por Sol Deserti Texto y fotos

Llego al inicio de la senda y ni me doy cuenta de que estoy acá. Todo pasó muy rápido: el avión, Sergio, los datos de la ruta, el señor Yani… y acá estoy, en este tremendo lugar. Pero antes de empezar de lleno esta historia, tengo que contar otra.
Hace unos años entré en una especie de amor tóxico con este lugar. Digo tóxico porque literalmente devoré toda la información que había sobre Península Mitre. Y cuando digo esto, créanme: realmente obse. Había algo en los relatos, en las imágenes, en esa lejanía que atrapaba mi curiosidad y mi atención por completo.
Bueno, entonces, decía… voy a relatar esa otra historia que les adelantaba.
Un día de julio de 2024 emprendí un microviaje en bici por las sierras bonaerenses y conocí a tres personas de esas que, ya olía, se iban a quedar a vivir en mi vida. Ellos son Javi, Ema y Lucho.
Mismo día que nos conocimos, mismo día que pactamos un cerro que haríamos. Mismo día también nos enteramos, con Lucho, que los dos cumplíamos años el mismo día. Quizá para muchos no signifique nada, pero a ambos nos sorprendió. Días después le cuento de Península Mitre y Lucho me dice que él me acompaña. Pactamos además que pasaríamos nuestro cumpleaños ahí mismo.

Ahora sí, volvamos a Moat. El primer día todo sucedió tan rápido que, la verdad, tanto no recuerdo. Dormimos en el rancho de Paty Vargas con tres bagualeros. El clima había sido muy duro todo el día. Todavía recuerdo el olor de ese lugar, y si quisiera describirlo me costaría bastante porque no se asemejaba a nada conocido. Los bagualeros, tremendos personajes, en su afán de limpiar el rancho iban quemando muchos trapos que estaban repartidos por todos lados. Y en ese afán creemos que, sin querer, le quemaron una plantilla a Lucho. ¡Qué gracioso!
El día siguiente fue un tremendo recuerdo. Antes de irnos del rancho nos cruzamos al Paisa Andrade, que nos indicó más o menos cómo llegar hasta su rancho, el rancho Ibarra. Las imágenes de la costa te dejaban boquiabierto. Seguimos hasta el Rancho Casa Vieja. Ahí nos dimos un banquete que consistió en salame, queso y alguna otra delicia que ahora no recuerdo.
Después de esto nos encontramos con los amigos con quienes habíamos emprendido la caminata ayer. Dos de esos personajes que suelen aventurarse por estas latitudes. Estaban agotados y sin comida. Su objetivo había sido llegar hasta el Faro Cabo San Pío, pero según nos comentaron, perdieron la senda y no pudieron bajar.

Seguimos nuestro camino. Empezamos a seguir una huella de cuatriciclos que creíamos nos llevaba correctamente, pero sin saberlo nos internaba lentamente en un monte cerradísimo del cual no nos olvidaremos jamás. Las siguientes dos horas transcurrieron así: bosque cerrado, tupido, árboles altos y retorcidos, cubiertos de musgos y líquenes. Había algo salvaje en ese lugar, algo que no estaba hecho para que el humano pase. Y ahí estábamos con Lucho, tratando de encontrarnos con el Río Vacas. Ninguno de los dos lo dijo, pero ambos estábamos preocupados. Hasta que apareció el agüita corriendo y se sintió el alivio.
Ahora sí, camino a la costa. Debemos haber cruzado unas 18 veces buscando la mejor senda, hasta que nos rendimos totalmente y vimos que lo mejor era atravesarlo a pie.
Encontrar la picada “Mata Emilio” ya nos adelantaba la emoción de sabernos cerca de nuestro objetivo del día. Cuando divisamos el rancho, vimos el humo de la chimenea y salió el Paisa con un mate. La alegría y la paz fueron inmensas.

Los días siguientes transcurrieron muy tranquilos y lentos, entre siestas, mates, lecturas del fin del mundo y muchísimas charlas de todo tipo. Fueron tres días de pura convivencia porque el mal clima nos obligó a detenernos en Ibarra. En mi cuaderno anoté la frase: “La vida se pasa lenta en estos lugares”.
Pasamos Nochebuena los tres, y Lucho se mandó tremendo pastel de papas con carne de bagual. El 25 de diciembre partimos rumbo a Slogguet. Bien temprano ya estábamos en marcha. El paisaje de la costa accidentada me impactó notablemente. Una tropilla de caballos nos miraba a medida que avanzábamos. Algunos eran potrillitos con sus mamás, todos meramente hermosos.
Nos tomamos un café contemplando el tramo de costa recorrido. Mi sensación fue de gratitud por estar en ese instante preciso. Pasamos por donde se veía el velero Nasachata. La mañana estaba súper soleada, los colores resplandecían, la turba pasaba del verde fluorescente al marrón ocre. Y Lucho me venía contando cosas muy íntimas y personales, así que venía prestando mucha atención. De a ratos, nos metíamos dentro de nuestros pensamientos.
Llegamos al rancho de la playa y nos encontramos con nuestros amigos oreros. Cuando estás en un lugar tan aislado, que te estén esperando y te reciban con trucha y róbalo es un gesto tan inmenso que no podés no sonreír hasta con los ojos.

Ese mismo día descansamos con el Paisa en el rancho Julián. En el mismo hay un cartel que reza: “Aquí inicia la Península Mitre”. Leo esto y algo en mí me advierte que a partir de mañana ya estamos solos, lejos de la protección del Paisa, porque cruzaremos el río López.
Amanece un nuevo día, pero no cualquier día. Hoy es 26 de diciembre. Cumplimos años con Lucho: él 43 y yo 35. Llueve. No decimos nada, pero ambos estamos ansiosos por avanzar. En el rancho aparece Elvis, un baqueano de Tolhuin que conocimos ayer. Es amigo del Paisa y cumple el mismo día que él.
Ambos nos indican por dónde cruzar el río. El agua está fría, nos llega por arriba de la rodilla. Empezamos a caminar y medio que nos perdemos, no encontramos cómo salir a la playa. Tardamos como una hora y media hasta encontrar el rancho de los Cuatro Vientos, que ayer veíamos desde el otro lado del río. Todavía me da risa cuando veo las fotos que nos sacamos ahí dentro. Empapados. Nos tomamos un café y celebramos nuestro cumple. Ahí caí en la cuenta: meses atrás dijimos que íbamos a celebrar nuestro cumple en estas tierras… y acá estamos. Nos cumplimos.
En mi cuaderno anoté la frase: -La vida se pasa lenta en estos lugares
Empezamos a subir el cerro que está frente a la costa. Vamos hacia el col del mismo. Las referencias que tenemos son que, una vez en la cumbre, a la izquierda nos quedaría una lagunita alargada con forma de Argentina. Luego se vislumbrarían las dos lagunas que llevan el nombre de Paisa y Pati. Una de ellas tiene un islote en el medio.
Todo eso debía suceder, pero llegamos arriba y nada de eso ocurría a la vista. Por el contrario, miramos donde había que bajar y el panorama era bastante desalentador, por no decir: íbamos camino al porrazo asegurado. Decidimos continuar hacia la izquierda y ¡ay, qué alivio! Apareció la lagunita argentina y luego vimos las otras. Excelente.
Ahora había que bajar, pero la pendiente no podía ser más vertical. Bueno, a meterle. Bajamos por un chorrillo hermoso, del agua más rica que probé en estos lares (pues todas las demás tendrán sabor a turba, jajaja). Avanzamos y acampamos.

Los dos siguientes días transcurrieron caminando por el Valle de la Muerte. Días de escuchar y ver baguales, bosquecitos cerrados que eran guarida de un barro y turba que, en una oportunidad, sepultaron la mitad izquierda de Sol. La manera que encontré de integrarme al terreno no fue la mejor, pero nos dio un buen momento de risas una vez que logré salir.
Península Mitre me vio llorar más de una vez. Pero el 28 de diciembre, cuando llegamos a Puerto Español, esas lágrimas fueron de orgullo y alegría. Un día de sol brillante, cosa que no sucede muy a menudo en estas latitudes. Hacía años soñaba con este lugar. El pensamiento recurrente fue: ¡qué lugar!
Recorrimos cada detalle, pues cada rincón tiene particularidades que lo hacen único. Y esto es gracias a Sergio Anselmino, que dio vida a este lugar.

Las siguientes horas de ese día fueron una locura. Nos fuimos al refugio María Carolina, que está a unos 500 metros. Ahí teníamos tres cajas de comida que nos esperaban, de las cuales no recordábamos muy bien qué tenían. Fue el momento más eufórico de la travesía: cada cosa que sacábamos era una celebración a los gritos. No habíamos pasado hambre, lo juro, pero parecía que veníamos de una guerra. Fue realmente muy gracioso y divertido.
Lo más sorprendente fue encontrar algunos regalos de Sergio: confites, harinas sin gluten para mí, cerveza para Lucho. Ese mediodía, el banquete fue gomitas con longaniza.
Puerto Español tiene ducha, pero lo más hermoso es que esa ducha está afuera. El primero que cantó la ducha fue Lucho, así que me quedé dentro hasta que terminara, mientras seguía explorando el lugar. Cuando terminó, veo que se está acercando un velero de bandera alemana y ancla frente al refugio, así que me apuro para bañarme, aunque ya los veía que estaban sobre la cubierta del barco caminando. Siempre pensamos que bajarían a conocer, pero nunca lo hicieron, y el chiste era que mi culo blanco los había hecho desistir de esa idea, jajaja.

Ese día el sol se puso a las 22:30 y pudimos apreciarlo desde el mirador natural que tiene el lugar, y que Sergio se encargó de hacer especial. Recuerdo sentir que estaba en el lugar más hermoso que había conocido. Mi dormitorio fue la biblioteca, y el de Lucho fue el museo.
Las jornadas siguientes en este lugar fueron muy tranquilas y apacibles. Apareció una familia en velero que iba camino a la Isla de los Estados. Su capitán era el famoso Mike, que nos trajo los víveres en barco hasta acá. Aprovechamos y mandamos cosas a Ushuaia con ellos. Bromeamos que habíamos hecho alto desparramo de bártulos, ya que hay cosas en Río Grande, en Moat y ahora viajando por el canal de Beagle. También me enseñó sobre las tablas de mareas, que luego usaría para cruzar nuevamente el Bonpland.
También conocimos las Cuevas de Gardiner, lugar histórico, ya que aquí murieron de hambre misioneros salesianos que llegaron a la isla con el objetivo de evangelizar a los pueblos nativos. Ese día ya arrancó bastante tenebroso: la neblina cubría todo y había muchísima humedad, las piedras estaban súper patinosas. Cuando llegamos a las famosas cuevas, sacamos unas fotos pero rápidamente quisimos salir. No nos gustó mucho la energía del lugar.

Nos fuimos al refugio y ese mismo día leímos el libro de visitas de Puerto Español. Ahí encontramos los primeros relatos de Sergio Anselmino, Fede Gargiulo, José Cipoletti, los relatos de búsqueda de Elio Torres, y hasta nos dimos cuenta de que a quienes esperábamos —Chepan y Lucía— no iban a llegar porque ya pasaron antes que nosotros, y que además encontraron unas verduras que nos dejó Sergio… y se las comieron. Desvelamos varias incógnitas.
Llegó el 31 de diciembre y me pareció que era un buen motivo para bañarme. Nos preparamos para despedir el año, pero también para despedirnos de Puerto Español, ya que mañana emprenderíamos el regreso. Cuando arranco la tarea del aseo, veo a lo lejos como que vienen otras personas. Son dos grupos, según lo que veo. Me envuelvo en el toallón y lo llamo a Lucho para que vea. Nos re emocionamos, y a Lucho hasta le parece ver que uno de ellos tiene una campera rosa. A medida que pasan los segundos, empiezo a ver que lo que parecía ser uno de los grupos de personas… puede ser una vaca, lo cual termina siendo finalmente. La campera te la debo, jaja. Con esto confirmo que al bañarme activo mi forma más efectiva de espantar seres.

Ese día también dejamos un balde con provisiones, con la promesa de que vamos a volver a este lugar, y hasta filmamos este acto. Por la tarde dormí la siesta y tuve una pesadilla horrible, que días más tarde en Ushuaia daría lugar a historias sobrenaturales contadas por personas que habían vivido situaciones raras en ese sitio.
Despedimos ese año con una cena de lo más diversa. La emoción que sentía era simple y clara: me sentía FELIZ.
Llegó el año nuevo y nos fuimos. Ahora sí me invadió la preocupación de cruzar el río López. Era el día 12 de la expedición. Avanzamos rápido y encontramos un buen lugar para acampar. Estábamos súper contentos y hasta le filmamos un videito a los chicos. Lucho iba a vivaquear. Tipo 2 a.m. se mete corriendo a la carpa porque se larga a llover. Estoy re dormida, pero me doy cuenta de la situación y me da mucha risa.

Al día siguiente nos despertamos tempranísimo, pero llovía un montón y bastante fuerte. Avanzamos y recorrimos parte del camino que ya hicimos, hasta que llegó una parte que nos era nueva. En un momento, el track que estábamos siguiendo nos llevó por unos lugares imposibles: bosque muy trabado, troncos caídos… y yo empiezo a sentir que me duele muchísimo el talón. Me hice una ampolla bastante grande, así que improvisé rápidamente un ojalillo de goma eva, pero igual la lastimadura dolía un montón. El barro nos hace sopapa con las botas. En estos bosquecitos a mí me da mucho miedo encontrar un toro salvaje.
Vemos el río López y está bajo nosotros, pero no entendemos cómo es que tenemos que bajar de donde estamos. Lo que sí vemos es, en el track que está frente a nosotros, del otro lado del río, el Rancho Lata. Nos impacientamos bastante. Logramos bajar del cerro y cruzar el López, que viene con muchísima corriente. Veo el rancho y corro hacia él. Lo mejor de este sitio es que encontramos en uno de sus cajones PAPA y CEBOLLA, y para mejorar aún más la situación, el lugar tiene una cocina a leña. Este día me atrevo a decir que fue el más duro de todos, pero la recompensa al final hizo que el esfuerzo valiera la pena. No recuerdo en qué momento dejé de estar despierta.

El día siguiente fue el más ciclotímico de nuestra aventura. Hubo sol, lluvia, granizo, viento, sonrisas, llanto, alegría… no entraba un clima ni emoción más. La llegada al rancho Julián fue un viaje aparte. Sólo 9 km restan de un rancho al otro, pero fueron tan enroscados que recuerdo que, al llegar, lloré —una vez más— del cansancio mental que me había producido eso. Encontramos una notita del Paisa y ya se sintió como un mimo paternal.
Lucho se fue hacia la costa para llevar su mochila y venir a buscarme la mía, porque estaba muy dolorida del tobillo. Lo agradecí: tenerlo de amigo es un regalo. Llegando a la costa vimos un pingüino rey bastante mansito. Nos encontraríamos con nuestros amigos oreros (gente que busca oro), y como sabíamos que llevaban unos 15 días en el lugar, guardamos un dulce de leche y una longaniza para cuando nos reencontráramos. Imaginarán cómo fuimos recibidos: en este lugar tan áspero, un dulce cotiza más que el mismísimo metal que se busca.
Lo que no esperábamos era que uno de ellos nos estuviera esperando con tantas ansias. Ramón estaba colapsado, física y mentalmente sobre todo. Después de varios cuentos, mates y alimentos compartidos, nos fuimos a descansar.

El 4 de enero, Ramón, Lucho y yo llegamos a la hora de la siesta al rancho Ibarra. Nos quedamos dos noches para recuperar un poco el cuerpo y los ánimos. La última noche la pasamos solos los tres, porque el Paisa había tenido que ir a Moat a buscar provisiones para unos caminantes que vendrían.
Dos días después iniciamos la última caminata, aquella que nos llevaría al inicio del sendero, a Moat. Mi corazón ya cargaba una tristeza anticipada, porque estaba despidiendo un lugar que había aprendido a amar incluso antes de haberlo pisado. Me angustiaba no despedirme del Paisa, que tanto nos había apadrinado… hasta que, mágicamente, apareció en “La Mesita”. Descorchamos un vino que traía, nos dejó unos regalitos para lo que seguiría de nuestro viaje, y después de risas y abrazos nos despedimos y seguimos camino.

Un momento muy gracioso fue cuando Ramón se desploma de costado, sin previo aviso, en una caída tan absurda que parecía de caricatura. Yo, que venía última, me vi toda la secuencia muerta de la risa. Cuando le pregunto qué le pasó, si se había tropezado o resbalado, me contesta: “Nada… simplemente me doblé de costado”. Y ahí ya fue imposible no tentarse más todavía.
A las 19 horas llegamos a Prefectura de Moat. Al terminar la senda, mi zapatilla se desmoronó (léase: su suela se despegó). El abrazo que nos dimos los tres no me lo olvidaré nunca.
El señor Yani nos dejó dormir en un rancho de ahí. A Ramón lo buscó su mujer a la madrugada. El 7 de enero, con Lucho, armamos nuestras bicis y comenzaría nuestra travesía de llegar a Ushuaia… pero esa es otra historia que, algún día, quizá también será relatada.
