Entrevista por Andar Extremo a Jesús Ledesma, fotos Jesús Ledesma

Te tiro algunos nombres: Adrián Uruzuna, el del Patamóvil; el Hombre de la Carretilla; y Martín Echtechgaray Davies. ¿Conocés a estos tres?
Sí, a esa gente la había escuchado nombrar, en alguna historia. La verdad, no tenía mucha información, pero después, en el camino, todo el mundo me hablaba de ellos. Me contaban que realmente lo habían hecho, que no era solo un mito: lo de Martín, lo del Patamóvil… Y también de muchos otros que no quedaron tan registrados, pero que hicieron tremendas expediciones, travesías increíbles a lo largo del país.
¿De dónde surge tu interés en hacer este viaje?
Lo mío viene de una vida un poco aventurera, de familia. Tenía primos que viajaban por el mundo cuando yo era pibe, y eso me inspiraba a moverme, a hacer cosas. Mis padres me llevaban mucho a pescar por acá. También los libros, las historias, los documentales, las películas… todo eso me explotó la cabeza. Sentí que tenía que salir a hacer cosas. Y así surgió el viaje.

¿Hasta ese momento, qué hacías vos?
Soy mecánico de autos. Siempre trabajé en talleres, tuve mi propio taller, hice otras cosas también. Mi viejo era ciclista, vengo de una familia de ciclistas. De joven viajé mucho como mochilero, con amigos, por Argentina. Siempre quise viajar en bicicleta, hasta que en 2014 hice un viaje a Chile. Tenía el taller mecánico en Pergamino, y cuando volví de ese viaje dije: “No quiero esta vida, al menos por un tiempo”. Así que llegué, vendí el taller y me embarqué en un viaje en bicicleta con el que di toda la vuelta a Sudamérica. Estuve dos años y ocho meses viajando, recorrí todos los países. Salí de Pergamino, pasé por Uruguay, toda la costa de Brasil, el Amazonas. Viajé en barco por el Amazonas, entré a Colombia por ahí, subí hasta La Guajira, hice Venezuela, bajé por el Caribe, crucé Ecuador por el medio. Hice montañismo: subí el Cotopaxi, el Chimborazo, el Quilotoa. También hice trekkings largos, montañas de más de 5.000 metros. Después bajé a Bolivia, salí al Salar de Uyuni, entré por Jujuy, fui hasta Paraguay. Así completé la vuelta por todos los países de Sudamérica.
Durante ese viaje me di cuenta de que no conocía casi nada de la Ruta 40, solo un tramo en Mendoza. Entonces me propuse hacerla. En ese momento estaba más metido en el running, hacía trail, maratones. Y dije: “Me largo a hacerlo a pie, corriendo, trotando, caminando cuando no se pueda”. Lo mejor fue armar un carro y largarme en esta aventura.
¿Todo el viaje en bici lo hiciste de forma autónoma, trabajando en cada lugar?
Sí, al comienzo, cuando salí de Argentina, había vendido el taller y tenía algo de plata. Con eso me alcanzó para sacar un pasaje a España desde Florianópolis. Mi plan era ir en bici hasta Florianópolis, venderla ahí y viajar. El segundo plan era recorrer el norte de España, hacer el Camino de Santiago. Así que en España recorrí eso y parte de la isla de Mallorca, también en bicicleta.
A la vuelta me traje la bici y volví sin un centavo. Me puse a laburar con un chico que conocía de una bicicletería, estuve dos meses, preparé la bicicleta que había traído y comencé el viaje. Cuando llegué a Bahía se me terminó la plata, y ahí empecé a hacer unos llaveros para vivir.
Con eso me sustenté durante todo el viaje de dos años y ocho meses. Bueno, también fui haciendo trabajos en bares y otros lugares, sobre todo cuando quería quedarme un tiempo en alguna playa, y después seguía. Pero la mayoría del viaje me lo banqué con la artesanía: unos llaveritos que hacía con cadenas de bicicleta.
Usaba plataformas para hospedarme. Hay una que se llama “Duchas Calientes”, pensada para viajeros en bicicleta. Otra es “Couchsurfing”, para moverse por distintas partes del mundo. También muchas casas ciclistas, y gente que iba siguiendo el viaje y me contactaba.
Después, volver a salir a pie… siempre lo quise hacer y nunca podía. Porque uno piensa en la plata: ¿cómo voy a hacer?, ¿dónde voy a dormir?, ¿dónde voy a comer? Si te ponés todas esas preguntas en la cabeza, nunca salís, porque nunca tenés todo eso resuelto. Excepto que tengas una cuenta con mucho dinero, esa parte es la que a uno lo frena en aventurarse a un viaje largo: la incertidumbre.
Yo salí y dije: “Bueno, listo. Resolveré cuando esté en ese momento”. Cuando me toque estar sin dinero, resolveré. Cuando me toque decidir dónde dormir, resolveré. Y cuando me toque lo que me toque, trataré de resolverlo en el momento.
¿Cuál fue el momento de quiebre mental en el que dijiste “salgo”?
Fue una sensación que tuve toda la vida. Creo que el quiebre vino con la presión laboral. Tenía un taller, empleados, y renegaba mucho con el tema de impuestos. Dedicaba muchísimo tiempo. Siempre me cuestionaba: “¿Qué estoy haciendo? Yo podría estar abajo de una palmera en Brasil, o en el Caribe, tomando un coco y siendo feliz”.
Entonces me preguntaba: “¿A qué vine a este mundo?”. Vine a explorar. Y se me va a pasar la vida esperando el momento. Siempre tenía esa sensación, pero la iba postergando por diferentes razones. Creo que el click llega cuando uno se siente seguro de sí mismo, cuando sabe que puede sobrevivir, que puede afrontar cualquier cosa, que su mente está fuerte.
Tratar de luchar. Que todo sea con amor, con felicidad, con pasión. Hacer todo con esas tres cosas. Y después, las cosas se van sincronizando solas
¿Qué cambió en tu cabeza cuando volviste de ese viaje?
Fue un antes y un después en mi vida. Todo lo que vivís en un viaje así es completamente distinto a lo cotidiano. La conexión que empezás a tener con la gente, con vos mismo, el autoconocimiento… cultivás un montón de cosas que estaban ahí guardadas, pero que es difícil encontrar cuando estás inmerso en una rutina, con la mente ocupada las 24 horas por obligaciones.
La incertidumbre del principio —no saber dónde vas a dormir o parar— se transforma en una sensación de seguridad. La percepción, la buena energía, el contacto con la naturaleza… todo eso genera una conexión espectacular con los lugares y las personas.
El aprendizaje más fuerte es la valoración de lo simple, que en la vida habitual pasa desapercibido: un vaso de agua, tener buena salud, poder comunicarte con alguien.
Son tantas cosas que te cambian la forma de ver el mundo. Pasás de valorar lo material —como nos enseñan desde siempre— a algo más espiritual, más conectado con el presente. Y cuando sos consciente de eso, empezás a entender el verdadero poder de lo que querés. Creo que ese es el cambio más grande: aprender a valorar lo que tenés.
Y desde ahí, hacer lo que realmente querés. En mi caso, lo hago viajando. para mí vivir la vida es enfocarse en el sueño propio, perseguirlo, buscarlo, sacarse los miedos y los tabúes para lograr lo que sea: una carrera universitaria, jugar al fútbol, lo que uno quiera. Siempre creo que hay que estar más enfocado en uno mismo que en el exterior.
Lo que quiero explicar es un sentimiento: empezar a mirarse hacia adentro, a valorarse como persona, a reconocer todas las cualidades que uno tiene. Eso te lleva a crecer, porque al verte, empezás a superarte. La única exploración que realmente importa es la interior. Lo exterior va surgiendo a medida que uno cambia por dentro. Cuando empezás a cambiar el interior, todo alrededor cambia también.
El problema es que cuando estás atrapado en la rutina, en el trabajo, en las obligaciones, vivís pensando más en el futuro que en el presente. Siempre estamos construyendo un futuro. Pero la seguridad aparece cuando sos consciente del ahora. Estar en el presente es lo más brillante que podés tener en tu vida. Obvio que uno proyecta, que prepara un poco el camino, que no deja todo al azar. Pero cuando armás tanto ese futuro, te olvidás de disfrutar lo que estás viviendo. Y eso genera ansiedad, inseguridad. Pensás cosas como “¿dónde me voy a jubilar?”… una locura.
Ahí aparece la necesidad de generar algo seguro para el futuro, y esa inseguridad puede arrastrarte toda la vida. Ahora, cuando hacés las cosas con pasión —sea en el trabajo o en un hobby— y las vivís día a día, las encarás de otra manera. Cuando elegís algo y ponés lo mejor de vos para que salga bien, eso da felicidad. Y esa felicidad se transmite. Es una cuestión de energía.

Vamos al viaje… ¿Cómo era el carrito que diseñaste?
El mío se podía llevar atrás, como un carro de caballo: tenía un arnés que me enganchaba cuando tocaba trepar. O lo podía llevar adelante, con las manos, cuando el terreno era recto. El equilibrio era muy bueno, las manijas no me tiraban ni para arriba ni para abajo.
Lo construí con mi hermano. Lo hicimos con hierro doblado, creo que lo armamos en dos horas: armado y soldado. Fui corriendo hasta la esquina, volví, lo desarmé, lo embalé para el viaje. Ni lo había probado. Nunca había corrido con un carro. Todo fue rápido, sin prueba previa. La prueba fue en el camino. Si había que modificar algo, iba a ser ahí. Encima el carrito pesaba unos 50 kilos, cuando llevaba más agua o más comida un poco más . Pero siempre arriba de los 45 kilos.
¿Cómo fue ese primer día de corrida?
Fue mucha emoción. Iba a salir el 1 de septiembre, porque era el aniversario del fallecimiento de un amigo. Así que partiría en su honor. Pero me pegó el mal de altura, me sentía mal, así que me tuve que quedar un día más y salí el 2. Pero la adrenalina y la emoción de arrancar ese viaje —que era un sueño que venía armando desde hace mucho tiempo— me llevaron a disfrutar cada paso. Ese primer día hice 25 kilómetros, todo por ripio. La pasé mal, pasé frío. Fue tremendo. Ahí empezó la rutina de probar el carro, de acomodar el equipaje para equilibrarlo. Y todo se fue dando en el camino, a medida que pasaban los días. Después le agregué frenos.

¿Por qué decís que sufriste mucho al principio?
Porque no estaba acostumbrado a acampar. Venía de hacer viajes en bici, estuve unos días en Pergamino y salí para La Quiaca. Todo fue el primer día: llegar, correr 25 kilómetros, todavía con algo de mal de altura, y acampar. Esa noche hizo –13 grados. No estaba acostumbrado a dormir en bolsa, pasé mucho frío, no podía dormir, estaba cansado. La primera semana fue la más dura, fue el proceso de adaptación.
¿Ibas de punto a punto?
Al principio tenía un pequeño itinerario de ciudades y pueblos donde quería llegar, sobre todo porque hacía mucho frío a la noche y mi bolsa de dormir no era buena. Entonces trataba de planificar. Después me di cuenta de que en el norte era muy barato, así que cuando llegaba a los pueblos dormía en hospedajes. Cuando bajé un poco la altura en Jujuy empezó a hacer más calor. Tenía que salir de madrugada, ponerle luces al carrito, al frontal, y salir.
A partir de La Rioja empecé a medir las distancias según el calor. Trataba de salir bien temprano, hacer lo máximo posible antes de las 8 de la mañana, porque ya hacía 30 grados. Era muy difícil andar durante el día. Tomaba mucho líquido, sufría mucho el calor.
Me preguntaba: ¿A qué vine a este mundo?. Vine a explorar. Y se me iba a pasar la vida esperando el momento
¿Cuánto líquido llevabas y cómo ibas comiendo?
Vivía comiendo todo el camino. Frutas, algunas verduras… comía zanahoria, cortaba remolacha en cuadraditos, ramas de apio, banana, manzana. Mucho huevo: frenaba y me hacía unos omelettes. El carro me permitía llevar todo lo que quería. Y después, mucha agua. La mayor parte del tiempo era agua sola, pero a veces le exprimía limón, le ponía un poquito de bicarbonato, un poco de sal. Preparaba una especie de agua isotónica para mantenerme hidratado, sobre todo en verano. Si uno toma mucha agua sola, empieza a orinar mucho. Y eso te lleva a limpiar el cuerpo, pero también a arrastrar muchas vitaminas que se van en la orina. Ahí empezás a deshidratarte más rápido. Lo notás: se te quiebran los labios, se reseca la piel, se pone blanca la lengua. Entonces, para retener mejor, preparaba una isotónica rápida: bicarbonato, minerales, potasio —todo lo que aporta el carbonato—, sal y limón. Con eso te sentías espectacular.

¿Te tomabas cinco litros por día?
He llegado a tomar ocho litros en un día, en pleno verano, con mucho calor, transpirando y orinando mucho. Cuando estás todo el día en movimiento, además de hidratarte, está bueno comer frutas que tienen azúcar y sales, que también hidratan el cuerpo. El agua cura, pero la fruta sostiene.
¿Tuviste algún momento en que te faltó algo, alguna complicación?
Trataba de llevar siempre todo en el carro, pero sí, sin agua me he quedado. Si me pasaba frenaba a alguien para preguntar si tenía, y en muchos casos me han dado. En el sur, donde las distancias entre pueblo y pueblo son más largas, ahí sí he tenido más desabastecimiento. A veces tomé agua de los ríos, de deshielo.

¿Cómo se fue adaptando tu cuerpo? ¿Tuviste algún problema?
La verdad, nunca sufrí ninguna lesión. Solo dolores momentáneos por el desgaste del día, molestias naturales que a los dos días se iban. Cuando metía intensidad durante cuatro o cinco días seguidos, recorriendo caminos complicados con subidas, el cuerpo te pasaba factura.
El descanso termina siendo esencial. La recuperación tiene que ver con todo lo que hablamos antes: alimentación, hidratación, estiramiento, relajación. Notaba mucho la diferencia cuando me descalzaba: la recuperación era más rápida.
Dormía siete u ocho horas diarias. Aunque había días en los que venía caminando y me desvanecía del sueño. Me dormía caminando. Paraba donde hubiera sombra, debajo de algún arbolito, y me tiraba a dormir media horita. Me levantaba con un power terrible.
¿Viajabas solo o a veces acompañado?
Solo compartí un día, unos 20 kilómetros, con unos chicos de un regimiento, que eran de Esquel. Hicimos el tramo de Trevelin a Esquel juntos, y me llevaban el carro. Después, un montón de gente que frenaba en el camino y compartía momentos: una comida, unos mates, charlas… arriba de una camioneta, donde fuera.
La única exploración que realmente importa es la interior. Lo exterior va surgiendo a medida que uno cambia por dentro
¿Te agarraron temporales fuertes mientras corrías?
Tormentas de viento, sí. En una zona complicada: entre Bajo Caracoles y Río Grande, en Chubut y Santa Cruz. Ahí la pasé mal. Estuve tres días solo en la ruta, en medio de la nada, con vientos tremendos. La ruta estaba cortada y quedé atrapado en un tramo de 220 kilómetros donde no hay nada, solo desierto.
El primer día fui bastante bien porque el viento venía medio de atrás, entonces no me molestaba. Avancé espectacular, acampé. Pero a la noche se levantó un viento tremendo que me asustó mucho. No pude dormir en toda la noche.
Al día siguiente salí de nuevo, pero no pude avanzar. Hice solo 10 kilómetros. Me tuve que meter en una alcantarilla, era mi único refugio. En esas condiciones no se podía acampar, y encima no pasaba nadie. Me pareció raro, pero después entendí: cuando hay alerta, la policía corta la ruta porque los camiones vuelcan.
Esa tormenta terminó rompiendo casas en Río Grande, volcó un camión. Yo pasé esos tres días solo en la ruta, sin nadie. El tercer día salí al camino con ganas de llorar, con mucha tristeza. Estaba muy mal, el viento no paraba, el ruido era ensordecedor, no podía cocinar, no podía hacer nada. Fueron días muy duros.
Me paré en la ruta queriendo avanzar un poco más, pero tampoco podía: el viento estaba en contra. Hasta que justo apareció una camioneta que venía de un campo, iba para el lado contrario. Me llevó de vuelta al pueblo, que estaba a 90 kilómetros. Retrocedí hasta Bajo Caracoles, y esperé a que abrieran la ruta.
¿Volviste a correr ese tramo?
Sí, tuve que hacerlo de nuevo. Prefiero la lluvia antes que el viento. Y eso que esas son zonas frías, de noche refresca mucho, y la lluvia también es complicada. Si me hubiese tocado el viento de atrás, habría atravesado esos kilómetros como nada.

¿Se te hicieron rápidos esos siete meses y medio?
Fue corto y largo al mismo tiempo. Cuando la pasás bien, todo termina siendo corto. Pero no es que la haya pasado mal… son siete meses y medio con una rutina complicada: acampar, levantar campamento, hacer 30, 40, 50 kilómetros —el día que más hice.
Y no es solo tirar el carro esos kilómetros. Después tenés que armar todo el campamento, cocinarte, asearte, preparar todo para dormir. Y al otro día, levantarte, volver a armar, volver a embalar, volver a correr. Mentalmente es súper desgastante. Una cosa es un viaje de una semana o quince días, pero cuando empiezan a pasar los meses… si bien uno se va recargando de energía en el camino, es duro.
¿Cómo fue llegar al sur, ahí, a Cabo Vírgenes, después de tanto?
Llegar al faro de Cabo Vírgenes, donde termina —o comienza— la Ruta 40, fue muy emocionante. La sensación de haber terminado, de haberlo concretado… es tremenda. Es como sacarte una mochila y decir: “Lo logré. Lo logré”. Ahí es cuando te vienen todas las imágenes, todos los momentos vividos: el sufrimiento, la alegría, la lluvia, el barro, la arena que traba el carro, el esfuerzo, los dedos que duelen, una uña que se cae, el pie que arde, la ampolla que explota. Todo eso te pasa por la mente en milisegundos. Y ahí decís: “Puta… valió la pena”.

¿Qué tenés planificado para esta vida?
Seguramente voy a encarar el Aconcagua. Después, tengo en la cabeza hacer Alaska a Panamá, me gustaría hacerlo en bicicleta también, para completar las Américas. Con ese viaje completaría América del Norte y América Central. Me gustaría cruzar África, desde Marruecos hasta Egipto, todo el norte en bicicleta. También me gustaría cruzar los Himalayas, hacia Nepal. El mundo es muy grande, y proyectos hay un montón en la cabeza.
¿Podrías dejar un mensaje?
Lo importante es hacerse cargo de uno mismo, de lo que nos toca. Buscarle lo positivo a todas las cosas, porque siempre hay un mensaje positivo en todo.
Tratar de luchar. Que todo sea con amor, con felicidad, con pasión. Hacer todo con esas tres cosas. Y después, las cosas se van sincronizando solas.
Creo que trabajar con pasión y amor, dar una mano al que está al lado, también ayuda a ser una buena persona.
Y después… seguir el sueño. Afrontarlo, lucharlo, pelearlo, escribirlo, imaginarlo, dibujarlo. Levantarse cada día para hacer algo que nos acerque a ese sueño.
Eso es lo importante: que cada cosa que hagas te lleve más cerca. Que te des cuenta de que estás yendo hacia ese lugar. No hacer cosas por hacerlas, sino que cada paso que des sea para acercarte más a lo que querés.
Empezar a mirarse hacia adentro, valorarse como persona, reconocer las propias cualidades. Eso te hace crecer.
La única exploración que realmente importa es la interior. Lo exterior va surgiendo a medida que uno cambia por dentro.
Llegar al faro de Cabo Vírgenes, donde termina —o comienza— la Ruta 40, fue muy emocionante. La sensación de haber terminado, de haberlo concretado… es tremenda
EL VASCO DE LA CARETILLA
Guillermo Isidoro Larregui Ugarte, conocido como El vasco de la carretilla también denominado «El Quijote de una sola rueda», recorrió más de 22.300 km a pie empujando una carretilla de 130 kg.
Hizo cuatro travesías: La primera inició en 1935 cuando tenía 50 años, partiendo del paraje Cerro Bagual, a 120 km de Comandante Luis Piedrabuena (Santa Cruz), llegando a Buenos Aires 14 meses después. La segunda la comenzó en 1943, desde Coronel Pringles (Pcia. De Bs. As.) y la finalizó en La Paz (Bolivia). La tercera la realizó desde Villa María (Córdoba) hasta Santiago de Chile. Su cuarta y última caminata la efectuó desde Trenque Lauquen (Buenos Aires), hasta el Parque Nacional Iguazú, en Misiones.
La carretilla tenía la base de 70 cm x 110 cm y 30 cm de alto y dentro llevaba una carpa de 2,5 metros de largo por 2 de ancho; una cama plegadiza, colchón, colcha, herramientas, utensilios de cocina, calentador, cepillos, brocha, navaja y provisiones. La primera carretilla del vasco Larregui Ugarte quedó en el Museo de Luján. Guillermo había nacido en Pamplona el 27 de noviembre de 1885. Murió el 9 de junio de 1964, cuando aún no había llegado a cumplir los 79 años, en Puerto Iguazú. Lo enterraron en el cementerio de esa ciudad y en ese momento, se había convertido en un personaje de leyenda.

EL PATAMOVIL DEL CACIQUE URUZUNA
Adrián, “El Cacique” Uruzuna, entre 1996 y el año 2000 realizó una serie de viajes con un carro que lo apodó el “Patamóvil”.
Actualmente Adrián tiene 62 años, es de Pehuajó y vive en Mar del Plata, es profesor de Educación Física, guardavidas y estuvo 4 años de su vida viajando con un carro. Realizó cerca de 15000 km, cruzó toda la Argentina desde La Quiaca a Ushuaia en solitario en dos etapas, recorrió todo Canadá también en solitario y recorrió Noruega y Bélgica.
El primer “patamóvil” tenía una estructura de aluminio con una caja plástica, dos ruedas de mountain bike a los costados y dos varas largas de 2,5 m. curvadas, sujetos a la persona por un doble arnés de cintura y pecho, diseñado por Pablo Pilota. Las varas continuaban 20 cm por delante con forma de cuernos para darle el tercer punto de tracción, ya que llevaba al carro de tiro. Ya en la segunda etapa Argentina, de Ushuaia a Mar del Plata, cambió la caja por baúles de camioneta tipo Waterprof, más resistentes y de mayor capacidad, por ende: más comida, equipos de acampe, herramientas y repuestos.
Cuando llegó a Mar del Plata construyó el segundo “patamóvil” más cómodo para correr y podía soltar los brazos ya que tenía tres ruedas, a diferencia del anterior. Era de hierro estructural y tenía un peso sin carga de 28 kg., y con carga de 100 kg.
Calculaba en la media de sus viajes una distancia entre 40 y 45 km por día, haciendo unos 1000 km por mes, contando unos 20 días de trote y el resto de descanso. Viajando con el “patamóvil”, el día que más kilómetros recorrió fueron 72 pero dentro de las 24 horas fueron 81 km.

MARTÍN RODRÍGUEZ DESAFÍO SOLIDARIO
Martín Rodríguez es de Tandil, luego de un pico de stress en 2014, decidió correr la Argentina de punta a punta. Un sueño, la solidaridad y las ganas de generar lo imposible lo llevaron a una experiencia que lo marcó de por vida.
Comenzó su travesía solidaria (los más de 5700 km recorridos fueron transformados en litros de leche y alimentos no perecederos recolectados por Red Solidaria Tandil para 12 instituciones de esta localidad) el 19 de octubre de 2015 y la terminó el 21 de Julio de 2016 en la Quiaca.
Martín Rodríguez es profesor de Educación Física tiene 34 años y durante 9 meses recorrió desde Ushuaia hasta La Quiaca. Lo hizo empujando un carrito en donde llevaba su carpa, bolsa de dormir, ropa, comida y demás cosas. Corrió entre 25 y 30 km diarios dependiendo de las condiciones climáticas y geográficas.

MARTÍN ECHEGARAY DAVIES CAMINATA POR LAS 3 AMÉRICAS.
El caminante gales con su carro de 180 kg llamado “Carricatre Pilchero”, un viejo catre con ruedas de moto que él mismo arrastrò, culmino u viaje en Canada el 1 de marzo de 2020 (no pudo llegar a Alaska por la pandemia) y había salido dos años y medio antes desde Ushuaia,el 31 de octubre de 2017
Martín hacia todos los días una distancia que rondaba entre los 30 y 40 km. Padre de tres hijas, abuelo de 5 nietos, vive en Trelew con su mujer, pero su deseo hizo que arme un carro de 2 metros de largo (llega a 3 metros con el arnés), y unos 60 cm de ancho,
Con 22860 km kilómetros en su andar, ya recorrió el país, atravesó Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Honduras, El Salvador, Guatemala, México y ahora está EEUU.
El 22 de septiembre de 2018 terminó su objetivo de llegar a las 23 capitales de provincias argentinas, con 9873 kilómetros caminados. El 7 de abril de 2019 logró culminar su segundo objetivo: América del Sur con 15850 km caminados.









































































































































































































































































































































































































































