Mountain Bike

PIRCAS NEGRAS, 43 Cruces de los Andes en Bici

enero 3, 2017 — by Andar Extremo0

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PIRCAS NEGRAS, 43 Cruces de los Andes en Bici

enero 3, 2017 — by Andar Extremo0

Javier Rasetti y Marisol López, están haciendo los 43 Cruces de Los Andes en bici. En esta ocasión, nos cuentan sobre el cruce Pircas Negras de 4261 metros en La Rioja, donde más allá de su atractiva travesía y sus espectaculares fotografías, reflejan la pasión de querer hacer de ésto una forma de vida. Nota en la revista nº 42

Paso Argentina Chile

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Lo primero que vi al abrir los ojos fue un enredo de ramas, hojas, uvas y el sol intentando asomarse por cada pequeño huequito que encontraba, creando los efectos de una bola de boliche en absolutamente todo lo que nos rodeaba. Tuve que esperar algunos minutos hasta que la cabeza logre recordar, se ubique, y así comprender dónde estábamos. Era algo que nos pasaba muy habitualmente, tanto como cada mañana que despertábamos en un lugar distinto y eso últimamente era de todos los días. El proceso no tardaba demasiado, pero la sensación de desconcierto durante esos breves minutos era rarísima, aunque de a poco habíamos aprendido a no perder la calma.
Era temprano, y aún así ya hacía calor. Abrí la bolsa de pluma y me quedé boca arriba y vi un parral hermoso, sus hojas verdes en contraluz, el sonido de las gotas que muy lentamente lo regaban ¿Cómo puede importarme dónde estoy si me despierto bajo un techo de uvas? Permanecí en silencio porque Javi dormía, pero me hablaba suavecito, y por dentro sentí que estaba mimándome con palabras, tragando de a sorbos todos aquellos rayitos de luz que entraban a través del parral.
Hacía tan sólo tres días atrás estábamos en medio del Paso San Francisco con la mandíbula tiritando por el frío y el aliento haciendo humito. Ahora nos despertaba el calor debajo de un parral. Era 4 de febrero y la sensación térmica nos hacía desear subir los metros sobre el nivel del mar desesperadamente. Estábamos en Chile a tan sólo 30 km de Copiapó rumbo al paso Pircas Negras.

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Nos habían contado que durante los primeros kilómetros el camino estaba en muy mal estado a causa del terrible aluvión que había afectado toda la zona en el 2015. Y no hubo más que pedalear algunos metros para entender que esta vez no habían exagerado. Hacía un calor insoportable. La transpiración nos empapaba la vista. Ïbamos desquiciadamente lento porque teníamos un desnivel de 1400 ms y el camino era es-pan-to-so. Después de 20 km que costaron como 150, llegamos a El Maray, un puesto con algunos arbolitos donde solían parar los camiones de las mineras pero que ese día parecía estar cerrado. Seguimos algunos metros más y encontramos un obrador. Necesitábamos pedir agua y consultar sobre el estado de la ruta más adelante. En Copiapó habíamos ido a pedir información a carabineros sobre el tramo Chileno del paso Pircas Negras pero, para nuestra sorpresa, no lo conocían y más de una vez lo habían confundido con el paso San Francisco, lo cual nos dejó comprender rápidamente que era una ruta muy poco utilizada.
Ahora entendíamos que los únicos que transitaban por aquel lugar además de nosotros y algún que otro poblador, eran camiones y camionetas de empresas mineras que se encontraban más arriba.
Del lado Chileno el agua no sobraba, por eso a pesar del peso intentábamos transportar la mayor cantidad de litros posibles. Javi llevaba 14, yo 12 y aunque a veces no fuera necesario reponerla , lo hacíamos sin dudar cada vez que se presentaba oportunidad, porque el no saber con seguridad si llegaríamos a encontrar más arriba, nos hacía cargar litros y litros de precaución liquida.

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En el Maray recargamos todas las botellas vacías y nos sentamos a disfrutar de la sombra y de nuestro menú por elección cada vez que estábamos en el país vecino: sandwich de palta y tomate. En eso andábamos cuando paró una camioneta que estaba repartiendo el almuerzo de los trabajadores para ofrecernos una vianda completa de spaghetti con boloñesa, pan y frutas. La cual por supuesto aceptamos sin ningún tipo de dudas, mientras masticábamos y sonreíamos con el mismo nivel de intensidad. Lo que nunca hubiéramos imaginado es que a partir de ese momento el camino se iba a volver una continuidad de camionetas parando para darnos yogures, frutas, gaseosas, jugos y todo aquello que para nosotros eran lujos inalcanzables en medio de los Andes.
Cuarenta y cuatro kilómetros después del Maray, la ruta se hizo curva y apareció un oasis. Entre todo aquel paisaje de rocas, tierra y arena, se levantaba una finca verde, llena de frutas y verduras. Era la finca de Los Salinas. Nos frotamos los ojos para corroborar la realidad y supimos que el día de pedaleo había terminado. Los Salinas eran una familia hermosa que nos recibió entre risas y chistes. El abuelo era el único que vivía permanentemente allí, pero los hijos y nietos lo visitaban durante el verano y se quedaban a ayudar para que aquel maravilloso lugar continúe permaneciendo eternamente en el tiempo, como lo hacía desde que sus tatarabuelos tuvieron la loca idea de creer que a base de perseverancia, paciencia, amor y esfuerzo, la vida crece, a pesar de desiertos o inclemencias. Y sólo había que verlos o escucharlos para entender que su legado había sabido perdurar a lo largo de las generaciones.
El camino que utilizaban las mineras en ese tramo también era propiedad de Los Salinas y las empresas insistían ofreciéndoles cifras enormes de dinero para que vendan. Pero la familia se negaba una y otra vez “Aunque ellos no puedan entenderlo, estas tierras para nosotros no tienen precio y nunca van a estar a la venta”.
Dormimos debajo de un árbol de higos y al otro día nos fuimos muy pasado el mediodía cargados de uvas, sandías y nueces.

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El camino mejoró notablemente, pero como en la cordillera nada es gratis tocó subir La Cuesta del Castaño, compuesta por curvas de durísimas pendientes. Sin embargo de eso sí que no nos quejábamos, porque aunque agitados y con las piernas flojas, toda cuesta siempre tiene su cumbre y la sensación que nos invadía cada vez que llegábamos hasta esos lugares definitivamente hacía que valga la pena, sobre todo porque cuando estábamos arriba, solo quedaba bajar.
Cuando el descenso terminó y tuvimos que volver a eso de hacer girar los pedales, empezó a caer la tarde. Acampamos al costado de la ruta con río incluído, y aunque el agua no era potable, poder dormir con su sonido nos llenaba de una extraña tranquilidad.
El objetivo del tercer día era llegar al puesto abandonado de migración Chilena. La ruta continuaba en excelente estado. Pudimos reponer agua en algunos puestos de comida al costado del camino y si no fuera por los moscardones que nos perseguían incansablemente, metiéndose en ojos, orejas y boca, esa tarde hubiera sido perfecta. A partir de una bifurcación llamada La Guardia, la ruta se divide, para la izquierda hacia una minera, para la derecha hacia el paso Pircas Negras. Hasta ese momento el paisaje no nos había parecido gran cosa, pero entonces todo comenzó a cambiar. El camino se metía en medio de enormes montañas y nos contaba que ahora si podíamos asegurar que estábamos en Los Andes.

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Subiendo y bajando entre gigantescas formaciones rocosas y atravesando un valle por el que corría una extensa vega, llegamos al puesto abandonado de migración chilena. Buscamos entre todas esas cajitas de chapa vacías que alguna vez habían sido puesto de migración, la más cómoda, limpia y en la que puedan entrar las bicis. Ellas tanto como nosotros merecían un calentito y refugiado descanso. Hacía mucho frío y se había levantado un fuerte viento, pero teníamos vega con agua, refugio, fideos con atún y café con chocolate, no nos podíamos quejar.
Al día siguiente costó salir de las bolsas antes de que amanezca, necesitábamos que el sol nos caliente el ánimo. Teníamos por delante lo que creíamos sería el tramo más duro del recorrido, la idea era subir hasta el límite internacional y terminar la jornada en Barrancas Blancas, el puesto de frontera integrado que funcionaba del lado Argentino, pero apenas mirar hacia arriba la cuesta que teníamos que cruzar, la sensación de pequeñez y el “¿llegaremos?” con toda su mezcla de dudas y miedos, empezó a pasar de a ráfagas para opacarnos los pensamientos. Por suerte ya sabíamos lo que teníamos que hacer: bajar la mirada, concentrarnos en el camino y avanzar, despacito, como sea, pero siempre avanzar, un metro y otro más.
La cuesta del Ángel, le decían, y fue sin lugar a dudas la más dura y hermosa que tuvimos que afrontar. Las pendientes que de lejos metían miedo, de cerca parecían directamente imposibles, las curvas subían más y más arriba, y uno perdía la noción de donde terminaría la montaña y empresaria el cielo. Tardamos 4 horas y media en recorrer los 12 km que finalizaron en un enorme grito de cumbre. Nos abrazamos tambaleando, con la respiración agitada y el viento frío pegándonos en el cuerpo. Era uno de esos festejos cortos e inolvidables que te dan las cumbres, que te brinda el superar tus imposibles.

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La bajada fue mucho más corta de lo que habíamos imaginado y para cuando nos dimos cuenta ya estábamos trepando otra vez. Con los músculos cansados de viento y subidas llegamos al límite internacional. De un lado Chile, del otro Argentina. Bailamos en los dos para que no se pongan celosos. Era nuestro 4to cruce de los Andes, teníamos mucho que festejar.
Entre ripio y esporádicos manchones de asfalto seguimos hacia el puesto fronterizo Barrancas Blancas y 25km después, mientras el sol se escondía definitivamente entre los cerros, agotados y felices, llegamos.
En Barrancas Blancas estaban los chicos de vialidad, ellos nos dieron un refugio con camas, sopa de verduras y los chistes y charlas a las que todos esos trabajadores nos tenían tan acostumbrados. No importaba en qué parte del mapa nos encontráramos, llegar a un refugio de vialidad para nosotros ya era como estar en casa. Le dije a Javi:-. Yo mañana de acá no me muevo!! y no le quedó más alternativa que resignar su idea de salir a pedalear al otro día. La falta de descanso entre uno y otro cruce ya me había empezado a afectar física y psicológicamente. Necesitaba estar en estado plano y sin pedalear aunque sea por un día. Todavía nos quedaba un largo tramo por delante hasta llegar a Villa Unión y poder completar Pircas Negras. Habíamos bajado mucho de peso, comíamos poco a causa de la altura y sumado al gran desgaste físico, el cinturón se había vuelto una prenda indispensable para no andar con los pantalones por las rodillas.
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Los planes fueron estrictos, necesitábamos un día sin planes. Nos despertamos tarde, escuchamos la radio y exprimimos esos ratos de ocio todo lo que pudimos.
A la mañana siguiente, después de los abrazos y las despedidas, dejamos Barrancas Blancas para continuar hacia Laguna Brava, un lugar muy especial para nosotros, que ya conocíamos y al que teníamos muchísimas ganas de llegar en nuestras bicis.
La ruta desde el puesto hasta la laguna era de un perfecto asfalto que se fundía hasta desaparecer entre laderas de intensos marrones. Luego de varias subidas y bajadas vimos a lo lejos el blanco de la sal y supimos que estábamos cerca.
La reserva provincial Laguna Brava es uno de los grandes tesoros de la cordillera. En medio de un extenso y árido valle de piedras volcánicas, vigilado por enormes montañas nevadas como El Piscis y El Veladero, se encuentra aquel espejo de agua y sal. El cielo se refleja en la laguna y una gran familia de flamencos rosados parece picotear las nubes.
Está ubicada al noroeste de la provincia de La Rioja y fue creada en 1980 para preservar a las comunidades de vicuñas y guanacos que a causa de la caza furtiva, estaban en peligro de desaparición. La reserva tiene una extensión de 5.000 hectáreas, y lleva el nombre de Laguna Brava por ser ésta la mayor de toda la región, con una superficie de 17 kilómetros de largo por 4 de ancho.
Muchísimos años atrás esta ruta era utilizada por arrieros que conducían ganado a Chile y es por eso que contaba con unos hermoso refugios de piedra en forma de iglú construidos a fines del siglo XIX, que se volvían fundamentales para repararse del riguroso clima de la zona.

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La primera vez que llegamos con nuestro auto hasta aquel lugar que parecía sacado de un cuento de Julio Verne, no pudimos evitar sentirnos invasores. Los ruidos del motor, la ruedas dejando huellas… Entre los sitios que conocíamos, ninguno nos había causado tanto respeto como Laguna Brava. Sentíamos que éramos muy afortunados al poder estar ahí, pero al mismo tiempo nos daba nostalgia la posibilidad de modificarla con nuestra visita. Me recuerdo caminando lentamente para llegar hasta los geiser de la laguna sobre una vegetación verde y húmeda, y mientras los pies se hundían aplastándolo todo, no podía evitar que una extraña tristeza se haga nudo en la garganta. Era la misma sensación que me daban los zoológicos, las montañas agujereadas por las mineras, los edificios tapando la luz del atardecer. La naturaleza domesticada por el hombre, volviéndose números y conveniencia de la razón.
Pera esta vez era distinto, ya no íbamos sobre motores ruidosos que nos transportaban sin esfuerzo por la montaña, ni ventanillas que nos reparen del viento. Llegábamos en bici, cansados y dóciles, con la piel curtida y la emoción llenando los ojos. Entre subidas y músculos rígidos nos habíamos ganado el derecho de estar en aquella laguna para mirarla sin culpas y decirle, que a veces los hombres no buscamos conquistas, sino simplemente poder descubrir la paz que nos da lo que alguna vez fuimos.

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El viento pareció entendernos porque esa tarde, muy extrañamente, en la laguna y sus alrededores todo estuvo quieto durante varias horas para dejarnos disfrutarla entre calma y sol.
Decidimos intentar un atajo, estábamos a 4400 msnm en el refugio Veladero y queríamos llegar al refugio El Peñón antes de que anochezca para dormir más bajo y al otro día finalmente poder llegar a Vinchina, así que en vez de retomar la ruta y hacer una vuelta grande, nos metimos por una huella que nacía de la laguna y que al parecer nos dejaría directo en el camino nuevamente. Después de un largo rato arrastrando las bicis entre piedras volcánicas y dudando si habíamos elegido la mejor opción, retomamos el camino. Era una recta de ripio larguísima llena de grandes badenes en medio de aquel valle volcánico, teníamos que cruzarla lo más rápido posible, sabíamos que cuanto más pasaran las horas, más difícil se nos iba a poner el viento y en ese tramo las ráfagas pegaban sin reparos. Por suerte el ripio era firme y no nos dificultaba el avance. Nuestro objetivo principal consistía en subir hasta El Portezuelo, la última trepada que nos quedaba, para luego poder hacer todo bajada.
Los badenes no terminaban nunca, cada vez eran más y más difíciles. :-“¡¡Aprovecha el envión!!!”, me gritaba Javi mientras bajaba a toda máquina para subir sin pedalear. Pero no había caso, yo dejaba ir la bici todo lo que podía, pero cuando la velocidad me hacía sentir que perdía el control y la subida se volvía un paredón imposible de piedras sueltas, me ganaba el miedo y el instinto de supervivencia apretaba los frenos dejándome en medio de una nueva pendiente con la bici haciendo la vertical y Javi mirando desde arriba sin poder entender como no aprovechaba el envión. Después de maldecir badenes y repetir la misma situación durante un rato llegamos hasta el cartelito del Portezuelo. La tarde empezó a caer y las montañas con sus colores y brillos se volvieron de terciopelo. Parábamos para fotografiar y grabar intentando capturarlo, volverlo pixeles, pero el resultado nunca era suficiente y la frustración nos sonreía en la cara pensando, que por más realidad virtual con la que insistiéramos, por suerte nunca nada podríamos reemplazar la infinita inmensidad de la vida.

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Muertos de frío y hambre aterrizamos en el refugio El Peñón. Estábamos en eso de poner la pava para el mate cuando sentimos un auto. Nos miramos dudando quién podría andar por ahí a esas horas y salimos inmediatamente a sacarnos las dudas, afuera ya era de noche. El auto estacionó en la entrada del refugio y un hombre muy relajado empezó a bajar mochilas y bolsos. Era Alex, un vasco montañista y músico que andaba buscando sus propias cumbres. Charlamos mucho, comimos mucho más y volvimos a charlar con café y chocolate. Nos quedaban las últimas raciones de todo, pero como sabíamos que ya estábamos en una zona más segura y que al otro día llegaríamos a Vinchina, no dudamos en hacer un gran festín. Las montañas y los amigos en común nos tuvieron ocupados un largo rato, pero no pasó mucho hasta que el cansancio nos metió en las bolsas de dormir.
El placer de despertarse sabiendo que ese día íbamos a completar un nuevo cruce de cordillera y, que además todo lo que nos queda por delante era en bajada, se notó en nuestra excesiva relajación. Ninguno de los dos lo dijo, pero no era necesario.
Hoy no hay apuro. Hoy no hay nada de qué preocuparse. Disfruta!!

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La altura, el frío y el clima no importaban, estábamos a 3600 msnm y el camino bajaba hasta los 1480 en Vinchina. El agua y la comida no importaban, ese día estaríamos en un pueblo. El cansancio no importaba porque era todo descenso. Todas aquellas cosas que nos mantenían pendientes y atentos siempre que pedaleábamos en la cordillera, ese día no importaban.
Será por eso que justo aquel día en el que bajábamos despreocupadamente livianos y seguros, nos caímos.
Una curva, el ripio suelto, mi rueda que resbala de costado y Javi viniendo de atrás. Le sangraba la rodilla y el dedo de una mano. Había quedado desparramado en el suelo, lleno de polvo y con cara de dolor. Yo, en cambio, no me había hecho absolutamente nada. Por suerte además de unas pequeñas heridas en el dedo y la rodilla producidas por el piñón de mi bici y algún que otro dolor por el golpe, Javi no tenía nada importante o que le impidiera seguir pedaleando así que después de limpiarse la sangre y sacarnos el susto, pudimos continuar. ¿Pero si le hubiera pasado algo más? ¿Si no hubiera sido sólo un susto? Aún estábamos a 3000 msnm en la montaña, y ya no teníamos ni agua ni comida, porque nos habíamos confiado, porque aunque faltaban unos 60 km de cordillera hasta el primer pueblito poblado, nos habíamos confiado. Qué tontos!!! Ahora lo sabíamos, que par de tontos!!! Bajar las montañas siempre es tan importante como subirlas.
Cuando llegamos al asfalto el aire caliente nos recordó que abajo era verano Riojano ufffff….el choque era duro. En pocas horas pasamos de la pluma y las medias térmicas a desesperarnos por un poco de sombra y una Coca-Cola bien helada. Bendita Cordillera y sus alturas!!!

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95km y finalmente Vinchina. Teníamos muy claro cuál era la prioridad, por eso íbamos despacito y cabeceando de un lado para el otro por las calles del pueblo, hasta que finalmente lo encontramos, frenamos de golpe, apoyamos las bicis donde pudimos y entramos.
-Buenas tardes!! 150 de salame, 200 de queso, 100 de paleta y 1/2 kilo de pan, por favor.
Abrí la heladera de bebidas del mercadito y el aire fresco me provocó unas ganas incontenibles de meterme adentro y cerrarla, pero el paquetito de fiambre me recordó que tenía algo muy importante por delante, así que continué. Toqué una a una las gaseosas para medir frescuras y agarré la de atrás de todo.
La plaza de Vinchina era grande, había pasto y sombra. Para muchos una plaza como tantas otras, para nosotros el paraíso. Por eso creo que si hoy me dieran el más elaborado e increíble plato del mundo, nunca podría equipararse al placer que sentí aquel día. A veces sólo hace falta estar atento o viajando en bici, para entender que lo más maravilloso de la vida se compone de cosas tan simples como un sándwich de salame y queso con gaseosa bien helada en la plaza de un pueblo.

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“No vayas a creer lo que te cuentan del mundo (ni siquiera esto que te estoy contando) ya te dije que el mundo es incontable.” Mario Benedetti

mapa

INFO UTIL
Distancia total: Entre Copiapo y Villa Unión 430 km
*Terreno: Desde Copiapo, Chile, hay unos 28 km de asfalto hasta tomar la ruta hacia el Paso Pircas Negras, a partir de ahí el camino se vuelve de ripio en muy mal estado que ir mejorando hasta volverse firme a los 43 km aproximadamente. Luego la ruta se mantendrá en buen estado y del lado Argentino irá variando entre tramos de asfalto y ripio.
*Tránsito: Del lado Chileno la ruta es muy transitada por camiones y camionetas de mineras hasta la bifurcación de La Guardia, a partir de ahí el tránsito desaparece casi por completo y es muy extraño cruzar algún vehículo. Recién se vuelve a ver movimiento vehicular a partir de Barrancas Blancas el puesto fronterizo que se encuentra del lado Argentino y una vez llegados a Laguna Brava es muy habitual cruzar caravanas de turistas.
*Agua: Del lado Chileno se puede reponer agua en algunas fincas, obradores y puestos de comidas o pedir a los camiones y camionetas de las mineras. A partir de la bifurcación en La Guardia se podrá reponer en la vega que se encuentra frente al puesto abandonado de migración Chilena. Del lado Argentino los puntos son:- Barrancas Blancas -Refugio El Peñón (Tubo al costado del camino unos cientos de metros rumbo a Vinchina) -El Jaguel -Vinchina.
*Época: La mejor para cruzar es entre septiembre y diciembre. Se puede hacer en otros meses averiguando con anterioridad si el paso está abierto y es necesario tener mayor cuidado en época estival (enero-febrero) con las tormentas eléctricas y aludes y en invierno (mayo-agosto) con las nevadas y bajas temperaturas.
*Frontera: El puesto fronterizo se encuentra unificado en Barrancas Blancas del lado Argentino.
*Viento: Comúnmente comienza a partir del mediodía desde el oeste. Es fuerte y constante. En el valle donde se encuentra Laguna Brava los vientos no tienen reparo, por lo que se considera una zona muy complicada en ese aspecto.

www.pedaleandoruta40.com.ar

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