KayakMountain Bike

Bikerafting en el Río Santa Cruz

febrero 14, 2019 — by Andar Extremo

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KayakMountain Bike

Bikerafting en el Río Santa Cruz

febrero 14, 2019 — by Andar Extremo

Andrés Calla de la Vida de Viaje en compañía de Javier Rassetti y Marisol López de Nación Salvaje, hicieron un viaje muy particular y recorrieron el río Santa Cruz por momentos en mountain bike y por momentos navegando en botes inflables. Aquí, la experiencia del viaje. Nota de la revista n° 52

Texto: Andrés Calla. Fotos: lavidadeviaje.com / nacionsalvaje.com

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En el suelo están los botes desinflados y el equipo desparramado. Las bicis están intactas y nosotros todavía no nos pusimos los trajes secos. Estamos apurados por aprovechar lo que queda del día pero la puesta a punto del equipo es lenta o por lo menos esa es mi sensación. Miro el reloj y ya pasó casi una hora. Por instantes pienso que estamos desarmando lo ya armado, pero creo que en el fondo estamos tratando de estirar lo más posible eso que sí o sí sabemos que tiene que pasar: empezar a flotar.
El río avanza con fuerza, sin embargo casi que no sentimos su movimiento. Ya vamos una hora y no pasa nada. ¿Esto era? ¿Tanto mambo previo para esto? Pasamos un par de curvas y lo más emocionante es ver unos guanacos apareciendo en el filo de uno de los acantilados.

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Miro a Javi y Sol, y vienen bien. Quizás un poco tensos por las primeras sensaciones pero de a poco se van aflojando. Mientras tanto, el río se empieza a encajonar entre paredones y los principios de la física sobre la mecánica de los fluidos hacen de las suyas. El agua se acelera y estamos entrando en la primera zona de rápidos. Voy atento y cada tanto el río me sorprende con borbotones que salen de la nada y remolinos que se forman en segundos. Por momentos hay ondulaciones y los botes suben y bajan casi un metro respecto de la línea de la costa.
De repente, la cola del bote se me empieza a ir de costado y siento que se hunde. Giro la cabeza y veo atrás mío cómo se forma un remolino gigante con forma de embudo. Me empieza a chupar y sólo puedo hacer una cosa: remar, remar y remar. Remar tan fuerte como pueda hacia adelante. Poner cada milímetro de músculo al límite para poder salir cuanto antes de ahí. Sé que puede pasar que nos demos vuelta. Sé que puede ser parte del juego, pero eso, no va a pasar ahora. Empujo con fuerza, logro sacar el bote y me escapo.
A unos treinta metros viene Javi y un poco más atrás Sol. Les grito para avisarles que por ahí no pasen, y reman para alejarse. Vuelvo a respirar con normalidad. El río avanza rápido y las sorpresas van apareciendo.

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Los siguientes kilómetros los hacemos a buen ritmo. En cualquier momento sabemos que nos vamos a encontrar con lo que queda de un muelle caído. Lo había puesto hace poco una estancia para cruzar ovejas pero la fuerza del agua de la última crecida lo tiró y quedó volteado hacia uno de sus lados. Días antes de salir “El Colo Shule”, un kayakista amigo que conoce el Santa Cruz como nadie, nos dio una mano con la logística de la bajada y con su ayuda pudimos marcar en el GPS varios de los puntos donde debíamos estar atentos, las estancias abandonadas para poder pasar la noche y las posibles vías de escape a la ruta por si teníamos algún problema o mal clima.
El sol está más bajo, las fotos se empiezan a ver más doradas y no tenemos idea dónde está el puesto. ¿Habremos seguido al pie de la letra las indicaciones del Colo? ¿Nos habremos pasado? Minutos después… ¡puesto a la vista! Remamos con un solo objetivo en mente: llegar, bajarnos de los botes, cambiarnos el equipo húmedo por ropa seca, calentar agua para el mate, cenar y descansar.
A la mañana siguiente se respira aire fresco y silencio. Con todo listo volvemos al río y el día no puede ser mejor. Casi que no hay viento, el sol nos acompaña y las nubes son las justas y necesarias para pintar el cielo y darles un equilibrio a las fotos. El objetivo del día: la estancia abandonada Lubeck. El objetivo de ahora: volver al cauce principal del Santa Cruz. Ayer, para llegar al refugio donde hicimos noche, tuvimos que meternos en una especie de delta del cual ahora tenemos que salir. Como casi no hay corriente toca remar y así, avanzamos lento. El poco viento que hay lo tenemos medio de costado y en contra, y eso nos demora bastante más de lo que pensábamos.

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De a poco nos vamos sintiendo parte del paisaje. El ayer quedó mucho más que a 30 kilómetros y hoy todo se siente a otra velocidad. Cerca de las cinco de la tarde vemos una estancia y decidimos que hasta acá llegamos por agua. El pronóstico nos marca que en cuestión de horas va a empezar a soplar mucho viento así que buscamos un reparo donde poder armar la carpa y pasar la noche.
Los mates cortos que tomamos se lavan rápido y ponen en peligro el cálculo de yerba que hicimos para las dos semanas de travesía… pero qué importa si el momento es ahora y con amigos. El sol se va en el oeste y estamos en ese momento donde la luz empieza a ser poca y todo se va poniendo oscuro. Es en esos minutos donde la noche le empieza a pedir permiso al día, y elegimos no romper con las linternas la calma obligada de hacer todo un poco más lento. Es en este tipo de viajes donde uno empieza a sentirse de vuelta en equilibrio viviendo al ritmo del sol y la luna, lejos de las pantallas y todas las lucecitas de colores.

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La foto de los tres antes de entrar al río nunca existió. Por la vorágine de empezar la travesía nos olvidamos de esa foto tan simbólica que tienen todos los viajes. Recién terminando el segundo día pusimos la cámara en modo autorretrato y con esa foto tildamos el pendiente. Nuestras caras están un poco más curtidas por el clima, las pocas horas de sueño y no son las mismas que cuando empezamos, pero los tres sabemos bien que cuando esas caras llegan es porque estamos donde queremos estar haciendo lo que queremos hacer.
La mañana es fría y caminamos hasta la costa para cargar las caramañolas. Vemos el río y es imposible de navegar. Sería muy difícil remar con un día así y aunque se pudiera no valdría la pena correr el riesgo. La Ruta 17, que corre de oeste a este en la misma dirección que el viento, es la mejor opción para este tercer día de travesía.
La ausencia de humanidad es lo que hace diferente a estos lugares perdidos en el horizonte. Vamos pedaleando por una huella y eso es lo único que nos habla del hombre. Esta ruta de la Patagonia no tiene alambrados y eso nos genera una sensación hermosa: pareciera que las tierras no son de nadie.
En cada curva nos acercamos y alejamos del Santa Cruz y a la distancia podemos percibir cuál es la verdadera fuerza y dimensión de este último gran río libre. Imaginar que en unos años todo esto puede quedar bajo el agua nos da mucha tristeza. Si así como está es perfecto, ¿qué es lo que le da derecho a unos pocos que nunca pisaron estos suelos a llegar con sus máquinas y planos a querer cambiarlo todo?
Al día siguiente la ruta vuelve a ponerse paralela al río y es momento de tomar una decisión. El pronóstico indica que los próximos días el viento va a ser fuerte y tenemos tres opciones: seguir en bici por la Ruta 17 o la Ruta 9 (pero eso implicaría alejarnos del río por varios días), seguir por agua y jugarnos a que el clima cambie, o esperar que el viento no sea tan fuerte. Estamos en lo que se conoce como Cóndor Cliff y acá cerca se está levantando la primera de las dos megarepresas que van a cortar el río Santa Cruz. Como vinimos a este río para conocerlo de cerca y ver lo que está sucediendo con nuestros ojos, la balanza se inclina para seguir por el agua. Si mañana el viento nos saca, la próxima salida estará a más de 70 kilómetros y tendremos que caminar por la estepa.

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“Conocimos un río Santa Cruz que corre libre desde los Andes al Mar y hoy más que nunca levantamos la bandera de su lucha por seguir siéndolo”

De a poco nos vamos acercando al ruido. Un ruido ridículo que aturde el silencio de la naturaleza. Un ruido que no debería estar dinamitándolo todo para construir paredes. Dicen que todo esto es en nombre del futuro y la energía pero donde otros dicen ver la luz, nosotros no podemos ver más que oscuridad.
Al quinto día pasó lo que podía llegar a pasar. Una tormenta que avanza a buen ritmo desde el oeste nos obliga a pensar rápido. Donde hasta hace un rato había horizonte, ahora hay polvo en el aire y en minutos ese viento va a llegar hasta acá. Tenemos que decidir si entramos o no al río.

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Y entramos. Pero así como nos metemos avanzamos apenas 500 metros y las primeras ráfagas nos sacan de un envión. Con el viento llega la lluvia y ahora no queda otra que esperar: nos sentamos en los botes, nos ponemos las capuchas y sentimos por un largo rato a la Patagonia bien de cerca, tan de cerca que por momentos asusta.
Después de la tormenta empezamos a caminar. La estepa es un ambiente tan hostil que nuestras ruedas lo empiezan a sentir con sus espinas. El plan B de caminar los 70 kilómetros que nos separan de la próxima salida a la ruta ya es una locura y un par de casitas que vemos a la distancia se convierten en nuestro único objetivo. Es hora de dejar el río e improvisar.
Llegamos a la estancia de noche como desconocidos, pero al minuto siguiente ya tenemos un mate caliente entre las manos para olvidarnos del frío. Dormimos hasta el mediodía y al levantarnos nos quedamos en las bolsas de dormir charlando sobre el día que pasó que ya se convirtió en una anécdota. Ahora nos toca descansar para recuperar energías y planificar cómo van a ser los próximos días.

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En la Estancia Juana nos quedamos dos noches. Ya van seis días desde que arrancamos la travesía, y a pesar de que los planes cambiaron más de una vez, podríamos decir que estamos casi en la mitad del río. Al octavo día el viento para y volvemos al movimiento. Pedaleamos por la Ruta 9 hasta la próxima bajada que está a unos 30 kilómetros y nos reencontramos con el río.
Esa noche acampamos en Los Plateados, un puesto abandonado. Es temprano y tenemos todo listo, pero también tenemos muchas dudas: estamos cerca del final y hay que tomar otra vez la decisión de si seguimos por agua o por tierra. Hoy el viento no es un problema pero si pasa lo que el pronóstico dice que puede llegar a pasar mejor estar sobre las bicis que arriba de los botes. Decidimos esperar. Al final del día la estepa nos regala un atardecer dorado de esos que quedan grabados para siempre y forman parte de nuestro tesoro de momentos eternos.
El viento amaga y la mañana se vuelve incertidumbre. Parece que sí y al final no. Cuando parece que no, al final sí. Ya no podemos esperar más: nos subimos a las bicis y salimos a buscar otra vez la ruta.

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Casi como si se tratara de un guión que se va escribiendo kilómetro a kilómetro, la ruta se acerca al río y vamos sintiendo la despedida. El viento nunca sopló como pensábamos y aunque quisiéramos meternos con los botes, únicamente vemos paredones y no queda otra que seguir en bicicleta.
Llega el día doce y sabemos que no todo salió como lo planeábamos, sin embargo, así fue perfecto. El río ya es parte de nuestra historia y nosotros dejamos un poquito de lo que somos en esas aguas de la Patagonia. Conocimos un río Santa Cruz que corre libre desde los Andes al Mar y hoy más que nunca levantamos la bandera de su lucha por seguir siéndolo.

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