Entrevista a José Mendes deFamily Bike, fotos Family Bike

¿Cómo surge la idea de viajar en familia?
Empezamos a planear este viaje prácticamente desde que nacieron nuestros hijos. Cuando eran muy chiquitos, nosotros ya pedaleábamos y hacíamos algunas travesías, algunas expediciones con carritos, y ellos viajaban allí. Con esos carritos es posible hacer viajes, y cada vez empezamos a sumar un poquito más de kilómetros, más distancia.
Iniciamos con recorridos muy cortos, de 20 a 30 kilómetros. El primer ciclo de viaje que hicimos con nuestro hijo Leonardo fue cuando tenía un año y dos meses. Fue perfecto. Fuimos a una ciudad que está a unos 300 kilómetros de casa, con una fuerte cultura germánica, se llama Pomerol. Muy bonita. Allí hay un circuito que se llama Huerta Valle Europeo. Las casas parecen sacadas de Europa: la parte alta del valle es fría, la parte baja es cálida.
El segundo viaje lo hicimos cuando las nenas ya tenían un año, y Leo había cumplido tres. También lo conseguimos hacer sin problemas.
Después empezamos a cruzar provincias, a ir más lejos: 300, 400, hasta 1.500 kilómetros.
Después de todo eso, sentimos que estábamos listos para hacer algo más profesional. A esa altura, las nenas tenían tres años y Leo cinco.

¿Qué hacían cuando viajaban y eran tan chicos? ¿Dormían?
Sí, dormían. Pero también miraban mucho. Lo que pasa es que los niños siempre están atentos, porque observan desde más abajo que los adultos. Entonces prestan más atención, desarrollan los sentidos más rápido.
Muchas veces empezaban a charlar y te preguntaban de qué era el olor que sentían. Les decías: “Eso es de vacuno”. Y empezaban a distinguir a los animales por el olor. Desde el carrito, en la ruta, te gritaban: “¡Hay olor a cerdo!”.
Después comparaban: cerdo, caballo, vacuno. Y te decían: “Este no es de vacuno, este es de equino”, porque era diferente al primero. Van transformando el saber en un juego.
Los niños siempre están observando, siempre están mirando y sintiendo.
Hicimos esto hasta que Leonardo tuvo 10 años y las nenas 6 o 7. Ahí paramos por la pandemia y cambiamos la forma de pedalear.
Ya más grandes, no podíamos llevarlos en el carrito. Y claro, cada vez iban ganando más peso, y para nosotros tirar todo en la bici era hacer una fuerza brutal. Entonces empezaron a pedalear cada uno en su bicicleta, y volvimos a empezar con tramos cortos.
Cuando uno tiene el objetivo claro, no sabe cómo lo va a hacer… pero lo hace. Lo importante es no quedarse parado, atrapado por cualquier cosa, por cualquier dificultad que aparezca en el camino
¿Y se cansaban al principio o se acostumbraron rápido?
Mirá, depende. Los niños son más fuertes que nosotros en cuanto a recuperación. Por ejemplo, un niño puede pasarse todo el día jugando, termina agotado, se duerme… y al otro día juega igual, totalmente recuperado. Eso no nos pasa a los adultos. La limitación de los hijos, en general, es más de los padres que de los niños. Por ejemplo, Leonardo pedaleó uno de los últimos días un tramo de 110 kilómetros, que nos llevó unas siete horas. Fue largo. Ese día, cuando acampamos, había un espacio para que los chicos jugaran. Me preguntó si había algún problema en que fuera a jugar. Después de pedalear 110 kilómetros, yo solo quería descansar, comer algo y dormir. Leonardo quería jugar. No era muy común pedalear más de 100 kilómetros. Siempre hacíamos entre 20 y 80 como mucho. Lo bueno es que ellos siempre estaban preparados antes que nosotros. Pero para pedalear mucho hay un detalle importante: la pedaleada tiene que ser divertida, les tiene que gustar. Si se vuelve monótona, no se pedalea mucho.

¿Qué recursos utilizaban para pedalear por esos lugares monótonos?
Siempre encontrábamos algo. Seguramente aparecía un animal, un mineral diferente. Nos apegábamos a esas cosas: al olor de los animales, al clima, al viento, al frío, a la geografía.
Eso es muy bueno, porque te lleva a valorar las cosas simples de la vida.
¿Cómo es viajar entre tantos, teniendo que mantener segura a la familia?
Al principio del viaje fue mucha tensión y atención, principalmente de parte nuestra con Priscila. Siempre estábamos preocupados, atentos a la ruta. Fue muy difícil al comienzo. Pero al ser un grupo tan grande, nos dimos cuenta de que los automovilistas nos percibían mejor.
Nos cuidábamos con luces de atención, pequeñas banderas de colores. También estábamos atentos a que los niños —Leonardo, María Julia y María Luiza— empezaran a tener cuidado y destreza en el manejo. Generalmente, los niños que empiezan a pedalear miran para atrás y se van de costado. Observé eso y les coloqué espejos. A partir de ese momento, siempre estaban muy atentos. Te avisaban: “Atrás viene un camión”, “Un auto azul”, etc. Eso les ayudó mucho. Además, algo que hacíamos era elegir rutas alternativas, más tranquilas.
Cuando salís de tu zona de confort, empezás a mirar las cosas de forma diferente.Lo que les pasa a muchos padres es que les resultamás fácil echarle la culpa a los hijos, o poner excusas en el dinero, o en cosas triviales
¿Por qué eligieron hacer un viaje desde Cusco a Ushuaia?
La idea de salir desde Cusco surgió porque existe una compañía de buses en Brasil que tiene una ruta desde Río de Janeiro hasta Lima.Les escribimos explicando que queríamos hacer un viaje en familia llevando las bicicletas, y la compañía nos respondió que sería un gusto trasladarnos. Entonces elegimos Cusco como punto de partida por su historia y cultura. Y desde allí bajamos por la cordillera de los Andes hasta el fin del mundo: Ushuaia, la ciudad más austral.
¿Cuánto tiempo demoraron en organizar un viaje así para cinco personas?
Nos llevó un año organizarlo y confirmar si realmente iba a ser posible. En Brasil y en toda América nos costó mucho encontrar equipamiento adecuado para los chicos. Cuando preguntábamos en las tiendas, nos miraban como si estuviésemos locos. Al final, tuvimos que adaptar equipajes de adultos para niños. Lo bueno fue que en Brasil hay una compañía de bicicletas que adapta bicis para viajes. Nos dio una mano enorme con bicicletas aptas para hacer una travesía. Demoramos unos seis meses en reunir todo lo necesario, y luego hicimos pruebas del equipaje con viajes cortos.
Otro tema fue el frío. Donde vivimos, la temperatura mínima llega a 8 grados, y nuestro equipaje tenía que estar preparado para temperaturas bajo cero. Fue muy difícil testear eso en nuestra zona.
Pero la indumentaria que teníamos funcionó muy bien. Enfrentamos –17 grados en el altiplano peruano, la temperatura más baja que tuvimos. Y estuvimos tranquilos: los chicos bien abrigados, durmiendo bien.

¿Qué pensaba la familia —los abuelos, los tíos— mientras organizaban la salida?
Al principio, la familia no se quedó muy feliz. Algunos amigos también estaban en contra.
Pero era nuestra voluntad, un proyecto de vida. No era simplemente una salida.
La mayoría de las personas cercanas —amigos y familia— sabían que algún día íbamos a hacer algo así. Los fuimos preparando para este momento. Cuando finalmente encaramos el proyecto, hubo un momento en que hasta mi madre se sintió mal, y algunas personas también.
Pero mi padre, por ejemplo, y otros amigos sabían que estábamos completamente preparados para realizar un viaje de este tamaño.
Además, somos muy seguros. Siempre hay un plan A, un plan B y hasta un plan C. Teníamos todo pensado: lo que queríamos hacer, las rutas que íbamos a tomar. Eso trajo más seguridad al resto de la familia y amigos. No éramos personas alocadas que hacían lo primero que se les cruzaba. Y como padres, no nos hubiese gustado meter a la familia en algo que no habíamos planificado. Por eso estábamos preparados y seguros de la situación que íbamos a enfrentar.

¿El viaje lo planificaron de punto a punto o salían y pedaleaban hasta donde se podía?
El viaje duró nueve meses y dos semanas. Al principio calculábamos la distancia, la altimetría, la elevación y hasta tres posibles puntos de parada por día. Demoramos casi dos meses en sentirnos plenamente dentro del viaje. Porque, aunque ya estábamos viajando, es como una adaptación. Es algo que le pasa a muchos cicloviajeros. Después de esos dos meses empezamos a trazar puntos más lejanos, y ya no íbamos de punto a punto. Al estar más tranquilos, más seguros con el peso del equipaje, eso nos daba confianza.
Calculábamos mejor hasta dónde podíamos avanzar y dónde nos convenía quedarnos. Muchas veces pedaleábamos hasta algún lugar y, si nos gustaba —si había buen clima, una familia que nos recibía, o simplemente un buen sitio para armar la carpa— nos quedábamos varios días.
Y eso era muy bueno. No teníamos una meta deportiva ni un tiempo determinado para llegar.
El viaje no era llegar. El viaje era viajar. Era disfrutar a las personas que ibas conociendo en el camino. Porque cuando llegás, el viaje se cierra. Y ya no hay más nada.
Me encanta que mis hijos tengan eso en la memoria: lo que hicimos, lo que vivimos juntos. Después, seguro serán individuos con su propia personalidad, con sus propios sueños. Pero esto no se apaga más
¿Cómo era un día de viaje en familia?
Una de las tareas más complicadas del viaje era armar el campamento. Al principio teníamos una carpa grande, de unos cinco metros. Pero cuando hicimos la Carretera Austral, la cambiamos por dos más pequeñas, porque los sitios para acampar eran más reducidos.
Cada día dedicábamos unos 40 minutos para armar el campamento, preparar la cena y acomodarnos para dormir. Lo normal era una hora. Y lo mismo —o tal vez un poco menos— para desarmar todo y salir a pedalear.
Para los chicos era mucho más divertido quedarse en la carpa que meterse en un alojamiento. En la carpa estaban al aire libre, escuchaban sonidos, la pasaban mejor. Disfrutaban mucho, jugando entre ellos o a veces con otros niños. Para nosotros, los adultos, era más trabajo.
Algo que planteamos desde el principio —y que fue muy bueno— fue que cada uno llevara su propio equipaje. Cada uno tenía su bolsa de dormir, su ropa, todo lo que necesitaba estaba en sus alforjas. Lo ordenamos así para que ellos tuvieran conciencia de dónde estaban sus cosas y también aprendieran a cuidar su propio equipaje. Ese aprendizaje fue muy importante. Porque en aquel momento, si se perdía una calza, ¿cómo iban a hacer para pedalear? Entonces guardaban todo correctamente en su alforja, para estar siempre listos para el próximo día.
Con Priscila también nos ocupábamos de la manutención de las bicicletas: revisar que estuvieran bien, prepararlas y dejarlas listas para el día siguiente.

¿Cuál fue el lugar que más te gustó en el camino de Cusco a Ushuaia?
Es muy difícil elegir un solo lugar, porque cada región tiene algo diferente.
Por ejemplo, los salares: hermosos, aunque muy duros para pedalear por el terreno abrasivo. Pero el clima que genera la luz al rebotar, esas luces blancas intensas, es fabuloso.
También la arena volcánica en las montañas, pedaleando entre picos enormes que te miran todo el tiempo. Los desiertos de Chile y Argentina tienen su propio encanto.
La Carretera Austral es lindísima. Hay muchísimos sitios. América del Sur es tan hermosa que uno podría viajar tranquilamente dos, cinco o diez años recorriéndola, y aún así no conocería todo. Si tuviera que elegir puntos específicos, serían: la Carretera Austral, la zona de Pucón y en Argentina: San Martín de los Andes, Junín de los Andes y Villa La Angostura
Son lugares donde uno podría quedarse recorriendo y descubriendo rutas indefinidamente.
Y Perú también… la parte sur de Perú es fabulosa.

¿Se sintieron como en casa en todos los países?
Si bien al principio había una limitación por el idioma, el viaje fue por países de habla hispana. Al comienzo nos comunicábamos con un portuñol bastante rudimentario. A veces pedíamos cosas haciendo señas con las manos o los dedos, y las personas nos ayudaban con palabras, intentando entendernos.
Al principio uno no percibe si una persona es buena o no. Pero con el tiempo —diría que a los dos meses— nos volvimos más perceptivos. Los cinco, casi al mismo tiempo, empezamos a coincidir en eso: en reconocer si había una buena conexión, si había energía. Cuando sentíamos que era una persona buena onda, la familia entera se abría. Nos conectábamos, los niños empezaban a jugar. Y cuando nos teníamos que ir, casi todos llorando. Porque estábamos dejando atrás a un hermano, a personas que nos ayudaron, que nos tendieron la mano, que abrieron la puerta de su casa para que estuviéramos bien… y que nunca habíamos conocido antes.
Si tuviera que elegir puntos específicos, serían: la Carretera Austral, la zona de Pucón y en Argentina: San Martín de los Andes, Junín de los Andes y Villa La Angostura
¿Qué te cambió como padre compartir algo tan grande así con tus hijos?
Yo pienso que como padre uno debe dejarle algo a sus hijos. Creo que eso está en la cabeza de todos los padres. Muchos piensan en dinero, en una casa, en bienes materiales…
Pero los recuerdos que tengo de mi infancia no son el auto que teníamos, ni la casa donde vivíamos, ni las cosas que comprábamos. Lo que siempre me viene a la cabeza son los momentos vividos. Esos momentos con mi padre y mi madre eran únicos.
Entonces pensé: ¡Qué bueno compartir un año de mi vida con mi familia! Algo que nuestros hijos recuerden para siempre. Y poder volver a casa y que toda la familia comparta esa experiencia. Me encanta que mis hijos tengan eso en la memoria: lo que hicimos, lo que vivimos juntos. Después, seguro serán individuos con su propia personalidad, con sus propios sueños. Pero esto no se apaga más. Como un tatuaje. Está tatuado en su memoria.
¿Cuando llegaron a casa, tenían ganas de volver a la rutina?
Cuando llegamos estábamos felices, porque volvimos a hacer cosas de familia “normal”. Pero todo el tiempo charlábamos sobre el viaje. Al confort uno se acostumbra rápido. Hacer un tramo en bici con lluvia y frío, y hacer lo mismo en auto… es mucho más fácil. No tenés que hacer fuerza. Entonces, sí, al confort te adaptás enseguida pero en la memoria… las cosas simples quedan bien adentro. Ese mismo tramo en auto no tiene la misma historia que en bici.
Y eso, para ellos, son historias con la familia, con la bici, con las salidas de aventura. Les da autosuficiencia. Les queda dando vueltas en el interior, siempre.

¿Podés dar un mensaje a la gente?
Creo que lo principal, desde mi punto de vista, es la actitud. La actitud de salir, de hacer.
No hace falta viajar en bici. No hace falta cruzar continentes para encontrarse.
Para empezar, una persona necesita salir de su zona de confort.
Cuando salís de tu zona de confort, empezás a mirar las cosas de forma diferente.
Lo que les pasa a muchos padres es que les resulta más fácil echarle la culpa a los hijos, o poner excusas en el dinero, o en cosas triviales.
Pero cuando la gente tiene el objetivo claro, no sabe cómo lo va a hacer… pero lo hace.
Lo importante es no quedarse parado, atrapado por cualquier cosa, por cualquier dificultad que aparezca en el camino.
Siempre hay dificultades, si tu objetivo es bañarte, sea con agua fría o caliente… te bañás igual.

