezuelo. La tarde empezó a caer y las montañas con sus colores y brillos se volvieron de terciopelo. Parábamos para fotografiar y grabar intentando capturarlo, volverlo pixeles, pero el resultado nunca era suficiente y la frustración nos sonreía en la cara pensando, que por más realidad virtual con la que insistiéramos, por suerte nunca nada podríamos reemplazar la infinita inmensidad de la vida.

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Muertos de frío y hambre aterrizamos en el refugio El Peñón. Estábamos en eso de poner la pava para el mate cuando sentimos un auto. Nos miramos dudando quién podría andar por ahí a esas horas y salimos inmediatamente a sacarnos las dudas, afuera ya era de noche. El auto estacionó en la entrada del refugio y un hombre muy relajado empezó a bajar mochilas y bolsos. Era Alex, un vasco montañista y músico que andaba buscando sus propias cumbres. Charlamos mucho, comimos mucho más y volvimos a charlar con café y chocolate. Nos quedaban las últimas raciones de todo, pero como sabíamos que ya estábamos en una zona más segura y que al otro día llegaríamos a Vinchina, no dudamos en hacer un gran festín. Las montañas y los amigos en común nos tuvieron ocupados un largo rato, pero no pasó mucho hasta que el cansancio nos metió en las bolsas de dormir.
El placer de despertarse sabiendo que ese día íbamos a completar un nuevo cruce de cordillera y, que además todo lo que nos queda por delante era en bajada, se notó en nuestra excesiva relajación. Ninguno de los dos lo dijo, pero no era necesario.
Hoy no hay apuro. Hoy no hay nada de qué preocuparse. Disfruta!!

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La altura, el frío y el clima no importaban, estábamos a 3600 msnm y el camino bajaba hasta los 1480 en Vinchina. El agua y la comida no importaban, ese día estaríamos en un pueblo. El cansancio no importaba porque era todo descenso. Todas aquellas cosas que nos mantenían pendientes y atentos siempre que pedaleábamos en la cordillera, ese día no importaban.
Será por eso que justo aquel día en el que bajábamos despreocupadamente livianos y seguros, nos caímos.
Una curva, el ripio suelto, mi rueda que resbala de costado y Javi viniendo de atrás. Le sangraba la rodilla y el dedo de una mano. Había quedado desparramado en el suelo, lleno de polvo y con cara de dolor. Yo, en cambio, no me había hecho absolutamente nada. Por suerte además de unas pequeñas heridas en el dedo y la rodilla producidas por el piñón de mi bici y algún que otro dolor por el golpe, Javi no tenía nada importante o que le impidiera seguir pedaleando así que después de limpiarse la sangre y sacarnos el susto, pudimos continuar. ¿Pero si le hubiera pasado algo más? ¿Si no hubiera sido sólo un susto? Aún estábamos a 3000 msnm en la montaña, y ya no teníamos ni agua ni comida, porque nos habíamos confiado, porque aunque faltaban unos 60 km de cordillera hasta el primer pueblito poblado, nos habíamos confiado. Qué tontos!!! Ahora lo sabíamos, que par de tontos!!! Bajar las montañas siempre es tan importante como subirlas.
Cuando llegamos al asfalto el aire caliente nos recordó que abajo era verano Riojano ufffff….el choque era duro. En pocas horas pasamos de la pluma y las medias térmicas a desesperarnos por un poco de sombra y una Coca-Cola bien helada. Bendita Cordillera y sus alturas!!!

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95km y finalmente Vinchina. Teníamos muy claro cuál era la prioridad, por eso íbamos despacito y cabeceando de un lado para el otro por las calles del pueblo, hasta que finalmente lo encontramos, frenamos de golpe, apoyamos las bicis donde pudimos y entramos.
-Buenas tardes!! 150 de salame, 200 de queso, 100 de paleta y 1/2 kilo de pan, por favor.
Abrí la heladera de bebidas del mercadito y el aire fresco me provocó unas ganas incontenibles de meterme adentro y cerrarla, pero el paquetito de fiambre me recordó que tenía algo muy importante por delante, así que continué. Toqué una a una las gaseosas para medir frescuras y agarré la de atrás de todo.
La plaza de Vinchina era grande, había pasto y sombra. Para muchos una plaza como tantas otras, para nosotros el paraíso. Por eso creo que si hoy me dieran el más elaborado e increíble plato del mundo, nunca podría equipararse al placer que sentí aquel día. A veces sólo hace falta estar atento o viajando en bici, para entender que lo más maravilloso de la vida se compone de cosas tan simples como un sándwich de salame y queso con gaseosa bien helada en la plaza de un pueblo.

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“No vayas a creer lo que te cuentan del mundo (ni siquiera esto que te estoy contando) ya te dije que el mundo es incontable.” Mario Benedetti

mapa

INFO UTIL
Distancia total: Entre Copiapo y Villa Unión 430 km
*Terreno: Desde Copiapo, Chile, hay unos 28 km de asfalto hasta tomar la ruta hacia el Paso Pircas Negras, a partir de ahí el camino se vuelve de ripio en muy mal estado que ir mejorando hasta volverse firme a los 43 km aproximadamente. Luego la ruta se mantendrá en buen estado y del lado Argentino irá variando entre tramos de asfalto y ripio.
*Tránsito: Del lado Chileno la ruta es muy transitada por camiones y camionetas de mineras hasta la bifurcación de La Guardia, a partir de ahí el tránsito desaparece casi por completo y es muy extraño cruzar algún vehículo. Recién se vuelve a ver movimiento vehicular a partir de Barrancas Blancas el puesto fronterizo que se encuentra del lado Argentino y una vez llegados a Laguna Brava es muy habitual cruzar caravanas de turistas.
*Agua: Del lado Chileno se puede reponer agua en algunas fincas, obradores y puestos de comidas o pedir a los camiones y camionetas de las mineras. A partir de la bifurcación en La Guardia se podrá reponer en la vega que se encuentra frente al puesto abandonado de migración Chilena. Del lado Argentino los puntos son:- Barrancas Blancas -Refugio El Peñón (Tubo al costado del camino unos cientos de metros rumbo a Vinchina) -El Jaguel -Vinchina.
*Época: La mejor para cruzar es entre septiembre y diciembre. Se puede hacer en otros meses averiguando con anterioridad si el paso está abierto y es necesario tener mayor cuidado en época estival (enero-febrero) con las tormentas eléctricas y aludes y en invierno (mayo-agosto) con las nevadas y bajas temperaturas.
*Frontera: El puesto fronterizo se encuentra unificado en Barrancas Blancas del lado Argentino.
*Viento: Comúnmente comienza a partir del mediodía desde el oeste. Es fuerte y constante. En el valle donde se encuentra Laguna Brava los vientos no tienen reparo, por lo que se considera una zona muy complicada en ese aspecto.

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Carreras de aventuraMountain Bike

ULTRA MTB PEPIRÍ, ARGENTINA – BRASIL

septiembre 15, 2016 — by Andar Extremo0

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El 10 de Abril se corrió Ultra MTB Pepirí, carrera de mountain bike de 105 km en San Pedro, Misiones, y en Sao Miguel do Oeste, Santa Catarina. Tuvo la participación de 180 corredores. En esta nota, Silvia Ardiz, nos cuenta su experiencia. Nota en la revista Andar Extremo n° 41

por Silvia Ardiz
fotos: Marcelo Tucuna

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Nos gustó tanto el Ultra Mtb Pepirí 2015 que ni dudamos en volver este año. Ya no éramos 9 bickers Way sino que contagiamos a 20 más, y partimos a Misiones a conquistar ese hermoso desafío de pedalear la selva Misionera y parte de la Brasilera.
Tuvimos un gran enemigo: el clima. Llovió muchos días antes y el mismo día de largada la organización anunció en la charla informativa la noche anterior, que tal vez cortaría una de las partes de selva Yaboty por lo intransitable que se pensaba que estaría, pero esa mañana nos confirmó que el recorrido seguía igual y que nada se cortaba ni cambiaba.
Largamos! Yo corría en equipo, como en la primera edición, con mi hijo Catriel. Estábamos muy bien preparados para la carrera, con mucho entrenamiento y además conocíamos a lo que íbamos. Entramos en la primera parte de selva, mucho barro por tramos pero podíamos pedalear, en algunas partes era imposible. Bici al hombro, fueron kilómetros y kilómetros pasando parejas mixtas, sabiendo que íbamos terceros.
Llegamos al primer puesto de control. Allí había bebidas y cosas para comer, pero al ver a los segundos pasamos de largo, ni paramos, y logramos alcanzarlos! Le metimos todo nuestro esfuerzo en ese tramo, hasta que cruzamos una ruta, y entramos en la selva del Yaboty. Arrancamos la trepada y corté cadena… un bajón. Catriel tuvo que arreglarla rapidísimo, ahí nos alcanzaron y nos pasaron los segundos, nunca más los vimos.

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Al seguir, el camino se empezó a trasformar en una trampa mortal, no podíamos avanzar de ninguna manera que no sea caminando con la bici al hombro. Llevarla arrastrando era imposible porque se hacían bodoques de barro entre la horquilla y la rueda. Si cruzábamos charcos de agua, metíamos la bici y la lavábamos. Eso nos llevaba tiempo sin sentido, porque en 20 metros todo estaba igual. Imposible, ya no podíamos más. Revoleamos las bicis un par de veces de la impotencia que daba no poder pedalear y sin fuerzas ya para cargarlas. Brazos partidos, cintura rota y como si fuera poco, a mi compañero se le rompieron las 2 zapatillas de trabas! Las atamos con colitas de mi pelo, con cordones…nada aguantaba semejante barro. Decidió caminar descalzo y sin suerte, dado que ni las medias aguantaron.

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Es fuerte la imagen de mi hijo en patas por la selva con la bici en la espalda y agotado…estaba igual que él pero con la ventaja de tener más experiencia, años de carreras que me han puesto en situaciones extremas como esa y peores…En estas locuras que comparto con él influyen otras sensaciones como la de protegerlo por más fuerte y entrenado que esté, porque siempre va a ser mi bebé y no me gusta verlo sufrir. Me exigí calma para contenerlo. Muchas veces grité: vamos carajo que podemos!!
Fuimos avanzando. Del Way teníamos adelante a Silvio Salustio, al equipo de Guille y Willy, y en ese tramo nos pasó Guille Perazzo, que me ayudó a levantar la bici porque no tenía fuerzas para engancharla sola en los hombros! El resto de mi team venia atrás……
Tardamos casi 4 hrs en hacer 12 km. Mientras hacíamos el camino, cruzábamos a otros pocos en las mismas condiciones, luchando por salir de ahí, muchas bicis rotas, y gente totalmente agotada. Faltando 2 km para terminar la selva nos alcanzó una camioneta que nos cargó a nosotros y a unos 8 más en la caja y nos acercó a la ruta que nos llevaría al cruce aduanero. Estábamos a 30km de la llegada. “Vamos segundos carajo”, le gritaba a mi hijo!

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Al llegar a la ruta, había una ambulancia y gente de la zona, yo pedía por favor si alguien podía prestarle zapatillas a Catriel, todavía nos faltaba un tirón y él andaba descalzo. Se había guardado las suelas de las trabas en la remera, las colocó y las trabó en los pedales, y así seguimos…
Llegamos a la Aduana y era una fiesta. Aplausos, frutas, caramelos…yo seguía pidiendo calzado para Catriel sin tener suerte, nadie calzaba 42!
Federico Lausi, el organizador, nos abrazaba, nos alentaba, lo veíamos feliz. Salimos de ahí y continuamos por la ruta que nos llevaba a Sao Miguel do Oeste Brasil. Continuamos nuestra carrera pensando siempre en nuestra gente, Cómo estarían, cómo habrían pasado esa selva? Los habrán sacado? Mil preguntas te hacés cuando tenés 26 amigos en esa carrera de supervivencia! Sabíamos de los que iban adelante, de Rober con puntos en la pierna y de Cris con bici rota, el resto era una intriga continua y un deseo de que estuvieran bien…

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Nos agarró la noche en la ruta, totalmente embarrados, sin luces…eso sí me dio miedo. Los autos iban a mucha velocidad y estaba totalmente oscuro. Me angustie, siempre atrás de Catriel, gritándole si se iba lejos de mí. En ese instante no era un compañero de bici, era mi hijo. De pronto, me acordé de una lucecita que había guardado en mi mochi. Jamás pensé en tardar casi 10hrs en 100km y que me agarre la noche… Saqué la luz y nos juntamos con otros ciclistas varones tirando los 4 para adelante.
Una ruta dura por sus cuestas interminables, y las bajadas cortas. En un instante empezamos a ver las luminarias de la gran ciudad Sao Miguel. Estábamos cerca. Conocíamos esa llegada hermosa, y ya estábamos entrando al arco con un enorme tinglado azul, mucha música y alegría típicos de los brasileros. El intendente recibiendo a cada corredor, colocaba las medallas y daba un fuerte abrazo… yo era una barro vivo, no tenía parte limpia, pero no importaba nada!

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Todos nuestros alumnos estaban ahí, hablábamos al mismo tiempo. Lloré emocionada y exhausta. Solamente faltaban Nachito y Raquel equipo mixto, y Silvia individual. Ahí nos contaron que al llegar a la ruta, la organización no los dejó entrar a la selva Yaboty y regresaron, por eso habían llegado antes. Pensamos cómo clasificarían, y jamás se nos hubiera ocurrido pensar que lo harían por orden de llegada!
Fuimos a ducharnos para la entrega de premios y en ese interín, llegaron Nachito, Raquel y Silvia.
Qué decirles de nuestra desilusión cuando la organización decidió premiar por orden de llegada. Todo ese esfuerzo realizado con alegría se volvió la peor pesadilla. Luego habló el organizador, palabras que no convencieron y sólo enojaron más. Hablé con gente de la clasificación y me dieron la razón pero ellos no decidían.

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Soy corredora de aventura… pude estar en la selva atascada en un pantano toda una noche, perdida en las montañas heladas, pedaleando rutas a oscuras, caer y levantarme mil veces y nada me va a derrumbar, lo que sí me dolió fue la injusticia, las malas decisiones, la falta de seguridad en las palabras…yo quería que mis alumnos, mi hijo y yo recibamos nuestro trofeo, tener nuestro podio, porque hicimos el recorrido completo, porque lo sufrimos y porque era lo justo. No fue así.
Podría enumerar muchas fallas de esta carrera pero me quedo con el paisaje, la convivencia con mi grupo, la gente que conocí, los viejos amigos que encontré, la experiencia y la fortaleza que nos dio….he perdonado peores fallas… la tercera es la vencida, vuelvo en 2017 a Pepirí !!! Aguante el Way !!!

Posiciones
Individual Caballeros

1° Alberguini Cristiano 4:53:46
2° Martins Ronaldo 5:27:57
3° Morona Márcio 5:35:51

Individual Damas

1° Messini Fernanda 7:33:19
2° Giuliani Maria Laura 7:59:51
3° Paz Lujan 8:37:34

Team Caballeros
1° Giurlando Javier 6:58:10
2° Araujo Lucas 7:06:30
3° Paliano Jacson 7:21:01

Team Mixtos
1° Heinrich Nadia Pamela 8:11:35
2° OcaÑa Jorge Javier 9:31:18
3° Dos Santos Mariano 9:31:21

Short Caballeros
1° Lopes Rafael 3:22:10
2° Tossati Tanuri 4:19:02
3° Silva Do Rosario 4:41:16

Short Damas
1° Figueiredo Paula 6:10:57
2° Beltramo Mayra 6:25:18
3° Rodriguez Cristina 6:33:19

Mountain BikeTecnología

VAIRO XR 9.9 Carbon 27,5 y 29er

junio 29, 2016 — by Andar Extremo0

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Vairo 9,9 29er Carbon
Vairo 9,9 29er Carbon

El nuevo cuadro Vairo xr 9.9 reúne el mejor diseño con una gran aerodinámica y excelentes materiales livianos, construido de carbono puro.

Dos aspectos muy importantes en el desarrollo de este nuevo cuadro son, por un lado, la rigidez y robustez adquirida en la caja pedalera con un refuerzo adicional, y por el otro lado, la incorporación de punteras de aluminio, que permite la reducción de longitud de las vainas traseras, sin perder la resistencia, con una rigidez superior, y haciendo del xr 9.9 un cuadro con un relación de peso resistencia excepcional.

Una de las principales ventajas del uso de carbono puro para la composición de la estructura del cuadro , además del bajo peso, es sus resistencia a la corrosión.
La posibilidad de distribuir las fibras del carbono de acuerdo a nuestras necesidades, nos da la opción de generar zonas de extrema rigidez, donde más  se lo necesita, mientras que mantenemos la flexibilidad para una mejor absorción de vibraciones, y comodidad de uso.

Vairo 9,9 27,5er Carbon
Vairo 9,9 27,5er Carbon

Cuadro xr 9.9  carbon

 

Horquilla Rock Shox Sid RTLII0 Eje 15mm.

Desc. Delantero Shimano XTR FD-M981 10 Speed,

Desc. Trasero Shimano XTR RD-M981 10 Speed

Shifters Shimano XTR SL-M980,

Piñón  Shimano XTR CS-M980 10 Speed

Plato Palanca Shimano XTR FC-M980

Ruedas Shimano MT-66  Tubeless

Cubiertas Kenda Slant Six

Stem EASTON EA-90

Manubrio EASTON EC-90

Vela EASTON EC-90

Frenos Shimano XTR BR-M985

Talle S, M, L

 

ExploracionMountain Bike

DEL POLO SUR EN SOLITARIO AL DESIERTO DE ATACAMA

marzo 23, 2016 — by Andar Extremo0

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EXPEDICIÓN ATACAMA 2016

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Juan va a atravesarlo de norte a sur, completando más de 1.700 kilómetros. A veces tendrá que soportar diferencias de 30 grados entre el día y la noche. Conducirá su bicicleta a 5.000 metros de altura, remolcando 60 litros de agua para poder sobrevivir a durísimas jornadas. Las temperaturas pueden alcanzar los 50 grados a la sombra.
Como en todas sus anteriores expediciones, Juan la llevará a cabo en solitario y sin asistencia técnica. Se tendrá que enfrentar durante un mes a la sequía y a temperaturas extremas. Como tantas otras veces, surgirán las enfermedades, el mal de altura, fauna salvaje… los miedos. Sus grandes aliados.

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EXPLICADO POR EL MISMO

¿Qué tal, cómo estáis?
Por regla elemental de cortesía, si me estás leyendo, lo primero que debo hacer es presentarme: Soy Juan Menéndez Granados, tengo 33 años y soy asturiano. Me resulta un poco complicado definir mi profesión, así que casi mejor te digo a lo que me dedico: voy en bici en solitario a los sitios más inhóspitos del mundo. En 2014, tras 46 días pedaleando en solitario, alcancé el Polo Sur. Fui la primera persona en lograrlo sin asistencia… en una expedición en la que tuve el honor de ser embajador de MARCA, el medio que hizo un seguimiento muy especial de esta aventura, y gracias al cual os pude contar mis experiencias.

Tal vez esto te suene… sí, efectivamente, soy “Juan Sin Miedo”, soy el de la bici con ruedas gordas que al llegar a la base del Polo Sur escanció sidra. Si eres fiel lector del periódico, tanto en la edición impresa como la electrónica, es posible que mi historia te suene. Por cierto, espero que en su momento te gustase y si no lo hice entonces, te doy las gracias por haberme leído, por los mensajes de apoyo recibidos en las redes sociales… ¡todo suma!

El apodo que tengo no es porque no tenga miedo a las cosas, que lo tengo, por supuesto. Pero digamos que lo que intento con estas expediciones es conocer mis miedos y tratar de superarlos. De eso se trata el deporte, ¿no? De superar unos límites. Los atletas africanos quieren bajar de las dos horas en maratón, los regatistas sueñan con cruzar océanos en el menor tiempo… y yo, pedaleando, trato de estar en sitios imposibles.
ste año voy a cruzar uno de los paisajes más áridos del mundo: el desierto de Atacama. Si hace dos años llegué a estar a más de 40 grados bajo cero en el Polo Sur, esta vez superaré los 40 pero de calor. Me tengo que enfrentar al mal de altura en los Andes, porque atravesaré pasos a más de 5.000 metros, tendré que remolcar hasta 60 litros de agua en la bicicleta… y hay zonas en las que lleva 200 años sin llover.

Calculo que tardaré un mes en completar la travesía del desierto. Unos 1.700 kilómetros. Aún no tengo las fechas exactas de la expedición, pero en apenas dos semanas, estaré tomando un avión para volar hasta Santiago de Chile y desde ahí, a Arica, punto de inicio. Este tiempo antes de cruzar el charco me dedico a la preparación física y mental, a dar las últimas conferencias a empresarios que aplican mis experiencias en la gestión de sus compañías, perfilar los acuerdos de patrocinio, cerrar hasta el último detalle de todas las cosas que me tengo que llevar…

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