Mountain Bike

TANZANIA en Bicicleta, Alberto Meza

mayo 24, 2020 — by Andar Extremo0

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Mountain Bike

TANZANIA en Bicicleta, Alberto Meza

mayo 24, 2020 — by Andar Extremo0

Alberto Meza estuvo casi dos años recorriendo África. Por su filosofía de viaje, no pagá hoteles, lo hace sin sponsors y sobrevive con dos dólares por día. Esto le permite tener un contacto más profundo con los países y sus culturas, y le permite narrar experiencias únicas metiéndose dentro de la vida de cada lugar que pasa. Nota editada en la revista Andar Extremo n°31 Mayo/Junio 2014

por Alberto Meza textos y fotos drugomon@yahoo.es

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En migración solo me sellan el pasaporte y me dan un recibo. El oficial Me advierte que no lo pierda. A esa hora de la tarde no tengo ganas de pedalear. Prefiero descansar allí y continuar por la mañana. Le pregunto al oficial de migración si es posible acampar en su predio. Me permite armar mi carpa debajo de un quincho.
Hace bastante calor y tengo hambre. Tengo unos pocos meticais (moneda de Mozambique). Los cambio shillinges tanzanos. Un hombre me pregunta si quiero cambiar dólares. El cambio es 1700 shillinges x 1 dólar. Me dicen que puedo comer chips and eggs (tortilla de papa) con 1700 sh. Luego viene un policía muy prepotente a inspeccionar mi bicicleta. Nunca hay que mostrar enojo cuando los policías quieren demostrar autoridad. Es mejor sonreír y fingir amabilidad si el procedimiento molesta. En un minuto constata que todo está en orden. Conservando la misma actitud le pregunto dónde puedo comer algo. Señala un lugar. Me acompaña. Me pregunta si hablo swhilhi. Le digo que no sé ni jota pero que quiero aprender. Pregunto palabras y anoto. Se suma otro policía. Me corrigen la pronunciación. Quiero saber lo más importante: caro, barato, cerca, lejos, cuánto cuesta, hoy, ayer, mañana, etc. Se vuelven totalmente amables. Uno toma mi cuaderno y anota frases muy útiles. Le digo que tengo mucha hambre.

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Comprando comida
Veo ollas en el fuego. Me dicen los policías que una señora vende comida. Conjugo palabras. Miminjaa. Yo hambriento. Ngapichakula. Cuanto costar comida. La señora me dice el precio. 3000 shillings (18$) por un tortilla de papa, es caro, me lo dicen los policías. Respondo: chakulagari. Asante. Comida cara. Gracias. A mí alrededor ríen a carcajadas. Mis amigos me dicen que ella cree que tengo mucho dinero y por eso el precio. Busco en mi casero diccionario dos palabras: Mimimaskini. Yo pobre. Me dicen que podemos compartir los gastos para que todo sea más barato. Antes de comer pregunto si es posible conseguir un poco de agua para bañarme.
Cuando termino, la comida está lista. Devoro mi porción de tortilla y me doy un lujo: una gaseosa. Luego los policías me llevan a caminar por el pueblo. Me invitan un choclo asado. Supongo que no me va a gustar, pero no lo rechazo y hago bien porque es exquisito. Paso la noche en el patio de migración. Vienen varios a merodear. Escucho la palabra musungo (así le dicen a los blancos. como es de noche no se dan cuenta que soy negro) y sé que hablan de mí. Por la mañana me despido de los policías y comienzo a pedalear.

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Un mal momento
A Muanga, la primera ciudad tanzana, llego después de pedalear 4 horas. Encuentro un cuerpo de bomberos y les pido permiso para poner mi carpa, pero me lo niegan. Entonces me dirijo a la policía y pido hablar con el comandante. Aparece dos horas después. Le pregunto si es posible acampar en el patio de su comando, pero él, muy alterado, comienza su interrogatorio. Por qué, para qué, dónde está su autorización para viajar por el país, dónde está la carta de su gobierno y una serie de estupideces más. Pregunta muy enojado y tres oficiales me rodean. En ese momento me arrepiento de haber ido allí. Me pongo nervioso y el comisario se exalta. Le muestro de nuevo mi pasaporte. Le digo que sólo soy un turista viajando en bicicleta. Le señalo el sello que dice Tanzania, le muestro el recibo de la visa, le pido disculpas por molestarlo y le digo que me voy. Mira el recibo y se toma el trabajo de llamar a la frontera. Pregunta acerca de mí. Hablan en swahilli. Su cara cambia.
Corta, y su tono de voz es otro. Ahora habla con amabilidad. Sonríe, me dice que no hay problema para acampar y me pregunta si tengo hambre. Le indica a un oficial que guarde mi bicicleta en el garage del destacamento y me pide que lo acompañe. Me lleva a un restaurant y me dice que pida lo que quiera. Sólo pido unas papas, pero él agrega a la lista, gaseosa, pollo, cordero, ensalada y un grande jugo de frutas. No objeto sus órdenes, pero pregunto el precio por las dudas. Me responde que todo corre por su cuenta. Ataco el plato. Hablo poco y asiento a todo lo que me dice. Cuando voy por la mitad del plato, pregunta si quiero más. No lo dudo. Digo que sí. Me traen más papas y más pollo. Limpio el plato. Él charla con unos amigos. Al rato viene su hija y me llevan a un bar. Ahí me invitan más gaseosa, helados y torta.
Agradezco todo el tiempo. Su hija dice que no es nada. Ella es muy divertida y su carácter le hace honor a su nombre: Happines.
Mientras bebe su segunda copa de vino, el jefe de policía me regala 10.000 shillingues. (60$) Los rechazo. Digo que mi política es no pagar hoteles ni restaurantes, pero que tengo dinero para viajar. Ambos insisten rotundamente. Los acepto. Luego de ese bar me llevan a otro. De nuevo comidas y bebidas. Les cuento las cosas raras que me sucedieron en el viaje. Se hace medianoche y se me cierran los ojos. Me llevan a la estación de policía. Cuando me despido, les doy un fuerte abrazo y digo: asante y kuaheri: Muchas gracias y adiós.

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Dar Es Salam
Llegar a Dar es Salam me toma cinco días. Como varios tramos de la ruta estaban siendo reparados, pedaleo por improvisados caminos de tierra donde los camioneros, como en otras oportunidades, me bañan de tierra. Los pequeños pueblos que encuentro siempre son una oportunidad de sumar palabras de swahilli. Nunca falta el que quiere saber cuánto dinero tengo. A esto respondo dos palabras: mimimasquini. Yo pobre. Cada vez que llega la noche pido permiso al dueño de alguna quinta, o maestro de una escuela, para descansar dentro de su terreno. Ninawezakupumsikahapa?. Puedo descansar aquí. Por las noches ceno el típico ugali. Es la polenta nuestra, pero blanca y con la consistencia de una masa. Se lo acompaña de sucumawiki, una salsa que se prepara con las hojas de la planta del poroto. Se la come con la mano. Otras veces pruebo mchellenamarague: arroz con porotos. Los crocantes mandazis(buñuelos) me aseguran combustión en el estómago y fuerzas en las piernas.
En los mercados rurales me aprovisiono de comida. Pregunto precios: shillinguin´gapi? Siempre intentan engañarme. A pesar de ser negro como ellos, no tienen piedad e intentan cobrarme el triple. En swahilli caro es ghari. Repito esa palabra muchas veces. Responder en swahilli hace que los precios bajen de a poco. Con una sonrisa siempre ofrezco menos de lo que me piden, y ellos con otra sonrisa en la cara pretenden estafarme. Cuando me alejo recién me dicen el precio real.

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Dar es Salam no es una capital demasiado interesante. A metros de la costa se concentran las oficinas de los ferrys para ir a Zanzíbar, los bancos, casas de cambio y los cibers de deficiente servicio. Internet en Tanzania es superlento. Me vuelvo histérico tratando de enviar mails. Cuesta 1500 sh (9$) la hora. También por ese lugar están los hoteles donde paran los mochileros. Los precios por noche van desde 5 dólares para arriba. Camino y veo precios. Me acerco a las oficinas de los ferrys. Hay varias, una pegada a la otra. El más barato cuesta 40 dólares y tarda 45 minutos en llegar a las paradisíacas playas de Zanzíbar. En una agencia me dicen que si llevo clientes me bajarán el precio, pero que me cobrarán por la bicicleta. Hago la cuenta mentalmente. 200 dólares en 4 días. No me convence gastar el presupuesto de 2 meses en 4 días. Recuerdo el Yucatán Mexicano, del archipiélago panameño San Blas, de las caribeñas costas colombianas, y de las turquesas costas mozambicanas. Ya había visto varios paraísos costeros. Les respondo que lo pensaré. Me siguen una cuadra tratando de convencerme.
Caminando encuentro mercados. Me gusta la atmosfera. Toda clase de cosas nuevas y usadas se encuentra allí. Me compro rodajas de caña de azúcar por 100 shlls (0,60$) y camino.
Busco repuestos para la bicicleta pero en este país los repuestos son antiguos y los arreglos los hacen a los golpes. No tienen llaves para extraer platos y todo es a mazazos. Me vuelvo loco cuando quieren pegarle a mi bici. Los detengo a gritos, pero alcanzan a darle unos. No entienden los que les digo pero sí que están cometiendo un pecado. Pongo mi bici en un costado y hago el arreglo por mi cuenta. Le pongo un eje común y queda bien.

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Un lugar para acampar
Por la tarde busco un lugar para acampar. Pido un espacio en el patio de la municipalidad, pero me reciben muy mal. Un señor me dice que era posible pasar la noche en la terminal de colectivos de Ubungo, que está a 7 km de allí. Llego de noche un poco asustado porque si bien hay gente caminando, las calles son muy oscuras. Al entrar en la terminal me piden que pague un ingreso, pero digo que voy a la policía y me dejan pasar. En la comisaría hablo con el comandante, un oficial muy serio. Le explico que viajo en bicicleta, que es muy tarde para buscar un alojamiento y le pregunto si es posible acampar allí. Le muestro mi pasaporte y eso lo convence. Ante la mirada de la gente armo mi carpa y me doy una gran ducha con mis dos botellas de agua.
Dando una vuelta por la inmensa terminal, conozco a Viviano, una persona muy noble. Cuando pregunto el precio de una tortilla, lo aumentan 3 veces. Viviano me advierte que lo real son 1500 sh. (9$). Quiere saber de dónde soy e insiste en invitarme una tortilla y una gaseosa. Él tiene un negocio en la terminal. Cuando termino de comer vamos a su negocio, y aunque intenta regalarme algunas cosas insisto en pagarlas. Me ofrece alojarme en su casa, pero prefiero quedarme en la policía. Al día siguiente me lleva a ver otras partes de Dar es Salam y me resultan interesantes. Paso tres días en la capital tanzana. Las tres noches acampo en la policía cuyos agentes muy amablemente me reciben día tras día.
La real África aparece cuando encuentro algunas aldeas de masáis y varios de ellos caminando al costado de la ruta con sus bastones y sus orejas con agujeros grandes. Me piden que me saque una foto con ellos para después pedirme 5 o 10 dólares. Contesto que tener una foto con mi bicicleta cuesta una de sus decenas de vacas. Se enojan. Dicen que son pobres. Les contesto que en Argentina cualquier persona que tuviera más de 100 vacas no es pobre.
En los pequeños poblados me siguen matando con los precios. En un puesto callejero, después de comer una tortilla de papa, intentan cobrarme 5000 shilligues (casi 30$). Les digo que el precio real es 1500, pero ellos insisten en que pague 5000. Les respondo que no había problema en pagar 5000 sh, pero que iría con el policía que estaba al frente porque él me había dicho que el precio real eran 1500. Se miran desconcertados. Cuando me levanto de la mesa, me dicen con una sonrisa: ok, onlyforthis time 1500.
En la ruta, todos los días me asombro al ver a hombres llevando pesadas bolsas cargadas de carbón en sus antiguas bicicletas sin cambios. Pienso que con el equipo adecuado ellos podrían ganar el tour de France fácilmente.

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Palabras de estímulo a mis hermanos africanos
Por las tardes comienzo a padecer las lluvias. Una tarde estaba tan empapado que pido un lugar para descansar en una escuela secundaria. El director me recibe cordialmente. Me dice que no hay problema y que hace unos años ya había recibido a otro que viajaba en bicicleta igual que yo. Me habla sobre sus alumnos. Muchos varones y pocas mujeres. Cuenta que en la mezcla de cultura africana y musulmana malentendida, la mujer está condenada a la casa y a la cocina, pero que poco a poco el número de mujeres aumenta en la escuela. Me pide que, por la mañana, antes de despedirme, diga unas palabras a sus alumnos.
Supuse que sería en un aula, pero al día siguiente, cuando ya me había preparado para partir, veo unos 300 chicos en el patio. Me asomo. El director les habla. Cuando me ve, me llama. Me dice que ellos ya saben quién soy y que les diga unas palabras. Caigo en un lugar común y les digo que nadie puede decidir por ellos sobre qué hacer con sus vidas, que cualquier cosa que quisieran la podían conseguir. Que sólo había que salir e intentarlo. Que se caerían muchas veces, pero que todo lo que vale la pena en la vida requiere esfuerzo y no debían darse por vencidos. A las mujeres les dije que sabía cuánto estaban luchando por ir a la escuela todos los días.
Que sabía que era muy duro, pero que el que la situación sea tan adversa les mostraba cuán fuertes que eran. Y que cuando alguien les dijera que sólo servían para lavar los platos y tener hijos, estudiaran más duro, porque esas personas eran estúpidas que no habían conseguido nada y tampoco querían que ellas lo consiguieran. Les dije que la fuerza estaba es sus corazones y que la usaran para convertir sus sueños en realidad. Que todo era posible si se lo proponían. Todas tenían una sonrisa en la cara y cuando terminé, chicas y chicos me aplaudieron.

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Gente que vale
Otra tarde de lluvia torrencial pido alojamiento en otra secundaria. Me reciben 6 alumnos. Piden autorización para que pueda quedarme y luego me ceden su cuarto para que descanse. Me invitan a cenar shima con pescado seco. Me cuentan que sus casas estaban muy lejos y que por eso vivían allí durante el ciclo escolar y que sembraban maíz y porotos para comer ya que sus familias eran muy pobres y no podían enviarles dinero.
Cultivaban una parcela y lo que comían lo tomaban de allí. Me cuentan que estaban en exámenes finales y que estudiaban todo el día para conseguir buenas notas y aspirar a becas que daba el gobierno para ir a la universidad ya que de otro modo sería imposible pues la universidad es privada. Se tomaban lección entre ellos y también se daban ánimo. Uno de los seis ya había terminado la escuela y era maestro. Me dice que su sueño era ser doctor pero que la universidad era muy cara y que ahorraba mucho porque, según su cálculo, trabajando durante 5 años y con la media beca que intentaría conseguir del estado podría ir a la universidad.
Había otro de quince años y hace cuatro que vivía allí. Hablaba inglés y francés. El inglés lo había aprendido en la escuela, porque en Tanzania en la primaria todo se enseña en Swahilli y en la secundaria todas la materias se enseñan en inglés, pero el francés lo había aprendido por su cuenta. Me dice muy convencido que debía ir a la universidad para conseguir un buen trabajo y poder ayudar a su familia que vivía en una aldea muy pobre y que todo lo que pudiera aprender lo ayudaría a mejorar.
Siendo tan jóvenes tenían muchísimo para enseñar. Me acompañaron hasta la tranquera. Estaban asombrados de mi viaje y yo lo estaba de su fortaleza. Me despidieron rezando en árabe y deseándome la mejor de las suertes.

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En los alrededores del Kilimanjaro
Al acercarme al área del Kilimanjaro, los paisajes son cada vez más impresionantes. Fotografío montañas y valles. En algunos caseríos, niños se arremolinan para verme. Les saco fotos y se asombran al verse en la cámara. Muchos lugares son auténticos paraísos. Los masáis, permanentemente arreando a sus vacas, caminan al costado de la ruta. La mayoría de ellos son altos y musculosos.
Cuando llego a Moshi me acosan varios agentes de turismo y me ofrecen escalar el Kilimanjaro por sólo mil dólares por 4 días de tour. Como se dan cuenta que es caro para mí, me ofrecen el Monte Meru por 700 dólares. Me dicen que el precio es muy barato y que incluye todo. Les digo que lo pensaré y todos me dan su tarjeta.
Arushaestà a 50 km de Moshi y es una ciudad más turística desde donde se contratan excursiones y safaris. Me quedé varios días caminando por sus calles y sus mercados. Me alojé en un barrio muy humilde y todos los días desayunaba chainamaziwa: té con leche con ricos mandazis (buñuelos) crocantes. Alejarse del centro de la ciudad e internarse en los alrededores y mercados locales es una excelente oportunidad de conocer la real África, ya que mucha gente, cuando piensa en África, sólo imagina leones, elefantes y jirafas, y luego, cuando vuelven a sus países dicen muy orgullosos que conocen África por haber hecho un tour de cuatro días y por haberse sacado un par de fotos con animales.

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Antes de llegar a Kenia
La frontera con Kenya se encuentra a 120 kms de Arusha. Pedaleo durante ocho horas. Son mis últimos kilómetros en Tanzania. Como estoy muy cansado, pienso acampar en unas aldeas masáis, pero no veo mucha amabilidad. Además los masáis piden dinero todo el tiempo, cosa a lo que los acostumbraron los turistas de los tours. El día anterior cuando tomaba un descanso al costado de la ruta, se me acercan tres niñas masáis de diez o doce años con grandes piedras en las manos. Me exigen dinero amenazándome con arrojarlas. Me gritan: money! money!. Cuando digo que no tengo dinero, una me arroja una piedra que da en la bicicleta.
Varios hombres masáis miran lo que ocurre y no hacen nada. Amago con bajarme de la bicicleta. Ellas se alejan un poco, pero vuelven a atacar a piedrazos. Bajo de la bicicleta, tomo un palo y corro detrás de ellas. Escapan gritando. A los 200 metros otros niños que salen de la escuela me arrojan piedras. Persigo a uno y casi lo agarro. Decido pedalear rápido hasta a la frontera.

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Llego casi de noche. Un par de kilómetros antes unos policías me detienen. Les pregunto si puedo acampar allí pero me dicen que es peligroso, que era posible que me roben. Me recomiendan un hotel. Les cuento que no pago hoteles. Les digo que había dormido varias veces en las estaciones de policía y que intentaría quedarme allí, pero me advierten que sería imposible.
Al costado de la ruta se ven muchos camiones. Es la misma escenografía de casi todas las fronteras del mundo. Está bastante oscuro. Pregunto por la policía. Varios chicos comienzan a seguirme. Otros me gritan muzungo. En forma de advertencia, siempre pregunto por la policía y digo que busco a mi amigo el teniente o capitán e invento el nombre. Eso ahuyenta a los ladrones. Me doy cuenta que las miradas y los rostros cambian.
En la estación de policía, pregunto por el jefe. Pido permiso para acampar. Le digo que no necesito nada, solo estar cerca de ellos, por seguridad. Lo piensa durante unos minutos. Lo convenzo al mostrarle los nombres y teléfonos de los comandantes de una decena de comisarías donde había descansado. Le cuento que cómo shima con azúcar. Se ríe. No lo puede creer. Para ellos eso es incomible. Luego me muestra un lugar para acampar.
Era mi tercera vez en ese país. Al día siguiente voy a migración. Me sellan la salida de Tanzania. Compro unos chapatis con los pocos shillingues tanzanos que me quedan. Me informan que migración Kenya está cerca. A 50 metros puedo ver un cartel que dice: You are entering in Kenya.

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