Montañismo

Expedición al Aconcagua en Solitario

septiembre 26, 2017 — by Andar Extremo

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Montañismo

Expedición al Aconcagua en Solitario

septiembre 26, 2017 — by Andar Extremo

Este relato podría ser una historia más de las miles que existen y se cuentan, pero el autor la escribió en homenaje a Andar Extremo y su gente, por la amistad, el esfuerzo y dedicación en la divulgación de temas relacionados con las montañas y con aquellas personas que las visitan y caminan sus territorios. Nota en Revista Andar Extremo n° 46

Por Juan Martín Laborde

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Creo que la montaña es uno de los últimos territorios donde todo está comenzando o concluyendo y, en mi caso, cada salida es un inicio en el que el destino llama con fuerza. El Aconcagua (6962 msnm) estaba a unos días de viaje cuando empecé esta experiencia y al poco tiempo, ya me encontraba caminando sus territorios de tierra, piedra, nieve y hielo.
El cerro tiene en su propio nombre, un poder de seducción irresistible y en muchos casos representa uno de los lugares a donde queremos ir mientras el cuerpo responda. Es común que forme parte de una lista de aquellas cosas a realizar por los intrépidos, aventureros y amantes del ego. Se escucha mucho decir haber corrido una maratón de 42 kilómetros, saltar en paracaídas, hacer parapente y ahora, le sigue el Aconcagua. Creo que los eventos te ponen a prueba durante unos minutos u horas, pero una montaña como ésta tiene varios días para derrotarte o seducirte. Entendiendo que los obstáculos a vencer están en nosotros y no en el cerro.

2

Inicio por la Quebrada del río Vacas.
Los hechos de esta historia iniciaron luego del permiso de ascenso y la compra de víveres en la ciudad de Mendoza. Pasé la noche en Penitentes (2580 msnm) y al día siguiente, el ingreso lo realicé por “Punta de Vacas” (2350 msnm) por donde se recorre la Quebrada del Río Vacas, pues era mi intención hacer un itinerario distinto y salir por la Quebrada del Río Horcones para conocer de esta manera otra vía de ascenso.
Desde el comienzo de la marcha, el clima reinante de lluvia no me sonrió pero como en todas las dificultades que aparecen, siempre existe un enigma de cuánto hay de real y cuánto de imaginado. Lo que es conocido y seguro, es que los problemas se llevan mejor con el ánimo positivo.
Después del ingreso y 4 horas más tarde, llegué al campamento “Refugio Pampa de Leñas” (2950 msnm) y al día siguiente , luego de 7 horas de marcha lo hice a “Casa de Piedra” (3250). Durante el trayecto de ida y llegando al campamento, miré hacia la izquierda en la “Quebrada de los Relinchos” y por algunos minutos se abrió una ventana entre las nubes donde era posible observar el cerro Aconcagua. Esta quebrada escarpada y estrecha, era la que me conduciría al día siguiente hacia “Plaza Argentina” (4200 msnm) a donde llegué al tercer día, después de 6 horas de marcha.
La desventaja manifiesta de esta ruta era el costo mayor del porteo en comparación con la ruta normal (“Horcones-Plaza de Mulas”), pero entre sus ventajas, poseía un paisaje más llamativo en vegetación y fauna. Además, los senderos eran menos transitados y el porteo de mulas se detenía a pasar la noche en los mismos campamentos de la marcha, por ende al final del día y de ser necesario, uno podía disponer del equipo que iba en los animales.
La lluvia que por momentos se detenía no era obstáculo para apreciar el paisaje. Mirar el entorno es algo simple y la vista siempre encuentra un camino, al contrario de lo que ocurre cuando la mirada es hacia dentro de uno mismo, donde no todos los laberintos tienen salida. Esto me llevó a los motivos de este viaje.
Decidí realizar este ascenso en solitario aún con el miedo a lo desconocido como un hueco negro, fascinante, que produce ese cambio químico que transforma nuestro cuerpo en intensidad y genera el deseo de narrar luego la historia. El hecho de ir solo fue porque creo que nos equivocamos al pensar que la dicha proviene únicamente o en su mayor parte, de las relaciones humanas. Pienso que la encontramos en todas y cada una de las cosas que podemos experimentar y que esperan que las tomemos o al menos que hagamos el gesto para alcanzarlas. En este intento de cumbre se resume en gran parte la necesidad de mi espíritu, en ese momento.

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Llegando a Plaza Argentina.
El campamento Plaza Argentina es un ambiente con menos visitantes, menos turístico, y el número de carpas es más reducido. No se encuentra esa ansiedad por la cumbre manifiesta en otros campamentos base.
En la mañana, la lluvia quedó atrás y mientras el clima me ofrecía una tregua me dispuse a realizar los controles médicos que eran solicitados antes de iniciar los porteos de comida y combustible a los campamentos de altura 1 (4900 msnm) y 2 o “Guanacos” (5850 msnm) y continuar con la aclimatación necesaria para el ascenso.
Luego de un día de descanso y el control del equipo que vino con las mulas, comencé el porteo a los campamentos más altos. La idea era llevar comida a ambos lugares en una jornada y por consiguiente decidí iniciar temprano con esa tarea.
En las primeras horas del día, en el campamento reinaba una quietud de piedra y lentamente me fui alejando. Hacía frío y luego de andar unos pasos apareció el silencio que golpeaba como una ola cargada que te baña, dejando impreso un tatuaje efímero. La montaña no sólo te cansa, también te trae pensamientos de gozo, delirio, tristeza o reflexión y en lo personal, el hecho de cómo dejaste las cosas de tu vida familiar, sentimental o laboral antes de empezar un ascenso, define los pensamientos y sensaciones que vendrán después. En definitiva, la montaña no es un lugar de redención.
Horas después de haber pateado piedras, el sol comenzó su recorrido visible y me encontró subiendo una ladera de suelo flojo que cansaba las piernas. El sol hacía todo más placentero en un cerro y hasta esa sensación de soledad se esfumaba por momentos. La luz daba de pleno en las laderas del cerro Ameghino y yo iba cruzando algunos arroyos de deshielo mientras miraba a los lejos algunos penitentes en fila como si fueran los únicos espectadores de mi marcha. La pendiente aumentó considerablemente y a medida que subía, se aceleraba mi respiración como consecuencia de la altura y el esfuerzo de llevar la pesada mochila. Pienso que en toda montaña hay un rasgo que acompaña su belleza, dificultad y desafío, y es la altitud que la define.

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Porteos a Campo 1 y Guanacos.
Llegué al Campo 1 cuando se hizo evidente que la pendiente disminuía. Observé diferentes sectores aptos para la instalación de una carpa como también algún curso de agua que permitiera la rehidratación y facilitara las tareas de cocina. Elegí un lugar donde pasaría la noche a mi retorno, y dejé parte de la carga que protegí con algunas piedras. Luego de descansar un rato inicié la marcha hacia el siguiente campamento que comenzaba con largas diagonales sobre los faldeos del cerro Ameghino hasta llegar al portezuelo (5200 msnm) que conectaba dicho cerro con el Aconcagua. El recorrido se hizo menos esforzado en relación a la pendiente y la vista se abrió hacia el oeste. Tiempo después llegué al “Campamento Guanacos” donde también encontré un curso de agua de deshielo y una amplia terraza para acampar. Descansé un largo rato antes de dejar el resto de la carga y emprendí el regreso a “Plaza Argentina”.
En la noche, después de la cena, preparé el equipo para el día siguiente considerando que empezaba un viaje de ida sin retorno. Miré las botas Ama Dablam nacionales que iba a llevar arriba y a la que les tenía una fe ciega y, por si acaso, un par de cubre botas que ayudarían con la nieve en la altura. Con el sol en alto, preparé unos mates como desayuno mientras desarmaba la carpa que acomodé en la mochila, y me puse a caminar. Saludé a lo lejos a nuevos conocidos y les dije con señas de manos que nos veíamos arriba, mientras recorría el laberinto de senderos que llevaban hacia la salida del campamento.

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Acampe en Campo 1, Guanacos y Plaza Cólera.
El “Campamento 1” (4900msnm) estaba casi vacío de carpas y la noche se hizo larga al punto que me fue difícil conciliar el sueño, quizás por la altura, incertidumbres del clima o algunas ráfagas de viento pasajero que mantenían mi vigilia mientras le daban vida a mi pequeño refugio moviendo su estructura como un juguete de tela.
En los siguientes días de acampe los comentarios eran que el clima no iba a mejorar sino por el contrario y en consecuencia tenía que evitar demoras innecesarias considerando que si la aclimatación estaba funcionando, debía utilizar ese lapso de clima aceptable para intentar la cumbre.
Durante el ascenso pasé una noche en el Campamento 2 o “Guanacos” (5850 msnm) y al otro día seguí hasta “Plaza Cólera” (5970 msnm). Observé que había estado nevando los días pasados, y supe que el día de cumbre sería definitivamente una jornada muy larga y de gran esfuerzo.

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Hacia la cumbre
Inicié la marcha a las cuatro de la mañana con un manto de medio metro de nieve blanda que dificultaba la trepada. Por suerte había gente más arriba que iba abriendo huella. La preocupación recaía en el calzado que llevaba puesto y me dije que si pasaba frío en los pies, me volvía.
Los efectos de la altitud se volvían definitivamente notables aún con buena aclimatación. Un ascenso en zigzag me llevó hasta “Refugio Independencia” (6380 msnm) donde descansé unos minutos antes de continuar camino.
Volví a hidratarme y al beber continuamente, sentí correr el líquido por todo el cuerpo como si fuera barro seco. Las fuerzas retornaban poco a poco y las ambiciones también. Minutos después pasé por el “Portezuelo del Viento” y comencé una travesía de extenso recorrido y poco desnivel donde el viento del oeste se hacía sentir. Luego siguió una trepada empinada hacia “La Cueva” (6650 msnm) y la base de “La Canaleta” donde tenía otro descanso antes de continuar.
El Aconcagua puede ser muchas cosas pero para cualquiera es un magnífico mirador, donde la mirada es libre hasta sus propios límites, donde nada se interpone entre los ojos y el infinito.
Los pasos eran cada vez más lentos hasta llegar al “Filo del Guanaco” a 6800 msnm y desde ese lugar en adelante me detuve varias veces a tomar un descanso, relajar las piernas y recuperar el aliento. Las horas se iban y el reloj tenía su ritmo pero en mi cuerpo había otro distinto a cada momento.
Llegué a la cumbre tras 9 horas de ascenso. Allí estaba la cruz y todo el lugar cubierto de nieve. Empezó a nevar. Adentro, la emoción llegó con lágrimas y hubiese deseado saber que lo que dije palabras atrás, lo que parecía tan fuerte, vino y se fue, porque luego de varios días ya extrañaba las relaciones humanas en especial mi hija y mi pareja.

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Hacia el final del viaje
El descenso fue lento al igual que el regreso al día siguiente por “Plaza de Mulas” (4300 msnm) hasta “Horcones (2950 msnm), donde terminaban mis pasos.
No considero a las montañas como depositarias de sueños aunque creo que se trata de establecer una conexión con algo más grande, eterno y que forma parte de nosotros cuando caminamos ese territorio. También debo considerar que toda esta narración es subjetiva, donde cada ascenso es una historia, una revelación personal, donde las contradicciones nunca nos abandonan pues al mismo tiempo subir montañas es algo complicado y sencillo, casi infantil, como los sueños.

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mapa

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